Justicia y genética

Justicia y genética

Les dije hace unos días que los seres humanos incorporábamos en nuestros genes muchas emociones que contribuían a dotarnos de conductas convenientes para poder vivir en sociedad. En ese post les hablé de la empatía y les anuncié que era mi intención hablarles de otras como, por ejemplo, el orgullo.

Claro que no voy a hablarles del orgullo en los seres humanos sino en nuestros parientes más cercanos: los simios. ¿Por qué hago esto? Pues porque si encontramos un rasgo en los humanos es conveniente buscar su rastro evolutivo; de esta forma apuntalaré mi teoría de que nuestros principios morales, de justicia o, en general, nuestras habilidades para vivir en sociedad, son un producto de la evolución y no de ningún pacto ni contrato social y ni siquiera principios que nos diese ningún dios en el Sinaí o en cualquier otro lugar.

Mi propósito es fundamentar que, si queremos conocer la moral natural o la justicia natural humanas debemos recurrir a los principios evolutivos y por eso, hoy, voy a hablarles del orgullo, pero no en los seres humanos sino en los simios.

En 2003 se publicaron los resultados de un curioso experimento con primates llevado a cabo por la universidad estadounidense de Emory. Sarah Brosnan y su colega Frans de Waal (quizá el más reputado primatólogo de la actualidad) realizaron un experimento para tratar de aclarar si el sentido de justicia es un comportamiento producto de la evolución humana o el resultado de las reglas que se establecen en la sociedad.

Para ello entrenaron a un grupo de primates a los que enseñaron a intercambiar fichas por comida o a realizar trabajos para obtener comida: Los experimentadores daban a los primates un pedazo de pepinillo a cambio del «pago» de una de esas fichas o de la realización de alguna tarea. Lo sorprendente fue que, cuando uno de los primates recibía a cambio de la ficha o tarea en lugar del trozo de pepinillo una uva (un manjar mucho más apetitoso), el resto de los primates que habían recibido el acostumbrado trozo de pepinillo no sólo se negaban a cooperar sino que incluso se negaban a comer.

Esta conducta de los monos, desde el punto de vista de la teoría de juegos es irracional pues, evidentemente, es mejor recibir un trozo de pepinillo que no recibir nada y, sin embargo, de acuerdo al estudio publicado en la revista Nature, los monos se ofendían cuando veía que uno de sus compañeros recibía un premio que consideraban más apetitoso que el suyo a cambio del mismo trabajo o de la misma cantidad de fichas. El experimento se realizó con monos capuchinos separados en parejas y el experimento consistió, precisamente, en premiarlos de diferente manera por una misma tarea, bien fuera dándoles uva en lugar de pepino o, simplemente, no pagando su trabajo.

Los monos, cuando percibían la desigualdad del pago, a veces ignoraban la recompensa y otras veces la aceptaban para después, muy dignamente, tirarla. Curiosamente los primates nunca se enfadaron con el mono que recibía mayor premio.

No creo que el experimento tenga relación con un «instinto de justicia» más que de forma indirecta y remota. La conducta de los monos parece estar relacionada más bien con lo que los humanos llamaríamos «orgullo» o «amor propio», emociones que, intuyo, están más relacionadas con las estrategias de cooperación que con la justicia; justicia que vendría a ser una especie de producto final o precipitado de todas esas estrategias.

Ciertamente, como dije, la conducta de los monos es incomprensible si la analizamos a la luz de la teoría de juegos pues recibir algo a cambio del trabajo o la ficha es mejor que no recibir nada, pero, la conducta de los monos es extremadamente comprensible si la enmarcamos dentro del principio estratégico general que rige la cooperación en la naturaleza: La reciprocidad.

Como ya señaló Axelrod en su libro «The Evolution of Cooperation» la reciprocidad se ha revelado como una de las estrategias más exitosas en el campo de la cooperación natural. Sus modelos y torneos informáticos revelaron que «tit for tat» (una estrategia fundada en la reciprocidad) es una estrategia evolutivamente estable en la mayor parte de las ocasiones, por lo que no es aventurado pensar que las emociones ligadas a dicha estrategia han sido incorporadas genéticamente por las especies más señaladamente gregarias, mamíferos, monos y seres humanos incluídos.

La falta de reciprocidad provoca sensaciones de desagrado y ese desagrado lleva a los participantes en el juego a abandonar su participación en él. Los monos parecen decirle al experimentador: «Si no hay reciprocidad no quiero participar en tu juego».

Podríamos pensar que la conducta de los monos es ajena por completo al ser humano pero me gustaría recordar aquí un famoso experimento (esta vez realizado con seres humanos) que puede arrojar bastante luz sobre la cuestión.

El juego del ultimátum es un juego muy habitual en el campo de los experimentos económicos. En dicho juego dos jugadores han de interactuar para dividir una cantidad de dinero que se les ofrece. El primer jugador propone cómo dividir la suma entre los dos jugadores, y el segundo jugador puede aceptar o rechazar esta propuesta. Si el segundo jugador rechaza, ninguno de los jugadores recibe nada. Si el segundo jugador acepta, el dinero se repartirá de acuerdo a la propuesta. El juego se juega sólo una vez para que la reciprocidad no sea un problema.

Por ejemplo, supongamos que yo ofrezco mil euros a repartir entre dos personas. La primera de ellas podrá tomar la cantidad que desée (por ejemplo 800 euros) y la segunda decidirá si se queda con los 200 restantes o si los rechaza, en cuyo caso ninguno de los jugadores cobrará nada. El experimento sólo se realiza una vez.

Las matemáticas nos dicen que el segundo jugador debería aceptar cualquier cantidad que le deje el primer jugador (cobrar algo es mejor a no cobrar nada) pero la experiencia nos dice que incluso el ser humano abandona la racionalidad cuando recibe una oferta que le parece «ofensiva», prefiriendo no cobrar nada a cobrar poco. ¿Se imagina usted que, de los mil euros, el primer jugador toma 999? ¿se quedaría usted con las ganas de rechazar la oferta aunque perdiese el euro restante?

Sinceramente, ¿no sentiría usted que le está tocando las narices el primer jugador si toma 800 euros sabiendo que usted no tiene nada mejor que hacer que aceptar los 200 que le ha dejado?

Lo oigo todos los días en mi despacho cuando transmito a mis clientes una oferta de la parte contraria: «No voy a dejar que se rían de mí», o «no es por el dinero, es que me está tocando las…»

Resulta evidente que en el caso de los seres humanos también están presentes las emociones que hacían sentirse ofendidos a los monos del experimento de Frans de Waal.

Y, aunque parezcan irracionales, esas emociones gobiernan una estrategia de conjunto increíblemente exitosa. Las emociones de hombres y monos han evolucionado no para resolver un experimento aislado, sino para resolver un experimento iterado, es decir, que se repite. «Si tu me ofreces un trato injusto y no lo acepto la próxima vez aumentarás la oferta». Porque los instintos de hombres y monos no han evolucionado para resolver un experimento aislado, sino para resolver de forma instintiva y automática los complejos problemas que plantea la vida en comunidad.

O como diría uno de mis clientes al aceptar una de esas «ofensivas» ofertas a la baja: «Acéptelo pues mejor es eso que nada pero… ¡¡arrieros somos!!»

Racionales a veces, sí, pero orgullosos como los monos.


PD. Para quienes quieran ver un video del experimento sobre el orgullo y los macacos de que les he hablado en el post y precisamente presentado por el padre de este experimento, el primatólogo Frans de Waal (doblado a castellano/argentino) aquí se lo dejo, así comprueban que no les estoy contando pamplinas.

Seguramente, si sois abogados, habréis tenido alguna vez un cliente tan enfadado como este macaco.