¿Por qué los marrajos escriben al revés?

Esta noche, si no les llueve, los marrajos volverán a sacar su magna procesión a la calle y volverán a desfilar todos detrás del estandarte fundacional de su cofradía, justo el que ven en la foto.

Desde niño me pregunté por qué las letras de este estandarte estaban escritas de derecha a izquierda y no de izquierda a derecha, la duda no la disiparon mis estudios de latín, pues los textos latinos se escriben de izquierda a derecha y mi estancia en la universidad tampoco ayudó a redolver este enigma. Cuando pregunté alguna vez a un marrajo la respuesta fue siempre algo del tipo: «Es que esto es así», respuesta que, aunque cierta, tampoco arrojaba mucha luz sobre la cuestión.

Fue una pequeña investigación que hice, movido por una curiosidad jurídica, la que me puso en la pista del enigma de los marrajos y su estandarte escrito al revés. El objeto de mi curiosidad no era otro que el «titulus crucis», es decir, el documento que se mandaba colocar en la cruz y que contenía el delito por el cual el reo había sido condenado. La razón de la sentencia a muerte de Jesús, indudablemente, habría de buscarse en el «titulus crucis», así que decidir dedicar unas horas de viernes santo a ello.

La referencia evangélica más extensa al «titulus crucis» se contiene en el Evangelio de San Juan y es como sigue:

Pilato redactó también una inscripción y la puso sobre la cruz. Lo escrito era: «Jesús de Nazaret, el rey de los judíos.»

Esta inscripción la leyeron muchos judíos, porque el lugar donde había sido crucificado Jesús estaba cerca de la ciudad; y estaba escrita en hebreo, latín y griego.

Sin embargo los evangelistas discrepan en el contenido exacto del «titulus» cuya versión más corta se encuentra en el Evangelio de Marcos 15, 26 («El rey de los judíos»), seguida por el de Lucas 23, 38 («Éste es el rey de los judíos»); algo más extensa en el Evangelio de Mateo 27, 37 («Éste es Jesús, el rey de los judíos»), y completa en el de Juan 19, 19 («Jesús de Nazaret, rey de los judíos»). Es de esta última versión de la que surge el acrónimo «INRI» que solemos ver en la cruces romanas o el cirílico «INBI» que leemos en las ortodoxas.

Una de las historias más curiosas que rodean al «titulus crucis» es el de su encuentro por Elena, la madre del emperador Constantino junto con su posterior extravío y «reaparición».

Según la tradición, la madre del emperador Constantino, Elena (Santa Elena para romanos y ortodoxos), durante el reinado de su hijo, marchó a Tierra Santa a la búsqueda de restos de la vida de Jesucristo.

Para quien no lo sepa, Constantino (Flavius Valerius Aurelius Constantinus, Constantino I, Constantino el Grande o incluso San Constantino para la iglesia ortodoxa) fue el emperador que en el año 313 legalizó el cristianismo y quien, en el 325, convocó el Primer Concilio Ecuménico de Nicea, donde se fijarían los fundamentos de la fe católica e incluso el credo que —a excepción de una palabra— todavía rezan todos los católicos, ya sean estos romanos u ortodoxos. Las razones por las que este emperador, pontífice de una religión distinta («sol invictus»), se tomó tantas molestias con el crstianismo e incluso se permitió el lujo de convocarlos —y hasta presidir— a un concilio son objeto de sabrosísima discusión, pero escapan al objetivo de este post que no es otro que averiguar, recordémoslo, por qué los marrajos escriben al revés.

Pues bien, quiere la leyenda que Santa Elena, ya bastante mayor ella, se desplazase hasta Tierra Santa y, tras mandar destruir un templo de Venus que había en la cima del Gólgota y cavar lo suficiente acabase descubriendo la «auténtica» cruz de Cristo (en realidad «cruces» pues tambiéndescubrió las de Dimas y Gestas, los ladrones), suceso este que todavía conmemora la cristiandad los días 3 de mayo con la llamada fiesta de «Las Cruces».

Junto con la cruz Elena encontró su «titulus» redactado en diversos idiomas pero, a diferencia de la Cruz, Elena decidió trocear el «titulus», dejando una porción en Jerusalén y remitiendo otra a Constantinopla. El tercer fragmento marchó con ella a su residencia de Roma.

La permanencia del «titulus» en Jerusalén nos la atestigua Egeria, una viajera de la región de El Bierzo, en la provincia romana de Gallaecia, que estuvo en los santos lugares entre los años 381 y 384. Posteriormente confirma la presencia del «titulus» Antonino de Piazzenza en torno al 570.

El trozo de Constantinopla se sabe que fue vendido al rey Luís IX de Francia y que desaparació durante la Revolución Francesa.

Finalmente, el más importante de los trozos, el que marchó a Roma con Elena, ciudad en la que se supone sobrevivió a los saqueos del año 410 (Visigodos) y 455 (Vándalos) para ser muy oportunamente «redescubierto» por Gherardo Caccianemici dal Orso, cardenal de la Basílica de la Santa Cruz, quien llegaría a ser posteriormente —sin duda gracias a la reliquia— el Papa Lucio II. Incomorensiblemente la reliquia volvió a ser enterrada de forma que estuvo perdida hasta que en 1492 fue redescubierto dentro de la propia basílica, lugar en el cual está expuesto desde entonces.

Este trozo redescubierto en 1492 es el protagonista de la historia marraja, una cofradía que se fundó alrededor de 1580 (unos noventa años después del redescubrimiento del «titulus») y cuyo estandarte fue bordado, según afirman los propios marrajos, por el bordador catalán Francisco Rabanell, llegado a nuestra región probablemente entre los años 1736-1750, unos dos siglos y medio después de la aparición del títulus.

Pero a lo que vamos. El fragmento del títulus reaparecido en 1492 y custodiado en la Santa Crocce es el que podemos ver en la siguiente fotografía y, aunque se aprecia mal en la fotografía, es un texto escrito sobre una tablilla de madera de nogal en el que pueden verse tres líneas de texto.

La primera, muy deteriorada, sólo nos muestra los rasgos inferiores de un texto escrito en hebreo/arameo, texto profundamente analizado y que coincide con el descrito en el relato evangélico. Como es obligatorio en hebreo/arameo el texto está escrito de izquierda a derecha.

En el estandarte marrajo estos rasgos inferiores de la linea escrita en hebreo se corresponden con la primera linea de texto del estandarte marrajo, una especie de sucesión de rasgos con forma de ese que es, realmente, lo que parece verse en el titulus.

Las dos siguientes lineas del estandarte marrajo coinciden con las dos lineas del titulus de la Santa Crocce con alguna interesantísima precisión que no me resisto a contarles.

Como pueden ver en el títulus crucis el gentilicio «nazareno» aparece escrito como «nazarinus» y no como en la práctica totalidad de las obras de arte que conocemos «nazarenus»; ¿Un error? No, muy contrariamente, la expresión «nazarinus» es un acierto que avala la posible autenticidad del titulus*. En el siglo I un romano jamás escribiría «nazarenus» (expresión propia del latín degenerado del siglo IV) sino precisamente «nazarinus», la forma correcta en latín clásico. Incluso podemos dar una vuelta de tuerca más. Si el titulus fuese una falsificación buscada su texto se correspondería con el del evangelio de Juan al pie de la letra y no, como ocurre en este caso, discreparían las dos versiones también en la forma que escriben «nazareno» (nazarenous-nazoraios).

Los hebraistas Hannah Eshel y Gabriel Barkay, tras estudiar el texto contenido en la tablilla concluyeron que la misma estaba escrita en una forma de hebreo correspondiente al último período del llamado «Segundo Templo» (período que finalizó en el año 70) lo que coloca la tablilla justo en la época precisa.

Así pues, el estandarte marrajo es una copia del titulus crucis de Roma. ¿Conocía algún marrajo o el propio Francisco Rabanell, el bordador del estandarte, la reliquia? Es difícil saberlo.

Volviendo a nuestro asunto; sí pues el titulus dice «Jesús Nazareno Rey de los Judíos», una acusación que, ofensiva para sus acusadores, Pilato prefirió mantener, «lo escrito escrito está», pero ¿Por qué al revés?

Se han avanzado muchas hipótesis. Una de mis preferidas es que el artesano que trazó la inscripción no conocía el latín ni el griego, sino solo el hebreo.

Me gusta esa explicación porque la siento como propia, verán. El nombre de mi ciudad (Cartagena) en fenicio es Quart Hadasht, pero, si lo escribo en fenicio —un idioma virtualmente idéntico al arameo— tendré que escribirla de derecha a izquierda, es decir:

𐤒𐤓𐤕 𐤇𐤃𐤔𐤕

A poco que uno conoce el sonido de las letras del alfabeto fenicio puede animarse a escribir alguna palabra, pero, les aseguro que la tendencia a escribir de izquierda es derecha es fortísima. Quizá al escriba judío que redactó el titulus le pasaba lo mismo. Escribió el texto correctamente en hebreo pero en latín y griego lo escribió en el mismo sentido que en hebreo. O quizá no daba mayor importancia al sentido de la escritura pues, en la antigüedad, no solo era común escribir de izquierda a derecha o de derecha a izquierda sino que incluso puede usted encontrar textos fenicios escritos en bustrofedon, una forma de redactar consistente en comenzar a escribir, por ejemplo, el primer renglón de izquierda a derecha y continuar el segundo de derecha a izquierda, como si se tratase de surcos de labranza, que es justo a lo que hace referencia la palabra griega «bustrofedón».

Bien, la tarde aclara y parece que hoy los marrajos podrán salir. Me dejo de escritos y voy a ver si aún puedo escuchar en alguna radio el relato de la salida de la procesión, porque han de saber ustedes que una procesión relatada es una obra de arte en sí misma también y esto nos lo enseñó a los cartageneros, es necesario decirlo, la voz de Don Manuel López Paredes.


*Los resultados de la prueba del carbono 14 realizada sobre el «titulus» de la Santa Crocce pueden consultarse aquí

Las grandes preguntas y los marrajos

¿Quiénes somos?, ¿de dónde venimos?, ¿a dónde vamos? son esas preguntas a las que solemos llamar «las grandes preguntas». Si supiésemos responder a esas preguntas —pensamos— habríamos resuelto el enigma de la existencia humana.

Se me ha ocurrido formular esas tres grandes preguntas al infalible oráculo que lo sabe todo: Google; pero me he llevado un chasco. Para Google esas tres preguntas conducen indefectiblemente a una canción de «Siniestro Total» y, si preguntamos en inglés o francés, entonces Google nos conduce a un cuadro de Paul Gauguin.

«¿De dónde venimos? ¿Quiénes somos? ¿Adónde vamos?» (en francés D’où venons nous? Que sommes nous? Où allons nous?) es un cuadro de Paul Gauguin hecho en diciembre de 1897 durante su segunda estancia en Tahití.

Lo que Google no es capaz de responder es a esas tres preguntas, de hecho es incapaz incluso de darnos siquiera un pista fiable.

Es para dar respuestas indemostrables a preguntas irresolubles para lo que se inventaron las religiones. A la pregunta de «¿qué somos?» nuestra religión nos responde que somos una creación de un Dios aficionado a la alfarería; si preguntamos «¿A dónde vamos?» nos dirá que, al cielo, al infierno o al purgatorio (aunque en esto hay dudas) y si, finalmenye, le preguntamos «¿De dónde venimos?» nos dirá que «de Dios», sin muchas más precisiones, porque a la religión lo que le preocupa es que te portes de una determinada manera y no de otra y para eso estableció los negociados del cielo y del infierno.

Allá por los años 70 y 80 los portapasos marrajos solían expresarse de forma ruidosa mientras, en la madrugada del Viernes Santo, llevaban en procesión al titular de su cofradía (Nuestro Padre Jesús Nazareno) desde la Lonja de Pescadores del Barrio de Santa Lucía hasta la cartagenera iglesia de Santa María.

En aquellos años —luego una pudorosa cofradía lo prohibió— solía escucharse una antífona más o menos parecida a esta:

(Solo)

—¿Quién viene?

(125 portapasos)

—¡El Jesús!

—¿De dónde venís?

—¡De la pescadería!

—¿A dónde váis?

—¡A Santa María!

A mí, ver pasar de madrugada al Nazareno con toda esa algazara debajo, me gustaba; me daba la sensación de que, lo que no habían resuelto Aristóteles, Kant o Hegel, los marrajos lo tenían resuelto durante unas horas y que, para aquellos 125 corazones, todo lo creado cobraba sentido esa noche porque ellos, en esas breves horas, no tenían la menor duda de quiénes eran, de dónde venían y a dónde iban.

La semana santa se compone no sólo de celebraciones litúrgicas sino también de ceremonias paralitúrgicas y en no pocos casos contralitúrgicas; en este caso la Cofradía Marraja, en nombre de una gris ortodoxia, decidió obligar a los portapasos del Nazareno a hacer su trabajo en silencio de forma que, hoy, ya no puedo disfrutar al ver pasar a esos hombres para quienes, una vez al año, la vida cobra sentido y pueden responder con absoluta certeza a todas y cada una de esas grandes preguntas que la humanidad lleva haciéndose siglos.

¿Quiénes somos? ¿De dónde venimos? ¿A dónde vamos?