El chino y las sardinas

Las veo y no puedo evitarlo: me acuerdo del «Bar Derbi» en «Las 600».

Quizá usted no sepa cuál es la forma canónica de comerse estas sardinas o arenques que en la fotografía, pero, aunque le parezca disparatado, esta no es otra que prensarlas con una puerta contra la jamba de la misma (use el lado donde están las bisagras) y tras esto proceda a comerla como mejor dios le dé a entender.

Lo de prensar las sardinas usando una puerta no es costumbre cartagenera en exclusiva, en la Comunidad Valenciana y Cataluña también se estila; donde parece no estilarse es en Japón.

Les digo esto porque, serían los años 70, cuando en el Bar Derbi de «Las 600» —un lugar donde sólo parecía servirse cerveza— apareció un japonés que había venido a España a estudiar guitarra flamenca. El japonés vio que aquel día en el «Derbi» —milagrosamente— habían sardinas de bota y se pidió una… y ese fue su error.

Fue su error porque en Japón se comerá mucho sushi y mucho sashimi, pero no se comen sardinas de bota y por eso su civilización aún no ha descubierto que, para comerte la sardina, has de prensarla litúrgicamente con una puerta o ventana batiente con carácter previo a su ingesta.

La parroquia del bar Derbi, cuando vio al japonés atacar directamente la sardina sin prensarla previamente con la puerta, cayó presa de justa indignación.

—¡Atiende el «chino» cómo se está comiendo la sardina!
(Ni que decir tiene que, a esas alturas, la parroquia no estaba para sutilezas ni distingos entre japoneses, coreanos, vietnamitas ni chinos)
—¡Joer con el «chino» del pijo!
—¡Pero si se va a dejar lo mejor!
—¡Este «chino» es tonto!

Los parroquianos pronto encimaron al japonés transmutado en chino por acuerdo popular unánime y comenzaron a explicarle, por señas, cómo había de comerse la sardina.

El chino les miraba con toda la apertura que permitían sus ojos orientales y observaba estupefacto como los almogávares aquellos llevaban la sardina a la puerta y, colocándola en el lado de los goznes, le daban un solvente apretón.

El griterío fue enorme y la sardinas pronto se agotaron en el Derbi con toda la cáfila aquella de aborígenes dándole a la puerta y enseñando al «chino» a comer sardinas.

Yo era un zagal y observaba todo esto mientras esperaba a que me cortasen el pelo en una barbería de la misma plaza. Aún hoy pienso si el japonés («el chino») cuando vaya a comer sardinas en su país no mirará a su alrededor para asegurarse de que no hay cerca ningún tarugo con cara de español. O quizá sea el único japonés que, en lugar de usar palillos, se come el pescado prensándolo con una puerta. Quién sabe…

Muerte, corazón…

Sabes cómo te llamas porque lo recuerdas. Una vez, cuando eras niño, te dijeron cuál era tu nombre y mientras no lo olvides seguirás siendo esa persona. Sabes dónde estás porque lo recuerdas; entre las cuatro paredes de tu casa la ciudad en que estás es indiscernible pero recuerdas donde vives y, mientras no lo olvides, podrás decir a los demás dónde encontrarte. Entiendes lo que estás leyendo ahora porque lo recuerdas: recuerdas el sonido de cada letra que ves y recuerdas el significado de los sonidos que forman las palabras; mientras no los olvides podremos entendernos.

En realidad, toda tu vida, tú mismo, es toda ella un recuerdo. Somos lo que recordamos que somos y los demás existen también porque los recordamos. Sabes que tu madre, tu hermana o tus hijos viven porque, aunque no estén a tu lado, los recuerdas; recuerdas como contactar con ellos, recuerdas sus caras, sus nombres, sus historias…

Sí, en realidad todo es recuerdo, todo es memoria y por eso nadie muere en verdad sino hasta que le llega el trágico momento del olvido. Si no supieses que tus seres queridos han muerto les recordarías vivos y estarían perfectamente vivos para ti; es por eso que muchas personas no quieren recordar muertos a quienes fallecen sino llenos de vida; y hacen bien.

Los seres humanos somos una extraña mezcla de tierra y memoria. Vivimos en la memoria de los demás y sólo el olvido acaba con esta extraña realidad que es la existencia humana.

¿Y por qué les cuento hoy esto?

Verán, la hija de un amigo acaba de aprobar su «proficiency» en japonés, una muchacha joven, guapa y lista, y se me ocurrió preguntarle cómo era el kanji con el que se escribía en japonés la palabra «olvidar»; me quedé estupefacto cuando me dibujó un ideograma que incorporaba —según ella me explicó— las palabras «corazón» y «muerte» y pensé que era una civilización sabia la japonesa y que había sabido condensar en un único símbolo el significado profundo del olvido.

La chica me dibujó la palabra en un papel —wasu reru— y ahora, ese recuerdo, ya es parte de mí mismo. Gracias muchacha.