Lo que sabe un salvaje pero ignora un ministro

La cooperación está en la base del éxito de la especie humana y esa cooperación se fue escribiendo a lo largo de millones de años de evolución en nuestros genes hasta completar un código genético, un texto escrito apenas con cuatro letras (GTAC) pero que es el que encierra la definición precisa de lo que es humano y lo que no.

La naturaleza no conoce otra medida del éxito que la de la replicación: una especie es evolutivamente exitosa si se reproduce abundantemente y para sobrevivir como especie —algo que en concretos momentos del pasado llegó a parecer imposible— el ser humano se atuvo la cooperación como estrategia exitosa.

En todo este asunto de la evolución el papel central lo ocupa la reproducción y esa tarea, en el caso de la especie humana, se lleva a cabo en el cuerpo de las mujeres. Para el equipo humano las mujeres y su trabajo como encargadas de la reproducción de la especie es, biológicamente hablando, central y eso ha definido muchas de las características de la especie humana.

Traer al mundo una nueva vida es un trabajo duro al que hay que dedicar muchos recursos biológicos y vitales. Parir es duro y para nuestras antepasadas iba su propia vida en cada nueva apuesta, y no solo su vida, una cría humana no sobrevive sin la compañía y el cuidado de su madre y todo eso hace que traer al mundo hijos sea algo muy serio para la especie humana, sobre todo para ellas.

Nos dicen los antropólogos que, dadas estas duras condiciones, los humanos que más éxito reproductivo obtuvieron fueron aquellos que ayudaron a las madres a llevar a cabo su tarea central, aquellos padres que no abandonaban a su pareja y a su prole, sino que cooperaban con ella tratando de que pudiese llevar a cabo su tarea y nos dicen lls antropólogos también que, por lo mucho que se juegan, son las mujeres las más cuidadosas a la hora de elegir pareja, no pueden correr el riesgo de irse con el primer majadero que pase…

La humanidad se construyó sobre el principio sagrado de que toda la comunidad esté orientada a proteger unas cuantas cosas sagradas: el cuidado de los niños (nada encoleriza más a los seres humanos que el maltrato a los niños) y el respeto a la tarea biológica vital de quienes les traen al mundo.

Y me jode, sí, me jode mucho, que lo que sabían tribus de salvajes desnudos que vagaban por las sabanas matando y muriendo, no lo sepa una administración de justicia ni un ministro de justicia que permiten que hoy, día de las madres, las procuradoras y las abogadas no merezcan el respeto que, como madres, habrían tenido en la tribu más primitiva y salvaje del mundo.

Y siento que me llevan los diablos.

Madres de hace dos mil años

Madres de hace dos mil años

Para griegos y romanos la península ibérica era un lugar lleno de pueblos y tribus con abundantes costumbres exóticas.

Famosísimo es el texto del historiador griego Estrabón a propósito de las mujeres astures y su enorme dureza en el trabajo. Debo decir que de los hombres astures resalta su obstinación por la cosa de la libertad, pero, del trabajo de ellos no dice nada y espero que mi amigo David Roiz Baztán sepa perdonarme. Bueno, bromas aparte, Estrabón se admira de la dureza de las mujeres astures y escribe:

Con frecuencia paren en el momento en el que se encuentran en plena labor, de forma que lavan al recién nacido inclinándose sobre la corriente del arroyo, y lo envuelven luego (Estrabon III, 4,17).

Mas adelante Estrabón nos cuenta que, tras lavar y envolver a la criatura, esas mujeres seguían trabajando como si tal cosa.

Cosas de hace dos mil años dirán ustedes.

No crean. Las abogadas en España no son indígenas astures pero les aseguro que lo que escribe Estrabón les es prefectamente aplicable. Con frecuencia están trabajando hasta el mismo momento de dar a luz y, sin que nadie les perdone un plazo, en cuanto son capaces de volver a escribir en el ordenador vuelven a su tarea y a los juicios con el cuerpo dolorido.

Esta barbarie, que ya hace dos mil años era barbarie, parece que no llama la atención de nadie ahora. Parece que en el siglo I hubiese más sensibilidad hacia la maternidad que en el XXI.

De las condiciones en que los hijos de las abogadas llevan adelante la lactancia ni les hablo, basta con que miren la foto de abajo e irán formándose una idea.

Mientras leo la famosa cita de Estrabón sobre las mujeres astures pienso en nuestras abogadas y pienso en nuestros gobernantes y me hierve la sangre al pensar que tengan menos sensibilidad que un griego de hace dos mil años.

Superabogadas, supermadres.

Hará unos años, mientras comía con mi compañero Manolo y con el hijo de una compañera amiga nuestra, éste último nos contó un recuerdo de infancia que esa noche, al llegar a casa, me apresuré a escribir principalmente para no olvidarlo. Permítanme que les transcriba el recuerdo para ponerles en situación —son apenas cien palabras, pueden leerlo en treinta segundos— luego sigo con lo que venía a contarles:

«El hijo de una compañera abogada me contó, no hace mucho, que uno de sus más persistentes recuerdos de infancia era el de dormirse escuchando el sonido lejano de la máquina de escribir de su madre y despertarse, al día siguiente, oyendo cómo la máquina seguía sonando.

La imagen me pareció extremadamente tierna y que describía perfectamente el tremendo esfuerzo de esas abogadas madres por sacar adelante a sus hijos y su trabajo, dando a cada tarea el tiempo necesario y quitándoselo a ellas mismas.

Esta noche en que muchas abogadas concluyen sus recursos tras acostar a sus hijos, me ha venido esa imagen a la memoria y he pensado que es verdad, que cuando los niños duermen aún sacan el coraje las superabogadas.

Va por vosotras compañeras, sois lo mejor.»

Lo que yo no sabía entonces es que mis superabogadas antes habían tenido que ser supermadres, porque, por increíble que parezca, las condiciones en que estas profesionales viven la maternidad se cuentan entre las peores de entre las que pueden darse en una sociedad civilizada.

Antes de decirme que exagero y que las abogadas tienen las mismas dificultades que cualquier otra profesional o autónoma para dar a luz, permítame que le informe de que las abogadas, a todos esos problemas que tienen el resto de profesionales y autónomas, añaden el fantasma de los pazos procesales y el de la responsabilidad civil a que pueden dar lugar si se incumplen.

Una abogada puede tener un embarazo de riesgo, un parto inesperado, una urgencia… pero no por eso dejan de correrle los plazos procesales, esas reformas o reposiciones de brevísimo plazo, esos requerimientos a evacuar en el plazo de una audiencia, esas complejas contestaciones a la demanda que no entienden de maternidades ni de imprevistos.

Desde que el hijo de mi amiga me contó sus recuerdos de infancia he procurado escuchar con toda la atención posible las historias que me contaban mis compañeras abogadas; historias de ordenadores portátiles en la cama del hospital, de maridos corriendo en busca de un expediente que llevar a la clínica, de entrevistas en el despacho del juez con el bebé en brazos o de silletas y cunas en los despachos. Estas historias y las de lactancias en condiciones indignas hicieron aumentar mi admiración por ellas y me convencieron de que mi amigo no podía recordar los episodios más duros de la vida de su madre simplemente porque, cuando ocurrieron, él era demasiado niño para poder recordar nada.

Algo hay que hacer, no es admisible que en el siglo XXI nuestras abogadas tengan que dar a luz en semejantes condiciones, es imperativo resolver esta cuestión.

He pedido ayuda a compañeras abogadas que acaban de ser madres. Son abogadas y nadie mejor que ellas conoce el oficio este de hacer e interpretar leyes, son madres y conocen muy bien la dura condición de madres, son madres y abogadas y por eso no creo que haya nadie más capacitado que ellas para escribir el texto de una ley que remedie la situación en la que hasta ahora vienen dando a luz las abogadas.

Este es el texto de la propuesta de ley que han redactado, útil también para los casos de enfermedad de los abogados y abogadas, ahora se trata de que tú lo leas y propongas mejoras en su redacción o hagas sugerencias si las tienes. El tiempo de quejarse y no actuar ya pasó, eres abogado o abogada y de esto entiendes, no tienes excusa.

Luego llevaremos el texto a los diferentes grupos parlamentarios del Congreso para que lo tramiten como una proposición de ley y ese será el momento en el que volveremos a pedirte ayuda, pero, no lo dudes, esta injusticia, si tú quieres, tiene los meses contados.

Venga, es por ellas y por todos.