Miedo

Miedo

Somos seres frágiles, la vida es un vidrio que se rompe en cualquier momento y no es fácil vivir con la preocupación constante de perderla. En estos tiempos de enfermedad el miedo crece y es difícil a veces conllevarlo, así que he pensado que, quizá, lo mejor sería tratar de observar lo que hacen para vencerlo unas personas que se enfrentan regularmente a él: los toreros.

De entre ellos, quizá, fue Juan Belmonte quien más y mejor nos habló del miedo a través de la pluma de Manuel Chaves Nogales.

«El día que se torea crece más la barba. Es el miedo. Sencillamente, el miedo. Durante las horas anteriores a la corrida se pasa tanto miedo, que todo el organismo está conmovido por una vibración intensísima, capaz de activar las funciones fisiológicas, hasta el punto de provocar esta anomalía que no sé si los médicos aceptarán, pero que todos los toreros han podido comprobar de manera terminante: los días de toros la barba crece más aprisa».

Y no, no se trata del miedo al público ni al fracaso, ni a ninguna de esas ridículas historias que se inventan los toreros para no tener que confesar la verdad; es, como decía el inolvidable Juncal, «miedo al de las patas negras, al que te levanta los pies del suelo».

Juan Belmonte, para sobreponerse, utilizaba una estrategia que quizá les resulte curiosa pero que les sugiero no tomen a broma demasiado rápidamente. Juan Belmonte hablaba con el miedo.

—¿Ya estás aquí otra vez? Mira, van a venir unos señores y no está bien que te vean por aquí, así que fuera, lárgate un rato…

Chaves Nogales lo cuenta así:

«Acurrucado todavía entre las sábanas, con el embozo subido hasta las cejas, el torero empieza su dramático diálogo con el miedo. Yo, al menos, entablo una vivísima polémica. No sé lo que harán los demás toreros. Al miedo yo le venzo o, al menos, le contengo a fuerza de dialéctica. Es un diálogo incoherente, como el de un loco con un ser sobrenatural».

Puede parecerles una locura pero es bueno llamar a las cosas por su nombre, sobre todo cuando llegan esas horas en que se acaban los engaños y hay que torear a cuerpo limpio. Puede ser un examen importante, una operación o la angustiosa espera de una noticia vital por un ser querido.

—Eso que tienes, Pepe —me digo a veces— se llama miedo. ¿Y qué ibas a tener? ¿Ibas a estar dando saltos de alegría? ¿qué otra cosa puedes sentir sino miedo? Si sintieses otra cosa estarías loco…

—Bueno, mira, chaval, hace tiempo que nos conocemos y sé quien eres; ya sé que eres habitual en estos casos pero apártate un momentito y deja de molestar.

Yo no sabía que Juan Belmonte se entendía así con el miedo pero hoy, releyendo a Chaves Nogales, he vuelto a recordarlo.

Juan Belmonte fue un hombre atípico con una vida llena de momentos singulares y se cuenta de él, entre otras cosas, que anunció que se iría de este mundo el día que no pudiera subirse a un caballo.

A punto de cumplir 70 años y tras de que algunos testigos cuenten que hubo de pedir ayuda para subir a su caballo, Juan Belmonte se suicidó de un disparo en su cortijo de Gómez Cardeña —entre Sevilla y Jerez— el 8 de abril de 1962. A pesar de ser un suicida, se le permitió ser enterrado en el Cementerio de San Fernando de Sevilla.

El «Pasmo de Triana» pasaba por ser el torero más valiente pero, gracias a Chaves Nogales, sabemos que tenía miedo… y mucho.

Pero le hablaba.

La primera conversación de ordenadores en ARPANET (1972)

De acuerdo con Katie Hafner y Matthew Lyon (“Where wizards stay up late. The origins of the Internet” Ed. Simon&Schuster, New York 1996) la primera “conversación” entre ordenadores tuvo lugar pocas semanas antes de que se celebrase la primera ICCC (International Conference on Computer Communication) en octubre de 1972; la RFC439, sin embargo, señala como fecha exacta de la conversación el 18 de septiembre de 1972 y a dicha fecha me atengo. La idea de organizar tal conversación se gestó en UCLA (University of California. Los Ángeles) que era el lugar donde la empresa “Bolt, Beranek and Newman” (BBN) había instalado el primer nodo de ARPANET.

Los protagonistas de esta primera conversación eran, de un lado, “The Doctor”, un programa de conversación basado en el lenguaje de programación “ELIZA” escrito por el miembro del MIT (Instituto Tecnológico de Massachussets) Joseph Weizenbaum. “The Doctor” parodiaba al psicólogo Carl Rogers, en gran parte reformulando muchas de las declaraciones del paciente como preguntas y planteándolas al paciente lo que era parte de la técnica “rogeriana” (hoy mis compañeras de la “patrulla mediadora” verían con simpatía a este psicólogo). “The Doctor” corría sobre un ordenador en las oficinas de Bolt, Beranek & Newman (BBN).

De otro lado, como interlocutor de “The Doctor” estaba “PARRY”. PARRY fue escrito en 1972 por el psiquiatra Kenneth Colby, y era trataba de representar un modelo del comportamiento de un esquizofrénico paranoide. Disponía de una notable estrategia conversacional.

La conversación entre “El Doctor” y PARRY (el paciente) fue como sigue:

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