El enigma de los michirones

El enigma de los michirones

Yo sé que con este post voy a meterme en un lío del que probablemente ya nunca pueda salir, pero creo que es mi deber hacerlo y estoy dispuesto a arrostrar el riesgo que siempre comporta decir lo que uno piensa.

El caso es peliagudo, créanme.

Desde que el ser humano, hará unos diez mil años, abandonó su vida de cazador-recolector y se estableció en ciudades y estados cada vez más grandes, su natural tendencia al altruismo sufrió cambios impensables. Hasta ese momento, un indivíduo cualquiera, era capaz de cooperar con, y hasta de dar la vida por, los miembros de su clan; no en balde compartían con él la mayoría de sus genes y eran, en mayor o menor grado, su familia. Pero, cuando las ciudades crecieron hasta alcanzar decenas de miles de pobladores, ¿cómo entendería la cooperación este animal nómada solo recientemente sedentarizado?

Por increíble que parezca la especie humana solucionó el problema desarrollando una conducta presente en muchas otras especies animales: el altruismo hacia un marcador.

Para quien no sepa qué es eso del «altruismo hacia un marcador» le diré que, algunas especies animales, por ejemplo, usan de feromonas para reconocerse como miembros de un mismo equipo; el ser humano, sin embargo, para conseguir lo mismo recurre a complejos mitos y relatos que acaban encarnados en banderas, escudos, símbolos, textos…

En mi ciudad hemos tenido muchos marcadores de esos: en 1873, por ejemplo, fue la República Federal y eso nos llevó a entrar en guerra contra el mundo; de modo que me entenderán si les digo que, tratar el tema en el que pienso adentrarme tras esta larga introducción, puede suponerme no pocos peligros, porque trata del último marcador que ha seleccionado como seña de identidad el homo carthaginensis: los michirones.

Sí, créanme, en este momento, si usted quiere soliviantar a la grey carthaginesa, le bastará para hacerlo afirmar en público que los michirones «son murcianos». Pruebe usted a hacerlo, por ejemplo, en Facebook y verá cómo el número de interacciones aumenta súbitamente y el recuerdo de su señora madre se dispara exponencialmente.

Recientemente he comprobado con no poca consternación como, algún habitante de la vecina ciudad de Murcia, reclamaba para su patria el ser la cuna y lugar de nacencia de esta preparación culinaria; afirmación inmediatamente contestada por furibundos carthagineses y carthaginesas sin que, por cierto, ni unos ni otros, aportasen dato alguno que justificase sus patrióticas afirmaciones. La carthaginesidad o murcianidad de los michirones quedó reducida en ese debate —y debo decir que en todos los que he presenciado— a puros actos de voluntarismo gastronómico-patriótico.

Creo pues llegado el momento de desvelar el enigma de los michirones y aclarar de una vez para siempre su origen. ¿Cartageneros? ¿Murcianos? A partir de hoy lo sabrán ustedes.

Antes de entrar en harina debo aclarar que tan importante debate, crucial sin duda para el futuro de esta región, no puede zanjarse con afirmaciones sin documentar y es por esto que esta tarde me he decidido a llevar a cabo una investigación científica de altura con apoyo de un meticuloso trabajo de campo. Hoy avanzaré mis conclusiones en este post y ya, dentro de unos meses, daré a la imprenta los varios volúmenes de que consta este concienzudo trabajo científico.

Comencemos sentando mi tesis de partida: tratándose el michirón no más que de un haba seca rehidratada y luego cocinada, no es lógico pensar que sea exclusiva del sureste peninsular, sino que deben poder encontrarse preparaciones semejantes en cualquier ámbito geográfico donde se cultive la «Vicia Faba», que es el nombre científico del vegetal que nos ocupa.

Me he aplicado a la tarea y el resultado ha sido sorprendente: preparaciones similares a los michirones se llevan a cabo por toda la cuenca mediterránea, oriente medio, la India e incluso el lejano oriente. Son un plato habitual en Marruecos o Siria, pero donde han adquirido carta de naturaleza y son el «plato nacional» es en Egipto donde, una de las formas de prepararlos (el «Foul Medammes» —literalmente habas preparadas—) es para ellos una seña de identidad solo comparable al Canal de Suez o a las pirámides de Giza.

Para acreditar mis descubrimientos con la pertinente prueba testifical, he decidido acercarme hasta la tienda de comestibles que hay debajo de mi casa, pues al hombre que la atiende le había detectado yo trazas de ser egipcio, fundamentalmente por mantenerse sistemáticamente de perfil cuando hablaba conmigo y por la peculiar forma de ángulo recto con mano en forma de cazo que adquiría su extremidad superior derecha al cobrar.

Me equivoqué, mi gozo en un pozo, mi amigo el tendero no era egipcio sino sirio y, aunque al principio pensé que su información no me sería de utilidad, luego he comprobado que el hombre era un pozo de ciencia culinaria.

Testigos de nuestra conversación han sido un cliente de color (negro) y un representante de productos alimenticios con trazas ecuatorianas.

No bien le he planteado mis dudas a mi amigo el tendero, casi se parte de risa y ha empezado a sacarme michirones de todas las clases y calibres que se puedan imaginar, mientras me detallaba las mil y una formas de cocinarlos. Cuando le he preguntado por el «Ful Medammes» se ha sonreído y me ha dicho: «Ful Medammes es lo que yo desayuno todos los días.»

Me he quedado estupefacto, he tratado de indagar si este hombre que desayunaba michirones no tendría ancestros cartageneros, pero no, el hombre es natural de Homs (la Emesa griega) y todos sus antepasados fueron sirios desde que Asurbanipal fue elegido por primera vez alcalde pedáneo; por tanto no había duda: la adicción al michirón como tótem no es patrimonio exclusivo del sureste de la península ibérica, sino que está incluso más acendrada en las tierras del Nilo y Mesopotamia, lo que nos lleva a los momentos fundacionales de la civilización.

Estaba yo a punto de buscar el enlace entre los michirones y el poema de Gilgamesh cuando el sirio me ha dado una información que ha confirmado un bereber magrebí que se había unido a la tertulia: el michirón no está bueno si no hierve lentamente en una perola durante toda la noche.

El rito es poner los michirones a hervir antes de acostarse y dejarlos a fuego lento hirviendo hasta que llega la mañana, momento en que su «ternol» (digámoslo en carthaginés) es máximo. El bereber ha añadido a este rito la conveniencia de que la perola en que se hiervan los michirones sea de cobre, pero, en esto, el sirio no ha estado de acuerdo y ha reputado la tal costumbre un producto de la superstición occidental. Yo ni quito ni pongo, como me lo han contado se lo cuento, pero lo del cobre me ha dejado pensando en la profunda sabiduría de estos pueblos, pues, dicho metal, ahora sabemos que tiene propiedades higienizantes y eso ha sido incluso puesto de relieve durante la pandemia que nos asola.

Pero bueno, volvamos a lo que nos ocupa, es decir, al origen de los michirones.

Parece evidente que, en cuanto a su preparación y consumo en forma de legumbre secada y rehidratada, ni murcianos ni cartageneros tenemos nada que hacer: los sirios comen michirones desde que Hammurabbi escribió su famoso código y se han encontrado restos (de michirones, no de Hammurabbi) que así lo atestiguan.

Volvamos a nuestra región ¿Podemos afirmar de alguna manera que los michirones se preparasen en estas tierras en tiempos de Tiberio o de Asdrúbal? porque, de ser así, la partida estaría ganada por los carthagineses o ¿más bien debemos suponer que llegaron con los árabes en cuyo caso nuestros vecinos del norte podrían reclamar su preeminencia?

Pues, a ambas preguntas la respuesta es sí y no.

Sin duda durante el imperio las habas secas se comieron pero, lamentablemete para los carthagineses, se llamarían como mucho «Faba» que es su nombre latino y no michirón. Es verdad que durante el Imperio estas «fabas» podrían guisarse de forma muy parecida a como se hace ahora, pues el consumo de carne de cerdo estaba permitido, pero no es menos cierto que nuestro plato icónico carecería del nombre que le da fama, cuanto más que, con cerdo, podrían guisarse las fabas no solo aquí sino en todos los confines del mundo conocido, desde el Miño al Eúfrates. Harán bien los carthagineses en recordar en este punto el pasaje del evangelio apócrifo del Pseudo-Lucas cuando afirma «Ubique coxit faba» cuya traducción, por conocida, me ahorraré.

¿Pudieron llegar entonces los michirones con los árabes?

Sin ninguna duda.

Los magníficos estudios del lexicógrafo inglés Robert Pocklington ponen de manifiesto que la palabra «michirón» proviene del vocablo árabe «misrun», cuyo significado es, literalmente, “pequeños egipcios”.

¡Ah la etimología! ¡Ciencia poco valorada pero incomparablemente útil para entender una realidad que sólo podemos explicar con palabras!

Sin duda estos «pequeños egipcios» les habrán hecho recordar lo que les he contado más arriba del «Ful Medammes», plato nacional egipcio. De la misma forma que los sevillanos comen ahora «Soldaditos de Pavía» aquellos árabes que llegaron a España se refocilaron con estos «Pequeños Egipcios» (misrun) que, por fuerza, habían de consumir sin su aditamento cárnico actual de tocinos, chorizos y jamones pues, como es bien sabido, al profeta no le gustaban ni los andares del, con perdón, cochino.

¿Cuándo llegaron a juntarse la carne del puerco con los, ya sí, michirones?

Pues, obviamente, nunca antes de la Reconquista de Murcia y Cartagena aunque, ciertamente, ni siquiera entonces podríamos dar por cerrado el asunto porque ¿reputaremos michirones legítimos un guiso que no tenga ese puntito picante que da la guindilla y que lleva a tentar el porrón con más frecuencia de la que sería menester?

No, no hay michirones legítimos sino hasta después del descubrimiento de América, pues no fue hasta la llegada de esa genial invención mexica que es el chile, que los michirones se convirtieron en lo que hoy son.

Y ahora díganme: ¿quién inventó los michirones? ¿los sumerios que desecaron las habas desde el nacimiento de la civilización? ¿los egipcios que hicieron de ellos su plato nacional durante casi cuatro mil años? ¿los árabes que trajeron a España a esos «misrún» (pequeños egipcios) que comieron con deleite? ¿los cristianos que le añadieron el cerdo? ¿los mexicas que les dieron el picante necesario para hacer de ellos un pecado mortal?

Como casi todas las cosas, los michirones, no son de ninguna parte y son de todas partes un poco; pero, esto, estoy seguro que no habrá de hacer cambiar de idea ni a tirios ni a troyanos, como la Ley de la Evolución no ha persuadido a los creacionistas de que el mundo no se hizo en seis días o como mil guerras no han convencido a los patriotas de que, independientemente del color de las banderas, todas las sangres son rojas.

Mañana, usted, puede preguntar de nuevo de dónde son los michirones o quien los inventó y siempre habrá quien le responda: ¡De Murcia! o ¡De Cartagena! sin importar cuántos datos pueda usted aportarle.

Porque el verdadero enigma de los michirones no es su origen, el verdadero enigma de los michirones es tratar de comprender cómo el ser humano puede hacer de un trozo de tela teñida, de una madera tallada o incluso de un haba seca, un motivo para creerse distinto y aún porfiar por ello.

Yo soy español

Visto cómo anda el percal estos días, me siento en la necesidad de aclararles una cosa: yo soy español, más concretamente soy español de religión.

Uno puede elegir ser católico, budista, ortodoxo o seguidor de Mahoma, yo, quizá por comodidad, he elegido ser español.

Al igual que el hecho de ser católico, protestante u ortodoxo no da a quienes lo son (al menos no debería darles) privilegios especiales, el hecho de ser español de religión creo que tampoco me confiera a mí derecho alguno, es algo que no me hace mejor ni peor que nadie, y no creo que me dé (al menos no debería darme) derecho a exigir tratos ni leyes especiales. Ser español es una forma de entenderme y de conducirme, me sirve a mí y no me parece que sea la mía una fe que deba imponérsele a nadie.

Pero cuidado, es posible que mi forma de ser español no coincida con la suya. Quienes nacimos en los 60 vivimos la llegada de la música y la cultura norteamericana del mismo modo que nuestros padres vivieron la llegada del cine. Nuestras infancias están más cerca de las películas de Disney, los dibujos animados de la Warner Brothers, del James Dean de «Al Este del Edén» y de la Olivia Newton John de «Grease» que del «Sangre y Arena» de Blasco Ibáñez.

Igual, usted que me lee, es un español o española de esos de chupa de cuero y capaz de enfadarse si alguien le mienta sin respeto a Led Zeppelin o The Cure. O igual es usted de los que aún sigue escuchando a Loquillo y se emociona con un Cadillac solitario aún cuando usted no haya visto un Cadillac más que en las películas de Hollywood. O a lo mejor, simplemente, más que aficionado al mus o al tute, es usted un apasionado de los vídeojuegos desde que salió el «Pong» y ha llegado usted a Fortnite tras dejarse muchas monedas de cinco duros matando marcianos en «Space Invaders» o «Zero Time», encajando bloques en Tetris, pegando saltos con Super Mario o disparando su Garand en «Medal of Honour».

Usted, concedámoslo, es español aunque sea incapaz de reconocer el compás de soleá o la escala frigia, de recitar un soneto de Góngora, de escuchar una zarzuela o de soportar una obra completa de Manuel de Falla. Cada uno es español como quiere, del mismo modo que, reconozcámoslo, cada uno es católico a su manera. Así que si hay católicos partidarios del divorcio o incluso medio pro abortistas por temporadas e incluso hay ateos que en Semana Santa cargan de costaleros ¿Por qué no puede ser usted español, partidario de la estética punky y forofo de Bansky?

Lo que me jode es que alguien venga a decirme cómo tengo que sentirme yo español. Les confesaré una cosa: a mí me gusta el flamenco (qué se le va a hacer) y, aunque no entiendo por qué los compases flamencos no se enseñan en las escuelas, tampoco voy a enfadarme por eso; ahora bien, que venga a darme lecciones de españolismo un sujeto que no sabe quién era Doña Pastora Pavón o el Tío de la Tiza, no lo llevo nada bien.

Miren, yo no me voy a meter con el rap, con el trap, con el pop, con el funky, con el soul, con el rock, con el heavy ni con ningún tipo de música; ahora bien, si viene usted a darme lecciones de españolismo, aprenda primero a distinguir la isa de la folía, la polka de la jota, el fandango del tango y estos de la soleá o la bulería, la taranta de la levantica, las manchegas de las de Aragón, tome usted conciencia de que por el Puente de Aranda se tiro el tío Juanillo pero que —por suerte— no se mató, entrénese hasta poder cantar el «Miudiño» con catro cuncas de ribeiro en el morrillo, sepa que con esas mismas cuatro cuncas no se debe cantar el Asturias patria querida y, mientras pasea por la alameda primera, cerciórese de que es capaz de distinguir un zortzico de una habanera; cuando sepa eso y aprenda a cantar las primeras estrofas de «La Santa Espina», ya puede usted empezar a hablarme de qué es eso de ser español.

No soy pejigueras, yo no me meto con usted, no se meta usted conmigo y todos estaremos tan contentos.

Si es usted católico no venga a decirme que hace falta una ley especial para los católicos o que los católicos son distintos de los budistas y que por eso hay que cuidar a los católicos y abucharar a los evangélistas; mire, aquí o cabemos todos o no cabe ni Dios.

Y lo mismo me pasa con las patrias, no me venga usted a contar si es español, catalán o cantonalista de Cartagena, usted puede ser lo que quiera ser, sus elecciones religiosas, patrióticas o musicales, disfrútelas usted a sus anchas, pero no las imponga al resto de la sociedad. Aquí todos somos iguales: católicos, protestantes, heavys, punkies, gallegos, manchegos, catalanes, españoles y hasta los de Cartagena. Siéntase usted como quiera y sea usted de la religión o la patria que quiera, pero no venga a darme la tabarra y menos a amargarme el día.

Yo comprendo que las patrias, las religiones y las músicas, se disfrutan más cuando molestan al prójimo y, quizá por eso, nos gastamos un pastizal en ponerle al coche unos altavoces de dos millones de decibelios: para ir por la calle atronando con la música que nos gusta y atacar a bacalao a los vecinos de las calles por las que circulamos con nuestro coche tuneado. Quizá también por eso sacamos por la calle nuestros Santos y quizá por eso salimos también con nuestras banderas, porque tenemos ese punto de maldad que nos hace disfrutar al decir: mira cómo soy, diferente de ti, entérate. Parece que la sed de pertenencia del animal humano se saciase mejor haciéndole saber al de enfrente que es distinto.

Resumiendo, no venga usted a contarme cómo he de ser español ni venga usted indignado a explicarme qué es usted catalán, extremeño o sintoísta y que, debido a su peculiaridad, tiene derechos distintos y hemos de cambiar las leyes. Se lo diré claramente: todas esas cosas sólo existen en su mente, lo que existe en la realidad son personas que trabajan, aman, crían a sus hijos y mueren cuando llega su hora y esas, por definición, son iguales a usted, juntas hacen las leyes y juntas han de convivir. No me venga a dar la lata ni con su religión ni con su patria porque yo, de religión, ya se lo digo, soy español, Cartagena es mi patria y con los años que tengo no estoy ya para tostones.

Si la religión y las patrias estuviesen claramente separadas del estado, los que dicen hablar en nombre de Dios no harían matarse a la gente ni, tampoco, nos harían enredarnos en trifulcas entre hermanos quienes dicen hablar en nombre de la patria.

Hale, feliz domingo y vamos a llevarnos bien.