Las chacinas y las palancas de tercer género

Las chacinas y las palancas de tercer género

Hoy, para comer chacinas, como cubierto auxiliar, en lugar de traerme un tenedor me han suministrado unas finústicas pinzas de diseño zigzagueante que, al pronto, no he sabido cómo usar.

La contemplación de estas pinzas me ha retrotraído 40 años atrás cuando, una noche, tocando en un caro restaurante de Monte Carlo (Rampoldi) vi por primera vez a señoras elegantísimas comer caracoles (scargots) sosteniéndolos con unas pinzas imposibles.

Luego esas mismas pinzas las vi en la película «Pretty Woman», pero ya no era lo mismo; ver comer caracoles con aquel instrumento a señoras de Aston Martin en la puerta y Piper Heidsiek Millesime como vino de pasto, fue una impresión indeleble.

Nunca he tenido una de esas pinzas de caracoles en la mano y, a veces, me he preguntado cómo se manejarían y si serían una herramienta útil o no en verdad para alguien que, como yo, no ha lidiado otros moluscos gasterópodos que esos de la ganadería de los que, por el sur de España, llaman «chupaeros».

Hoy, cuando me han traído estas pinzas, he sentido que estaba de nuevo en Rampoldi, he retrocedido cuarenta años en el tiempo y he soñado que aún seguía allí y que, por fin, me dejaban usar las imposibles pinzas para scargots.

Yo conozco bien la teoría de la pinza desde pequeño (es una palanca de las llamadas de «tercer género» por tener la potencia entre el punto de apoyo y la resistencia) pero estas que me han dado hoy para comer las chacinas se me han hecho imposibles.

Las pinzas en cuestión, en lugar de ser sencillas, lisas, mondas y lirondas, tenían una inexplicable forma de cuatro (4) sin que yo acierte a entender bien para qué. El diseño, ciertamente, mas parece obra de Escher que de la Bauhaus porque, si cogías mal las pinzas estas podían saltar por los aires y, si las cogías bien, usarlas era tan complicado como practicar caligrafía uncial merovingia.

Tras un par de intentos he sentido que no tenía necesidad ninguna de usar ese instrumento pudiendo hacer pinza con el índice y el pulgar, momento en que, plenamente de acuerdo conmigo mismo, me he zampado las chacinas con no poca satisfacción de cuerpo y espíritu.

Si conocen ustedes al diseñador de esas pinzas háganmelo saber, me gustaría intercambiar con él unas palabras.