¿Pares o nones?

¿Pares o nones?

Recuerdo que, de chavales, los de mi generación nos vimos obligados a hacer una elección muy delicada: ¿eramos capitalistas o comunistas?

Hasta 1975 no había demasiado problema, uno podía permanecer callado y nadie lo atribuiría a falta de criterio político sino a prudencia, porque no estaba el horno político para bollos; pero, a partir de 1977, la obligación de definirse políticamente se hizo cada vez más perentoria, mucho más para unos adolescentes —como éramos nosotros— que andaban a la busca de forjarse una identidad.

En esos años mis compañeros de clase fueron tomando cada uno su camino con la natural extremadura en que se desenvuelve la adolescencia. Hubo quienes acabaron en Fuerza Nueva o en los Guerrilleros de Cristo Rey y hubo también quienes acabaron en grupos a la izquierda de la ORT, el PTE o partidos afines. Fueron los menos, los más no teníamos ni idea de por qué habríamos de elegir ser capitalistas o comunistas y pronto aprendimos que, para saberlo, no teníamos más remedio que leer «El Capital» de Karl Marx, biblia del pensamiento comunista o «La riqueza de las naciones» de Adam Smith, catecismo del pensamiento capitalista, según se nos hizo entender por aquel entonces.

Lo malo es que esos libros, para unos adolescentes, eran unos ladrillos insufribles, unos tostones para los cuales nuestras entendederas no estaban preparadas.

—Tú dices que eres comunista pero no te has leído «El Capital».
—Sí me lo he leído.
—Pues explícame el rollo ese de la plusvalía.
—Bueno es que eso es un poco liado y yo, la verdad…

La verdad era que lo único que sabíamos muchos de «El Capital» es que nadie entendía «lo de la plusvalía».

Además, los adolescentes de aquella época andábamos muy ocupados, además de luchando con las fiebres tercianas que nos producían las chicas, tratando de leer y entender el «Así hablaba Zaratustra» de Nietzsche o paseando el Ulises de Joyce a fin de impresionar a alguna muchacha. Pero como, a esa edad, las muchachas a los hombres nos sacan dos o tres años de edad mental, no solo no impresionamos a ninguna de nuestras compañeras con el nunca leído Ulises sino que, con Nietzsche y Zaratustra, agarramos una dispepsia mental notable, de la que, invariablemente, nos sacaba una buena partida de futbolín.

Entre unas cosas y otras, formarnos un criterio político fue una tarea que a muchos se nos había quedado pendiente cuando llegamos a la facultad.

Por mi parte debo decir que la Facultad no contribuyó mucho a aclarar mis ideas y este trabajo que creí tener resuelto para 1988 se prolongaría en verdad diez años más, hasta 1998, año en que internet cambiaría mi forma de ver las cosas pues me permitió leer a todos esos autores que me gustaban pero de los que nunca tuve noticia antes de la existencia de la red. Y así, entre 1998 y 2008, fui formando mi criterio político, un criterio que, obviamente, no se puede encontrar ni en «El Capital» ni en «La riqueza de las naciones», aquel juego de pares y nones al que parecía reducirse todo el juego de la política en 1977.

¿Y por qué cuento todo esto?

Porque hoy, de la misma forma que hizo Guy Debord al comienzo de su obra «La sociedad del espectáculo», me he propuesto parodiar «El Capital» y la «La riqueza de las naciones» cambiando sus conceptos por los míos y sus silogismos por los míos, pero manteniendo su estructura formal. Quería, para abrir boca, empezar con el primer párrafo de El Capital (Das Kapital. Kritik der politischen Ökonomie; 1867-1883) aunque ahora, tras escribir este largo «introito», ya no me queda tiempo para hacerlo y sospecho que tampoco a ustedes ganas de leerlo.

No sé por qué me pierdo en tantos prefacios, facios y postfacios en lugar de ir al turrón directamente; debo estudiarlo también.

La tecnología y las revoluciones políticas

La tecnología y las revoluciones políticas

Las formas de gobierno y la política en su conjunto evolucionan a remolque de la evolución de los conocimientos técnicos de la humanidad y esta lección no debiéramos olvidarla.

El conocimiento de la agricultura nos hizo pasar de ser animales nómadas a sedentarios, nos hizo vivir juntos en concentraciones de individuos nunca vistas hasta entonces e hizo aparecer nuevos tipos de sociedades y nuevas formas de gobierno.

La aparición de la escritura hizo posible que en torno al siglo VII AEC el rey Josías de Judá imaginase una revolución política donde el poder supremo no correspondería a una persona sino a un texto. El «antiguo texto» (un protoejemplar del Deuteronomio) que Josías dijo haber encontrado en el templo inauguró una forma de diseñar el funcionamiento del poder y el estado de la que aún hoy día somos herederos.

La escritura permitió también que los ciudadanos atenienses, en el siglo VI AEC, pudiesen expulsar de la ciudad a cualquier tirano por el simple método de escribir su nombre en un trozo de cerámica (óstrakon) inaugurando todas las técnicas, censos y escrutinios necesarios para poner en marcha una forma de gobierno que aún hoy perdura.

Pero no fue hasta la invención de la imprenta que los más fundamentales textos sagrados pudieron ponerse a disposición del gran público para ser sometidos a su implacable examen. Los pilares del poder de los intérpretes del libro se resquebrajaron y la humanidad se abrió a la una nueva era donde las luces fueron la clave del progreso.

La imprenta también democratizó el uso cotidiano de periódicos y gacetas y gracias a ello se constituyó en la principal herramienta con que el pueblo podía formar la voluntad que luego expresaría en las elecciones también por medio de la escritura.

La prensa, la radio, el cine, la televisión, se convirtieron en poderosos medios para formar la voluntad de las gentes; pero eran medios unidireccionales donde una sola voz hablaba a muchos oyentes y esto era demasiado tentador para quienes habían comprobado ya que dominar la prensa era dominar el poder. Los regímenes totalitarios se apoderaron de las imprentas, de las emisoras de radio, de las productoras de cine y los estudios de televisión y así decidieron qué noticias nos llegarían y qué idea tendríamos del mundo. No hubo país en la tierra tan libre que no viese a sus medios de comunicación dominados por el estado o por grandes corporaciones financieras.

Ahora que la prensa, la radio, la televisión y el cine han entrado en competencia directa con un mundo donde los ciudadanos ya no solo consumen sino que producen las noticias puedes esperar cambios en las formas de gobierno y en la política tan profundos como los habidos en el Judá de Josías o la Atenas de los óstrakon… Pero no te hagas ilusiones.

Ahora que puedes no sólo recibir sino producir información debes saber que el alcance de la misma no sólo la determinarán tus facultades retóricas (ya sean audiovisuales o escritas) sino, sobre todo, la voluntad y la conveniencia del dueño del lugar donde las expresas. Tu mensaje no alcanzará a más gente de la que desee el dueño del ágora (red social) donde la expreses.

Por eso, sistemas de formación de la voluntad política novedosos, de expresión de las ideas o de articulación de la sociedad civil como el blockchain levantan críticas implacables.

Ya ocurrió hace 20 años con internet. La moda parecía despreciar internet en los primeros 2000 o asustar a los posibles usuarios con timos y estafas sin cuento. Aún recuerdo a un presidente de Tribunal Superior de Justicia manifestando a toda plana que «dar el número de tu tarjeta de crédito en la red era una locura».

Ahora, quienes no se han molestado en profundizar en qué es el blockchain y las maravillosas herramientas que nos facilita para evolucionar social y políticamente, vociferan contra él, mientras los dueños de los estados luchan a todo trance por impedir que esa tecnología se democratice porque saben cuáles son las ideas que se hallan en su base y saben que no son buenas para la continuidad del sistema que les permite instalarse en el poder.

Aunque no me crean no lo olviden: todas las innovaciones tecnológicas arrastran detrás de sí cambios sociales y políticos y estamos ante la mayor revolución tecnológico-cultural que ha vivido el ser humano desde la invención del alfabeto.

Y dentro de pocos años nada volverá a ser igual. Espero vivirlo.

El pensamiento enajenado

El pensamiento enajenado

En política discrepar es una acción inadmisible.

Los votantes, en España, tradicionalmente han castigado la desunión en los partidos y por eso en estos no se admiten discrepantes; si alguien piensa algo distinto de lo que piensa la cúpula dirigente sabe que no tendrá lugar en el partido y será condenado al ostracismo.

Es por eso también que, quienes desean triunfar en un partido, saben que, antes o después, deberán dimitir de la facultad de pensar por sí mismos y que deberán abdicar también de la libertad de decir lo que piensan. Se piensa como dice el partido y solo se dice lo que la cúpula del partido desea que sea transmitido.

Gracias a todo esto en España, hoy, los políticos entran en los parlamentos de la misma forma que los dementes entran en los manicomios: enajenados.

Y olvidan que no hay nada más patriótico ni más sano para la nación que un discrepante, sobre todo si no le mueve ningún interés personal; porque el discrepante no va a ganar nada dando su opinión, si acaso, sentir la incómoda mirada de muchos o afrontar el abierto rechazo de los dirigentes. No, no es cómodo discrepar.

Pero en quienes discrepan fundadamente y no por sistema está la evidencia de que las sociedades las forman personas y no rebaños y la esperanza de que, cuando las cosas van mal, otras soluciones son posibles.

Agenda setting

Agenda setting

Deténgase un momento y dígame qué asuntos son los más importantes para usted. Deténgase un poco más y trate de pensar en cuáles son los problemas más acuciantes para quienes viven en España.

No sé cuáles serán los problemas que usted percibe como más urgentes de solucionar o más importantes de enfrentar.

Yo sé que la hipoteca cuesta pagarla cada vez más y que los bancos muerden como alimañas; yo siento que el futuro no es claro y que quizá los años que vienen sean peores que los vividos y no siento, sino que presiento, que, si llegamos a viejos, quizá no haya en nuestra vejez ni júbilo ni jubilación.

No me preocupa que yo haya de trabajar hasta la muerte o hasta que mis facultades me lo permitan; cuando decidí ejercer esta profesión ya desconté que no me jubilaría nunca y que la mutualidad no era la garantía de una vejez feliz sino algo así como un club gobernado por un grupo de amigos donde estabulizar a quienes se han portado dócilmente con quienes la manejan y confortarles con canapés, moqueta y dietas.

Me preocupa que, algún día, no podamos pagar a esa gente maravillosa que, cuando nuestra vida o la de nuestros seres queridos está en riesgo o decididamente perdida, nos tratan con ese cariño que uno jamás detecta en ninguna otra administración. Hablo de quienes componen la sanidad española, gente que le reconcilia a uno con el mundo y le devuelve la ilusión de que aún queda bondad en el universo.

A mí me preocupan cosas así y me gustaría que nuestra atención se concentrase en esos temas; sin embargo el debate nacional va por otros caminos.

Asómese a los periódicos, las radios, las televisiones, las mesas de los cafés y escuche de qué hablan unos y otros. Un ruido tremendo de navajeo político, de acusaciones cruzadas, de tratar de imponer un lenguaje u otro y fijar estigmas para distinguir al progre del facha…

A esa forma de manipular a las sociedades se la llamó «agenda setting» y fue formulada en 1972 por McCombs y Shaw.

Esta forma de manipular llamada «agenda setting» se abrió paso cuando la sociedad maduró lo suficiente para volverse refractaria a la descarada propaganda de algunos regímenes. Los que manejaban los hilos de las marionetas advirtieron que ya no podían engañar directamente y decidieron que, si no podían imponer sus mentiras, al menos podían imponer los temas sobre los que debatiría la gente.

Los factores que intervienen en el establecimiento periodístico, en la «agenda setting» comprenden:

Alianza entre Empresas mediáticas y Gobiernos.

Establecimiento de prioridades Informativas, respecto a las otras agendas.

Canalización de la información redimensión y divulgación.

Organización de la noticia, horarios, espacios, determinación de tiempo…

Quizá piense usted que me he vuelto loco y le hablo de una nueva teoría conspiranóica pero, antes de diagnosticarme así…

Deténgase un momento y dígame qué asuntos son los más importantes para usted. Deténgase un poco más y trate de pensar en cuáles son los problemas más acuciantes para quienes viven en España.

Porque si usted hoy no está debatiendo o la sociedad no debate sobre esos asuntos es que alguien ha impuesto unos temas de debate que a usted no le interesan y a ellos les interesa que interesen.

Justicia y vergüenza

Cuentan las viejas historias que los dioses dotaron a cada animal de una facultad con la que perpetuar su especie; a unos los hizo fuertes, a los menos fuertes los hizo más rápidos, a otros les protegieron con espinas y corazas y a otros les dieron alas. Unos comerían vegetales y otros frutas y aún otros comerían a otros animales, pero estos se reproducirían menos que los comidos de forma que todo el reino animal permaneciera en equilibrio.

Pero, cuando lo repartieron todo, se dieron cuenta que al hombre, un animal débil y sin garras, no le habían dado nada.

Viendo al hombre tan débil Prometeo robó el fuego del cielo y se lo entregó al hombre pero, aún así, la especie humana seguía siendo débil de forma que Zeus pensó que lo mejor que podía hacer era hacerles vivir en sociedad, pero, careciendo de las habilidades necesarias para vivir en sociedad, en cuanto vivían juntos se injuriaban y la vida en común era imposible.

Fue entonces cuando el dios Hermes les dió las dos herramientas sobre las que podrían fundar la vida en sociedad: la justicia y la vergüenza.

Cuando leo el pasaje del diálogo platónico «Protágoras» donde se contiene esta historia tengo la tendencia de echarme a temblar y temo por este mi país; un país donde hemos hecho de la justicia un trampantojo y donde la vergüenza, al menos en nuestra clase política, parece escasear tanto como la paz en Ucrania estos días.

Justicia y vergüenza. Tengo para mí que los dioses griegos sabían muy bien lo que necesitaban los hombres para vivir en sociedad.

Les dejo con el fragmento de «Protágoras» donde se cuenta esto:

«Buscaron [los hombres] la forma de reunirse y salvarse construyendo ciudades, pero, una vez reunidos, se ultrajaban entre sí por no poseer el arte de la política, de modo que, al dispersarse de nuevo, perecían. Entonces Zeus, temiendo que nuestra especie quedase exterminada por completo, envió a Hermes para que llevase a los hombres la vergüenza y la justicia, a fin de que rigiesen las ciudades la armonía y los lazos comunes de amistad. Preguntó, entonces, Hermes a Zeus la forma de repartir la justicia y la vergüenza entre los hombres:

—¿Las distribuyo como fueron distribuidas las demás artes? Pues éstas fueron distribuidas así: Con un solo hombre que posea el arte de la medicina, basta para tratar a muchos, legos en la materia; y lo mismo ocurre con los demás profesionales. ¿Reparto así la justicia y el pudor entre los hombres, o bien las distribuyo entre todos?

—Entre todos, respondió Zeus; y que todos participen de ellas; porque si participan de ellas sólo unos pocos, como ocurre con las demás artes, jamás habrá ciudades. Además, establecerás en mi nombre esta ley: Que todo aquél que sea incapaz de participar de la vergüenza y de la justicia sea eliminado, como una peste, de la ciudad.»

Amén.

Políticos y terraplanistas

Políticos y terraplanistas

En 1954, un pequeño grupo de personas dirigido por una tal Dorothy Martin (una ama de casa vecina de Oak Park en los suburbios de Chicago) se convirtió a una nueva y extraña forma de fe. Según la doctrina enseñada por Dorothy Martin una serie de desastres amenazaban con acabar de inmediato con la vida en la tierra aunque, afortunadamente, una civilización extraterrestre vendría a salvarlos llevándoselos en sus platillos volantes hasta el planeta Clarion.

De acuerdo con las creencias de su extraña fe, en la Nochebuena de aquel año, los fieles de este nuevo credo se reunieron en Cuyler Avenue para cantar villancicos mientras esperaban la venida de los extraterrestres.

Aunque lo hasta aquí narrado es bastante sorprendente no es lo más interesante; lo más curioso de todo es que esta no era la primera vez que Dorothy les había anunciado la llegada de lls extraterrestres, esta era ya la cuarta vez que se reunían para subirse a las naves espaciales del planeta Clarion, como pueden imaginar las tres veces anteriores concluyeron con sendas decepciones para los fieles al credo de Dorothy. Y, sin embargo, la sucesión de fracasos proféticos de su lideresa no quebraba la confianza del grupo en sus enseñanzas: la creencia del grupo era tan fuerte que no solo llevó a muchos de los fieles a dejar sus trabajos o cónyuges para esperar a sus salvadores extraterrestres, sino también a aferrarse a sus creencias una y otra vez ante cada nueva evidencia contradictoria.

Las autoridades, lejos de ignorar a Dorothy y sus seguidores y considerarlos un grupo de locos más, decidió estudiar el fenómeno y para ello introdujeron una serie de psicólogos en el grupo de fieles a Dorothy haciéndolos pasar por nuevos fieles.

Lo que estos encontraron allí no fue sino uno de los principios básicos del comportamiento humano: a los seres humanos les causa un grandísimo malestar comportarse de una forma que no sea coherente con sus creencias. Tal situación estresa fuertemente a los seres humanos y les impulsa continuamente a buscar una forma de solucionar tal discordancia y, la realidad es que sólo hay dos formas: o cambiando de conducta o cambiando de ideas. Sucede, sin embargo, que cuando la conducta de los seres humanos es pública y notoria, resulta extremadamente difícil cambiar de conducta, como demostraban estos creyentes en Dorothy.

Esta cualidad del alma humana de estresarse ante la disparidad conducta-creencia ha sido utilizada frecuentemente —aun sin conocerla— por muchos agentes, como por ejemplo, las religiones.

Si públicamente demuestras desde niño tu adhesión a unas determinadas ideas y las proclamas a través de ritos es muy probable que te resulte mucho más difícil cambiar de creencias o, si cambias, abandonar del todo estas ideas.

También los partidos políticos y las sectas hacen esto: haciéndote demostrar públicamente tu adhesión a sus principios, aunque la realidad te diga lo contrario como a los seguidores de Dorothy, seguirás tratando de justificar las creencias que apoyas públicamente y con notoriedad.

Un negacionista de las vacunas que proclama públicamente su posición frente a ellas es muy posible que sea un ciudadano casi irrecuperable; no importará cuántas evidencias se le presenten, ante el doloroso proceso de cambiar de conducta o de ideas preferirá mantener las unas y las otras y el problema estará servido.

No son diferentes quienes en voz alta expresan «fake news» en la calle o en la carnicería, su adhesión pública a esas fakes y a la ideología política que las difunde les ata irremisiblemente a los generadores de mentiras y así, junto a los negacionistas, terraplanistas y conspiranóicos, pasan a formar parte de esa parte de la sociedad difícilmente recuperable para el discurso sensato.

Seguro que conoce usted —tanto si es de derechas o de izquierdas como si es católico, protestante o ateo— personas como estas de quien les hablo a quienes no puede usted comprender; tenga cuidado y observe primero con cuidado su propia casa, es usted un ser humano y no es ajeno a este problema.

Hablo a menudo con políticos y suelo tomar la precaución de llevar datos a tales debates; les aseguro que es inútil. A aquellas fuerzas políticas que viven de proclamar el aumento de la inseguridad ciudadana no les harás cambiar de discurso mostrándoles que las cifras indican que España es el país con menos delitos de Europa Occidental y con más policía per cápita de toda Europa excepto Chipre. Tampoco a quienes defienden la Nueva Oficina Judicial les hará la menor mella comprobar que esta se ha revelado como el sistema menos eficaz para resolver asuntos judiciales; son en esto como los seguidores de Dorothy: han forjado una carrera política y han ajustado su conducta pública a unas ideas y ni la realidad ni los datos les harán cambiar de postura.

Este procedimiento para conseguir seguidores de que les hablo lo han usado las religiones y los credos políticos desde la noche de los tiempos, lo usan incluso nuestras administraciones y poderes públicos y, les aseguro, que puede llegar a incorporar elementos y rituales tan sutiles como refinados.

Yo no sé cómo se puede combatir esta forma de adoctrinamiento, lo que sí sé es que, cada día, observo a mi alrededor más personas aparentemente atrapadas por él y que, la polarización de emociones de esta especie ennla sociedad o en la pugna política, no es buena para la convivencia y es peligrosa para ella.

Yo no sé cómo solucionarlo, sólo puedo intuir soluciones, pero de eso será mejor que hablemos otro día, este post ya se va haciendo muy largo.

La criptopolítica que viene.

Hace tres días el presidente de la República de El Salvador, un pequeño estado pobre de menos de 7 millones de habitantes, anunció que presentaría una proposición de ley que estableciese el Bitcoin como moneda oficial en su país.

Anteayer la presentó a las camaras, ayer fue aprobada y hoy entra en vigor.

Ayer noche, además, anunció que pondría a disposición de las empresas de minería de Bitcoin que lo deseasen las plantas eléctricas de energía geotermal que su país tiene instaladas en sus volcanes, energía 100% limpia para un bitcoin 100% verde.

Los Bitcoin Believers estadounidenses han recibido la noticia con alborozo, la agencia France Press ha colocado la aprobación de esta ley Bitcoin entre lls hitos más importantes en los doce mil años de historia del dinero, y una larga cadena de declaraciones e incluso recogidas de fondos de ayuda para El Salvador se ha puesto en marcha en los Estados Unidos.

De repente Latinoamérica envidia a El Salvador y comienza a ver el Bitcoin como la herramienta que le permita salir del círculo de deuda en que vive; no es precisa demasiada visión política para saber que en las proximas confrontaciones políticas la guerra entre los SÍcoiners y los NOcoiners va a ser enconada y creo que puedes apostar a cuál será la posición del gobierno USA en esta guerra y cuál será la posición de los Bitcoin Believers.

Si durante la guerra fría chocaron la economía de estado con el capitalismo ahora el capitalismo se enfrentará a sus propias contradicciones pues los Bitcoin Believers son férreos defensores de las economías descentralizadas y ajenas a los lobbies político-financieros.

El mundo está cambiando y lo estamos viendo.

Somos testigos de la historia y conviene que tratemos de entenderla pues no es verdad que quien no conoce su historia está condenado a repetirla. Aunque conozcas las historia, si no la entiendes, simplemente es un conocimiento inútil.

Y para entender lo que está pasando hay que volver a 2008 y a la crisis del sistema financiero y las hipotecas, el año en que la población dejó de confiar en los bancos y descubrió el auténtico rostro del sistema financiero y los políticos que lo apoyan

Esto se está poniendo muy divertido.

Somos una red

Somos una red

Si algo nos está enseñando esta crisis es que nadie es una isla sino que todos estamos interconectados y, al final del día, todos somos iguales.

Todos enfermamos, todos morimos, todos podemos ser infectados y todos podemos infectar y, por eso, las acciones decisivas son las que llevamos a cabo en común.

Fue en 1623 cuando, gravemente enfermo, el clérigo inglés John Donne escribió sus «Devotions Upon Emergent Occasions», en cuya meditación XVII puede leerse un famoso texto que la cultura popular suele relacionar con el escritor norteamericano Ernest Hemingway:

«Nadie es una isla, completo en sí mismo; cada hombre es un pedazo del continente, una parte de la masa. Si el mar se lleva un terrón, toda Europa queda disminuida, como si fuera un promontorio, o la casa señorial de uno de tus amigos, o la tuya propia. La muerte de cualquier hombre me disminuye porque estoy ligado a la humanidad; por consiguiente nunca hagas preguntar por quién doblan las campanas: doblan por ti.»

Sí, somos una red de pares, una red de nodos esencialmente iguales en derechos y deberes, capaces de servir y aptos para ser servidos, somos una red de intercambio en la que sólo la soberbia, la vanidad o el olvido de esta radical igualdad que existe entre los nodos puede llevar al desastre.

El ministro de justicia —y esto es solo un ejemplo— es sólo un juez de instrucción, un juez de instrucción igual en conocimientos a los restantes 5.000 jueces que componen la carrera judicial española, su opinión no tiene ni más ni menos autoridad que la de ellos.

El ministro no entiende de management, ni de pandemias, ni de gestión de emergencias, ni de planes de contingencia… Como tampoco entienden de ello CGAE, CGPJ, Asociaciones Judiciales…

Confundir la potestad con la autoridad es una de las más sutiles y catastróficas formas de estupidez.

El ministro tiene potestad (tiene poder) para dictar decretos pero no tiene autoridad (no tiene conocimientos) para dictarlos correctamente.

La única forma de que una red tome decisiones adecuadas es permitiendo que la información fluya, dejando que se formen las opiniones y, por encima de todo el impresionante ruido que se forma en una red en estado de alarma (miren sus grupos de whatsapp y díganme si no les apetece salirse de todos), se escuche a quienes tienen autoridad en cada campo.

Para que la información fluya la transparencia es esencial, sin que todos los datos estén al alcance de todos la posibilidad de errar en las decisiones es mayúscula y la posibilidad de que la red en su conjunto no entienda correctamente la situación está servida.

Estamos empezando a descubrir la vida y la acción en red y aún nos faltan algunas habilidades necesarias, pero el camino iniciado no tiene vuelta atrás, somos una red y seremos tanto mejores cuanto mejor funcione la red en su conjunto.

Vivimos en un mundo maravilloso con una sociedad maravillosa llena de conocimientos y recursos para solucionar cualquier problema y nuestro único objetivo debiera ser que esa esa red funcionase en todo momento al máximo de sus posibilidades. No es fácil, estamos aún explorando esta nueva forma de organizarnos y viendo como emergen al mismo tiempo las ventajas y los problemas, pero es el camino a seguir.

Hay todo un mundo nuevo frente a nosotros y esta crisis, además de dolor y sufrimiento, está trayendo ante nosotros una realidad palpable, que es, como escribió John Donne en 1623, que «Nadie es una isla, completo en sí mismo…»

O dicho de otro modo: que somos una red.

Cosas con las que espero que acabe esta pandemia. (I) Los farsantes.

Cosas con las que espero que acabe esta pandemia. (I) Los farsantes.

Hay cosas con las que —espero— acabará esta pandemia y creo que, una de las primeras con las que acabará, será con esa indestructible fe en los impostores y farsantes que hemos forjado en estos últimos años. Si quedan unos átomos de racionalidad en el género humano —y no les quepa duda de que quedan muchos átomos de esos— tras esta crisis confío en que la era de los farsantes habrá dejado paso a una época donde volvamos a depositar nuestra confianza en los científicos.

Los virus tienen de malo que no se les vence doblegando su voluntad, engañándolos, amedrentándolos o demostrando tener más pelotas que ellos. Un virus no es enemigo apto para chulos de barrio y matones de taberna. Si te ríes del virus o lo desprecias, como hicieron Trump o Bolsonaro, las cifras de muertos pronto te pondrán en tu sitio.

Para combatir el virus no sirven los «cojones» (si se pensara con los cojones en España tendríamos muchos premios Nóbel), para combatir el virus hacen falta ciencia y científicos.

Durante unos 18 meses vamos a vivir ajustando nuestra conducta en buena parte las instrucciones de los científicos y esperando de ellos el medicamento o la vacuna que nos permitan volver a una normalidad que nunca recuperaremos por completo. El tiempo de los farsantes y los fantoches toca a su fin, hay que dejar trabajar a los que saben.

En estos tiempos veo cómo muchos políticos quieren componer y componen posturitas de estadista épico frente al virus, sin saber que el tiempo de farsantes y toreros de salón está ya concluido. Si sucede como preveo y nuestra confianza salta de los vendehumos a los científicos y a quienes saben de verdad, algo habremos avanzado.

De todas formas no me hagan mucho caso, la capacidad de sorpresa y de adaptación de estos magos del postureo es impredecible.