Adam Smith y los límites del ser humano

Adam Smith y los límites del ser humano

Ayer me entretuve en remendar el primer párrafo de la obra «El Capital» de Marx desde mi punto de vista esencialmente informacional de la realidad, hoy me parece de justicia hacer lo mismo con el primer párrafo de la obra fundamental del economista y filósofo escocés Adam Smith (Kirkcaldy 1723), «La Riqueza de las Naciones» (An Inquiry into the Nature and Causes of the Wealth of Nations) en la que dejó sentadas las bases de la economía clásica con sus trabajos y a la qué la cultura popular identifica con la biblia del capitalismo.

Pues bien, el primer párrafo del primer capítulo del primer libro de la obra fundamental de Adam Smith «La riqueza de las naciones» comienza afirmando…

«El mayor progreso de la capacidad productiva del trabajo, y la mayor parte de la habilidad, destreza y juicio con que ha sido dirigido o aplicado, parecen haber sido los efectos de la división del trabajo».

Y, al igual que me sucede con el primer párrafo de la obra «El Capital» de Marx, desde mi punto de vista, tal afirmación tampoco puede ser aceptada así como así. Veámoslo.

La división del trabajo no es una mejora organizativa que los seres humanos escojan simplemente para producir más, la división del trabajo es una realidad que impone la cada vez mayor complejidad de las tareas que desarrollan los seres humanos y la limitada capacidad que tienen estos para almacenar información (conocimientos). Analicémoslo despacio.

Creo que ya les conté una vez —uno siempre predica su fe ya sea de forma directa o indirecta— que el problema del pulpo (sí, el pulpo), como el de muchos prebostillos nacionales, es que es un inculto.

Un pulpo, a lo largo de su vida, puede aprender muchas cosas pero todo lo que aprende muere con él. El pulpo (o la pulpa) ponen sus huevos y los abandonan a su suerte, los pulpillos que eclosionan no tienen madre que, zapatilla en mano, les oriente y les haga entrar en la mollera todo lo que deben aprender de forma que, cada uno de los recien nacidos pulpillos, como Sísifo, debe empujar de nuevo su piedra hacia la cumbre.

El secreto del ser humano como especie es que, a los conocimientos instintivos de que les dota la naturaleza, añaden los que les transmiten sus progenitores, seres con quienes conviven durante toda su infancia. Podemos afirmar sin temor a equivocarnos que la cultura es una de las más eficaces estrategias evolutivas de que dispone la especie humana; ahora bien, cuando la cultura (el conocimiento, la información) alcanza un volumen tan enorme como el que ha alcanzado el saber humano en los tiempos modernos, es obvio que ya no puede ser almacenada en un solo indivíduo, de hecho, hace milenios que dejó de poder ser almacenada en un solo indivíduo.

Medimos la capacidad de almacenamiento de información en cualquier soporte con toda naturalidad y así, decimos: «ese disco tiene 18 Terabytes» o «ese USB puede almacenar 500 Gigabytes»… Esta forma de expresarnos es para nosotros, desde hace unos 20 años, perfectamente natural y, sin embargo raramente la aplicamos a las personas y decimos «fulano es un crack, tiene tantos Petabytes de almacenamiento libre…»

La capacidad humana de almacenar conocimientos es finita y es por eso que todos no sabemos hacer todas las cosas.

Los seres vivos vienen al mundo con muchísima información preprogramada. En su «read only memory» (ROM) almacenan todas las instrucciones precisas para mantenerse vivos, respirar, hacer la digestión, realizar la fotosíntesis si son plantas… Todas estas acciones usted (y todos los seres vivos) «saben» llevarlas a cabo aunque no sepan por qué. Luego, cada especie, en mayor o menor medida tiene una memoria «ram» donde almacena conocimientos útiles para ella.

En el paleolítico los conocimientos que el ser humano almacenaba en esa memoria «ram» estaban mayoritariamente dirigidos a procurarse su supervivencia y la de los suyos, aunque la construcción de herramientas de sílex o la confección de pigmentos para «almacenar» información en forma de dibujos y pinturas en sus cavernas, fueron cada vez ocupando una mayor parte de esa «random access memory» (RAM).

Si entendemos que la capacidad humana para acumular información es finita entenderemos sin problema por qué, espontáneamente, aparece la división del trabajo que en lugar tan prominente situa Adam Smith y comprenderemos por qué la fabricación de alfileres de que nos habla Adam Smith o la de sartenes de que nos habla Marx exigen de división del trabajo.

Ninguna persona puede dominar al mismo tiempo las habilidades precisas para distinguir los filones de los distintos minerales, detectarlos, picar en una mina, entibar galerías y extraer mineral; mucho menos saber eso y dominar el arte del fundido, aleación y forja de metales, confección de esmaltes y otros elementos necesarios para la terminación del producto… Y aunque alguien tuviera todo el conocimiento necesario para ello lo sería en un grado muy básico. Hoy hay carreras enteras dedicadas a la ingeniería de minas, por ejemplo y a todo lo anterior habrís que añadir el transporte y comercialización del producto.

Si llamamos «personbyte» (como indica C. Hidalgo) a la cantidad de información que es capaz de almacenar un ser humano, se entenderá por qué son necesarias muchísimas personas para fabricar, por ejemplo, un avión o un submarino. No porque lo exija la «división del trabajo» como método organizativo, sino porque son necesarios muchos conocimientos (personbytes) para transformar la materia en una navío submarino o en un aparato volador.

Así pues, desde nuestro punto de vista informacional, tampoco el primer párrafo de «La riqueza de las naciones» de Adam Smith resulta particularmente impactante sino más bien naif.

Entenderán que si, desde el primer párrafo, ambos textos capitales me resultan sospechosos de no entender el mecanismo profundo que determina el funcionamiento de la realidad y las sociedades, el debate comunismo-capitalismo me parezca periclitado. Déjenme tener mi propio criterio y no me embarquen en un antiacuado juego de pares o nones.

Supongo que a estas alturas ya habré hartado a mis lectores, entenderán por eso que un día escriba sobre el Nitrato de Chile y la riqueza, otro sobre el «Personbyte» y la construcción de submarinos y otro sobre la evolución y los Reyes Magos. Sé que si trato de explicarme soy aburrido y por eso es mejor recurrir a la vieja herramientas de las historias y los relatos, porque con ellos siento que siembro poco a poco mi punto de vista, mi forma de entender las cosas.

Los post diarios son práctica, lo demás es teoría.

Marx y el guano: reescribiendo «El Capital»

Marx y el guano: reescribiendo «El Capital»

En la década de los 60 del siglo XIX, mientras Marx redactaba su obra cumbre, El Capital, en América del Sur varios países experimentaban un desarrollo extraordinario gracias a su riqueza en materias primas.

Especialmente representativo de esta prosperidad económica fue el caso del Perú que, debido a la gran riqueza en guano que acumulaban sus islas, comenzó a obtener cuantiosos ingresos mediante el sistema de las llamadas «consignaciones», un sistema mediante el cual el Estado y determinados empresarios llegaban a acuerdos por los que se otorgaba a estos la explotación del guano durante un tiempo a cambio de un porcentaje que variaba entre el 35 y el 45 %. El consignatario se encargaba de todo el proceso de explotación, exportación y venta del guano mientras que el estado recibía una porción del ingreso líquido después de producida la venta. El problema fue que, como el Estado generalmente necesitaba efectivo y no podía esperar hasta el reparto de ingresos, solía pedir dinero por adelantado a los consignatarios que, de este modo, se convirtieron en los mayores prestamistas del Estado cobrándole entre el 4 y 13% de interés.

Los cambios de toda índole que en esta época de prosperidad se produjeron en Perú extienden sus efectos hasta nuestros días, estando en la base de la escisión de la sociedad peruana entre el interior y la costa, pero esa es otra historia.

Mientras duró la fiebre del guano los estados europeos compraron y pagaron a precio de oro este producto —no más que una gigantesca acumulación de defecaciones de aves— y fue gracias a él que pudieron alimentar a su creciente población pues, usado como abono, el guano rendía resultados espectaculares.

Marx no vivió lo suficiente como para asistir al trágico final de esta época dorada de la historia del Perú pues, mientras concluía la primera edición de la primera parte de «El Capital», estaba naciendo en la ciudad de Breslau (entonces Prusia hoy Polonia) el científico alemán Fritz Haber quien, junto con personalidades de la talla de Max Born o Karl Bosch (sí, Bosch, el de BASF) descubrieron procesos químicos para fabricar abonos de forma que el guano se tornó innecesario.

Aquella mercancía maravillosa por la que Chile, Bolivia y Perú habían guerreado, ahora simplemente no valía nada y los países que la producían, simplemente, enfrentaban la bancarrota.

Cuando nació Fritz Haber, Marx, acababa de publicar su primera parte de «Das Kapital» aquella obra colosal cuyo primer párrafo decía:

«La riqueza de las sociedades en que impera el régimen capitalista de producción se nos aparece como un «inmenso arsenal de mercancías» y la mercancía como su forma elemental. Por eso, nuestra investigación arranca del análisis de la mercancía».

Seguramente, para un europeo de 1866, la riqueza de las sociedades se podía percibir como un «inmenso arsenal de mercancías»; aunque un peruano, un chileno o un boliviano, unos cuantos decenios después, aprenderían dolorosamente que la riqueza de las sociedades no es un arsenal de mercancías (aunque estas sean tan valiosas como lo fue el maravilloso guano) sino un «inmenso arsenal de conocimientos» como los que acumulaban los alemanes en personalidades como Haber, Born o Bosch. En 1918 Fritz Haber recibió el Premio Nobel y Carl Bosch en 1931.

A día de hoy Perú importa 1,2 millones de toneladas de abonos sintéticos al año; el país del guano hoy paga el abono que gasta a empresas extranjeras y devuelve con creces los ingresos que un día recibió.

Mi parecer es que las sociedades ricas nunca lo han sido por la abundancia de mercancías, sino por poseer la información necesaria para transformar materias primas y así subvenir a sus necesidades.

En el calcolítico había el mismo cobre en el planeta Tierra que a principios del Paleolítico, la diferencia radicaba en que el ser humano, en el calcolítico, descubrió la forma de trabajarlo. Las herramientas de cobre (arados, cinceles, azuelas…) hicieron más productivas —más ricas— a las sociedades que pudieron disponer de ellas.

De hecho, a día de hoy, existe en la Tierra exactamente la misma cantidad de cobre que había en el calcolítico o en el Paleolítico, ni un átomo más ni un átomo menos, la diferencia es que hoy con el cobre no se fabrican arados, cinceles o azuelas; hoy disponemos de la información precisa para convertir al cobre en un conductor de la electricidad. El ser humano informa la materia en función de la información de que dispone y es esta actividad la que genera riqueza, la que dota de valor de uso a materiales que antes carecían de él, la que los hace valiosos.

Podríamos, pues, provisionalmente, modificar un tantito el primer párrafo de «El Capital» de Marx y donde él escribió:

«La riqueza de las sociedades en que impera el régimen capitalista de producción se nos aparece como un «inmenso arsenal de mercancías» y la mercancía como su forma elemental. Por eso, nuestra investigación arranca del análisis de la mercancía».

Escribir nosotros…

«La riqueza de las sociedades en que impera el régimen capitalista de producción se nos aparece como un «inmenso arsenal de conocimientos» y la información como su forma elemental. Por eso, nuestra investigación arranca del análisis de la información».

Si para Marx era la mercancía el centro de su sociedad mercantil, para nosotros será la información el centro de nuestra sociedad a la que —coherentemente— llamaremos Sociedad de la Información.

—¿Y podemos seguir hablando en esta sociedad de cosas como la «propiedad de los medios de producción», los «imperialismos», las «revoluciones» y cosas así?

—No se apure, desde luego que sí, pero eso lo veremos en otros capítulos de esta historia.

De momento le dejo con una fotografía de lo que significa trabajar en el guano.

Países ricos y países pobres

Países ricos y países pobres

En casi todas las charlas que di en Colombia, en algún momento u otro, apareció siempre la cuestión de la América del Sur pobre frente a la América del Norte del Río Grande rica y, para enfrentar esa cuestión, siempre traté de poner en claro qué era eso de la riqueza o de la pobreza de un país.

Si por «riqueza» se entiende que un país disponga de abundantes recursos naturales no cabe duda de que América del Sur es un continente agraciado por la providencia pero, les decía, no creo que la abundancia de recursos naturales sea lo que hace en verdad rico a un país y les solía poner el ejemplo de Chile.

Al comenzar el siglo XX Chile era un país ciertamente rico: su renta «per capita» superaba a la de países europeos como España, Suecia o Finlandia. La causa de tal riqueza se encontraba oculta bajo el suelo del desierto de Atacama: el nitrato. Indispensable para la fabricación de pólvora y magnífico como abono, Chile vendía su nitrato a todo el mundo.

Sin embargo, para desgracia de los chilenos, en 1909 los químicos alemanes Fritz Haber y Carl Bosch descubrieron una forma barata de producir este nitrato a partir de otros componentes y las exportaciones de nitrato de Chile comenzaron a caer; sin duda muchos de ustedes recuerdan aún el azulejo que se ve en la fotografía; «agricultores, abonad con nitrato de Chile» y añadía las palabras «único natural», este fue uno de los últimos esfuerzo chilenos por mantener su comercio.

Para 1958 toda la industria chilena del nitrato había desaparecido sin embargo la fortuna volvió a sonreir a Chile pues, en esos lustros, la electricidad, el telégrafo y la telefonía exigían cada día más hilo de cobre y Chile, por fortuna, era rico en cobre.

Y dicho esto ¿consideran ustedes a Chile un país rico o un país pobre?

Yo, permítanme decirlo y que no se me enfade ningún chileno, no lo considero rico, sino ponre. Rico es el país que, comi Alemania, tiene conocimientos suficientes como para prescindir del comercio del nitrato cuando le hace falta (recordemos que todo el comercio de nitrato de Chile estaba controlado por Gran Bretaña) o es capaz de diseñar e implementar esos aparatos que necesitan del cobre que otros facilitan.

Disponer de materias primas es cuestión de suerte, disponer de cultura y conocimiento es cuestión de esfuerzo pero permite forjar el futuro independientemente de la suerte que se haya tenido en el reparto de riqueza. El cobre no vale nada, si vale es porque alguien le ha encontrado un uso revolucionario (la electricidad) y por eso no es rico quien tiene cobre sino quien tiene los conocimientos que permiten su uso.

No, riqueza no es disponer de recursos materiales, riqueza es disponer de conocimiento, de cultura, de todo eso que, en sentido amplio, llamamos información.

No creo que América del Sur sea pobre en cuanto a materias primas sino todo lo contrario, es riquísima; sí es pobre en cuanto que ella no controla estas materias primas, en general explotadas y esquilmadas por empresas anglosajonas que no han dudado en corromper u ocupar gobiernos para ello y, sobre todo, es pobre, en la medida que la pobreza material de sus gentes drena a sus sociedades de inteligencia, cultura e información, permitiendo que sus mejores cerebros acaben siempre en el extranjero enriqueciendo a otras sociedades.

Y esto que digo no sólo sirve para América del Sur sino para mi propio país; un país que confía en buena parte su futuro a unos turistas de sol y playa que un día dejarán de venir y que, de momento, han acabado con el 80% de los recursos naturales y turísticos del Mediterráneo Español. Un país cuyos profesionales de la sanidad marchan recién egresados a países extranjeros; un país cuyos científicos, si quieren desarrollar una carrera científica exitisa, deben marchar al extranjero.

Estamos perdiendo nuestra mayor riqueza en favor de otros países, así que nadie se extrañe si un día descubrimos que somos, esencialmente, pobres.

Nobel de física 2022

Nobel de física 2022

Hace unos 14 años me apliqué a tratar de entender el mundo y la realidad como paso previo necesario para entender la justicia y, en mi búsqueda, me topé con un fenómeno que pronto ocupó toda la escena de mis pesquisas: la información y su reverso la entropía.

Pronto comencé a pensar que no era posible encontrar realidades observables de las cuales la información no formase parte, incluso pensé que, en realidad, todo el universo está formado únicamente por tres elementos fundamentales: materia, energía e información y que era este último, precisamente, el que le daba interés.

Naturalmente, la búsqueda de bibliografía para documentar mi hipótesis, me condujo (como casi siempre en estos temas) a descubrir que alguien la había formulado antes que yo y, desde luego, con infinitamente mayor fundamento.

En 2003, J. D. Bekenstein proclamó que hay una tendencia cada vez más creciente en física a definir el mundo físico como si estuviese constituido de información en sí mismo (y por eso la información es definida de esta manera) y recuerdo que, en un ya muy lejano mes de octubre del año 2008, escribí un post en mi blog —ahí sigue todavía— al que titulé «La afirmación de Bekenstein» en el que tomaba nota de esto.

La Información tiene un sentido muy bien definido en física y entre los ejemplos que ilustran esta afirmación se cuenta el fenómeno físico llamado de «entrelazamiento cuántico» según el cual las partículas pueden interactuar de forma instantánea, sin referencia a su separación o a la velocidad de la luz.

Por eso, ayer, cuando me enteré que el Premio Nobel de Física había ido a parar a manos de Alain Aspect (Francia), John F. Clauser (Estados Unidos) y Anton Zeilinger (Alemania) por sus investigaciones en física cuántica —entre las que está el «entrelazamiento cuántico»—, no puedo negar que me alegré.

El género humano sigue avanzando en su comprensión del cosmos y quizá, algún día, los juristas aprendamos que ya hemos vivido demasiados años dando la espalda a ese avance.

Personbytes

Medimos la capacidad de almacenamiento de información de nuestros equipos informáticos en bytes, kilobytes, megabytes… y así hasta jotabytes. Podemos señalar con toda precisión cuánta información es capaz de almacenar una máquina pero… ¿somos capaces de medir cuánta información es capaz de almacenar un ser humano?

Esta pregunta no es una pura curiosidad o divertimento pues en su base está la explicación de muchos fenómenos humanos y sociales. Permítanme que les ponga un ejemplo.

En estos tiempos en Cartagena se están construyendo unos nuevos submarinos que incorporan las más avanzadas tecnologías y en su construcción se están empleando miles de personas. Los conocimientos de una sola persona no son bastantes para construir un submarino; una persona apenas si quizá domine la compleja técnica de pulir una de las lentes del periscopio del submarino, otra quizá sepa llevar a cabo la complejísima soldadura de dos planchas de metal que deben no sólo ser estancas, sino soportar una tremenda presión cuando el submarino esté en inmersión; otra quizá sea capaz de ajustar el giróscopo de un torpedo y otra quizá sea capaz de diseñar una batería eléctrica pero no sabrá construirla y así se van necesitando ingenieros de múltiples ramas, físicos especialistas en diversas materias, programadores, expertos en electrónica…

Para construir un submarino se precisan los conocimientos de miles de personas, en cambio, por ejemplo, para dar forma a una vasija en un torno de alfarero y luego cocerla en el horno apenas si hace falta el conocimiento de una sola.

Permítanme que a todo ese conjunto de conocimientos que una persona es capaz de acumular le llamemos «personbyte» y que, con esta medida, calculemos la dimensión de las empresas que nuestra sociedad puede enfrentar.

Es evidente que el tamaño de estas empresas vendrá determinado por la cantidad de «personbytes» necesarios para cumplir sus objetivos; la cantidad de «personbytes» necesarios para construir un helicóptero, por ejemplo, o lanzar al espacio un satélite no será la misma que para montar un negocio de hostelería y es evidente que aquellas sociedades que cuenten con un mayor número de «personbytes» serán capaces de llevar adelante las mayores y mejores empresas. Es por eso que, sabiendo la cantidad y calidad de «personbytes» que hay en una sociedad determinada, podemos determinar en qué campos es fuerte esa misma sociedad y dónde debe buscar sus mejores objetivos de futuro.

Pero ¿cómo medimos la cantidad y calidad de «personbytes» que hay en cada sociedad dada?

El Instituto Tecnológico de Masachussets ha llevado adelante algunos interesantes experimentos en este campo y, de entre todos ellos, me van a permitir que les cite uno en concreto: el Observatorio de la Complejidad Económica (OEC), un lugar donde se analizan los datos económicos de los diversos países y donde podemos encontrar interesantes datos. Por ejemplo, ¿se ha planteado usted alguna vez en qué somos buenos los españoles?

Una buena forma de saber en qué somos buenos los españoles es consultando nuestra cifra de exportaciones; aquello que vendemos al extranjero, sin duda, es algo que nosotros somos capaces de producir mejor y más barato que los demás y, por tanto, es un buen índice acerca de en qué es buena la población española y para qué están preparados sus habitantes. Echemos pues un vistazo a lo que exportamos los españoles en este link y, en especial, fijémonos en este diagrama que la página construye automáticamente

Figura 1

Quizá alguien se sorprenda: los españoles exportamos, antes que nada, coches y piezas de coches.

Si lo piensa usted no es tan raro, aquí están las factorías de FASA-Renault, SEAT, Ford, Citroën, Volkswagen… en realidad casi todas. Somos el segundo productor de coches de Europa tan sólo por detrás de Alemania. Y sí, se que usted me dirá que los producimos bajo licencia extranjera, pero, en lo que a «personbytes» respecta, España es el país donde hay una mayor cantidad de obreros especializados en la construcción de coches así como de empresas auxiliares. Si una empresa decide instalar una fábrica de coches en Europa tenga usted por cierto que España será una buena candidata para su instalación.

Este análisis que hago de España puede usted, si lo desea, hacerlo de su ciudad o de su comunidad autónoma y tratar así de determinar en qué sectores deben buscar estas su futuro.

A día de hoy la información, el conocimiento, los «personbytes» son la mayor riqueza de una comunidad: de poco sirve ser especialmente ricos en materias primas si no sabemos transformarlas; no es el aluminio o el litio los que son valiosos por sí mismos sino que son los ingenieros y los obreros que saben construir aviones o teléfonos móviles los que los hacen valiosos. Recuérdelo y mucho más ahora que vivimos en la sociedad de la información: la materia nunca es tan importante como la información, más rico que el país que posee materias primas es el que tiene muchos «personbytes».

Haga usted el ejercicio que sugiero con su comunidad. Yo, si me lo permiten, lo haré con mi ciudad pero eso será objeto de un video.

El orden y el desorden

El agua remansada no nos ofrece nada interesante, pero si en ella introducimos un elemento de desequilibrio quitando, por ejemplo, el tapón del fondo, entonces el agua fluye, se autoorganiza, forma remolinos y una evidente espiral sobre el aliviadero donde las moleculas de agua, partículas de sustancia inanimada, se autoinforman en un sorprendente baile espiral.

En las sociedades ocurre algo parecido, si se momifican en categorías y órdenes preestablecidos nos garantizan orden y paz, como los cementerios, como las exposiciones de insectos muertos de los entomólogos, pero, si las dejamos vivir, si permitimos en ellas una dosis adecuada de desequilibrio e inestabilidad, se autoinforman en nuevas estructuras y permiten el desarrollo humano.

El orden no nace de la inmovilidad, el orden, la información, nace espontáneamente en los sistemas en desequilibrio estable.

Gracias, Ilya Prigogine.

El algoritmo de la vida

El algoritmo de Facebook esta mañana me ha mostrado como primera noticia el fallecimiento por Covid de la cantante folk cheka Hana Horka. Según la prensa la cantante habría fallecido al autoinfectarse de Covid para poder obtener el certificado sanitario y poder viajar a pesar de no haberse vacunado. Su hijo, Jan, aunque no hay autopsia, culpa en la prensa a los grupos antivacunas.

Leo la noticia y trato de imaginar las reacciones de los diversos tipos de lectores: el más común (el vacunado) se asombrará de cuánta tontuna hay en el mundo y deseará que muchos antivacunas lean la noticia para que reflexionen; el lector menos común (el antivacunas) pondrá en duda la noticia, asumirá que el medio que la publica es tendencioso y se indignará ante el hecho de que se publiquen este tipo de noticias antes de hacer siquiera la autopsia al cadáver. Los lectores vacunados llamarán tontos a los no vacunados y los no vacunados llamarán bobos a los vacunados; los vacunados pedirán a los no vacunados que se vacunen y los no vacunados pedirán a los vacunados que «despierten»; ¿un auténtico fangal verdad?

Antes de que empiecen ustedes a argumentar a favor o en contra déjenme decirles que, por extraño que parezca, esta dinámica de vacunas y antivacunas (y todas las gradaciones y matices que hay entre las dos posturas) es la forma en que resuelve sus problemas la vida.

La vida es resiliente y tiende a propagarse pero ¿cómo elige la vida las mejores estrategias para no extinguirse y propagarse con éxito? La respuesta a esto comenzó a descubrirse en los años 70 y es hoy una de las bases más prometedoras de la inteligencia artificial, se llama el «algoritmo genético».

Sí, detrás de la vida, como detrás de Facebook o de la propagación del Covid, se esconde un algoritmo, un algoritmo que, explicado de forma simple y por tanto inexacta, parte de una población inicial —en este caso los seres humanos— donde se introduce un «problema» —en este caso el virus— y a través de procesos de selección, recombinación, mutación y reemplazo, se alcanza una solución óptima desconocida de antemano.

Quizá con un ejemplo se entienda mejor.

Imagine una especie de pajarillos llegados desde el continente a una isla (quizá les arrastró el viento) y que en ella encuentran semillas para alimentarse (esta será la población inicial), aunque, desgraciadamente para ellos, la cáscara de las semillas de la isla es sensiblemente más dura que la del continente (este será el problema). La naturaleza, aunque no piensa —al menos en el sentido que nosotros entendemos por pensar— saca entonces su navaja suiza —el algortimo genético— y lo pone en marcha: dada la diversidad morfológica existente entre los indivíduos unos tendrán mayor facilidad que otros en comer de estas semillas duras y serán estos quienes tendrán un mayor éxito reproductivo, de forma que las generaciones siguientes, a través de los mecanismos de herencia genética, se parecerán más a estos individuos dotados de rasgos que les permiten comer mejor semillas duras, digamos, un pico más fuerte y pesado. La vida, para aumentar el número de soluciones probadas, introducirá, además, mutaciones. A base de probar numerosas soluciones la vida, mediante la herencia y la mutación, acaba encontrando la solución óptima.

Si te maravilla el sinnúmero y la variedad de formas de vida macroscópicas y microscópicas existentes en la Tierra ya sabes por qué es: la vida nunca pone todos sus huevos en la misma cesta y prueba tantas cuantas soluciones viables puede; luego herencia y mutación hacen el resto.

Herencia y mutación también rigen el comportamiento humano y no solo a nivel de cromosomas sino también a nivel cultural. Del mismo modo que la información genética puede determinar caracteres diferentes en las personas o la herencia o predisposición a dolencias cardíacas —por ejemplo—; la transmisión cultural (de memes, de ideas) puede dar lugar a dolencias incluso más graves, como por ejemplo la tendencia a estrellar aviones contra edificios o a colocar bombas en nombre de alguna idea. No le dé usted vueltas y trate de asimilar que genes y memes son ambos información y que esta condiciona la vida, conducta y éxito adaptativo de las personas.

Y ahora volvamos a los antivacunas.

Enfrentada a un problema grave, el Covid, la humanidad, en cuanto que vida, no deja de usar su navaja suiza —el algoritmo genético— y no pone todos sus huevos en la misma cesta (la vacuna) de forma que siempre reserva una porción de recursos para apostar a la sinrazón, porque la sinrazón aunque improbable es posible y ya se encargarán la herencia y la mutación de solucionar el problema.

Es por eso por lo que no debes esperar nunca que todo el mundo piense igual y se comporte igual, si así fuese estaríamos asumiendo como humanidad un riesgo inasumible, y es por eso también que siempre has de esperar que, incluso en las situaciones más evidentes —piensa en los terraplanistas— un grupo de insensatos sostengan las teorías o conductas más disparatadas.

Insensatos, sí, pero no desprecies nunca su papel en el algoritmo de la vida, son simplemente el extremo de una amplia variedad de soluciones y de posicionamientos.

Y hablando de algoritmos, el de Youtube censura a cualquier youtuber que use la palabra «Covid» en sus videos (también lo hace con términos como «Hitler») y acabo de caer en la cuenta que en este post he usado los dos. ¿Hará Facebook shadowbanning a este texto o alguna otra característica engañará a su no tan inteligente inteligencia artificial?

Lo veremos.

Al menos en esto Platón dio en el clavo

Fue Platón quién nos dijo que nuestro conocimiento del mundo se reducía a unas sombras que veíamos proyectadas en el fondo de una caverna.

Seguramente los partidarios de las ideologías totalitarias habían leído a Platón y por eso se adueñaron del cine, de la radio y la televisión, para ser ellos los únicos que pudiesen proyectar sombras en el fondo de la caverna. Lo que supimos del mundo en aquellos años era lo que veíamos o escuchábamos en pantallas y altavoces controlados por quienes detentaban el poder.

Hoy seguimos conociendo el mundo por las sombras que percibimos en otros dispositivos que son el nuevo fondo de la caverna. Ahora ya no son sólo unos pocos los que pueden proyectar sombras en ella sino todos, aunque el control se efectúa de una forma distinta y más sutil, no todos los mensajes se proyectan a todos los ocupantes de la caverna, sólo los que un demiurgo llamado algoritmo permite.

Pero son ya tantos los años mirando el fondo de la caverna que parece que se nos haga imposible volvernos para mirar quién maneja los hilos de las marionetas, como para tratar de descubrir la identidad y la lógica del titiritero.

Miramos nuestras pantallas de la misma forma que el hombre de Platón miraba el fondo de la caverna, sólo que a nosotros no tienen que sujetarnos para que no volvamos la cara, a nosotros nos gusta mirar la pared del fondo.

En todas las sociedades la clase dominante siempre ha ido un escalón por delante: cuando los sacerdotes sabían leer el pueblo sólo escuchaba, cuando el pueblo aprendió a leer los ricos les imprimían la lectura, con la radio unos hablaban y otros escuchaban y con el cine y la televisión unos realizaban lo que otros habrían de ver.

Ahora que parece que podemos escribir, publicar, grabar audios y videos… Son los dueños de las plataformas los que deciden quién te verá o te leerá y quién no.

Es la vieja historia de siempre, salvo que ahora la llaman algoritmo.

Sin duda Platón, al menos en esto, dio en el clavo.

Élites, dominación y tecnologías de la información

Élites, dominación y tecnologías de la información

Las élites siempre han marchado un escalón tecnológico por delante del resto de la sociedad. Cuando el ser humano inició su, aún no acabada, transición de cazador-recolector a sedentario merced a la revolución agrícola, una élite experta en señalar los ciclos de las estaciones (los sacerdotes sumerios por ejemplo) consolidó su conocimiento y su gestión de la riqueza a través de la escritura. Fueron los alfabetos los que crearon los primeros bancos de memoria artificial y, gracias a ellos, los sacerdotes de unos imperios sedicentemente divinos pudieron, no solo fijar la ortodoxia de sus relatos religiosos, sino controlar la administración y la burocracia. Frente a un pueblo mayoritariamente analfabeto la élite de aquellos imperios dominaba la última frontera en tecnología de la información de la época: la escritura. El sacerdote leía los textos sagrados (declarar «sagrado» un texto en la época sería como declarar «divino» un usb en esta) y el pueblo lo escuchaba, creyendo en la sacralidad de aquellos ininteligibles grupos de dibujos cuneiformes.

Cuentan que los tlaxcaltecas, en cierta ocasión que enviaron a los españoles a negociar o intimar a una tribu enemiga, les pidieron que llevasen «papeles». Los tlaxcaltecas no conocían el contenido de aquellos papeles, lo que sí habían observado es que los españoles, cuando los miraban, podían cambiar súbitamente de forma de actuar y que, cuando un español era enviado en misión sería a otro lugar, siempre llevaba alguno de aquellos papeles que previamente les había entregado su jefe. Para tlaxcaltecas y aztecas las cartas eran tan mágicas como para los españoles lo eran los «quipus» mayas, un sistema de escritura que los españoles ni llegaron a sospechar que lo fuese y, creyendo que eran objetos mágicos (igual que los aztecas consideraban mágicas las cartas de los españoles) los prohibieron y persiguieron a quien poseyese uno. Un «quipu» es el objeto que ven en la foto y es un instrumento de almacenamiento de información consistente en cuerdas de lana o de algodón de diversos colores, provistos de nudos.

La situación se prolongó siglos. La élite escribía y leía al pueblo que obedecía las órdenes emandas de aquellos registros. Aquella tecnología de la información dio lugar a la ley (la norma escrita) que objetivizó separando de la memoria humana las reglas de funcionamiento de la sociedad. El software (el código, el adn) que regula el funcionamiento de las sociedades se escribió en lenguajes de programación llamados latín, griego, fenicio, castellano o inglés. Todavía hoy, uno de los programas de comportamiento social más exitoso, fue uno de aquellos programas de software escritos principalmente en arameo; se llama la Biblia y, a día de hoy, gobierna en mayor o menor medida la conducta de una de cada tres personas en el mundo. Las otras dos obedecen a programas diferentes pero también codificados de la misma forma que la Biblia: el Corán, el Canon-Pali o el Bhagavad-Guita.

Nihil novum sub solem, a día de hoy aún somos, en cierto modo, súbditos de aquellos imperios; ni sus reyes ni sus sacerdotes nos gobiernan pero, los textos que ellos escribieron y los principios morales que en ellos se contienen, aún rigen las vidas de las personas.

Esta situación perduró siglos y sólo fue puesta en cuestión con la llegada de una nueva revolución tecnológica en el campo de la información: la imprenta.

Gracias a la imprenta la capacidad de replicar la información contenida en los libros aumentó exponencialmente. No sólo eso, la producción de libros dejó de ser una costosa tarea para pasar a ser un negocio; la producción de libros ya no se justificaba por la necesidad de transmitir las ideas precisas para el mantenimiento de un determinado status quo, ahora la producción de libros podía hacer ricos a los impresores.

Al ampliarse la producción de libros estos comenzaron a tratar temas distintos de los religiosos e incluso se atrevieron a imprimir libros prohibidos por la propia iglesia. El índice eclesiástico de libros prohibidos pasó a ser probablemente el primer hit parade de la literatura pues los libros que aparecían en él pasaban a ser el oscuro objeto de deseo de muchos miles de lectores. La humanidad, con cada presión de los tórculos y prensas, allanaba el camino de la ilustración.

La humanidad comenzó a leer cuando las élites ya dominaban la nueva tecnología y este proceso se repitió con el cine, la radio y la televisión: la población consumía los productos que las élites les ofrecían, élites que a su vez controlaban los nuevos medios de comunicación.

Con la nueva revolución de los social media pareciera que la humanidad se ha llenado de «prosumers» (productores-consumidores) de contenidos y hoy todos somos capaces de producir videos, audios, textos… Y sin embargo las élites siguen estando un escalón por encima: ellos controlan las tecnologías y las plataformas que nos permiten hacer esto.

Hoy mi libertad de expresión no la controla un juez sino un algoritmo confeccionado al gusto de una empresa de Menlo Park (Facebook) o San Francisco (Twitter). Ese algoritmo, como los viejos textos sagrados, es el que decide lo que es moral y lo que no, lo que puede ser escrito y lo que no, la imagen obscena y la moralmente apropiada, y así controla nuestras vidas.

No le den vueltas, en materia de social media las élites siempre van un escalón por delante de las masas en materia de tecnología y, por eso, la justicia, la ciudadanía, los grupos humanos, hacen muy mal en inhibirse de los debates tecnológicos pues esa actitud conduce con frecuencia a situaciones que, como en el caso de los viejos textos, pueden perdurar mucho, a veces demasiado, tiempo.

No les canso más por esta noche, mi insomnio no es ninguna circunstancia eximente, pero sepan que, si queremos ser dueños de nuestras vidas y nuestro futuro uno de nuestros principales esfuerzos debe orientarse en el sentido de salvar el eterno escalón tecnológico que separa a la élite de la masa o, al menos, regularlo y controlarlo en beneficio de todos y, para poder hacerlo con éxito, antes hay que entenderlo en profundidad.

Vivimos una era apasionante, no deje que se le vaya la vida como un simple consumidor y trate de entender en profundidad la apasionante revolución que vive.

Otro día hablaremos de la sustancia de esta revolución: la información.