Decisiones trascendentales

Hoy he tomado una decisión que yo calificaría de trascendental: me he comprado un botijo.

No, no, no empecemos con bromas y chascarrillos que ya os conozco a todos y sé de qué pié cojeáis; un botijo es una herramienta tecnológicamente avanzadísima y por completo integrada en el mundo de las tecnologías de la información. Lo que pasa es que, como la ignorancia es atrevida, siempre habrá algún ignaro que diga aquello de «es simple como el mecanismo de un botijo».

«Simple como el mecanismo de un botijo», hay que ser un beocio de España para decir tal majadería. El mecanismo del botijo es tan complejo que daría para explicar desde la formación del universo hasta su mismo final, y no les exagero lo más mínimo.

El principio de funcionamiento del botijo es el siguiente: el agua almacenada se filtra por los poros de la arcilla y en contacto con el ambiente seco exterior (característica del clima mediterráneo) se evapora, produciendo un enfriamiento (2,219 kilojulios por gramo de agua evaporada). La clave del enfriamiento está, por lo tanto, en la evaporación del agua exudada, ya que ésta, para evaporarse, extrae parte de la energía térmica del agua almacenada dentro del botijo.

Los beocios a que antes aludía —que no distinguen un kilojulio de lo que cabe en una litrona de cerveza en verano— menos aún van a saber lo que es la energía térmica más allá del difuso concepto de “la calor”, sin acertar a distinguir entre conceptos tales como temperatura, calor, energía cinética macroscópica y energía interna. La próxima vez que un beocio de estos les diga lo de «simple como el mecanismo de un botijo» pídale usted que le explique ese mecanismo y disfrute viendo al beocio boquear como un aladroque fuera del agua.

Bien, ya tengo mi botijo y soy un poco más feliz. Lo he llenado y lo he puesto sobre un plato para que el exudado no moje la mesa y ahora ya solo me queda disfrutar de agua fresquita todo el año. Va por ustedes.

Todo necio confunde valor y precio

Se atribuye comúnmente esta cita a Antonio Machado y he tenido ocasión de recordarla este principio de verano cuando, por razones largas de explicar, he vuelto a leer los capítulos iniciales de «El Capital», obra fundamental de Karl Marx y base de la ideología comunista. En ellos Marx habla de las mercancías y, muy machadianamente, distingue lo que él llama «valor de uso» del «valor de cambio». El valor de uso de una mercancía no precisa mayor explicación, las cosas sirven naturalmente para algo pues, si no sirven para nada, carecen de valor de uso; el valor de cambio, por el contrario, nos habla del intercambio de las mercancías y de las cantidades de cada una que habríamos de trocar para obtener una cantidad de la otra… es decir, cuantos pollos vale una vaca o cuántos litros de leche vale un martillo, proceso de cambio para el cual resulta muy útil el dinero, entidad que, fuera de esto, carece del más mínimo valor de uso como puso de manifiesto la archicitada frase que, entiendo yo que de forma apócrifa, se atribuye a los indios Cree.

Sólo después que el último árbol sea cortado, sólo después que el último río haya sido envenenado, sólo después que el último pez haya sido atrapado, sólo entonces nos daremos cuenta que no nos podemos comer el dinero.

Marx, en su análisis, prescinde de conceptos básicos para la formación de los precios y que son objeto fundamental de estudio para la economía clásica, como son los de demanda y oferta, y por ello ha sido criticado; sin embargo, a pesar de que comparto plenamente esa crítica negativa a la visión de Marx, su intento de tratar de comprender el «valor» de las cosas me parece loable aunque, ya que estamos en el siglo XXI y en la sociedad de la información, su visión se me antoja absolutamente obsoleta a pesar de que es, ciertamente, inspiradora en algunos momentos.

Para Marx la base del valor estaba en la cantidad de trabajo que había sido necesaria para obtener una determinada mercancía, desde la materia prima hasta el producto acabado. Así, el valor de una sartén de hierro se determinaría por la cantidad de trabajo empleado en extraer el mineral de hierro, fundirlo y dejarlo apto para ser trabajado por los herreros y, finalmente, por el trabajo del herrero que transforma el hierro en sartén. Toda la suma de este trabajo sería para Marx el valor de la sartén.

No voy a discutir el punto de vista de Marx ni su caracterización del trabajo como elemento generador de valor, sólo voy a tratar de dar un salto de la Sociedad Industrial del siglo XIX a la Sociedad de la Información del siglo XXI, salto en el que, quizá, alguna de las ideas expresadas pudieran ser de utilidad. Veámoslo.

Si pensamos la realidad con un enfoque informacional no nos costará entender que el universo está compuesto esencialmente de tres cosas: materia, energía e información, si bien, es esta última la que verdaderamente hace interesante al universo. Quizá en este punto convenga aclarar a qué me refiero cuando hablo de información y esto puedo hacerlo de dos formas: o bien remitiéndome a la teoría de la información de Claude Shannon y a los postulados de la termodinámica y demás teorías científicas o bien vulgarizando de un modo más sencillo para ahorrarles el trabajo científico que lleva aparejada la primera opción. Voy a tratar de hacerlo.

Créanme, en el universo se desarrolla una guerra eterna entre el orden y el caos, entre la información y la entropía, una guerra que sabemos de antemano que ganará el caos pues, como sin duda sabrá usted aunque no haya estudiado física, la entropía es la única magnitud que siempre crece en el universo junto con el tiempo.

Sin embargo, el que la entropía (si quiere llámele caos) crezca siempre en el universo no significa que, localmente, no haya lugares en el cosmos en los cuales el orden (la información) se manifiesta en todo su esplendor y revierte este fatal sino universal. Mire a su alrededor, las plantas y árboles engendran plantas y árboles, los animales y microbios campan por doquier y esas son realidades que contradicen el inexorable camino al caos del universo: un maravilloso orden rige aparentemente la biosfera de la Tierra. Sin embargo, créame también, este efímero triunfo del orden sobre el caos no es gratis, pues sólo puede producirse a costa de un generoso aporte de energía.

Si usted mira a su alrededor verá las mismas materias y energías que pudieron ver los dinosaurios en el Jurásico y el Cretácico… sí, mire bien, lo que usted está contemplando es el mismo hierro, el mismo granito o sílice que ya estaba en la Tierra en los períodos en que los dinosaurios imperaban en nuestro planeta. No hay ninguna materia ahora en la Tierra que no estuviese ya en ella en el Jurásico y, sin embargo, usted sabe también cuán diferente resulta nuestro mundo de aquel: aviones, rascacielos, naves espaciales, microprocesadores… La realidad es que, siendo el mismo mundo y la materia la misma, hemos logrado «informarlo» de forma muy distinta y reordenar la materia de manera que adquiera nuevas formas y propiedades. Un vaso de vidrio, en realidad, no es más que un puñado de silicio informado de una manera muy particular. Calentando el silicio se consiguió vidrio al que luego se le dio la forma precisa para que fuese un óptimo recipiente para líquidos. La metáfora es bastante exacta: el ser humano, a costa de un generoso aporte de energía, ha informado el silicio con una forma nueva aumentando el orden de manera local en este rincón del universo. Si bien lo examinamos toda la obra de la humanidad no es más que el producto de tres factores: materia, energía e información, hecho este que supone una tentación casi irresistible para tratar de elaborar sobre él una nueva teoría de la economía o incluso de la justicia. Sin embargo, mil palabras ya son suficientes por hoy, máxime si tenemos en cuenta que este post no va a interesar a nadie o casi nadie, de forma que dejaremos esas tentaciones para otras tardes de este mes de agosto.

¿Judas o Ludwig?

Por favor, respóndame: ¿Comenzar a leer este post ha sido decisión suya? ¿O quizá estaba ya escrito en alguna parte que usted hoy y a esta hora leería este post? Se lo preguntaré de otro modo: este encuentro de hoy entre usted y yo ¿es casual o es una cita?

Si lo piensa, para que usted esté leyendo hoy este post, necesariamente ha tenido que producirse antes una conspiración universal: desde su nacimiento y el mío (y el de todos nuestros antepasados hasta llegar a la primera célula viva) hasta que a mí me diese por escribir el post y a usted por leerlo. Pensarlo da un poco de vértigo porque, si bien se examina, desde el big-bang hasta aquí, todos los hechos de la historia del universo se han ido sucediendo con precisión infinita para que yo haya podido escribir hoy este post y para que, usted —hoy y a esta hora— pueda leerlo. Créame, si alterásemos un sólo nanosegundo de la historia del universo yo no habría escrito este post y usted, en este momento, no me estaría leyendo.

Esto que le acabo de contar no se me ha ocurrido a mí solo, naturalmente, sino que lo han pensado millones de personas antes que yo y es el pensamiento que se encuentra tras las teorías conspirativas, fatalistas, deterministas o calvinistas y es también el pensamiento que bulle detrás de eso que —vulgarmente— llamamos «predestinación».

Si un personaje encarna a la perfección el drama de la «predestinación» este no es otro que el de Judas, el apóstol que traicionó a Jesús. Si Jesús era Dios y por tanto conocía el futuro sabía sin duda que Judas le entregaría y conforme al Evangelio, en efecto, lo sabía:

Llegada la tarde, Jesús se puso a la mesa con los Doce. Y mientras comían, les dijo: «En verdad les digo: uno de ustedes me va a traicionar.» Se sintieron profundamente afligidos, y uno a uno comenzaron a preguntarle: «¿Seré yo, Señor?» El contestó: «El que me va a entregar es uno de los que mojan su pan conmigo en el plato. El Hijo del Hombre se va, como dicen las Escrituras, pero ¡pobre de aquel que entrega al Hijo del Hombre! ¡Sería mejor para él no haber nacido!» Judas, el que lo iba a entregar, le preguntó también: « ¿Seré yo acaso, Maestro?» Jesús respondió: «Tú lo has dicho.» (Mateo 26).

Esta lectura deja en el aire muchas preguntas: si Jesús sabía que Judas le traicionaría ¿por qué le dejó hacerlo y así condenarse? y… si no le hubiese dejado ¿se habría estropeado todo el plan previamente trazado de pasión, muerte y resurrección?. Por otro lado ¿podía Judas hacer otra cosa que entregar a Jesús? ¿Podía el libre albedrío de Judas ir en contra del siniestro destino que ya estaba escrito para él?

Con fundamento en esta paradoja, sobre el siglo II o III, se escribió el llamado «Evangelio de Judas», un corto texto de naturaleza gnóstica que nos presenta a Judas como el discípulo predilecto de Cristo y el único que sabía realmente —junto con Jesús— qué es lo que iba a pasar la noche de la última cena. Desde este punto de vista Judas era la clave de los planes divinos y, por tanto, no era conforme a este «evangelio» un réprobo sino el primero de los justos.

Más adelante volveremos con Judas, por el momento dejaremos a un lado evangelios e historias sagradas y volveremos al campo de lo científico, porque el determinismo, el fatalismo o la predestinación no son cuestiones ajenas a la ciencia sino que, por el contrario, han sido la propia ciencia y los científicos quienes, a veces sin demasiada conciencia de ello, han contribuido a establecerlos firmemente entre nuestros hábitos de pensamiento y esto nunca fue tan evidente como en los años que siguieron a los descubrimientos de Sir Isaac Newton.

Hasta principios del siglo XX explicar el estado del universo era para los científicos tan sencillo como aplicar las leyes de Newton. Se podía decir dónde había estado cada cuerpo celeste en un momento determinado de la historia y dónde estaría en el futuro; conforme a las leyes de Newton no parecían existir procesos irreversibles bastaba con pasar de t a -t para pasar del futuro al pasado del universo con toda sencillez. La sensación de que el azar no cabía en este universo y de que había un plan predeterminado de antemano para el funcionamiento del cosmos se afianzaron. Se llegó a un curioso convencimiento: si la ciencia no es capaz de predecir el futuro es porque no dispone de todos los datos necesarios porque, cuando dispone de ellos, el futuro no es más que una consecuencia de las condiciones presentes. Por más que los seres humanos perciban el tiempo como una realidad muy cierta y el azar como algo evidente, el universo de Newton no se comporta de forma caprichosa y el azar no es más que una apariencia que nace de nuestra ignorancia; en suma: Dios no juega a los dados. Judas kaputt. Fin del post y pregunta respondida: si usted ha leído hasta aquí es porque así estaba escrito, si lo deja ahora es porque así está escrito y si continúa leyendo es porque está predestinado a ello. Yo le animo a seguir leyendo aunque sólo sea por darle un corte de mangas al destino y porque usted y yo sabemos que el tiempo y el azar existen aunque no sepamos explicarlo. Y le animo a seguir también porque quisiera hablarle de Ludwig.

Ludwig, como Judas, fue un hombre sin suerte: en un tiempo en que los átomos no eran más que una interesante analogía para muchos científicos, él se empeñó en trabajar con ellos defendiendo su existencia real. Ludwig dedicó años a estudiar el orden del cosmos pero, para su desgracia, todo cuanto veía en nuestro mundo contradecía sus predicciones. Los estudios de Ludwig dejaban sentado sin ningún lugar a dudas que el orden en el cosmos no sólo no debía aumentar sino que debía disminuir hasta llegar al caos total. Y sin embargo… sin embargo Ludwig miraba a su alrededor y sólo veía orden y armonía, un orden y una armonía crecientes con las flores engendrando flores y la vida engendrando vida. Cuando los ojos afirman lo que la razón niega ni las personalidades más fuertes lo llevan bien y Ludwig, para su desgracia, no tenía madera de héroe.

Tampoco llevó bien Ludwig las críticas de los científicos de su época y aunque genios como Maxwell le apoyaron encontró opositores crueles como Ernst Mach que no le alegraron la vida en absoluto.

Fuese como fuese el caso es que, pasados los años, todos reconocieron la corrección de las teorías de Ludwig y estas teorías cambiaron el mundo y quién sabe si hasta el destino de usted y de mí pues, a partir de ahora, le garantizo que si usted deja de leer este post ya no será porque el destino le obligue a ello sino porque a usted le da la gana y si lo sigue leyendo tampoco será porque esté predestinado sino simplemente porque a usted le sale de las narices. Compruébelo.

Desde la obra de Ludwig los seres humanos saben que hay dos magnitudes que jamás decrecen en el universo, la primera es el tiempo (esa magnitud que todos sabemos qué es pero no somos capaces de explicar) y otra la entropía (una magnitud que sabemos explicar pero que en el fondo no sabemos muy bien qué es). Desde Ludwig Boltzmann los procesos irreversibles fueron ganando espacio en la escena científica, la flecha del tiempo apareció dibujada en la entropía y, de pronto, al universo determinista de Newton se le abrió una vía de agua. Más adelante la mecánica cuántica nos habló de sucesos intrínsecamente aleatorios en la naturaleza e incluso de la imposibilidad de predecir el futuro aunque tuviésemos toda la información disponible sobre el estado del sistema o del universo entero.

Quizá Judas, antes de ahorcarse, aún pudo pensar que él no era el verdadero culpable de lo sucedido y que el responsable de todo aquel drama era el espíritu que lo planeó todo y que, sabiendo que él tendría que traicionar, no le impidió hacerlo permitiendo que él se perdiera para toda la eternidad. 

La familia del pobre Ludwig, sin embargo, nunca tuvo por entero el consuelo de que aquel horror que vivieron fuese obra del destino; más bien fue un complejo conjunto de circunstancias, al final de las cuales el libre albedrío dejaba sentir su sombra ominosa, las que determinaron que aquel 5 de septiembre de 1906, Elsa, la hija de Ludwig, le encontrase ahorcado colgando de una cuerda al entrar en su cuarto. 

La última librería

No creo que el autor de la tablilla de Kish llegase a imaginarlo nunca, tampoco creo que Rómulo Augústulo pensase en ello aquel 4 de septiembre del año 476; quizá Constantino Paleólogo sí tuvo más conciencia de la trascendencia de lo que iba a suceder aquel martes 29 de mayo de 1453 mientras caminaba hacia las murallas de Constantinopla con la firme determinación de morir luchando en ellas al lado de sus hombres. Pero estoy seguro que ninguno de ellos pensó jamás que los hechos que estaban viviendo se convertirían en los hitos con que la humanidad dividiría las edades de la historia en los milenios venideros.

Hoy, mientras leía un artículo de la agencia Univisión a propósito de una magnífica librería de Los Ángeles, me han venido a la cabeza aquellos hechos y he pensado que, tal vez, si hubiésemos de buscar un hito con que cerrar nuestra actual Edad Contemporánea este bien pudiera ser el del cierre de la última librería.

El nombre de la librería de la que trata el artículo es casi una broma macabra: “The last bookstore” y ha sido al conjuro de ese nombre ¿comercial? que se me han venido a la memoria el escriba de Kish escribiendo en su tablilla, Rómulo Augústulo entregando el cetro imperial al bárbaro Odoacro y Constantino XI Paleólogo, espada en mano en las murallas de Constantinopla, esperando la última y decisiva acometida de la infantería jenízara.

Desde que el escriba de Kish trazó sus primeros signos hasta nuestros días han transcurrido 5.500 años, 55 siglos fascinantes en los que el conocimiento humano encontró una nueva patria donde habitar y preservarse. Recluído en el cerebro de los homo sapiens durante 160.000 años, a partir de Kish el conocimiento pobló nuevos continentes en forma de tablillas de barro, papiros o lápidas. Gracias a la escritura el ser humano aumentó su memoria y sus capacidades intelectuales hasta límites insospechados; desde Kish en adelante las nuevas generaciones podrían disponer del conocimiento acumulado por sus ancestros y ya nada volvería a ser igual. Tras 160.000 años durante los cuales la inmensa mayoría de los homo sapiens apenas si habían hecho otra cosa que tallar herramientas en piedra; los 5.500 años que siguieron a aquel remoto día en Kish, vieron a ese mismo homo sapiens aprender los secretos de la naturaleza y dominar las energías naturales hasta, finalmente, lograr salir de la Tierra y alcanzar los confines del sistema solar.

Durante esos 5.500 años todo el saber humano ha estado adherido a un soporte material cuya copia y reproducción era el principal problema. Inventos como la imprenta (1455) cambiaron el mundo mucho más que la caída del último resto del imperio romano en Constantinopla (1453) pero el ser humano es así: necesita la perspectiva que da el tiempo para apreciar el valor de lo que nace y apenas unos instantes para percibir la importancia de lo que muere.

Una cierta melancolía invade al ser humano cuando piensa que, esos soportes que han sido la patria del conocimiento durante 5.500 años, están próximos a ser abandonados. Como Constantino XI Paleólogo al sentir que era el último día de un imperio que había sido patria de los romanos desde hacía 2.200 años, los seres humanos del siglo XXI se enfrentan con melancólica rebeldía a lo que saben inevitable: el conocimiento abandonará lo que ha sido su hogar durante 5.500 años para marchar a habitar unos espacios intangibles, ajenos a la tranquilizadora sensación que el tacto aporta a esta especie que se dedicó 160.000 años a tallar piedras con sus manos.

Y quizá el nombre de esta librería de Los Ángeles de la que les hablo, “The last bookstore”, no sea sino un augurio que, como los augurios que anunciaron la caída de Constantinopla, anuncie también el fin inevitable de una era gloriosa.

Quizá no haya otra opción y el día que cierre la última librería sea el día que los hombres hayan de tomar en cuenta para dar por cerrada la era más fascinante de la vida de la humanidad. Quizá ese destino esté ya escrito en uno de esos libros prontos a ser abandonados pero, si es así, espero que lo veamos… y que sea para bien.

LexNet y el retraso tecnológico en España

Torre de telégrafo óptico
Permítanme que, antes de entrar de lleno en el asunto de LexNet, les cuente una historia sobre tecnologías de la información y España.

A finales del siglo XVIII se empezó a desarrollar en Francia una tecnología a la que se llamó “telégrafo óptico” capaz de transmitir mensajes rápidamente a largas distancias. El sistema consistía en una serie de torres o construcciones en cuya azotea se instalaban unos paneles móviles articulados capaces de adoptar múltiples posiciones cada una de las cuales se correspondía con un signo o letra. Estas construcciones se situaban separadas unas de otras a una distancia tal que desde una pudiesen verse los signos que hacían las torres vecinas. El sistema, aunque imperfecto y con muchos inconvenientes, se volvió extremadamente popular en el siglo XIX y Francia, por ejemplo, se llenó de estas torres que le permitieron comunicar de forma rápida París con los puntos más lejanos de la naciente república. La ventaja que este sistema de comunicación otorgó a los países que lo poseían llevó a aquellos otros que no lo tenían a tratar de imitarles.

En España se usó este tipo de telégrafos ópticos, por ejemplo, durante el sitio de Bilbao por los carlistas y, vistas sus ventajas, a mediados del siglo XIX, se decidió establecer estas sucesiones de torres entre Madrid y lugares estratégicos como Cádiz, Irún o la costa catalana; se consideró que ello sería un “grandísimo adelanto”.

Lo que ocurre es que, cuando en España se decidió gastar abundante dinero público en instalar ese “adelanto”, entre Londrés y París ya se había instalado una línea de telégrafo eléctrico, una tecnología de la información que sí que estaba llamada a cambiar el mundo y que sorprendió de tal modo a la población que aún hay periódicos que se llaman “The Telegraph”.

En España pasó lo de siempre, había intereses creados, se discutió si eso de colocar postes unidos por cables de cobre era algo serio o si serían robados o si funcionaría o sí… El caso es que, cuando el mundo instalaba una tecnología que definiría todo el siglo XX (el telégrafo eléctrico) España empezaba a instalar una tecnología ya obsoleta y, a ese gasto en una tecnología vieja, se le llamó “progreso” o “modernización”. Supongo que nuestros gobernantes no conocen esta historia y es probable que, por eso, la repitan ahora con la implantación de LexNet.

Porque, si bien lo miran, con LexNet ocurre lo mismo que con el telégrafo óptico. Cuando en nuestros smartphones podemos descargar o enviar archivos de varios “gigas” nuestro LexNet no admite más de 10Mb de información, cuando la usabilidad define la calidad de las aplicaciones nuestro LexNet resulta tan poco amigable con el usuario como un inspector de hacienda, cuando se necesita un sistema que interopere con el resto LexNet no se habla con los sistemas en Andalucía, Cantabria, Navarra o Cataluña.

No les voy a repetir los pecados de LexNet -los tienen en otro post y ustedes mismos los experimentan- lo que sí les voy a decir es que, cuando los abogados nos oponemos a LexNet estoy seguro de que no es porque estemos en contra de la modernización, sino porque estamos en contra del retraso y de la obsolescencia que provoca LexNet. De lo que se trata es de que se modernice de verdad la justicia, de lo que se trata es de que no vuelvan a vendernos como “progreso” un telégrafo óptico.

Homeostasis: ¿Estuvo usted presente cuando su madre le dio a luz?

Si uno se toma la molestia de buscar en la wikipedia el término “muerte” se encontrará con que, en la versión española, la muerte es definida, en esencia, como “la extinción del proceso homeostático y por ende el fin de la vida.”

La muerte, según esta definición, es el suceso obtenido como resultado de la incapacidad orgánica de sostener la homeostasis. Dada la degradación del ácido desoxirribonucleico (ADN) contenido en los núcleos celulares, la réplica de las células se hace cada vez más costosa.

Así pues, la homeostasis es el sustento de eso que llamamos “vida” pero, ¿qué es en realidad la homeostasis?

Homeostasis (Del griego homos (ὅμος) “similar”, y estasis (στάσις) “posición”, “estabilidad”) es la característica de un sistema abierto o de un sistema cerrado, especialmente en un organismo vivo, mediante la cual se regula el ambiente interno para mantener una condición estable y constante. Los múltiples ajustes dinámicos del equilibrio y los mecanismos de autorregulaciónhacen la homeostasis posible. El concepto fue creado por Walter Cannon y usado por Claude Bernard, considerado a menudo como el padre de la fisiología, y publicado en 1865. Tradicionalmente se ha aplicado en biología, pero dado el hecho de que no sólo lo biológico es capaz de cumplir con esta definición, otras ciencias y técnicas han adoptado también este término.

Personalmente el concepto de homeostasis no me interesa tanto en su aspecto fisiológico como en su aspecto sistémico, concretamente como método para determinar si un sistema dado podemos decir que está “vivo” o “muerto”.

Lllegué a saber que existía el concepto de homeostasis a través de la lectura de un libro imprescindible para cualquiera que quiera entender la sociedad de la información, “The human use of human beings”, publicado por el matemático Norbert Wiener en 1950 y que es un verdadero manifiesto fundacional de la sociedad de la información.

Conforme a las ideas de Norbert Wiener, la individualidad de un ser reside en una determinada forma compleja, no en una sustancia inmutable.  Para entender un organismo, éste debe considerarse como un patrón que se mantiene a través de la homeostasis. (…) Mientras que los materiales que componen un ser vivo pueden ser constantemente sustituidos por otros casi idénticos, un organismo sigue funcionando con la misma identidad en tanto que el patrón que lo defina se mantenga lo suficientemente intacto. Estos patrones pueden ser transmitidos, modificados o duplicados y son, por tanto, un tipo de información.

El pensamiento de Norbert Wiener subraya la importancia de la forma (patrón) frente a la materia. Un ser vivo, como el hombre por ejemplo, renueva completamente los materiales de que está construido más o menos cada 10 años. Pensemos que los glóbulos rojos sólo viven unos 120 días, las células que recubren el estómago y las de la epidermis un par de semanas y que cada tejido tiene su tiempo de renovación. Por eso un científico sueco, Jonas Frisen, ideó una técnica para datar las células del organismo humano y llegó a una conclusión del máximo interés: Sólo las neuronas de la corteza cerebral, y pocas más, parece que duran hasta la muerte aunque nuevos descubrimientos en materia de neurogénesis, ponen en cuestión la total exactitud de esa afirmación.
La producción de nuevas neuronas tras el nacimiento fue negada hasta bien avanzada la segunda mitad del siglo XX. Hoy día se sabe que tanto las neuronas como las células gliales se siguen produciendo por la diferenciación de células madre durante toda la vida de los organismos.

La neurogénesis fue detectada por primera vez por el científico y biólogo español José Manuel García-Verdugo en lagartos. A partir de este descubrimiento se detectó en mamíferos como los humanos. Además también descubrió junto al investigador Arturo Alvarez-Buylla, de la Universidad Rockefeller, las células responsables de dicha neurogénesis.

En humanos la generación de nuevas neuronas se ha constatado y descrito en diferentes zonas del sistema nervioso: el bulbo olfatorio, el hipocampo y en diferentes áreas de la corteza cerebral. También se ha descrito esta neurogénesis en la región prefrontal, que controla el proceso de ejecución de decisiones y que está involucrada en la memoria a corto plazo; también en la región temporal inferior, que actúa en el reconocimiento de caras u objetos y en la región parietal posterior, importante en la percepción de relaciones espaciales y de la imagen corporal.

Y si las células humanas se regeneran no debemos olvidar tampoco que estas mismas células son organismos vivos que renuevan constantemente sus propios componentes moleculares para mantener su equilibrio homeostático.

Llegados a este punto permítanme abandonar la fisiología y que vuelva a formularles la pregunta -una boutade, como de costumbre- que da título a este post. ¿Estuvo usted presente en su propio nacimiento? Seguir leyendo “Homeostasis: ¿Estuvo usted presente cuando su madre le dio a luz?”

Dicrocoelium dendriticum

Éste parásito de nombre terrorífico vive habitualmente, como muchos otros, en el estómago de los mamíferos; sin embargo, lo que resulta verdaderamente fascinante de él es la forma en que se reproduce y coloniza nuevos estómagos de mamíferos.

En principio el Dicrocoelium dendriticum pone sus huevos en el interior del sistema digestivo de un mamífero, una vaca muy frecuentemente, de donde salen al exterior mezclados junto con las heces. Una vez en el exterior los huevos son comidos por caracoles que, a su vez, tras ciertas transformaciones, también los expulsan al exterior donde suelen ser ingeridos por las hormigas. Hasta aquí quizá normal, pero es en el interior de la hormiga donde se produce un fenómeno fascinante.

El parásito una vez ingerido, toma el control de las acciones de la hormiga mediante la manipulación de sus nervios. Conforme la noche cae y el aire se enfría, la hormiga infectada es llevada lejos de los otros miembros de la colonia por el parásito y obligada a subirse encima de una brizna de hierba, donde permanecerá hasta el amanecer. Después, la dejarán volver a su actividad normal en la colonia de hormigas pues, si la hormiga se somete al calor del sol morirá y, junto con ella, el parásito. Noche tras noche, la hormiga será conducida a la cima de una brizna de hierba hasta que un animal de pastoreo se coma la hoja.

La ingestión acabará con la vida de la hormiga, pero el Dicrocoelium dendriticum habrá alcanzado el estómago del mamífero que será su anfitrión para el resto de su vida.

La forma en que un parásito puede tomar el control de las acciones de un ser vivo e inducirle a una conducta suicida resulta particularmente espeluznante si no fuese porque en el caso de los seres humanos, ideas parásitas y potencialmente suicidas son introducidas en nuestras mentes a tarvés de los más diversos medios. ¿Hablamos de religión? ¿quizá de nacionalismo?

Les dejo con éste video de una conferencia de Daniel Dennet que es una de las disertaciones más lúcidas que he escuchado últimamente.