Nunca fue cuestión de cojones

Nunca fue cuestión de cojones

Descubrir América o dar la primera vuelta al mundo (hecho del que este año se conmemora el 500 aniversario) no fue una cuestión de valor, audacia o coraje, fue una pura cuestión de tecnología. España contaba en ese momento con las más avanzadas técnicas de construcción naval (sí, la carabela era una maravilla de la tecnología) y de navegación. Los conocimientos cosmográficos de castellanos y portugueses eran los más avanzados del mundo en ese momento. Contando con los mejores navíos y las mejores herramientas de navegación ¿quiénes sino españoles y portugueses podían llevar a cabo tales descubrimientos?

Siglos más tarde y por ese amor a los «cojones» que se tiene en España (si se pensase con los cojones en España acumularíamos decenas de premios Nobel), la cultura popular —y en buena parte la oficial— hicieron del descubrimiento de América, por ejemplo, un viaje más bien fruto del coraje —la Tierra era plana y al oeste había un abismo— que un viaje de lo que en realidad fue: un viaje fruto de la investigación y del conocimiento.

Mucho sabían de cosmografía en la corte de Isabel; sabían, por ejemplo, que Colón se equivocaba, que la Tierra, sí, era redonda pero que su perímetro estaba más cerca de los 252.000 estadios, tal y como había predicho Eratóstenes en el siglo III antes de Cristo, que a los 180.000 estadios calculados por Claudio Ptolomeo en el siglo II después de Cristo y que era la cifra que Colón manejaba. Conforme a los cálculos de los sabios de la Corte de Isabel la Católica, Colón no podía llegar a las Indias porque estaban demasiado lejos, no porque hubiese un abismo o porque fuesen terraplanistas, idiotez esta, a lo que se ve, propia de siglo XXI pero impropia del XV.

Un problema más hacía dudar a Isabel la Católica del viaje de Colón y eran las relaciones internacionales con Portugal. El Tratado de Alcaçovas, firmado unos años antes, así como una serie de bulas papales fijaban como territorios exclusivos de Portugal todos los que se descubriesen más al sur de las Islas Canarias y Colón pretendía viajar hasta allá antes de poner rumbo oeste. La reina Isabel, hasta tanto no tuvo asegurado al Papa Borgia —favorable a Castilla— en el solio pontificio, no autorizó el viaje de Colón y, ello, no sin rogar a los navegantes que no bajasen del meridiano de las Canarias. Cuando Colón volvió de su primer viaje —por cierto a Lisboa— Juan II de Portugal reclamó airadamente para sí las tierras recién descubiertas, afirmando que estaban al sur de las Canarias, oponiéndose Isabel a tal pretensión aduciendo que las naves habían navegado siempre con rumbo Oeste.

No, no fue cuestión de «cojones», fue cuestión de ciencia, de tecnología, de diplomacia y de buen gobierno. Y de algún buen fichaje, todo hay que decirlo, pues no olvidemos que tanto Colón como Magallanes trabajaban para la Premier League de la navegación de entonces: la corona de Portugal.

Los imperios inglés y francés tampoco se debieron a la grandeur francesa ni a la flema y coraje británicas. Como gráficamente se ha dicho el imperio inglés se construye sobre una innovación tecnológica (la ametralladora) y una aportación farmacológica (la quinina). África se conquista por franceses e ingleses gracias a esa máquina de matar y a esas pastillas que les permitían defenderse de las enfermedades propias de África. Con eso, el telégrafo y el vapor, los ingleses derrotaron a unas pobres tribus del neolítico y construyeron su imperio. Tampoco esto fue, pues, cuestión de valor, simplemente fue una cuestión de teconología aplicada.

No, ningún imperio ni nación en el mundo ha progresado sin investigación ni tecnología: desde la revolución agrícola que hizo nacer los imperios mesopotámicos y egipcio, hasta las superpotencias nucleares y tecnológicas de la actualidad, pasando por los imperios ibéricos de la navegación y los europeos de la revolución del vapor.

Por eso hoy, cuando he leído que Apple destina en un sólo año más dinero a investigación que todo el estado español, he sabido que en España la salida de la situación que vivimos aún no es posible, ni lo será en mucho tiempo porque de aquí no se sale por cojones sino usando la cabeza e investigando.

Conocimiento o nitrato

Al comenzar el siglo XX Chile era un país ciertamente rico: su renta per capita superaba a la de países europeos como España, Suecia o Finlandia. La causa de tal riqueza se encontraba oculta bajo el suelo del desierto de Atacama: el nitrato. Indispensable para la fabricación de pólvora y magnífico como abono, Chile vendía su nitrato a todo el mundo, muchos de ustedes recordarán todavía el mosaico de azulejos que ilustra este post y que aún puede verse en muchos lugares de España.

Sin embargo, para desgracia de los chilenos, en 1909 los químicos alemanes Fritz Haber y Carl Bosch descubrieron una forma barata de producir este nitrato a partir de otros componentes y las exportaciones de nitrato de Chile comenzaron a caer, para 1958 toda la industria chilena del nitrato había desaparecido prácticamente.

La misma ciencia que hizo caer el negocio del nitrato en Chile hizo nacer en el mismo lugar otro negocio: el del cobre. Chile, un país riquísimo en cobre, vio como a principios del siglo XX los avances en la tecnología eléctrica hacían crecer la demanda de ese metal que ha seguido siendo indispensable para nuestra sociedad hasta el día de hoy.

La riqueza, la pobreza y el resurgir de Chile nacieron del conocimiento aunque, para su desgracia, ese conocimiento siempre fue ajeno.

Cuento esta historia porque ayer me detuve a repasar la situación de la economía española, sus exportaciones e importaciones y sobre todo, su crónica incapacidad para generar conocimiento. A nadie se le oculta que nuestros jóvenes mejor formados emigran a otros países de Europa y a nadie le extrañará que la propia Unión Europea certifique que España es un erial en materia de investigación.

Quizá sea el momento de plantearnos uno de esos típicos dilemas de economistas del tipo “cañones o mantequilla”; pero esta vez de una forma algo distinta: ¿Conocimiento o ignorancia?. La providencia ha dotado a España con unos recursos naturales aceptables y algunos de ellos los hemos explotado hasta la saciedad incluidos el sol y las playas; a estas alturas va siendo hora de que nos preguntemos si vamos a seguir dependiendo de ellos hasta que llenemos la costa definitivamente de hormigón o cambien los gustos de los turistas.

La respuesta de nuestros gobernantes al dilema ya se la imaginan ustedes (pongan ante ustedes la imagen del político que prefieran): “La investigación es parte fundamental de nuestro programa electoral” (firme convicción en la voz y gestos decididos) “haremos todo lo preciso para potenciarla” (nuevo gesto de visionario idealista con mirada perdida en algún lugar del cielo raso y el mentón levantado y apuntando a Sabiñánigo) “no tengan duda de ello” (silencio para dar profundidad y eco a la afirmación).

Y hasta ahí todo lo que harán nuestros líderes por la investigación porque, una vez en el gobierno ya conocen ustedes la historia también: donde dije digo ahora digo Diego y verdes las han segado y es que andamos flojos de numerario y no se puede atender a todo y, además, hay que pagar a muchos diputados provinciales y asesores de los diputados que esos sí que son necesarios al procomún y no esa plaga de científicos y catedráticos quejicas que, en el fondo, tampoco hacen tanta falta y que si no trabajan nadie lo nota.

Y un día, más cercano que lejano, nos daremos cuenta de que vivimos en un país de camareros, cocineros y hosteleros (con todos mis respetos a estas honestas profesiones) y que la principal riqueza del país se nos habrá marchado fuera y que esta riqueza sólo vendrá a que les sirvamos la mesa en verano y a ver a la familia. Igual a ustedes les parece bien este futuro, a mí no.

Pienso que es tiempo de decidir qué futuro deseamos para nuestros hijos y para nuestro país y que esa decisión no admite demora. Pienso que si en algún campo este país debe de hacer un esfuerzo es en el de la investigación.

Pero mientras tanto y mientras me llega el sueño esta noche de calor asfixiante, no me queda otra que entretenerme escribiendo este post y recordando aquellos larguísimos viajes veraniegos de toda la familia en coches sin aire acondicionado, viajes en que se circulaba por carreteras nacionales que pasaban por innumerables pueblos en los que, en alguna esquina, aparecía de vez en cuando este azulejo que hoy miro y que decía a los agricultores: “Abonad con Nitrato de Chile”.