Cómo delinquen los poderosos

A los ojos de los hombres el acto de administrar justicia es algo muy complejo pues exige, no sólo de unas leyes previas que incorporen unos determinados valores de justicia, sino también de la posibilidad de atribuir las acciones a enjuiciar a unas personas determinadas y establecer una clara relación causa-efecto entre estas acciones y las consecuencias de las mismas.

Del primero de los requisitos —la existencia de un ordenamiento jurídico previo que incorpore determinados valores de justicia— me ocuparé otro día, hoy quiero ocuparme de cómo, ciertas personas, especialmente las más poderosas, esquivan el cumplimiento de tal ordenamiento a través de la manipulación del segundo y el tercero de los requisitos a que hice referencia antes: la posibilidad de atribuir las acciones injustas a unas personas determinadas y establecer una clara relación causa-efecto entre estas acciones y las consecuencias de las mismas.

La facultad de atribuir a un indivíduo la comisión de una determinada acción está en la base de cualquier forma, no sólo humana, de cooperación.

A Darwin le fascinaba esta facultad. Para vengarse, por ejemplo, un indivíduo debe tener la capacidad de identificar al causante de su mal entre el resto de los indivíduos, debe tener la capacidad de recordar lo que ha hecho este indivíduo concreto y sólo si ambas precondiciones se dan, podrá el indivíduo agraviado considerar la posibilidad de vengarse. Esto es válido para cualquier especie animal pero, no cabe duda, en el caso de la especie humana esta facultad está especialmente desarrollada y esto fascinaba a Darwin.

Los seres humanos han tratado históricamente de anular la capacidad de vengarse de sus víctimas mediante el uso de disfraces que anulasen esta facultad e impidiesen a la víctima reconocer al autor de la injusticia y poner en marcha los mecanismos de venganza privada o pública de que pudiese disponer.

En el caso de los delincuentes de poca monta, la máscara, el pasamontañas o el antifaz, han sido las herramientas utilizadas tradicionalmente para tratar de evitar la venganza privada de sus víctimas o la pública del estado a través de la acción de la justicia. Tales herramientas se nos aparecen verdaderamente toscas si las comparamos con las sofisticadas máscaras que utilizan los delincuentes de cuello blanco: complejos entramados societarios donde las personalidades jurídicas de las diversas entidades se superponen como si de un complejo juego de muñecas rusas se tratase y donde la auténtica personalidad del autor no puede conocerse sino tras haber ido abriendo trabajosamente un sinnúmero de falsas personalidades, a menudo radicadas en países extranjeros donde la longa manus del estado apenas puede alcanzar o no puede alcanzar en absoluto, e incluso haber tenido que pasar por encima de una buena cantidad de testaferros.

La máscara (del árabe mas-hara y este de sahara —él burló— y este a su vez de sahír —burlador—) ha sido la impostura con la que los delincuentes han tratado tradicionalmente de ocultar sus acciones, pero, esa máscara —fácil de levantar para ver la real cara del delincuente— se ha vuelto virtualmente impenetrable en el caso de los delincuentes poderosos cuando se confecciona con cadenas de personas jurídicas cuyo origen suele estar en un paraíso fiscal donde un trust las provee legalmente de un testaferro virtualmente impenetrable.

La sensación de impotencia que al ser humano común le causa la impunidad que generan estas sociedades anónimas se pinta con maestría en la escena del desahucio de la película «Las Uvas de la Ira», cuando unos campesinos van a ser desahuciados de unas tierras:

—¿Y quién es la compañia Shawny Land?

—¡No es nadie! ¡Es una compañía!

—Pero tienen un presidente; tendrán alguien que sepa para qué sirve un rifle.

—Pero, hijo, ellos no tienen la culpa. El banco les dice lo que tienen que hacer.

—Muy bien, ¿dónde está el banco?

—En Tulsa, pero allí no vas a resolver nada; allí sólo está el apoderado. El pobre sólo trata de cumplir las órdenes de Nueva York.

—Entonces, ¿a quién matamos?

—La verdad, no lo sé. Si lo supiera te lo diría; yo no sé quién es el culpable…

Y si de esta forma evitan los poderosos responder por sus acciones, aún guardan un truco más en la manga para asegurarse la impunidad: la imposible o muy difícil concreción de las relaciones causa-efecto. Déjenme explicarme.

Si usted ve que una persona apuñala a otra para robarle y la mata, a usted no le cabe la menor duda de la relación causa-efecto entre el apuñalamiento y la muerte subsiguiente. Usted puede culpar de la muerte de la persona a quien le apuñala y esto es tan claro que no admite réplica.

No pasa igual con los poderosos y sus máscaras las sociedades anónimas. Cuando una sociedad, para enriquecerse, contamina el aire que respiramos con sustancias potencialmente nocivas, culpar a esta sociedad de las eventuales muertes que esta contaminación pueda producir no es algo obvio en absoluto, como no es obvio que empresas que se enriquecieron con el asbestos sean las culpables de las muertes que ahora se están produciendo por tal causa. Más aún: usted sabe que hay empresas que usan del trabajo infantil en formas equiparables a la esclavitud humana pero, aún así, muchas personas compran los productos así fabricados porque son baratos. ¿Quiénes son los culpables de esa forma de esclavitud? ¿Es usted cómplice de esa forma de explotación si compra los productos así fabricados? ¿O quizá prefiere no saberlo?

No, las acciones con que se enriquecen los poderosos, aun siendo en algunos casos delictivas, no tienen para nosotros ni para nuestra justicia la deseable claridad en la relación causa-efecto. Ya no le digo nada si a esta dificultad añadimos la brevedad de los plazos prescriptivos.

Así pues, cuando un poderoso realiza un acto delictivo no solemos ser capaces de establecer a tiempo la relación causa efecto (piense en el caso del asbestos) entre ese acto y el daño que causa; pero además, cuando seamos capaces de hacerlo, seremos incapaces de establecer con seguridad la real autoría de la acción enmedio de la maraña de compañías y sociedades interpuestas.

La complejidad del mundo actual hace que no seamos capaces de comprenderlo bien, nos incapacita para percibir la maldad de las acciones humanas en toda su crudeza y nos impide dar a cada uno lo suyo porque, simplemente, somos incapaces de distinguir quién es quién.

No se engañen, las grandes acciones delictivas, los grandes robos, los asaltos a países enteros, no los llevan a cabo personas con antifaz o pasamontañas sino corporaciones honorables a través de complejas operaciones financieras. Mientras, nosotros, los seres humanos de carne y hueso, nos seguimos espantando con el último asalto a un chalet que nos ofrece el telediario y exigimos mano dura, los robos y depredaciones verdaderamente importantes no salen en el telediario.

Hemos establecido unas policías y unas administraciones de justicia extremadamente eficaces contra la delincuencia analfabeta, tosca y rudimentaria de antifaz y navaja, pero estamos absolutamente indefensos frente a esas acciones depredatorias que se llevan a cabo en las oficinas con moqueta establecidas en rascacielos del centro de las capitales del mundo. De hecho, cuando estos robos y depredaciones se producen, ni siquiera las llamamos robos, las llamamos «crisis» y culpabilizamos de las mismas al «ciclo económico» o, incluso, en el colmo de la estupidez nos culpamos nosotros mismos («hemos vivido por encima de nuestras posibilidades»), fórmula que no es sino una forma renovada del infame «van provocando» culpabilizador de las víctimas.

A nuestra justicia del siglo XVIII le vienen grandes los delitos del siglo XXI y es obsesión de unos pocos poderosos tratar de que no nos demos cuenta de la situación y esta siga siendo así. Probablemente por esto, determinados grupos, prefieren una administración de justicia con pocos medios y una policía con muchos uniformados que defienda el orden público en que ellos medran y no una justicia capaz y una policía con más recursos en inteligencia que en fuerza.

Vivimos en un mundo complejo y muy difícil de entender, no es posible seguir manteniendo la ilusión de una justicia que hace mucho que dejó de estar a la altura de los tiempos. Y, si alguien le dice que sí lo está, obsérvele con cuidado porque, muy probablemente, está usted ante un cómplice de los poderosos que delinquen, aunque, eso sí, no sabemos si por dolo o por simple estupidez, que es lo más normal.

Darwin, créanme, lo fliparía con nosotros.

Váis a tener que mentirnos

Leo los discursos electorales de los partidos que se presentan a las elecciones, escucho a sus líderes, escudriño las reacciones de su militancia y no descubro en ninguno de ellos el más mínimo interés por la justicia.

En un país donde banqueros inicuos han mandado a la ruina a millones de ciudadanos honrados, donde políticos infames se pavonean de doctorados y másteres que jamás estudiaron, donde las administraciones han sido oficinas de recalificar terrenos en favor de los amigos, de vender negocios al tres per cent, de colocar familiares o buscarse jubilaciones; donde los partidos han sido oficinas de recaudación para regocijo de sus líderes, donde —para triunfar— es mejor tener amigos que méritos; en un país así, que está buscando justicia como el enfermo que agoniza busca una bocanada más de aire, quienes pretenden decidir nuestro futuro no incluyen en él la justicia.

Sabemos que los programas electorales son como ese whatsapp que el rufián manda a su amada jurando quererla siempre y permanecer siempre a su lado mientras, entre mensaje y mensaje, busca pareja eventual en Tinder. Sabemos que esos programas son una colección de mentiras que sólo se cumplirán si resulta conveniente para los intereses de esos cuantos que gobiernan los partidos. Pero sabemos también que, si ni siquiera te mencionan en ellos, ya no es que no les importes ni les importe engañarte, es que no existes para ellos.

Los abogados y abogadas son parte decisiva de un país donde la justicia importe, aunque sea poco. Los abogados y abogadas de oficio son parte decisiva de un país donde la justicia de los más desfavorecidos importe, aunque sea menos que poco. Por eso, cuando veo que los abogados de oficio llevan un año en la calle reclamando que se les paguen sus miserables retribuciones y veo también que en ningún discurso electoral, ni siquiera les mienten y les dicen que cobrarán a tiempo cantidades dignas, es entonces cuando sé que les importamos menos que nada. Que todos estos políticos, criados y educados en la escuela de los másteres y doctorados de paripé, en el seminario de las inagotables tarjetas black, en la academia del tres por ciento, en el liceo de las recalificaciones urbanísticas, en el colegio del soborno y en la universidad de la corrupción; a estos políticos no les interesan ni los abogados de oficio, ni la justicia de los desfavorecidos, ni la justicia a secas y en mayúscula porque sólo ella es capaz de acabar con tanta tropelía y en el fondo bastantes de entre ellos, de quienes les precedieron o de quienes precedieron a los que les precedieron, habrían de dar cuentas muy incómodas ante una administración de justicia capaz de pedírselas.

Pero yerran, un estado de disgusto y de decepción se extiende y es ya general, un consenso cada vez más firme se asienta sobre la convicción de su dudosa honestidad, una hartazón cada vez mayor alcanza al electorado y ese consenso general ya no puede deshacerse sin apelar a la justicia.

Mentiréis, volveréis a prometer lo que no pensáis cumplir, volveréis a empeñar la palabra que hace tiempo perdísteis en la casa de empeños; pero vais a tener que mentirnos y, para entonces, podéis tener la seguridad de que una red de abogados y abogadas os estará esperando para pasar cuentas a limpio.

La justicia es prioridad nacional

Nos vuelven a llamar a las urnas para que elijamos entre varios partidos al gobierno que saque a España del estado en que se encuentra. Quienes han gobernado hasta ahora se han mostrado incapaces de arreglar esto y han recurrido a las elecciones como herramienta para solucionar el bloqueo político en que estamos sumidos, como si el cambio de personas y no de condiciones y estructuras fuese a solucionar algo.

En estos últimos años en España hemos vivido un calvario de políticos sinvergüenzas que, cuando no compraban títulos académicos para darse lustre, vendían planes urbanísticos para forrarse, ocupaban puestos en consejos de administración de grandes empresas sin saber hacer un ocho con una escopeta de dos caños o facilitaban que las entidades financieras saqueasen las economías de los votantes.

En España es verdad que ha faltado pan para tanto chorizo como sabiamente diagnosticó la población y, sin embargo, de lo que la sociedad no ha parecido darse cuenta es de que el único pan que permite a la ciudadanía comerse a tantos chorizos como tenemos se llama justicia.

La ciudadanía ha probado con partidos y coaliciones nuevas, como si cambiando a las personas y no mejorando las herramientas democráticas fuese a cambiar la situación. La charcutería nacional, gracias a nuevas opciones, ha podido cambiar de caras, sí, pero seguramente no de conductas y ahora, con otras elecciones más en ciernes, llama la atención que incluso se apunten a la general matanza nuevas marcas de chacinas.

Vamos a decirlo en corto y por derecho: el único pan que empareda a tanto chorizo se llama justicia y ninguno de los partidos que concurren a las elecciones ha hecho de ella su primera prioridad para las próximas elecciones. Si el espectáculo continúa cuatro años más no le extrañe.

Los partidos que sucesivamente han gobernado en España han mostrado un patrón de conducta siniestramente regular en materia de justicia. Todos los partidos que han gobernado han demandado una justicia independiente desde la oposición pero, al llegar al poder, han mantenido el sistema de elección del CGPJ y han olvidado las recomendaciones del Consejo de Europa. Todos los partidos que han gobernado, desde la oposición han defendido que la justicia debe ser cercana a los administrados pero, en cuanto han llegado al poder, se han ocupado de alejarla de ellos lo más posible, manteniendo, por ejemplo, esa repugnante distribución de juzgados hipotecarios destinados a atascar la justicia en beneficio de los bancos y en perjuicio de los consumidores.

Han sido todos los partidos que han gobernado defensores de boquilla de la ciudadanía pero, al llegar al gobierno, han mantenido para los bancos —por ejemplo— procesos especiales que les permitían ejecutar sus hipotecas cargando sobre los ejecutados importantes cantidades en concepto de intereses y costas mientras que han tratado de dilatar el acceso de los ciudadanos a la justicia con inútiles procesos previos o incluso presionando para que las costas del proceso no sean repercutidas en su integridad a los bancos, de forma que hayan de soportarlas los administrados.

La Justicia ha sido para los partidos que han gobernado una insufrible molestia que investigaba sus másteres ficticios, sus sucias financiaciones o sus abyectos tejemanejes. Por eso la Justicia nunca ha sido dotada suficientemente, porque la justicia es el enemigo de los malvados y los corruptos y nadie quiere un enemigo fuerte.

La Justicia es el pan con que emparedar a toda la charcutería nacional; es el pan que falta para tanto chorizo y es por eso que la justicia es una prioridad nacional.

Así pues, cuando vayas a votar, piensa que ninguno de los derechos que te prometan existirá si no dispones de una administración de justicia eficaz donde exigirlo y busca quién se compromete con los principios de #T: Justicia con Medios, Justicia Independiente, Justicia Cercana y Justicia sin Barreras de Acceso como las Tasas.

Ahora que ya sabes donde está el pan que te faltaba, ponte en marcha y ve a por él, porque pronto habrá elecciones y no podemos desaprovechar muchas más oportunidades.

Mediación

Hoy es el día internacional de la mediación y la Asociación de Mediadores de la Región de Murcia me ha pedido que intervenga en el acto conmemorativo que se celebrará esta tarde a las 18:00 en los salones del Ayuntamiento de Torre-Pacheco, de forma que, esta mañana, ando pensando lo que les contaré. Suelo improvisar mis intervenciones pero, para hacerlo, antes debo acopiar una buena colección de ideas que luego usaré o no, discrecionalmente, porque, como dicen que dijo Mark Twain: lleva varias semanas preparar un buen discurso improvisado.

Dándole algunas vueltas al asunto me ha venido a la cabeza esta mañana que hace unos 4.300 años que las leyes regulan la vida de las personas (si tomamos como fecha inicial la del gobierno de Urukagina de Lagash en Sumeria) pero que esos 4.300 años no representan más que un pequeñísimo fragmento (apenas el 1,4%) de los 300.000 años de historia de la especie humana1, una historia exitosa de convivencia, cooperación, vida en común y trabajo en equipo. Homo sapiens —el zoon politikon de Aristóteles— si es algo, es, antes que nada, un animal social que comparte y coopera y, quizá hoy, en el día mundial de la mediación, debiéramos preguntarnos cómo este animal político ha conseguido resolver sus conflictos durante esos 300.000 años de historia en que vivió sin leyes ni jueces.

Conviene que descartemos en primer lugar la violencia pura y simple como método de resolución de conflictos —no infravaloren a nuestra especie— pues la violencia, tendremos ocasión de verlo, no es el sistema que emplea la naturaleza para promover la cooperación. De hecho, la especie humana, tiene una curiosa aversión a los machos alfa: a diferencia de otras especie de simios la especie humana ha desterrado de su ADN la predisposición a tal jerarquía social, no hay «machos alfa» en la espacie humana, a sapiens nunca le han gustado los abusones y sus conflictos siempre ha procurado resolverlos por medios distintos de la violencia.

En segundo lugar, en esta larga biografía de 300.000 años debemos descartar también a la administración de justicia como el método de resolución de conflictos usado por sapiens. No fue sino hasta la revolución neolítica, con la aparición de la agricultura, que aparecieron también las primeras civilizaciones y, con ellas, las organizaciones sociales necesarias para instaurar un sistema de leyes que regularan la vida de las personas junto con un cuerpo de jueces que distinguiesen lo justo de lo injusto.

¿Cómo resolvió sapiens sus conflictos durante esos 296.000 años que vivió sin jueces? ¿Resolvía sus conflictos peor que ahora o la armonía en que vivían tribus y clanes era de una calidad similar a la de la sociedad actual? ¿Qué herramientas, mecanismos o sistemas, ha usado sapiens estos 296.000 años para conseguir armonía y eficacia cooperativa en sus grupos?

Todas esas preguntas, que deberían ser objeto de estudio si existiesen unos verdaderos estudios sobre «Derecho Natural» en España, han tratado de ser respondidas desde las más diversas ramas de la ciencia; desde la antropología, a la biología pero, si algunas ciencias han rendido especiales servicios a esta investigación, estas son, en mi sentir, las matemáticas —singularmente la teoría de juegos— junto con las ciencias que estudian los procesos evolutivos.

Llama mi atención que, mientras que en el resto del mundo se hace un esfuerzo importantísimo para conocer los fundamentos biológicos o evolutivos de lo que llamamos «justicia», en España sigamos repitiendo la misma cancamusa de siempre.

Para entender la justicia prefiero unas líneas de Robert Axelrod o Frans de Waal que sesudos volúmenes de los filósofos de siempre —espero que se me disculpe esta afirmación «performática»— y, por lo mismo, prefiero aproximarme a la justicia y a la resolución de conflictos usando del método científico antes que de la especulación.

Hemos dicho que la historia de convivencia y cooperación de sapiens se ciñe a los últimos trescientos mil años; pero no podemos olvidar que sapiens no es más que una especie del género homo, un género también caracterizado por la vida en sociedad y la cooperación (piensen si no en homo neanderthalensis y en su humana forma de vida) que remonta nuestro pasado hasta más allá de dos millones y medio de años hacia el pasado; dos millones y medio de años en los que homo vivió en sociedad y usó de mecanismos de resolución de conflictos que, siendo exitosos tal y como la propia historia acredita, no parecen atraer a día de hoy la atención de los científicos patrios.

En realidad, tanto sapiens como homo, no son más que una especie y un género de la gran familia de los hominidos, una ingente colección de formas vivientes todas ellas expertas en la cooperación y en la solución de conflictos grupales. Es sobre los hombros de todos estos antepasados sobre los que se levanta nuestra justicia y nuestros métodos, no tan alternativos, de resolución de conflictos y entre ellos, singularmente, la mediación.

No debo extenderme más en este punto ni creo que sea preciso insistir sobre la particular forma de ceguera que se deriva de considerar a la administración de justicia como la única herramienta válida para solucionar los conflictos humanos, pero no debo dejar de advertir sobre la particular sordera que muestran, sobre todo los poderes públicos, cuando se niegan a dotar de medios a la forma más moderna, refinada y eficaz que sapiens ha descubierto para resolver sus problemas: la administración de justicia.

Viendo el proyecto de presupuestos generales de este año observo cómo la Justicia sigue padeciendo de una absoluta falta de medios y de dotaciones presupuestarias mientras se trata de presentar a la mediación a guisa de cimbel como la solución a estas carencias. Por otro lado, observamos cómo la mediación tampoco cuenta con dotaciones presupuestarias y se la usa, más como un expediente útil para no destinar medios a justicia que con una sincera confianza de los poderes públicos en sus posibilidades.

La política presupuestaria del gobierno parece que nos quiera llevar de las «diligencias para mejor proveer» de la vieja Ley de Enjuiciamiento Civil a una «mediación para mejor dilatar» que disimule la lentitud y falta de medios en que vive y trabaja la Administración de Justicia Española; política presupuestaria esta que aniquila no sólo las capacidades de nuestra Justicia, sino que hace saltar por los aires cualquier esperanza de que la mediación pueda instaurarse como una herramienta útil en la resolución de conflictos.

Estas ideas rondan mi cabeza esta mañana, esta tarde ya veremos qué cuento a los mediadores, aunque sé que algunas de estas ideas estarán en mi intervención junto con otras sobre las que he escrito antes y los apuntes de algunas otras más sobre las que siento que debo investigar más. La forma en la que los seres humanos y los animales sociales resuelven los conflictos que nacen de la cooperación es un campo extremadamente fértil en el que, por desgracia, en España no parecemos estar interesados en sembrar y, mientras esto sea así, no hace falta ser profeta para saber lo que se cosechará: nada.


  1. Los restos más antiguos de Homo sapiens se encuentran en Marruecos, con 315 000 años. Las evidencias más antiguas de comportamiento moderno son las de Pinnacle Point (Sudáfrica), con 165 000 años. Nuestra especie homo sapiens pertenece al género homo, que fue más diversificado y, durante el último millón y medio de años, incluía otras especies ya extintas. Desde la extinción del homo neanderthalensis, hace 28 000 años, y del homo floresiensis hace 12 000 años (debatible), el homo sapiens es la única especie conocida del género Homo que aún perdura. ↩︎

Animales morales

Tengo la profunda convicción de que nuestro juicio sobre la moralidad o incluso justicia de nuestras acciones no es un juicio reflexivo sino emocional. Estoy persuadido de que es instintivamente como decidimos liminalmente si una acción es moral o justa y de que sólo posteriormente tratamos de justificar nuestra decisión inicial a través de razonamientos morales o jurídicos. Tan sólo en un no demasiado grande número de casos nuestro razonamiento posterior nos revelará que nuestro juicio moral o jurídico instantáneo no era acertado.

Sé que más de un jurista, sobre todo algunos jueces, levantarán una ceja incrédula al leer esto pero concédanme unos minutos, porque estas convicciones mías de que les hablo, naturalmente, no las he inventado yo sino que muchos científicos han trabajado sobre esta hipótesis.

La justicia y la moral, créanme, no son una construcción del razonamiento humano o, al menos, no son una creación exclusiva del razonamiento humano. La vida en grupo exige atenerse a una serie de reglas de convivencia ya sea el grupo humano, de primates, de peces o de bacterias. Los comportamientos que permiten la vida en sociedad y cómo los miembros de esta reaccionarán a su infracción son pautas presentes en cualquier tipo de comunidad: desde una colonia de bacterias al Parlamento de la Unión Europea pasando por bandadas de aves o cardúmenes de peces. Todas estas comunidades están dotadas por la naturaleza de mecanismos para resolver sus conflictos, mecanismos que han ido evolucionando durante millones de años y que alcanzan su expresión más sofisticada y compleja en las formas específicas que tiene la especie humana para hacerlo, una de las cuales —pero no la exclusiva y ni siquiera la mejor a priori— es la administración de justicia.

El hombre y sus primos los primates superiores presentan reacciones e instintos que nos permitirían calificarlos como «animales morales»; a este tipo de reacciones han dedicado los científicos muchos trabajos y experimentos y uno de los experimentos clásicos en este campo de ha sido el muy conocido «Dilema del Tren» o del «tranvía».

Conocí tal dilema a través de los trabajos del polémico ex-profesor de la Universidad de Harvard Marc Hauser.

Hauser organizó en los primeros años del siglo XXI una fascinante encuesta por internet de la que les hablaré otro día pero cuyo argumento nuclear es el «Dilema del Tren» que antes les mencionaba. Hoy he encontrado en YouTube una recreación del primer acto de los tres en que Marc Hauser dividía su encuesta.

No voy a ponerles en antecedentes ni les voy a hacer ningún «spoiler», simplemente les ruego que, si les interesa el tema, vean el video cuyo enlace les dejo justo aquí abajo y se pregunten que harían ustedes en el caso de hallarse en el lugar de los sujetos del experimento.

No sé preocupen porque el vídeo esté en inglés, pueden activar los subtítulos en castellano si lo desean, véanlo y, si les sugiere algo, déjenme un comentario porque les aseguro que el experimento da para mucho. Otro día seguimos.

Cien días de gobierno socialista: balance provisional en justicia.

Se cumplen los cien días que Roosevelt estableció como período de cortesía tras la llegada al poder de un nuevo gobierno; Pedro Sánchez hoy —toreando para la solanera— se ha estirado ante los suyos y se ha dado importancia coincidiendo con la efeméride.

No sé si puede estirarse y darse importancia en el resto de áreas de gobierno pero, ciertamente, en Justicia no. En Justicia el gobierno de Pedro Sánchez tiene más motivos para arrugarse y esconderse que para celebrar nada. Veámoslo.

Justicia Independiente

Crítico feroz con las manipulaciones y tejemanejes del gobierno del PP cerca de la cúpula de los jueces, no parece que al gobierno de Pedro Sánchez ahora le importe cambiar la fuente de todos aquellos enjuagues: la forma de elección de los vocales del CGPJ.

Con una ministra de justicia que sólo dos meses antes de acceder al cargo se manifestaba contra la forma de elección de esos vocales hemos visto al gobierno de Sánchez —o al menos a su ministra— virar en redondo y defender ahora justo lo que antes criticaba. La última escena de la actualidad ya nos presenta de nuevo a PP y PSOE de la mano dispuestos a cambiar todo lo necesario para que nada cambie en la forma de elección.

La primera en la frente.

Justicia con medios

La partida presupuestaria que en sus presupuestos aprobó el PP es la misma que sigue estando. No hay noticia de que la inversión en Justicia forme parte importante de la negociación que el PSOE está llevando a cabo para la aprobación de sus presupuestos y a la ministra parece importarle tan sólo reunirse con los jueces para tratar de calmar sus reivindicaciones salariales con las partidas presupuestarias de su antecesor en el cargo.

No hay noticias del turno de oficio en zona ministerio (la miserable subida tras 22 años sin actualizar ni siquiera el IPC fue obra de Catalá) y lo único que parece importarle a la nueva ministra es hacer que la segunda fila de su ministerio se reúna con una domesticada abogacía institucional para ver cómo se reparten la subida de Catalá.

Tampoco ha derogado el infame sistema que colapsa los juzgados hipotecarios. Con todos los operadores jurídicos en contra de tal aberración ella ha decidido mantener el sistema que costó a Catalá críticas feroces y de las que ella parece creerse exenta.

La segunda en la boca.

LexNet patata

La ministra, férrea opositora a la implantación de LexNet en la fiscalía cuando era fiscal, no parece tener idea alguna de fondo respecto de la informatización de la justicia ni de las exigencias en este tema desde el punto de vista constitucional de la independencia judicial.

Con las mismas partidas aprobadas por Catalá la nueva ministra parece continuar la misma política de aquel ahondando así en la catástrofe informática en que está sumida nuestra administración de justicia.

La tercera en el pecho.

Relación con la abogacía

La ministra parece dispuesta a recibir asociaciones de jueces y fiscales tantas cuantas veces sea necesario, sin embargo, no parece dispuesta a reunirse con ninguna asociación de abogados y procuradores en una pose que destila el pestífero aroma clasista de quien cree en el fondo que la abogacía o la procura son más un molesto estorbo que la garantía de la existencia de un estado de derecho.

La cuarta en…

Conclusión provisional

Tras cien días de gobierno, en lo sustancial, nada ha cambiado en los programas de justicia del gobierno. Muchas cosas podían hacerse —o al menos intentarse— sin coste alguno y no se han hecho (juzgados hipotecarios, plazos procesales, forma de elección de los vocales del CGPJ…) de forma que, al no hacerlo, la administración de justicia española sigue en el mismo estado en que la dejó Catalá; si bien la actitud de este, estérilmente dialogante siempre (ni una mala palabra ni una buena acción) al menos resultaba mucho menos molesta que la almidonada actitud de la nueva ministra.

Cambian los gobiernos pero no cambian las formas ni las ideas, malamente cambiará así nuestra justicia de sino. Quizá al final lo del virus de la moqueta sea verdad.

¿La primera sentencia de divorcio de España?

Rebuscando entre los libros que hablan de la historia de mi ciudad he encontrado uno en la Biblioteca Nacional que, como anexo, contiene una sentencia de divorcio dictada el 3 de septiembre de 1873 (hace 145 años) por la Comisión Revolucionaria de Justicia del Cantón de Cartagena, organismo encargado de la jurisdicción civil y penal en la flamante primera nación de la soñada República Federal Española.

La sentencia es pues unos cincuenta años anterior a las leyes de divorcio de la II República Española. Se sabe que el divorcio era legal durante el Cantón de Cartagena lo que no sé es si fue legal en algún lugar de España con anterioridad o si esta sentencia que les acompaño es la primera o simplemente una de tantas emitidas por los tribunales federales.

No les canso más, este es el texto de la sentencia:

Oídas las quejas producidas por José Rodríguez, escribiente de la Numancia, contra su esposa Nicolasa Abad, fundadas en diferencias esenciales de carácter, en desobediencia á las prescripciones legitimas de su ma-rido, en la pérdida de todo su cariño hacia ella y en ladenuncia del hermano Ángel Rodriguez de haber cometido adulterio con su cuñado;

Atendidas las declaraciones prestadas por ambos esposos, testigos y á presíencia de antecedentes;

Atendida la retractación solemne que ha producidoÁngel Rodríguez de su calumnia á la honra de su cuñada y hermano, explicando que si bien la pronunció ó intentó sostenerla era invento de su malquerencia hacia Nicolasa Abad é irreflexivo cariño á su hermano José,por establecer de este modo entre ambos mas inevitable separación;

La Comisión revolucionaria de Justicia que actúa como Jurado en asuntos civiles y criminales, en sustitución de las autoridades judiciales, cobardemente alejadas de Cartagena, considerando que la base primordial del matrimonio es el amor, que al separarse de su marido la mujer queda sin mas amparo que el de la autoridad por no preceptuarse en la ley que el matrimonio sea un espontáneo contrato con garantía en que ambas partes aseguren su independencia para el porvenir:

Falla y condena:

1. Los cónyugues José Rodríguez y Nicolasa Abad,podrán vivir separados todo el tiempo que el marido lo reclame, quedando éste obligado á mantener á su mujer con la tercera parte de lo que gane en concepto de sueldo, emolumento ó recompensas de cualquier género que obtenga en su trabajo.

2. Si el marido reclamare la unión con su mujer, se verificará si está bajo la garantía de la autoridad á cuya vigilancia quedan la conducta del marido para con su mujer, que podrá divorciarse definitivamente recurriendo en queja.

3. Si resultaren hijos de este matrimonio, quedarán sujetos á las prescripciones generales de la legislaciónespañola.

4. Queda perdonado el hermano Ángel Rodríguez á instancias de las partes ofendidas de la calumnia con su cuñada, en razón á las circunstancias de irreflexion y ligereza que en él concurren.

Cartagena 3 de Setiembre de 1873.—P. A., AlbertoAraus, Vice-presidente.—Wenceslao G. Almansa, Vice-presidente.—José Ortega, Vocal.

Grabado que ilustra el izado de la bandera roja (señal de la insurrección) en el Castillo de Galeras. Abajo puede verse a una persona vendándose un brazo, supuestamente se trata del cartero Sáez que tiñó con su sangre la luna y la estrella blancas de la bandera turca para hacerla totalmente roja.