La tecnología y las revoluciones políticas

La tecnología y las revoluciones políticas

Las formas de gobierno y la política en su conjunto evolucionan a remolque de la evolución de los conocimientos técnicos de la humanidad y esta lección no debiéramos olvidarla.

El conocimiento de la agricultura nos hizo pasar de ser animales nómadas a sedentarios, nos hizo vivir juntos en concentraciones de individuos nunca vistas hasta entonces e hizo aparecer nuevos tipos de sociedades y nuevas formas de gobierno.

La aparición de la escritura hizo posible que en torno al siglo VII AEC el rey Josías de Judá imaginase una revolución política donde el poder supremo no correspondería a una persona sino a un texto. El «antiguo texto» (un protoejemplar del Deuteronomio) que Josías dijo haber encontrado en el templo inauguró una forma de diseñar el funcionamiento del poder y el estado de la que aún hoy día somos herederos.

La escritura permitió también que los ciudadanos atenienses, en el siglo VI AEC, pudiesen expulsar de la ciudad a cualquier tirano por el simple método de escribir su nombre en un trozo de cerámica (óstrakon) inaugurando todas las técnicas, censos y escrutinios necesarios para poner en marcha una forma de gobierno que aún hoy perdura.

Pero no fue hasta la invención de la imprenta que los más fundamentales textos sagrados pudieron ponerse a disposición del gran público para ser sometidos a su implacable examen. Los pilares del poder de los intérpretes del libro se resquebrajaron y la humanidad se abrió a la una nueva era donde las luces fueron la clave del progreso.

La imprenta también democratizó el uso cotidiano de periódicos y gacetas y gracias a ello se constituyó en la principal herramienta con que el pueblo podía formar la voluntad que luego expresaría en las elecciones también por medio de la escritura.

La prensa, la radio, el cine, la televisión, se convirtieron en poderosos medios para formar la voluntad de las gentes; pero eran medios unidireccionales donde una sola voz hablaba a muchos oyentes y esto era demasiado tentador para quienes habían comprobado ya que dominar la prensa era dominar el poder. Los regímenes totalitarios se apoderaron de las imprentas, de las emisoras de radio, de las productoras de cine y los estudios de televisión y así decidieron qué noticias nos llegarían y qué idea tendríamos del mundo. No hubo país en la tierra tan libre que no viese a sus medios de comunicación dominados por el estado o por grandes corporaciones financieras.

Ahora que la prensa, la radio, la televisión y el cine han entrado en competencia directa con un mundo donde los ciudadanos ya no solo consumen sino que producen las noticias puedes esperar cambios en las formas de gobierno y en la política tan profundos como los habidos en el Judá de Josías o la Atenas de los óstrakon… Pero no te hagas ilusiones.

Ahora que puedes no sólo recibir sino producir información debes saber que el alcance de la misma no sólo la determinarán tus facultades retóricas (ya sean audiovisuales o escritas) sino, sobre todo, la voluntad y la conveniencia del dueño del lugar donde las expresas. Tu mensaje no alcanzará a más gente de la que desee el dueño del ágora (red social) donde la expreses.

Por eso, sistemas de formación de la voluntad política novedosos, de expresión de las ideas o de articulación de la sociedad civil como el blockchain levantan críticas implacables.

Ya ocurrió hace 20 años con internet. La moda parecía despreciar internet en los primeros 2000 o asustar a los posibles usuarios con timos y estafas sin cuento. Aún recuerdo a un presidente de Tribunal Superior de Justicia manifestando a toda plana que «dar el número de tu tarjeta de crédito en la red era una locura».

Ahora, quienes no se han molestado en profundizar en qué es el blockchain y las maravillosas herramientas que nos facilita para evolucionar social y políticamente, vociferan contra él, mientras los dueños de los estados luchan a todo trance por impedir que esa tecnología se democratice porque saben cuáles son las ideas que se hallan en su base y saben que no son buenas para la continuidad del sistema que les permite instalarse en el poder.

Aunque no me crean no lo olviden: todas las innovaciones tecnológicas arrastran detrás de sí cambios sociales y políticos y estamos ante la mayor revolución tecnológico-cultural que ha vivido el ser humano desde la invención del alfabeto.

Y dentro de pocos años nada volverá a ser igual. Espero vivirlo.

El pensamiento enajenado

El pensamiento enajenado

En política discrepar es una acción inadmisible.

Los votantes, en España, tradicionalmente han castigado la desunión en los partidos y por eso en estos no se admiten discrepantes; si alguien piensa algo distinto de lo que piensa la cúpula dirigente sabe que no tendrá lugar en el partido y será condenado al ostracismo.

Es por eso también que, quienes desean triunfar en un partido, saben que, antes o después, deberán dimitir de la facultad de pensar por sí mismos y que deberán abdicar también de la libertad de decir lo que piensan. Se piensa como dice el partido y solo se dice lo que la cúpula del partido desea que sea transmitido.

Gracias a todo esto en España, hoy, los políticos entran en los parlamentos de la misma forma que los dementes entran en los manicomios: enajenados.

Y olvidan que no hay nada más patriótico ni más sano para la nación que un discrepante, sobre todo si no le mueve ningún interés personal; porque el discrepante no va a ganar nada dando su opinión, si acaso, sentir la incómoda mirada de muchos o afrontar el abierto rechazo de los dirigentes. No, no es cómodo discrepar.

Pero en quienes discrepan fundadamente y no por sistema está la evidencia de que las sociedades las forman personas y no rebaños y la esperanza de que, cuando las cosas van mal, otras soluciones son posibles.

Agenda setting

Agenda setting

Deténgase un momento y dígame qué asuntos son los más importantes para usted. Deténgase un poco más y trate de pensar en cuáles son los problemas más acuciantes para quienes viven en España.

No sé cuáles serán los problemas que usted percibe como más urgentes de solucionar o más importantes de enfrentar.

Yo sé que la hipoteca cuesta pagarla cada vez más y que los bancos muerden como alimañas; yo siento que el futuro no es claro y que quizá los años que vienen sean peores que los vividos y no siento, sino que presiento, que, si llegamos a viejos, quizá no haya en nuestra vejez ni júbilo ni jubilación.

No me preocupa que yo haya de trabajar hasta la muerte o hasta que mis facultades me lo permitan; cuando decidí ejercer esta profesión ya desconté que no me jubilaría nunca y que la mutualidad no era la garantía de una vejez feliz sino algo así como un club gobernado por un grupo de amigos donde estabulizar a quienes se han portado dócilmente con quienes la manejan y confortarles con canapés, moqueta y dietas.

Me preocupa que, algún día, no podamos pagar a esa gente maravillosa que, cuando nuestra vida o la de nuestros seres queridos está en riesgo o decididamente perdida, nos tratan con ese cariño que uno jamás detecta en ninguna otra administración. Hablo de quienes componen la sanidad española, gente que le reconcilia a uno con el mundo y le devuelve la ilusión de que aún queda bondad en el universo.

A mí me preocupan cosas así y me gustaría que nuestra atención se concentrase en esos temas; sin embargo el debate nacional va por otros caminos.

Asómese a los periódicos, las radios, las televisiones, las mesas de los cafés y escuche de qué hablan unos y otros. Un ruido tremendo de navajeo político, de acusaciones cruzadas, de tratar de imponer un lenguaje u otro y fijar estigmas para distinguir al progre del facha…

A esa forma de manipular a las sociedades se la llamó «agenda setting» y fue formulada en 1972 por McCombs y Shaw.

Esta forma de manipular llamada «agenda setting» se abrió paso cuando la sociedad maduró lo suficiente para volverse refractaria a la descarada propaganda de algunos regímenes. Los que manejaban los hilos de las marionetas advirtieron que ya no podían engañar directamente y decidieron que, si no podían imponer sus mentiras, al menos podían imponer los temas sobre los que debatiría la gente.

Los factores que intervienen en el establecimiento periodístico, en la «agenda setting» comprenden:

Alianza entre Empresas mediáticas y Gobiernos.

Establecimiento de prioridades Informativas, respecto a las otras agendas.

Canalización de la información redimensión y divulgación.

Organización de la noticia, horarios, espacios, determinación de tiempo…

Quizá piense usted que me he vuelto loco y le hablo de una nueva teoría conspiranóica pero, antes de diagnosticarme así…

Deténgase un momento y dígame qué asuntos son los más importantes para usted. Deténgase un poco más y trate de pensar en cuáles son los problemas más acuciantes para quienes viven en España.

Porque si usted hoy no está debatiendo o la sociedad no debate sobre esos asuntos es que alguien ha impuesto unos temas de debate que a usted no le interesan y a ellos les interesa que interesen.

Justicia y vergüenza

Cuentan las viejas historias que los dioses dotaron a cada animal de una facultad con la que perpetuar su especie; a unos los hizo fuertes, a los menos fuertes los hizo más rápidos, a otros les protegieron con espinas y corazas y a otros les dieron alas. Unos comerían vegetales y otros frutas y aún otros comerían a otros animales, pero estos se reproducirían menos que los comidos de forma que todo el reino animal permaneciera en equilibrio.

Pero, cuando lo repartieron todo, se dieron cuenta que al hombre, un animal débil y sin garras, no le habían dado nada.

Viendo al hombre tan débil Prometeo robó el fuego del cielo y se lo entregó al hombre pero, aún así, la especie humana seguía siendo débil de forma que Zeus pensó que lo mejor que podía hacer era hacerles vivir en sociedad, pero, careciendo de las habilidades necesarias para vivir en sociedad, en cuanto vivían juntos se injuriaban y la vida en común era imposible.

Fue entonces cuando el dios Hermes les dió las dos herramientas sobre las que podrían fundar la vida en sociedad: la justicia y la vergüenza.

Cuando leo el pasaje del diálogo platónico «Protágoras» donde se contiene esta historia tengo la tendencia de echarme a temblar y temo por este mi país; un país donde hemos hecho de la justicia un trampantojo y donde la vergüenza, al menos en nuestra clase política, parece escasear tanto como la paz en Ucrania estos días.

Justicia y vergüenza. Tengo para mí que los dioses griegos sabían muy bien lo que necesitaban los hombres para vivir en sociedad.

Les dejo con el fragmento de «Protágoras» donde se cuenta esto:

«Buscaron [los hombres] la forma de reunirse y salvarse construyendo ciudades, pero, una vez reunidos, se ultrajaban entre sí por no poseer el arte de la política, de modo que, al dispersarse de nuevo, perecían. Entonces Zeus, temiendo que nuestra especie quedase exterminada por completo, envió a Hermes para que llevase a los hombres la vergüenza y la justicia, a fin de que rigiesen las ciudades la armonía y los lazos comunes de amistad. Preguntó, entonces, Hermes a Zeus la forma de repartir la justicia y la vergüenza entre los hombres:

—¿Las distribuyo como fueron distribuidas las demás artes? Pues éstas fueron distribuidas así: Con un solo hombre que posea el arte de la medicina, basta para tratar a muchos, legos en la materia; y lo mismo ocurre con los demás profesionales. ¿Reparto así la justicia y el pudor entre los hombres, o bien las distribuyo entre todos?

—Entre todos, respondió Zeus; y que todos participen de ellas; porque si participan de ellas sólo unos pocos, como ocurre con las demás artes, jamás habrá ciudades. Además, establecerás en mi nombre esta ley: Que todo aquél que sea incapaz de participar de la vergüenza y de la justicia sea eliminado, como una peste, de la ciudad.»

Amén.

Políticos y terraplanistas

Políticos y terraplanistas

En 1954, un pequeño grupo de personas dirigido por una tal Dorothy Martin (una ama de casa vecina de Oak Park en los suburbios de Chicago) se convirtió a una nueva y extraña forma de fe. Según la doctrina enseñada por Dorothy Martin una serie de desastres amenazaban con acabar de inmediato con la vida en la tierra aunque, afortunadamente, una civilización extraterrestre vendría a salvarlos llevándoselos en sus platillos volantes hasta el planeta Clarion.

De acuerdo con las creencias de su extraña fe, en la Nochebuena de aquel año, los fieles de este nuevo credo se reunieron en Cuyler Avenue para cantar villancicos mientras esperaban la venida de los extraterrestres.

Aunque lo hasta aquí narrado es bastante sorprendente no es lo más interesante; lo más curioso de todo es que esta no era la primera vez que Dorothy les había anunciado la llegada de lls extraterrestres, esta era ya la cuarta vez que se reunían para subirse a las naves espaciales del planeta Clarion, como pueden imaginar las tres veces anteriores concluyeron con sendas decepciones para los fieles al credo de Dorothy. Y, sin embargo, la sucesión de fracasos proféticos de su lideresa no quebraba la confianza del grupo en sus enseñanzas: la creencia del grupo era tan fuerte que no solo llevó a muchos de los fieles a dejar sus trabajos o cónyuges para esperar a sus salvadores extraterrestres, sino también a aferrarse a sus creencias una y otra vez ante cada nueva evidencia contradictoria.

Las autoridades, lejos de ignorar a Dorothy y sus seguidores y considerarlos un grupo de locos más, decidió estudiar el fenómeno y para ello introdujeron una serie de psicólogos en el grupo de fieles a Dorothy haciéndolos pasar por nuevos fieles.

Lo que estos encontraron allí no fue sino uno de los principios básicos del comportamiento humano: a los seres humanos les causa un grandísimo malestar comportarse de una forma que no sea coherente con sus creencias. Tal situación estresa fuertemente a los seres humanos y les impulsa continuamente a buscar una forma de solucionar tal discordancia y, la realidad es que sólo hay dos formas: o cambiando de conducta o cambiando de ideas. Sucede, sin embargo, que cuando la conducta de los seres humanos es pública y notoria, resulta extremadamente difícil cambiar de conducta, como demostraban estos creyentes en Dorothy.

Esta cualidad del alma humana de estresarse ante la disparidad conducta-creencia ha sido utilizada frecuentemente —aun sin conocerla— por muchos agentes, como por ejemplo, las religiones.

Si públicamente demuestras desde niño tu adhesión a unas determinadas ideas y las proclamas a través de ritos es muy probable que te resulte mucho más difícil cambiar de creencias o, si cambias, abandonar del todo estas ideas.

También los partidos políticos y las sectas hacen esto: haciéndote demostrar públicamente tu adhesión a sus principios, aunque la realidad te diga lo contrario como a los seguidores de Dorothy, seguirás tratando de justificar las creencias que apoyas públicamente y con notoriedad.

Un negacionista de las vacunas que proclama públicamente su posición frente a ellas es muy posible que sea un ciudadano casi irrecuperable; no importará cuántas evidencias se le presenten, ante el doloroso proceso de cambiar de conducta o de ideas preferirá mantener las unas y las otras y el problema estará servido.

No son diferentes quienes en voz alta expresan «fake news» en la calle o en la carnicería, su adhesión pública a esas fakes y a la ideología política que las difunde les ata irremisiblemente a los generadores de mentiras y así, junto a los negacionistas, terraplanistas y conspiranóicos, pasan a formar parte de esa parte de la sociedad difícilmente recuperable para el discurso sensato.

Seguro que conoce usted —tanto si es de derechas o de izquierdas como si es católico, protestante o ateo— personas como estas de quien les hablo a quienes no puede usted comprender; tenga cuidado y observe primero con cuidado su propia casa, es usted un ser humano y no es ajeno a este problema.

Hablo a menudo con políticos y suelo tomar la precaución de llevar datos a tales debates; les aseguro que es inútil. A aquellas fuerzas políticas que viven de proclamar el aumento de la inseguridad ciudadana no les harás cambiar de discurso mostrándoles que las cifras indican que España es el país con menos delitos de Europa Occidental y con más policía per cápita de toda Europa excepto Chipre. Tampoco a quienes defienden la Nueva Oficina Judicial les hará la menor mella comprobar que esta se ha revelado como el sistema menos eficaz para resolver asuntos judiciales; son en esto como los seguidores de Dorothy: han forjado una carrera política y han ajustado su conducta pública a unas ideas y ni la realidad ni los datos les harán cambiar de postura.

Este procedimiento para conseguir seguidores de que les hablo lo han usado las religiones y los credos políticos desde la noche de los tiempos, lo usan incluso nuestras administraciones y poderes públicos y, les aseguro, que puede llegar a incorporar elementos y rituales tan sutiles como refinados.

Yo no sé cómo se puede combatir esta forma de adoctrinamiento, lo que sí sé es que, cada día, observo a mi alrededor más personas aparentemente atrapadas por él y que, la polarización de emociones de esta especie ennla sociedad o en la pugna política, no es buena para la convivencia y es peligrosa para ella.

Yo no sé cómo solucionarlo, sólo puedo intuir soluciones, pero de eso será mejor que hablemos otro día, este post ya se va haciendo muy largo.

La criptopolítica que viene.

Hace tres días el presidente de la República de El Salvador, un pequeño estado pobre de menos de 7 millones de habitantes, anunció que presentaría una proposición de ley que estableciese el Bitcoin como moneda oficial en su país.

Anteayer la presentó a las camaras, ayer fue aprobada y hoy entra en vigor.

Ayer noche, además, anunció que pondría a disposición de las empresas de minería de Bitcoin que lo deseasen las plantas eléctricas de energía geotermal que su país tiene instaladas en sus volcanes, energía 100% limpia para un bitcoin 100% verde.

Los Bitcoin Believers estadounidenses han recibido la noticia con alborozo, la agencia France Press ha colocado la aprobación de esta ley Bitcoin entre lls hitos más importantes en los doce mil años de historia del dinero, y una larga cadena de declaraciones e incluso recogidas de fondos de ayuda para El Salvador se ha puesto en marcha en los Estados Unidos.

De repente Latinoamérica envidia a El Salvador y comienza a ver el Bitcoin como la herramienta que le permita salir del círculo de deuda en que vive; no es precisa demasiada visión política para saber que en las proximas confrontaciones políticas la guerra entre los SÍcoiners y los NOcoiners va a ser enconada y creo que puedes apostar a cuál será la posición del gobierno USA en esta guerra y cuál será la posición de los Bitcoin Believers.

Si durante la guerra fría chocaron la economía de estado con el capitalismo ahora el capitalismo se enfrentará a sus propias contradicciones pues los Bitcoin Believers son férreos defensores de las economías descentralizadas y ajenas a los lobbies político-financieros.

El mundo está cambiando y lo estamos viendo.

Somos testigos de la historia y conviene que tratemos de entenderla pues no es verdad que quien no conoce su historia está condenado a repetirla. Aunque conozcas las historia, si no la entiendes, simplemente es un conocimiento inútil.

Y para entender lo que está pasando hay que volver a 2008 y a la crisis del sistema financiero y las hipotecas, el año en que la población dejó de confiar en los bancos y descubrió el auténtico rostro del sistema financiero y los políticos que lo apoyan

Esto se está poniendo muy divertido.

Somos una red

Somos una red

Si algo nos está enseñando esta crisis es que nadie es una isla sino que todos estamos interconectados y, al final del día, todos somos iguales.

Todos enfermamos, todos morimos, todos podemos ser infectados y todos podemos infectar y, por eso, las acciones decisivas son las que llevamos a cabo en común.

Fue en 1623 cuando, gravemente enfermo, el clérigo inglés John Donne escribió sus «Devotions Upon Emergent Occasions», en cuya meditación XVII puede leerse un famoso texto que la cultura popular suele relacionar con el escritor norteamericano Ernest Hemingway:

«Nadie es una isla, completo en sí mismo; cada hombre es un pedazo del continente, una parte de la masa. Si el mar se lleva un terrón, toda Europa queda disminuida, como si fuera un promontorio, o la casa señorial de uno de tus amigos, o la tuya propia. La muerte de cualquier hombre me disminuye porque estoy ligado a la humanidad; por consiguiente nunca hagas preguntar por quién doblan las campanas: doblan por ti.»

Sí, somos una red de pares, una red de nodos esencialmente iguales en derechos y deberes, capaces de servir y aptos para ser servidos, somos una red de intercambio en la que sólo la soberbia, la vanidad o el olvido de esta radical igualdad que existe entre los nodos puede llevar al desastre.

El ministro de justicia —y esto es solo un ejemplo— es sólo un juez de instrucción, un juez de instrucción igual en conocimientos a los restantes 5.000 jueces que componen la carrera judicial española, su opinión no tiene ni más ni menos autoridad que la de ellos.

El ministro no entiende de management, ni de pandemias, ni de gestión de emergencias, ni de planes de contingencia… Como tampoco entienden de ello CGAE, CGPJ, Asociaciones Judiciales…

Confundir la potestad con la autoridad es una de las más sutiles y catastróficas formas de estupidez.

El ministro tiene potestad (tiene poder) para dictar decretos pero no tiene autoridad (no tiene conocimientos) para dictarlos correctamente.

La única forma de que una red tome decisiones adecuadas es permitiendo que la información fluya, dejando que se formen las opiniones y, por encima de todo el impresionante ruido que se forma en una red en estado de alarma (miren sus grupos de whatsapp y díganme si no les apetece salirse de todos), se escuche a quienes tienen autoridad en cada campo.

Para que la información fluya la transparencia es esencial, sin que todos los datos estén al alcance de todos la posibilidad de errar en las decisiones es mayúscula y la posibilidad de que la red en su conjunto no entienda correctamente la situación está servida.

Estamos empezando a descubrir la vida y la acción en red y aún nos faltan algunas habilidades necesarias, pero el camino iniciado no tiene vuelta atrás, somos una red y seremos tanto mejores cuanto mejor funcione la red en su conjunto.

Vivimos en un mundo maravilloso con una sociedad maravillosa llena de conocimientos y recursos para solucionar cualquier problema y nuestro único objetivo debiera ser que esa esa red funcionase en todo momento al máximo de sus posibilidades. No es fácil, estamos aún explorando esta nueva forma de organizarnos y viendo como emergen al mismo tiempo las ventajas y los problemas, pero es el camino a seguir.

Hay todo un mundo nuevo frente a nosotros y esta crisis, además de dolor y sufrimiento, está trayendo ante nosotros una realidad palpable, que es, como escribió John Donne en 1623, que «Nadie es una isla, completo en sí mismo…»

O dicho de otro modo: que somos una red.

Cosas con las que espero que acabe esta pandemia. (I) Los farsantes.

Cosas con las que espero que acabe esta pandemia. (I) Los farsantes.

Hay cosas con las que —espero— acabará esta pandemia y creo que, una de las primeras con las que acabará, será con esa indestructible fe en los impostores y farsantes que hemos forjado en estos últimos años. Si quedan unos átomos de racionalidad en el género humano —y no les quepa duda de que quedan muchos átomos de esos— tras esta crisis confío en que la era de los farsantes habrá dejado paso a una época donde volvamos a depositar nuestra confianza en los científicos.

Los virus tienen de malo que no se les vence doblegando su voluntad, engañándolos, amedrentándolos o demostrando tener más pelotas que ellos. Un virus no es enemigo apto para chulos de barrio y matones de taberna. Si te ríes del virus o lo desprecias, como hicieron Trump o Bolsonaro, las cifras de muertos pronto te pondrán en tu sitio.

Para combatir el virus no sirven los «cojones» (si se pensara con los cojones en España tendríamos muchos premios Nóbel), para combatir el virus hacen falta ciencia y científicos.

Durante unos 18 meses vamos a vivir ajustando nuestra conducta en buena parte las instrucciones de los científicos y esperando de ellos el medicamento o la vacuna que nos permitan volver a una normalidad que nunca recuperaremos por completo. El tiempo de los farsantes y los fantoches toca a su fin, hay que dejar trabajar a los que saben.

En estos tiempos veo cómo muchos políticos quieren componer y componen posturitas de estadista épico frente al virus, sin saber que el tiempo de farsantes y toreros de salón está ya concluido. Si sucede como preveo y nuestra confianza salta de los vendehumos a los científicos y a quienes saben de verdad, algo habremos avanzado.

De todas formas no me hagan mucho caso, la capacidad de sorpresa y de adaptación de estos magos del postureo es impredecible.

Wu Wei

Wu Wei

Las plantas crecen sin esfuerzo aparente, los seres vivos y la naturaleza se perpertuan y organizan sin órdenes ni planes aparentes, simplemente lo hacen porque una especie de armonía natural los gobierna.

Para los filósofos taoistas esta percepción del funcionamiento correcto del mundo se plasmó en una forma especial de enfrentarse a las cosas a la que llamaron Wu-Wei.

Un gobernante que trata de mandar demasiado destruye la armonía que rige la natursleza y que persigue el Wu-Wei; por eso, los antiguos filósofos chinos, apenas si exigieron a sus emperadores que fuesen honestos y virtuosos; de esta forma, pensaban que su honestidad y virtud se comunicaría a sus súbditos y que, la ausencia de intentos de forzar la armonía natural de las cosas permitiría a estas crecer felizmente.

El gobernante con Wu-Wei sólo aparentemente no hace nada, en realidad deja fluir las cosas en la dirección apropiada, gobierna apenas con la atención, pero al final, cuando todo sale bien, las gentes sienten que lo que han hecho lo han hecho ellos y se sienten dueños de su historia y, en efecto, así es.

Pienso en esta vieja filosofía taoista y pienso en nuestros gobernantes actuales, intervencionistas, elitistas, deshonestos hasta con la formación que exhiben y pienso que, en España, a todos nos haría falta un poquito más de Wu-Wei.

Yo soy español

Visto cómo anda el percal estos días, me siento en la necesidad de aclararles una cosa: yo soy español, más concretamente soy español de religión.

Uno puede elegir ser católico, budista, ortodoxo o seguidor de Mahoma, yo, quizá por comodidad, he elegido ser español.

Al igual que el hecho de ser católico, protestante u ortodoxo no da a quienes lo son (al menos no debería darles) privilegios especiales, el hecho de ser español de religión creo que tampoco me confiera a mí derecho alguno, es algo que no me hace mejor ni peor que nadie, y no creo que me dé (al menos no debería darme) derecho a exigir tratos ni leyes especiales. Ser español es una forma de entenderme y de conducirme, me sirve a mí y no me parece que sea la mía una fe que deba imponérsele a nadie.

Pero cuidado, es posible que mi forma de ser español no coincida con la suya. Quienes nacimos en los 60 vivimos la llegada de la música y la cultura norteamericana del mismo modo que nuestros padres vivieron la llegada del cine. Nuestras infancias están más cerca de las películas de Disney, los dibujos animados de la Warner Brothers, del James Dean de «Al Este del Edén» y de la Olivia Newton John de «Grease» que del «Sangre y Arena» de Blasco Ibáñez.

Igual, usted que me lee, es un español o española de esos de chupa de cuero y capaz de enfadarse si alguien le mienta sin respeto a Led Zeppelin o The Cure. O igual es usted de los que aún sigue escuchando a Loquillo y se emociona con un Cadillac solitario aún cuando usted no haya visto un Cadillac más que en las películas de Hollywood. O a lo mejor, simplemente, más que aficionado al mus o al tute, es usted un apasionado de los vídeojuegos desde que salió el «Pong» y ha llegado usted a Fortnite tras dejarse muchas monedas de cinco duros matando marcianos en «Space Invaders» o «Zero Time», encajando bloques en Tetris, pegando saltos con Super Mario o disparando su Garand en «Medal of Honour».

Usted, concedámoslo, es español aunque sea incapaz de reconocer el compás de soleá o la escala frigia, de recitar un soneto de Góngora, de escuchar una zarzuela o de soportar una obra completa de Manuel de Falla. Cada uno es español como quiere, del mismo modo que, reconozcámoslo, cada uno es católico a su manera. Así que si hay católicos partidarios del divorcio o incluso medio pro abortistas por temporadas e incluso hay ateos que en Semana Santa cargan de costaleros ¿Por qué no puede ser usted español, partidario de la estética punky y forofo de Bansky?

Lo que me jode es que alguien venga a decirme cómo tengo que sentirme yo español. Les confesaré una cosa: a mí me gusta el flamenco (qué se le va a hacer) y, aunque no entiendo por qué los compases flamencos no se enseñan en las escuelas, tampoco voy a enfadarme por eso; ahora bien, que venga a darme lecciones de españolismo un sujeto que no sabe quién era Doña Pastora Pavón o el Tío de la Tiza, no lo llevo nada bien.

Miren, yo no me voy a meter con el rap, con el trap, con el pop, con el funky, con el soul, con el rock, con el heavy ni con ningún tipo de música; ahora bien, si viene usted a darme lecciones de españolismo, aprenda primero a distinguir la isa de la folía, la polka de la jota, el fandango del tango y estos de la soleá o la bulería, la taranta de la levantica, las manchegas de las de Aragón, tome usted conciencia de que por el Puente de Aranda se tiro el tío Juanillo pero que —por suerte— no se mató, entrénese hasta poder cantar el «Miudiño» con catro cuncas de ribeiro en el morrillo, sepa que con esas mismas cuatro cuncas no se debe cantar el Asturias patria querida y, mientras pasea por la alameda primera, cerciórese de que es capaz de distinguir un zortzico de una habanera; cuando sepa eso y aprenda a cantar las primeras estrofas de «La Santa Espina», ya puede usted empezar a hablarme de qué es eso de ser español.

No soy pejigueras, yo no me meto con usted, no se meta usted conmigo y todos estaremos tan contentos.

Si es usted católico no venga a decirme que hace falta una ley especial para los católicos o que los católicos son distintos de los budistas y que por eso hay que cuidar a los católicos y abucharar a los evangélistas; mire, aquí o cabemos todos o no cabe ni Dios.

Y lo mismo me pasa con las patrias, no me venga usted a contar si es español, catalán o cantonalista de Cartagena, usted puede ser lo que quiera ser, sus elecciones religiosas, patrióticas o musicales, disfrútelas usted a sus anchas, pero no las imponga al resto de la sociedad. Aquí todos somos iguales: católicos, protestantes, heavys, punkies, gallegos, manchegos, catalanes, españoles y hasta los de Cartagena. Siéntase usted como quiera y sea usted de la religión o la patria que quiera, pero no venga a darme la tabarra y menos a amargarme el día.

Yo comprendo que las patrias, las religiones y las músicas, se disfrutan más cuando molestan al prójimo y, quizá por eso, nos gastamos un pastizal en ponerle al coche unos altavoces de dos millones de decibelios: para ir por la calle atronando con la música que nos gusta y atacar a bacalao a los vecinos de las calles por las que circulamos con nuestro coche tuneado. Quizá también por eso sacamos por la calle nuestros Santos y quizá por eso salimos también con nuestras banderas, porque tenemos ese punto de maldad que nos hace disfrutar al decir: mira cómo soy, diferente de ti, entérate. Parece que la sed de pertenencia del animal humano se saciase mejor haciéndole saber al de enfrente que es distinto.

Resumiendo, no venga usted a contarme cómo he de ser español ni venga usted indignado a explicarme qué es usted catalán, extremeño o sintoísta y que, debido a su peculiaridad, tiene derechos distintos y hemos de cambiar las leyes. Se lo diré claramente: todas esas cosas sólo existen en su mente, lo que existe en la realidad son personas que trabajan, aman, crían a sus hijos y mueren cuando llega su hora y esas, por definición, son iguales a usted, juntas hacen las leyes y juntas han de convivir. No me venga a dar la lata ni con su religión ni con su patria porque yo, de religión, ya se lo digo, soy español, Cartagena es mi patria y con los años que tengo no estoy ya para tostones.

Si la religión y las patrias estuviesen claramente separadas del estado, los que dicen hablar en nombre de Dios no harían matarse a la gente ni, tampoco, nos harían enredarnos en trifulcas entre hermanos quienes dicen hablar en nombre de la patria.

Hale, feliz domingo y vamos a llevarnos bien.