El problema del mal

El problema del mal

Es difícil explicar por qué a los buenos, a los justos, les va mal y, en cambio, el mundo está lleno de gente vil, miserable e inicua a quienes la fortuna parece sonreírles.

Si existe esa justicia cósmica a la que llamamos religión esta no parece funcionar bien y esto es algo que el ser humano ha percibido desde que las primeras grandes religiones apareciesen —cómo no— en Sumeria o Egipto.

Para los sumerios, politeístas, la solución a este problema de que las cosas les fuesen mal a los piadosos estaba clara: sin duda, por descuido, habían ofendido a algún dios. Hace unos días, enredando con textos religiosos, hallé esta oración mesopotámica que me pareció terriblemente tierna. Un hombre desconsolado reza a los dioses que conoce y hasta a los que no conoce para aplacar su ira. Él no sabe qué pecado ha podido cometer pero es evidente que alguno debe de haber cometido para que la cólera del cielo caiga sobre él:

«Dios mío, muchos son mis pecados, ¡grandes son mis iniquidades!
El pecado que he cometido, no lo sé.
La iniquidad que he cometido, no la sé.
La ofensa que he cometido, no lo sé.
La transgresión que he cometido, no la sé.
El dios, en la ira de su corazón, me ha visitado.
La diosa se ha enojado conmigo y me ha herido gravemente.
El dios conocido o desconocido me ha estrechado.
La diosa conocida o desconocida me ha traído aflicción.
(…)
¡Que se apacigüe la ira del corazón de mi dios!
¡Que se pacifique el dios que no conozco!
¡Que se pacifique la diosa que no conozco!
¡Que se pacifique el dios conocido y desconocido!
¡Que se pacifique la diosa conocida y desconocida!»

Este problema del hombre justo maltratado por los dioses dio lugar a un maravilloso texto acadio titulado «Ludlul bel nemeqi» (Loaré al señor de la sabiduría) que nos plantea el problema del injusto sufrimiento de un hombre, llamado Shubshi-meshre-Shakkan. El protagonista es atormentado, pero no sabe por qué. Él ha sido fiel en todas sus funciones a los dioses. El libro especula que puede ser que lo que es bueno para el hombre sea malo para los dioses, y viceversa. Aunque, finalmente, el pobre hombre ve acabar sus sufrimientos este problema, el llamado “problema del mal” subsiste.

En las religiones politeístas, de todas formas, este problema siempre podía ser resuelto atribuyendo el mal a alguna deidad o entidad malvada. Así, cuando los dioses decidieron acabar con la humanidad a través de un diluvio universal, un dios bueno avisó de las intenciones de los dioses a Ut Napishtim para que construyese su barca y metiese dentro una pareja de animales de cada especie y semillas de las plantas; relato que el pueblo judío tomaría después para dar forma al mito de Noé.

El problema del mal se agrava en las religiones monoteístas porque, en estas, hay un solo dios creador absolutamente de todo, del bien y hasta del mal. Veamos como nos lo cuenta la Biblia:

«Yo soy Yahweh, y ninguno más hay; no hay Dios fuera de mí. Yo te ceñiré, aunque tú no me conociste, para que se sepa desde el nacimiento del sol, y hasta donde se pone, que no hay más que yo; yo Yahweh, y ninguno más que yo, que formo la luz y creo las tinieblas, que hago la paz (shalom) y creo el mal (ra). Yo Yahweh soy el que hago todo esto.»

Pero ¿cómo es posible que un dios todopoderoso al que se supone infinitamente bueno puede permitir la injusticia?

Dando un salto de tres mil años les diré que siempre que se trata de este problema del mal recuerdo unos versillos que cantaba con sentenciosidad argentina Jorge Canfrune y que decían (cito de memoria):

«Tal vez habrá alguien “rodao”
tanto como rodé yo;
pero juro, créanmelo,
que he visto tanta pobreza
que yo pensé con tristeza:
“Dios, por aquí, no pasó.»

Sí, para un monoteísta, la realidad del mal en el mundo es aún más inexplicable que para un politeísta y esto, obviamente, no podía pasar desapercibido ni a los babilonios ni a los judíos —un pueblo esclavizado en Babilonia— quienes, obviamente, conocían el «Ludlul bel nemequi» y los problemas que planteaba a las religiones la existencia del mal. La respuesta de la religión judía a toda esta cuestión es su particular versión del «Ludlul bel nemequi”: el «Libro de Job».

Posiblemente ustedes no recuerden del «Libro de Job» mas que la paciencia de este y —quizá— la frase que, como perícopa, se nos suele contar, aquello de: «El señor me lo da, el señor me lo quita, bendito sea Dios».

Pues bien, si es eso lo que usted recuerda del libro, le sugiero que lo repase porque se puede llevar una sorpresa.

En primer lugar: ¿Por qué le pasan cosas malas s Job? Pues, aunque usted no me crea, debido a una apuesta realizada entre Dios y el Diablo. Veámoslo.

«Un día vinieron a presentarse delante de Jehová los hijos de Dios, entre los cuales vino también Satanás.
Job 1:7 Y dijo Jehová a Satanás: ¿De dónde vienes? Respondiendo Satanás a Jehová, dijo: De rodear la tierra y de andar por ella.
Job 1:8 Y Jehová dijo a Satanás: ¿No has considerado a mi siervo Job, que no hay otro como él en la tierra, varón perfecto y recto, temeroso de Dios y apartado del mal?
Job 1:9 Respondiendo Satanás a Jehová, dijo: ¿Acaso teme Job a Dios de balde?
Job 1:10 ¿No le has cercado alrededor a él y a su casa y a todo lo que tiene? Al trabajo de sus manos has dado bendición; por tanto, sus bienes han aumentado sobre la tierra.
Job 1:11 Pero extiende ahora tu mano y toca todo lo que tiene, y verás si no blasfema contra ti en tu misma presencia.
Job 1:12 Dijo Jehová a Satanás: He aquí, todo lo que tiene está en tu mano; solamente no pongas tu mano sobre él. Y salió Satanás de delante de Jehová.»

¿Curioso verdad?

Lo primero que tenemos que hacer notar es que, en una religión monoteista, ya se nos hace aparecer un personaje de naturaleza espiritual pero malvado que dé una cierta explicación al mal: Satanás. Pareciera que sin un segundo «diosecillo» malvado el problema del mal fuera inexplicable pero, considerando la supremacía omnipotente del dios único, tampoco se acaba de entender el problema.

La cuestión en el Libro de Job es que Satanás le plantea a Yahweh que si Job es bueno es porque no le pasan calamidades y Yahweh autoriza a Satanás a que lo llene de calamidades en tanto no le quite la vida. Satanás, con el consentimiento de Yahweh, se despacha a gusto: le mata los hijos, los criados y siervos, le arruina las cosechas, acaba con su ganado…

Recordamos de Job su paciencia, pero eso es porque solo hemos leído las primeras páginas; Job, con toda su paciencia, se harta y dice, entre otras muchas cosas y solo por ejemplo:

«Job 9:22 Una cosa resta que yo diga:
Al perfecto y al impío él los consume.
Si azote mata de repente,
Se ríe del sufrimiento de los inocentes.
La tierra es entregada en manos de los impíos,
Y él cubre el rostro de sus jueces.
Si no es él, ¿quién es? ¿Dónde está?»

Sí, Job también es de los que se pregunta dónde está Dios cuando ve tantos males sin sentido, Job, como Canfrune, piensa que «Dios, por allí, no pasó».

Finalmente Yahweh se acuerda de Job y le da más hijos y riquezas aunque eso, sospecha el lector, no acaba de devolverle la vida ni ahorrarle sufrimiento a todos los hijos, criados y siervos de Job que perecieron a causa de una apuesta cuyo final ya debería conocer el dios omnisciente.

Nadie en la historia de las diversas religiones monoteístas ha resuelto de una forma convincente este problema del mal a pesar de que las diversas civilizaciones vienen lidiando con él desde hace más de cuatro mil años, pero, a cambio, nos ha legado una sucesión de obras literarias y reflexiones que nos permiten adentrarnos y tratar de conocer uno de los territorios más cercanos y más desconocidos a todos nosotros: la naturaleza humana.

Una cesta en el río

Una cesta en el río

Sargón de Akkad fue el primer emperador de la historia y gobernó la tierra entre el Tigris y el Eúfrates hace unos cuarenta y tres siglos. Creemos saber cómo era su rostro pues, probablemente, es el que se ve en la fotografía pero, mucho más interesante, conocemos cómo fue su nacimiento porque, él mismo, se encargó de contárnoslo. Quizá la historia les suene porque —de otro líder— 18 siglos después, nos contaron una historia parecida.

Leamos cómo nos cuenta el emperador Sargón su nacimiento:

1. Sargón, el rey poderoso, rey de Akkad soy yo,

2. Mi madre era humilde; a mi padre no lo conocí;

3. El hermano de mi padre habitaba en la montaña.

4. Mi ciudad es Azupiranu, que está situada a orillas del Purattu [Éufrates],

5. Mi humilde madre me concibió y en secreto me dio a luz.

6. Me metió en una canasta de cañas, me cerró la entrada con betún,

7. Ella me arrojó sobre los ríos que no me desbordaron.

8. El río me llevó, me llevó a Akki, el regador.

9. Akki, el irrigador, en la bondad de su corazón me sacó,

10. Akki, el irrigador, como su propio hijo me crió;

11. Akki, el irrigador, como me designó su jardinero.

12. Cuando era jardinero, la diosa Ishtar me amaba,

13. Y durante cuatro años goberné el reino.

14. Los pueblos de cabeza negra que goberné, goberné;

15. Montañas poderosas con hachas de bronce destruí (?).

16. Subí a las montañas superiores;

17. Atravesé las montañas más bajas.

18. Asedié tres veces la tierra del mar;

19. Dilmun capturé (?).

20. Subí al gran Dur-ilu, yo. . . . . . . . .

21. . . . . . . . . .Me alteré. . . . . . . . . . . . . . .

22. Todo rey después de mí será exaltado,

23.. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .

24. Que gobierne, que gobierne a los pueblos de las cabezas negras;

25. Montañas poderosas con hachas de bronce destruya;

26. Que suba a las montañas superiores,

27. Que atraviese los montes inferiores;

28. La tierra del mar le dejó asediar tres veces;

29. Dilmun lo dejó capturar;

30. Al gran Dur-ilu, déjalo subir.

Aunque la tablilla de barro está incompleta y hay trozos ilegibles el parecido con alguna historia posterior es curioso ¿No les parece?

Cinco meses de invierno y siete de infierno

Cinco meses de invierno y siete de infierno

La imagen que ven en la fotografía ha sido impresa en arcilla por un sello cilíndrico fabricado hace más de 4000 años y, sin embargo, quizá sea esta imagen la que, en el curso de toda la historia humana, mejor nos explica la razón de ser de una porción muy importante de todas las religiones del mundo.

En la imagen, como ven, dos seres antropomorfos idénticos están atacando a un dragón con siete cabezas. Tres de sus cabezas ya han muerto, tres viven y la restante está en trance de morir. De la espalda del dragón salen rayos mientras en el cielo brilla una estrella. Algunos otros personajes son testigos de la escena. La imagen fue entallada en un sello cilíndrico en Tell Asmar en el año 2200 AC, hace, pues, 42 siglos.

Seguro que la lucha de un héroe contra un dragón, frecuentemente de varias cabezas y muy a menudo con exactamente siete, es una historia que no les resulta desconocida.

Es el mito de San Jorge y el dragón, pero no sólo él, es Yahweh derrotando al Leviathan, es Marduk derrotando a la serpiente Tianmat, es Zeus derrotando a Tifón, Hércules venciendo a la Hidra o Thor matando a la serpiente-dragón gigante del Midgard, Jörmundgander.

¿Qué hay de común en todo estos mitos?

Es agosto y, si uno vive en los aledaños de la cuenca del Mediterráneo, no tiene problema alguno para entender porqué el infierno de nuestras religiones es caluroso y no helado. Si se le pregunta a alguien del sur de España cuántas estaciones hay en su tierra es probable que le responda aún que cinco de invierno y siete de infierno. Para una civilización agrícola eso y no otra cosa es el verano, falta el agua y el sol pega. Para las civilizaciones agrícolas, sedentarias, los dioses buenos viven en el cielo y no por casualidad. Es en el cielo donde, siguiendo el curso del sol y midiendo sus solsticios y equinoccios, podemos saber cuándo es tiempo de sembrar y cuándo de recoger, cuando es tiempo de trabajar y cuándo de descansar, cuándo es tiempo de navegar o de mantenerse en puerto. Si en el cielo están escritos los tiempos de todos los ciclos agrícolas los dioses que traen la lluvia son fundamentales para estas civilizaciones; por eso Baal, Marduk, Thor, Zeus o Júpiter son dioses similares, dioses del rayo y del trueno, dioses de la lluvia y las plantas y para aquellos hombres que dependían del clima, los dioses sin duda más necesarios.

Hay eruditos que dicen que el culto a Baal entre los israelitas fue crónico pues su preeminencia como dios relacionado con las lluvias le hacía mucho más útil que Yahweh, un dios bueno para sacarles de Egipto pero poco útil a la hora de cultivar. Yahweh, para los judíos prácticos, estaba más cercano a abstractos dioses-padre como el cananeo El que a dioses útiles como Baal o Haddad.

Y, al igual que el dios que gobierna los meteoros es el apropiado para estas civilizaciones agrícolas, la serpiente es el símbolo más apropiado del mal. La serpiente, un ser de sangre fría, se aletarga durante el lluvioso invierno para reaparecer en el seco y cálido verano mediterráneo. Parece morir en la estación húmeda y renacer en la seca, parece incluso regenerarse con una nueva piel y dominar el secreto de la eterna juventud. Yam, Lotan, Tifón, la Hidra… todos son seres monstruosos, draconianos, serpentiformes… La serpiente es también señalada como un animal solar, sigue al sol como hemos visto, pero el sol con su calor evapora el agua, se apropia de ella y es por eso que sol, calor y fuego se asocian también a la serpiente hasta convertirla en eso que los seres humanos hemos dado en llamar «dragón».

Pero volvamos al sello. Dos personajes idénticos (ya veremos luego que, como en los comics, son la misma deidad, el mismo superhéroe) atacan a una serpiente-dragón, que expele calor por su lomo y posee siete cabezas, como siete eran los meses de la estación seca en mesopotamia (de abril/mayo a octubre/noviembre). Tres de sus cabezas ya han muerto (mayo, junio, julio) y tres están vivas (septiembre-octubre-noviembre) y una está siendo matada en este momento por el héroe. Estamos pues es agosto y esto nos lo confirma la estrella que preside la escena, con toda probabilidad Sirio, la estrella más visible del firmamento y que preside la bóveda celeste en estas fechas caniculares.

Uno de los dos personajes la ataca por la espalda, otro golpea sus cabezas… Es, según señala Gary A. Rendsburg en su artículo “UT 68 and the Tell Asmar Seal”, una ilustración del mito de Haddad (un dios del trueno, la lluvia y las plantas en la mitología asiria y aramea). Haddad, según las escrituras, ataca dos veces a la serpiente Yam (el invierno), la primera en la espalda, y falla, en la segunda va matando una por una sus siete cabezas. El invierno comienza cuando Haddad falla y termina cuando logra acabar con su séptima cabeza. El sello ilustra pues el momento más caliente de la batalla, el infernal ferragosto.

La sucesión de estaciones, la muerte y resurrección de dioses, las festividades relacionadas con solsticios y equinoccios es algo muy común a todas las religiones de las sociedades agrícolas; Huitizchilopochtli, por ejemplo, el dios Azteca, era una figurilla de barro en que la que se plantaban semillas de maíz que florecían en la época adecuada haciéndole “resucitar”. Navidad y Semana Santa son también ejemplos válidos de ritos agrícolas.

Escribo esto para no para contar nada a nadie sino para no olvidarme de algunos de estos datos, es una forma de saber que puedo acudir aquí si un día los olvido.

Si te interesa el tema hay mucha bibliografía al respecto, el de las religiones es un mundo apasionante.

Sistemas antifalsificación de hace tres mil años

Sistemas antifalsificación de hace tres mil años

Falsificar documentos ha sido uno de los peligros más comunes para el tráfico jurídico desde que se inventó la escritura y fueron, precisamente los inventores de la escritura, quienes idearon algunas de las más ingeniosas técnicas antifalsificación.

Lo que ven en la primera fotografía es un contrato mesopotámico. Como ven, la tablilla donde está escrito el original del contrato está embutida en una especie de sobre, también de arcilla, que en la fotografía aparece roto. En el trozo de “sobre” que no está roto aún se ven unas figuras que son el sello del envoltorio. Dichas figuras se impresionaban sobre la arcilla blanda usando un cilindro con las mismas figuras entalladas en él, de forma que, haciéndolo rodar sobre la arcilla, dejaba impresas las figuras.

Sobre el lado que no se ve del “sobre” está copiado, rasgo por rasgo, el mismo texto que figura en el contrato original.

En la tercera foto puede verse un sobre intacto por el lado donde estaba copiado el texto del contrato. Este “sobre” fue encontrado por Sir Max Mallowan y su esposa la novelista Agatha Christie (fue su segundo marido, una historia que les contaré otro día) y se trata de un contrato de préstamo de plata fechado el día 28 del mes de Nisán (aproximadamente nuestro marzo) del año 650 AC.

El sistema funcionaba como sigue: se escribía el contrato original en una tablilla de arcilla que, luego, se recubría por un envoltorio de arcilla donde se copiaba exactamente el mismo contrato. Sobre este envoltorio se aplicaban sellos rodados (de los contratantes) y en el caso del sobre de Agatha Christie los de hasta seis testigos.

Si, posteriormente, alguien afirmaba que se había falsificado el contrato, bastaba con romper el envoltorio y confrontarlo con lo escrito en su interior. Obviamente, para falsificar el interior, había que romper el envoltorio, lo que habría delatado la manipulación.

Se me ocurre que el sistema, de una forma u otra, aún sigue en uso en algunas aplicaciones informáticas.

Los sumerios, en verdad, eran unos tipos geniales.

La revolución de Urukagina

Los libros de historia del derecho en que solemos estudiar los juristas suelen despachar rápidamente el derecho de Mesopotamia con un par de alusiones a Hammurabbi y su código; con eso y poco más dan el asunto por resuelto. No sabemos lo que nos perdemos. Nos perdemos, nada menos, que el momento inaugural de la civilización humana.

Los sumerios fueron los primeros en todo porque la historia empieza con ellos, ellos inventaron la escritura y ellos, gracias a millones de tablillas de barro, nos legaron un sorprendente cúmulo de conocimientos que, el olvido de su lengua y la superior atracción que parece haber ejercido el mundo egipcio sobre nuestra civilización, han hecho que no la hayamos aprovechado debidamente.

Nuestra civilización se siente heredera de Grecia pero los griegos no fueron sino aventajados alumnos de los sabios de aquella tierra que se encontraba entre dos ríos: Mesopotamia. Hoy sabemos, gracias a recientes traducciones de tablillas en escritura cuneiforme, que el teorema de Pitágoras no era de él, sino de los matemáticos mesopotámicos y que fue en Mesopotamia donde lo aprendió el sabio de Samos; que Euclides y sus «Fundamentos» son deudores de los mismos sabios y que, en general, toda nuestra civilización, de la religión al derecho, hunde sus raíces en lo que aquellos hombres inventaron y dejaron escrito para los siglos venideros. No necesito recordar que aún hoy nuestras horas tienen sesenta minutos y estos sesenta segundos a su vez porque así es como contaban en Mesopotamia. No necesito recordar tampoco que las primeras observaciones astronómicas son debidas a ellos ni que, incluso los mitos que contiene la Biblia en el Antiguo Testamento, son en buena parte tomados de los mitos de las religiones mesopotámicas.

Sin embargo hoy quiero hablar de derecho, política y Mesopotamia o —para ser más exactos— de Sumeria. Los habitantes de la tierra situada entre los ríos Tigris y Eúfrates llamaban a esta tierra la «Tierra de los Grandes Dioses» (Ki-En-Gir), no fueron sino los griegos quienes la bautizaron como Mesopotamia (Meso- «enmedio» -potamos ríos), y es sobre esta tierra «de los grandes dioses» o «entre los ríos», sobre la que se desarrollaron civilizaciones y culturas distintas y sucesivas: sumerios, acadios, babilonios… Culturas distintas y lenguas distintas pero todas con un mismo sistema de escritura: el cuneiforme, gracias al cual hoy podemos saber quiénes fueron y qué hicieron estos hombres que inauguraron la historia de todo el género humano.

Quizá si nuestros conocimientos de escritura cuneiforme no se hubiesen perdido la historia de la humanidad hubiese podido ser otra, pues no fue sino hasta 1857 que los trabajos de Henry Rawlison, Edward Hincks, Julius Oppert y William Henry Fox Talbot se reconocieron y se comenzó a tener por descifrado el «persa antiguo». Para esa época nuestra cultura mediterránea llevaba 19 siglos leyendo obras en griego clásico y en latín, todo el caudal de cultura sumeria, acadia o babilonia apenas si empezaba a emerger.

Se dice que los griegos inventaron la política y que su primera forma de gobierno fue la monarquía, un sistema en el que gobierna un solo líder pero que, pronto, comienza a no poder ejercer un poder omnímodo pues, sobre todo en tiempo de guerra, precisa de la ayuda de notables cuando no del apoyo de cualquier persona capaz de empuñar armas, apareciendo así asambleas. A la monarquía, decían, solía sucederle una oligarquía; es decir, el gobierno de unos pocos. Los abusos de esta oligarquía solían exasperar a su vez al pueblo que, llevado al límite, se rebelaba y buscaba un jefe que colocar al frente del gobierno desbancando a la oligarquía establecida y, a este tercer régimen, le llamaron «tiranía»; si bien es cierto que tal palabra no tenía para ellos el sentido peyorativo que ahora tiene, pues su traducción más exacta sería «jefe» o «patrón».

Todas estas formas de gobierno fueron conocidas por los sumerios y todas estas formas de degeneración de los sistemas de gobiernos fueron por ellos experimentadas y es de uno de estos «patrones» o «jefes» de quien me gustaría hablarles: Urukagina de Lagash, el primer legislador conocido.

Urukagina accedió al poder con toda probabilidad como «jefe» o «patrón» de una revuelta del pueblo exasperado y sus medidas legislativas dejan muy claro cuáles eran sus objetivos al llegar al cargo de sumo regidor de la ciudad-estado de Lagash, en Sumeria. Corría el año 2.380 antes de nuestra era.

Urukagina trató de reducir las diferencias entre las clases sociales, disminuyó los impuestos, trató de anular prerrogativas que se habían atribuido el monarca y su familia, redujo los abusos por parte de los funcionarios, prohibió la explotación de las capas sociales inferiores, condonó deudas, combatió la corrupción y expidió el primer código legal registrado por la historia. Aunque aún no se conoce su texto, se sabe por referencias y citas encontradas, que el Código de Urukagina concedía exención de impuestos a los huérfanos y viudas; obligaba a la ciudad a pagar los gastos de los funerales; decretaba que los ricos debían pagar con plata sus compras a los pobres y prohibía obligarlos a vender.

Fue durante el gobierno de Urukagina de Lagash que se dio libertad a un gran número de esclavos y es en uno de los documentos redactados para certificar uno de aquellos hechos donde, por primera vez en la historia de la humanidad, aparece escrito el concepto, la palabra, «Libertad» (Ama-Gi, véase la ilustración que encabeza el post). Bastaría con esto para que el recuerdo de Urukagina fuese imborrable; su política de defensa de los desfavorecidos podría ser un estímulo para gobernantes pero su fama se vio empañada por… las mujeres y la moral.

A pesar de que protegió a viudas y pobres Urukagina al parecer cometió el grave error de prohibir la poliandría. Sí, en aquella época las mujeres de Lagash parece que podían casarse con varios hombres sin problema, cosa que, al parecer, no le parecía bien a Urukagina. Sus leyes prohibiendo la poliandria han dado lugar a que, desde ópticas actuales, se considere a Urukagina el primer represor de los derechos de la mujer (no se tiene noticia de que hiciese lo mismo con los hombres) y que su figura, lejos de ser aplaudida, esté puesta en cuarentena.

No tengo nada que decir en este punto salvo que son ustedes quienes tienen la última palabra en este caso: ¿fue Urukagina un defensor de los desfavorecidos, un opresor de la mujer o ambas cosas al mismo tiempo? ¿Qué opinión les merecen las reformas de Urukagina?

Me encantará leer sus opiniones, porque, al final, cada uno puede sostener su propia opinión sobre Urukagina y eso no es más que una consecuencia directa de un concepto que los sumerios legaron al mundo durante su gobierno: Ama-Gi («Libertad»).

Contratos de hace cuatro mil años

Llamamos historia, por oposición a prehistoria, al período de tiempo en el que la humanidad ha conocido y usado la escritura; y, como los inventores de la escritura fueron los sumerios, necesariamente habremos de admitir que la historia empieza en sumeria y también, naturalmente, que la historia del derecho empieza allí.

Hoy me he entretenido tratando de encontrar el primer contrato escrito de la historia de la humanidad y naturalmente me he dedicado a husmear entre las muchas transcripciones de tablillas mesopotámicas que la red ofrece.

La cantidad de contratos que conservamos de hace 4.000 años es tremenda, yo diría que hasta abrumadora y pareciera, tal es su número, que la escritura se hubiese inventado específicamente para documentar actos jurídicos (y quizá así sea). Esto, junto con el celo mesopotámico por clasificar y archivar minuciosamente las tablillas, ha hecho que dispongamos de una enorme cantidad de material del que tan sólo se ha traducido una pequeña parte. Hoy me he entretenido con este contrato de compraventa de inmuebles realizado por un ciudadano sumerio llamado Sini-Ishtar y que, si bien se mira, no difiere tanto de nuestras actuales escrituras. Veamos el texto (la traducción, de traducción, de traducción, es mía de forma que no me hago responsable) de circa del 2000 AC:

Sini-Ishtar, hijo de Ilu-eribu, y Apil-Ili, su hermano, han comprado un tercio de Shar de tierra con una casa construida, junto a la casa de Sini-Ishtar, y luego la casa de Minani. Un tercio de Shar de tierras de cultivo junto a la casa de Sini-Ishtar, que se enfrenta a la calle. La propiedad de Minani, el hijo de Migrat-Sin. Han pagado cuatro siclos y medio de plata, el precio acordado. Nunca se podrá reclamar por la casa de Minani.
Por su rey juraron. (A continuación, los nombres de catorce testigos y un escriba.) Mes de Tebet, año del gran muro de Karra-Shamash.

Me he sonreído pensando en el escribano de hoy día, el notario, escribiendo aquello de: «Un trozo de tierra de un Tercio de "Shar", o lo que es lo mismo un tercio de un "Nindam cuadrado" o lo que es lo mismo ocho codos cuadrados o 16 metros cuadrados de superficie. Linda con la calle donde se ubica; norte, casa de Sini-Ishtar…»

Al final juran por su rey y firman hasta 14 testigos junto con el escriba, que no pone lo de «está mi sello en tinta» como los notarios de ahora porque en sumeria los escribas y las personas de orden firmaban con los llamados «sellos rodados» que resultaban mucho más elegantes e historiados que esos sellos de goma de medio pelo que ahora usan nuestros fedatarios…

…y mientras escribo esto mi amiga Verónica del Carpio me manda por mensajería la noticia que ven en la fotografía y pienso en lo paradójico que resulta que podamos leer contratos de hace 4.000 años pero que la sinvergonzonería reinante no nos permita conocer contratos de hace menos de diez años. En Sumeria, ciertamente, cuidaban mejor sus contratos y su honra.

La boda de Mibtah

La mujer de quien quiero hablarles, Mibtah, era judía y había nacido en el Egipto del año 480 antes de Cristo, cuando regía los destinos del país del Nilo el «faraón» Artajerjes I, porque, por entonces, los persas trataban a Egipto como a una satrapía.

Mibtah, aunque judía, vivía en Egipto, concretamente en una isla situada en medio del Nilo y ubicada cerca de la primera catarata, en lo que entonces era la frontera del Alto Egipto y la Nubia Inferior y en las aguas de lo que actualmente llamamos Asuán. La isla se llamaba «Elefantina» y allí vivía una próspera y activa colonia judeo-aramáica.

Mibtah nació en el seno de una de las familias judías que prosperaban en esa comunidad y su padre, Mahseiah, se cuidó desde bien pronto de que ella dispusiese de una buena porción de tierras a pesar de las, al parecer, no pocas demandas a que hubo de hacer frente.

Son todos esos documentos legales que la rodearon los que hacen que conozcamos la vida de Mihtab con bastante exactitud. Sabemos, por ejemplo, que fue parte en juicios y que los ganó, sabemos también que tuvo varios maridos de los que se fue divorciando cual si de una Liz Taylor de la época se tratase y es, precisamente, a uno de sus matrimonios al que corresponde este contrato que la unió al arquitecto real Eshor Bar Djeho, contrato que quiero enseñarles hoy pues estoy seguro que a los juristas y no juristas les resultará sorprendente en muchos aspectos. El documento original es el que ven en la fotografía que abre este post y su traducción (no me hago responsable de nada en este punto) dice lo que sigue:

A 24 Tishri, (sexto día del mes de Epeiph), en el decimosexto año del reinado del Rey Artajerjes I [14 de octubre del 449 A.C.], Eshor Bar Djeho, arquitecto real, dijo a Mahseiah, un arameo de Asuán de la División Varyazata, lo que sigue:

He venido a tu casa para casarme con tu hija Mibtah.

Ella es mi esposa y yo su marido desde este día en adelante y para siempre.

Te he entregado como dote por tu hija Mihtab 5 siclos reales que han sido recibidos y aceptados.

Tu hija Mibtah me ha entregado personalmente monedas de plata (12 siclos reales), una prenda de lana nueva teñida y bordada a mano de unos 4 por 2,5 metros y cuyo valor es de 28 siclos reales. Un tejido nuevo de 4 por 2,5 metros que vale 8 siclos reales. Otra prenda de lana finamente tejida de 3 por 2 metros y cuyo valor es 7 siclos. Un espejo de bronce (1,5 siclos). Un cuenco de bronce (1,5 siclos). Dos copas de bronce (2 siclos). Una jarra de bronce (0,5 siclos).

La suma de la plata y el valor de las mercancías es de 65,5 siclos de Real peso que han sido recibidos y aceptados.

Una cama de caña de papiro con cuatro piedras incrustadas. Una bandeja. Dos cucharones. Una caja nueva de hoja de palma. Cuatro cucharadas de aceite de castor. Un par de sandalias.

Si Eshor muriese sin dejar hijos ni hijas durante la vida de Mihtab ella tendrá derecho lefítimo a todas las propiedades de Eshor, su casa, sus bienes, sus propiedades y todo cuanto posea.

Si Mihtab muriese sin hijos ni hijas durante la vida de Eshor, su marido, entonces él heredará todas las propiedades de ella.

Si en el futuro Mihtab va a la corte y dice que se divorcia de Eshor, su marido, ella es responsable de pagar el divorcio. Ella debe entregar a Eshor 7,5 siclos de plata pesados en la balanza.

Después de eso ella se llevará de casa todo aquello que ella haya llevado personalmente, chatarra y cualquier objeto que sea, y podrá irse donde quiera, sin necesidad de que se dicte ninguna norma que la autorice ni de presentar ninguna demanda judicial.

Si Eshor en el futuro fuese a la corte y dijese que se divorcia de Mihtab, su esposa, perderá la dote. Ella podrá llevarse de casa todo cuanto haya llevado personalmente a ella, incluso chatarra y cualquier cachivache, todo de una vez, y podrá ir donde quiera sin necesidad de norma que la autorice y sin que tenga que presentar demanda judicial.

Cualquiera que demande a Mihtab para desalojarla de la casa de Eshor o privarla de los bienes y propiedades de él deberá pagar 200 siclos de plata y estar y pasar por lo pactado en este documento.

Yo Eshor nunca diré que tengo otra esposa además de Mihtab ni otros hijos que los que tenga con Mihtab. Si en algún momento digo que tengo otra mujer u otros hijos tendré que entregar a Mihtab 200 siclos de plata de Real pesada. No podré retener en ese caso mis propiedades frente a ella y si lo hago habré de entregarle 200 siclos de plata de pesada Real.

Autorizado por Nathan bar Ananiah el cual escribió este documento a petición de Eshor. Sustestigos son…

y aparecen a continuación cuatro nombres tras los que el documento se fragmenta y nada más es legible.

Supongo que a ustedes, como a mí, el contrato les resultará sorprendente. No sólo se prevé el divorcio de ambos cónyuges sin más requisito que su propia voluntad sino que se prevén duras sanciones económicas en el caso de que a Eshor se le ocurra ser infiel (no sabemos con qué castigarían las leyes egipcias de esa época el adulterio de Mihtab).

Como vemos el matrimonio ya presenta forma de contrato y se documenta ante un protonotario o escribano (Natham Bar Ananiah) en un acto público al que asisten un buen número de testigos. A pesar de la complejidad del documento, lo que es seguro es que en este caso el derecho romano nada tuvo que ver con él, pues, por estos años, los romanos bastante tenían con las guerras en que andaban siempre liados y con redactar y pasar a limpio la Ley de las XII Tablas.Sospecho que nos estamos perdiendo interesantísimos conceptos jurídicos sumerios, acadios, babilónicos y hasta egipcios… y textos como este de la boda de Mihtab estoy seguro que nos harán mirar de otra manera a los habitantes del llamado Levante Mediterráneo. Lean el texto y luego lo comentamos y, por supuesto, si encuentran algún error en todo esto que les he contado, no tengan la menor duda: es mío.

Libertad

Caracteres cuneiformes expresando el concepto de libertad
Ocurrió hace 4.300 años en un lugar al sur del actual Irak, durante el gobierno de Urukagina de Lagash. Sobre una tableta de barro y en caracteres cuneiformes, un ser humano escribió por primera vez un concepto que -desde entonces- no ha dejado de resonar como un eco durante toda la historia de la humanidad: “Ama-gi”; es decir, Libertad. Quédense con ello.