Justicia y genética

Justicia y genética

Les dije hace unos días que los seres humanos incorporábamos en nuestros genes muchas emociones que contribuían a dotarnos de conductas convenientes para poder vivir en sociedad. En ese post les hablé de la empatía y les anuncié que era mi intención hablarles de otras como, por ejemplo, el orgullo.

Claro que no voy a hablarles del orgullo en los seres humanos sino en nuestros parientes más cercanos: los simios. ¿Por qué hago esto? Pues porque si encontramos un rasgo en los humanos es conveniente buscar su rastro evolutivo; de esta forma apuntalaré mi teoría de que nuestros principios morales, de justicia o, en general, nuestras habilidades para vivir en sociedad, son un producto de la evolución y no de ningún pacto ni contrato social y ni siquiera principios que nos diese ningún dios en el Sinaí o en cualquier otro lugar.

Mi propósito es fundamentar que, si queremos conocer la moral natural o la justicia natural humanas debemos recurrir a los principios evolutivos y por eso, hoy, voy a hablarles del orgullo, pero no en los seres humanos sino en los simios.

En 2003 se publicaron los resultados de un curioso experimento con primates llevado a cabo por la universidad estadounidense de Emory. Sarah Brosnan y su colega Frans de Waal (quizá el más reputado primatólogo de la actualidad) realizaron un experimento para tratar de aclarar si el sentido de justicia es un comportamiento producto de la evolución humana o el resultado de las reglas que se establecen en la sociedad.

Para ello entrenaron a un grupo de primates a los que enseñaron a intercambiar fichas por comida o a realizar trabajos para obtener comida: Los experimentadores daban a los primates un pedazo de pepinillo a cambio del «pago» de una de esas fichas o de la realización de alguna tarea. Lo sorprendente fue que, cuando uno de los primates recibía a cambio de la ficha o tarea en lugar del trozo de pepinillo una uva (un manjar mucho más apetitoso), el resto de los primates que habían recibido el acostumbrado trozo de pepinillo no sólo se negaban a cooperar sino que incluso se negaban a comer.

Esta conducta de los monos, desde el punto de vista de la teoría de juegos es irracional pues, evidentemente, es mejor recibir un trozo de pepinillo que no recibir nada y, sin embargo, de acuerdo al estudio publicado en la revista Nature, los monos se ofendían cuando veía que uno de sus compañeros recibía un premio que consideraban más apetitoso que el suyo a cambio del mismo trabajo o de la misma cantidad de fichas. El experimento se realizó con monos capuchinos separados en parejas y el experimento consistió, precisamente, en premiarlos de diferente manera por una misma tarea, bien fuera dándoles uva en lugar de pepino o, simplemente, no pagando su trabajo.

Los monos, cuando percibían la desigualdad del pago, a veces ignoraban la recompensa y otras veces la aceptaban para después, muy dignamente, tirarla. Curiosamente los primates nunca se enfadaron con el mono que recibía mayor premio.

No creo que el experimento tenga relación con un «instinto de justicia» más que de forma indirecta y remota. La conducta de los monos parece estar relacionada más bien con lo que los humanos llamaríamos «orgullo» o «amor propio», emociones que, intuyo, están más relacionadas con las estrategias de cooperación que con la justicia; justicia que vendría a ser una especie de producto final o precipitado de todas esas estrategias.

Ciertamente, como dije, la conducta de los monos es incomprensible si la analizamos a la luz de la teoría de juegos pues recibir algo a cambio del trabajo o la ficha es mejor que no recibir nada, pero, la conducta de los monos es extremadamente comprensible si la enmarcamos dentro del principio estratégico general que rige la cooperación en la naturaleza: La reciprocidad.

Como ya señaló Axelrod en su libro «The Evolution of Cooperation» la reciprocidad se ha revelado como una de las estrategias más exitosas en el campo de la cooperación natural. Sus modelos y torneos informáticos revelaron que «tit for tat» (una estrategia fundada en la reciprocidad) es una estrategia evolutivamente estable en la mayor parte de las ocasiones, por lo que no es aventurado pensar que las emociones ligadas a dicha estrategia han sido incorporadas genéticamente por las especies más señaladamente gregarias, mamíferos, monos y seres humanos incluídos.

La falta de reciprocidad provoca sensaciones de desagrado y ese desagrado lleva a los participantes en el juego a abandonar su participación en él. Los monos parecen decirle al experimentador: «Si no hay reciprocidad no quiero participar en tu juego».

Podríamos pensar que la conducta de los monos es ajena por completo al ser humano pero me gustaría recordar aquí un famoso experimento (esta vez realizado con seres humanos) que puede arrojar bastante luz sobre la cuestión.

El juego del ultimátum es un juego muy habitual en el campo de los experimentos económicos. En dicho juego dos jugadores han de interactuar para dividir una cantidad de dinero que se les ofrece. El primer jugador propone cómo dividir la suma entre los dos jugadores, y el segundo jugador puede aceptar o rechazar esta propuesta. Si el segundo jugador rechaza, ninguno de los jugadores recibe nada. Si el segundo jugador acepta, el dinero se repartirá de acuerdo a la propuesta. El juego se juega sólo una vez para que la reciprocidad no sea un problema.

Por ejemplo, supongamos que yo ofrezco mil euros a repartir entre dos personas. La primera de ellas podrá tomar la cantidad que desée (por ejemplo 800 euros) y la segunda decidirá si se queda con los 200 restantes o si los rechaza, en cuyo caso ninguno de los jugadores cobrará nada. El experimento sólo se realiza una vez.

Las matemáticas nos dicen que el segundo jugador debería aceptar cualquier cantidad que le deje el primer jugador (cobrar algo es mejor a no cobrar nada) pero la experiencia nos dice que incluso el ser humano abandona la racionalidad cuando recibe una oferta que le parece «ofensiva», prefiriendo no cobrar nada a cobrar poco. ¿Se imagina usted que, de los mil euros, el primer jugador toma 999? ¿se quedaría usted con las ganas de rechazar la oferta aunque perdiese el euro restante?

Sinceramente, ¿no sentiría usted que le está tocando las narices el primer jugador si toma 800 euros sabiendo que usted no tiene nada mejor que hacer que aceptar los 200 que le ha dejado?

Lo oigo todos los días en mi despacho cuando transmito a mis clientes una oferta de la parte contraria: «No voy a dejar que se rían de mí», o «no es por el dinero, es que me está tocando las…»

Resulta evidente que en el caso de los seres humanos también están presentes las emociones que hacían sentirse ofendidos a los monos del experimento de Frans de Waal.

Y, aunque parezcan irracionales, esas emociones gobiernan una estrategia de conjunto increíblemente exitosa. Las emociones de hombres y monos han evolucionado no para resolver un experimento aislado, sino para resolver un experimento iterado, es decir, que se repite. «Si tu me ofreces un trato injusto y no lo acepto la próxima vez aumentarás la oferta». Porque los instintos de hombres y monos no han evolucionado para resolver un experimento aislado, sino para resolver de forma instintiva y automática los complejos problemas que plantea la vida en comunidad.

O como diría uno de mis clientes al aceptar una de esas «ofensivas» ofertas a la baja: «Acéptelo pues mejor es eso que nada pero… ¡¡arrieros somos!!»

Racionales a veces, sí, pero orgullosos como los monos.


PD. Para quienes quieran ver un video del experimento sobre el orgullo y los macacos de que les he hablado en el post y precisamente presentado por el padre de este experimento, el primatólogo Frans de Waal (doblado a castellano/argentino) aquí se lo dejo, así comprueban que no les estoy contando pamplinas.

Seguramente, si sois abogados, habréis tenido alguna vez un cliente tan enfadado como este macaco.

Una constitución escrita en los genes

Una constitución escrita en los genes

Hace cinco dias les conté cómo la cooperación era una estrategia de la naturaleza que aparecía espontáneamente cuando se daban unas determinadas condiciones; gracias a ello podían observarse conductas cooperativas en seres unicelulares carentes de sistema nervioso que incorporaban en sus genes las instrucciones precisas para desarrollar conductas de este tipo.

Hace cuatro días les conté cómo, en la base de las estrategias de cooperación, se encuentra la reciprocidad, concepto que ya señaló Confucio como capital y que los experimentos y competiciones informáticas del científico Robert Axelrod confirmaron.

Hace dos días les conté como las conductas de los seres humanos antes eran gobernadas por las emociones que por el raciocinio y me quedó pendiente debatir si el ser humano era más un animal racionalizador que racional, pero, como para eso pienso usar de las figuras de jueces, lo aparcaré para otro día. Hoy permítanme que les muestre cómo, en muchas conductas humanas, antes rigen las emociones que el raciocinio. Y les ruego que me disculpen si les pongo como ejemplos experimentos hechos con simios y primates pero me parece necesario para demostrar que instintos presentes en los seres humanos ya están presentes en animales teóricamente menos evolucionados que nosotros. Esto es necesario para tratar de ilustrar cómo los instintos y emociones precisos para la vida en sociedad —que podríamos creer exclusivamente humanos— ya están presentes en estadios evolutivos anteriores.

Para ilustrar el asunto tratemos de ver cómo funciona la empatía, por ejemplo, en ratas y macacos y ya decidirá usted cómo funciona en los seres humanos.

En 1959 el psicólogo norteamericano Russell Church entrenó a un grupo de ratas para que obtuviesen su alimento accionando una palanca que colocó en su jaula, palanca que, a su vez, accionaba un mecanismo que le dispensaba a la rata que lo accionaba una razonable cantidad de comida. Las ratas aprendieron pronto la técnica de accionar la palanca para obtener comida y así lo hicieron durante un cierto período de tiempo.

Posteriormente Russell Church instaló un dispositivo mediante el cual, cada vez que una rata accionaba la palanca de su jaula, no sólo recibía comida sino que, además, provocaba una dolorosa descarga eléctrica a la rata que vivía en la jaula de al lado. En efecto, el suelo de las jaulas estaba hecho de una rejilla de metal que, cuando se accionaba la palanca de la jaula de al lado, suministraba una descarga eléctrica a la ocupante de la jaula fuera cual fuera el lugar de la jaula en que estuviese. Ni que decir tiene que ambas ratas, tanto la que accionaba la palanca como la que recibía la descarga, se veían perfectamente pues estaban en jaulas contiguas.

Lo que ocurrió a continuación fue sorprendente.

Cuando las ratas que accionaban la palanca se percataron de que tal acción causaba dolor a su vecina dejaron de accionarla. Mucho más sorprendente aún fue el hecho de que las ratas preferían pasar hambre a causar daño a su vecina.

En los años sesenta el experimento anterior fue reproducido por psiquiatras americanos pero utilizando esta vez, en lugar de ratas, monos (Macaca mulatta). Sus conclusiones fueron sorprendentes.

Los monos fueron mucho más allá de lo que se había observado en las ratas. Uno de ellos dejó de accionar la palanca que le proporcionaba comida durante cinco días tras observar cuales eran los efectos de su acción en el mono de la jaula vecina. Otro, dejó de accionar la palanca y por tanto de comer durante doce días. Estos monos, simplemente, preferían dejarse morir de hambre a ver sufrir a sus compañeros.

¿Y los seres humanos? ¿Cree usted que, como las ratas y los simios, llevan inscrita en sus genes la empatía?

Ya les digo yo que sí. No somos tan distintos de otros animales sociales.

Ni ratas ni monos firmaron nunca un contrato social, desde la noche de los tiempos y como herramienta necesaria para una mejor vida en sociedad, la naturaleza inscribió en sus genes el instinto de la empatía, de forma que, ante determinados estímulos, reaccionasen de la forma en que les he expuesto.

Pensaba hablarles del orgullo y de otras emociones no tan humanas como ustedes creen, pero este post es ya larguísimo y dudo que nadie haya llegado leyendo hasta aquí.

En fin, mañana será otro día.

Sin vergüenza

Sin vergüenza

Cuando a Rafael Guerra le preguntaron cómo había podido llegar a ser gobernador civil un torero de la época, dicen que este respondió con una sola palabra: «degenerando».

Desconozco si la anécdota es cierta pero, de serlo, muy probablemente el torero al que alude la misma sería el diestro de Elgóibar «Don» Luís Mazantini, nombrado Gobernador Civil de Guadalajara y Ávila en el bienio 1919-20, adversario declarado de Rafael Guerra y al que este dedicó públicamente no pocas puyas.

Lo curioso es que el aludido Luís Mazantini seguramente estaría de acuerdo con lo dicho por Rafael el Guerra, pues se dice que, cuando se cortó la coleta, al preguntarle por qué lo hacía el diestro de Elgóibar respondió: «Porque para ser matador de toros hay que tener vergüenza y antes de perderla prefiero tomar otro camino». Y tomó el camino de la política.

Y es de este tema, de la vergüenza, del que yo quería hablarles hoy.

Ninguna emoción humana producía más intriga a Darwin que la de la vergüenza. Le sorprendía que el ser humano exteriorizase instintivamente su vergüenza, por ejemplo, ruborizándose, tartamudeando o azorándose ante los demás; veía en esta reacción panhumana una amenaza para su teoría de la evolución pues ¿qué ventaja puede aportar al ser humano el evidenciar ante el resto de la comunidad que sabe que ha obrado mal?

Una ventaja sería justamente lo contrario, no ruborizarse, mantener la cara de póker y ocultar que se ha obrado mal pero ¿qué ventaja puede haber en delatarnos a nosotros mismos?

La clase política española, sin duda, estaría de acuerdo con el inicial estupor de Darwin ante la vergüenza y su aparente inutilidad, pues, bien pensado, ¿para qué habría de servirle al político el que la comunidad supiese que ha obrado y obran mal? ¿Qué ganaría con ello?

Sin embargo la vergüenza es una emoción de capital importancia para la comunidad. La vergüenza hace que seamos fiables para los demás, les da una garantía de que no les engañamos, de que hacemos lo que se espera de nosotros, de que si no cumplimos con nuestro deber nos sentiremos mal.

Cuenta la mitología griega que, viendo Zeus al hombre un animal tan indefenso, le concedió el don de vivir en sociedad para que fuese más fuerte, pero que, como nos cuenta Platón en su diálogo Protágoras:

«Buscaron los hombres la forma de reunirse y salvarse construyendo ciudades, pero, una vez reunidos, se ultrajaban entre sí por no poseer el arte de la política, de modo que, al dispersarse de nuevo, perecían».

Y fue así como Zeus se dio cuenta de que para vivir en sociedad son precisos conocimientos y estrategias muy complejas de forma que, para solucionar el problema y que los seres humanos pudiesen vivir en sociedad Zeus decidió otorgarles dos virtudes: la justicia y la vergüenza. Zeus entonces encargó a Hermes que se ocupase de entregar justicia y vergüenza a los hombres y, entre los dioses, se produjo esta escena:

«Preguntó, entonces, Hermes a Zeus la forma de repartir la justicia y la vergüenza entre los hombres:

—¿Las distribuyo como fueron distribuidas las demás artes? Pues éstas fueron distribuidas así: Con un solo hombre que posea el arte de la medicina, basta para tratar a muchos, legos en la materia; y lo mismo ocurre con los demás profesionales. ¿Reparto así la justicia y el pudor entre los hombres, o bien las distribuyo entre todos?

—Entre todos, respondió Zeus; y que todos participen de ellas; porque si participan de ellas sólo unos pocos, como ocurre con las demás artes, jamás habrá ciudades. Además, establecerás en mi nombre esta ley: Que todo aquél que sea incapaz de participar de la vergüenza y de la justicia sea eliminado, como una peste, de la ciudad.»

Zeus, como se ve, debía ser demócrata y ordenó repartir entre todos justicia y vergüenza por igual, añadiendo además una orden taxativa: Que todo aquél que sea incapaz de participar de la vergüenza y de la justicia sea eliminado, como una peste, de la ciudad.

No sé si Darwin entendería a Zeus, lo que sí sé es que la sociedad, en su conjunto, entiende perfectamente el mito y cuando considera que un indivíduo es incapaz de vivir en sociedad le llama simplemente «sinvergüenza».

Es por eso que no deja de admirarme ver a políticos acusados de los más abyectos chanchullos, gente a la que se ha sorprendido con el carrito del helado, estirándose sin rubor ante los micrófonos de la radio o la televisión y exhibiendo su absoluta falta de vergüenza. Por eso no deja de resultarme curioso que, cuando alguien disfruta de dinero ajeno no dé cuenta del mismo. Y es por eso que, en fin, no deja de entristecerme que algunos de quienes dicen representarnos antes prefieran perder la vergüenza que un cargo.

Creo que ni el mismo Darwin podría entender todo esto.

Señales de deshonestidad

Señales de deshonestidad

A Darwin le atormentaba la cola del pavo real pues aquella enorme cola multicolor representaba todo lo contrario de lo que él sostenía en su teoría de la evolución. La cola no ayudaba al pájaro a volar, no era una ventaja adaptativa sino todo lo contrario, entorpecía sus movimientos, lo hacía más lento y visible y lo convertía, por tanto, en una presa más fácilmente alcanzable para los depredadores.

Y sin embargo Darwin se resistía a admitir que pudiese estar equivocado, la naturaleza le había demostrado ya muchas veces estar muy por encima de la inteligencia humana, tenía que haber una razón.

Si ustedes son parte de la abogacía española y han leído las últimas noticias en relación con dietas y gastos que ha publicado la prensa estoy seguro que entenderán las razones de la naturaleza para penalizar ciertas conductas.

Entre los seres vivos abundan las razones para querer engañar a sus semejantes; entre las gacelas, por ejemplo, ser fuerte y vigoroso es una valiosa cualidad a la hora de aparearse. Las gacelas hembra prefieren las gacelas macho vigorosas y, si no eres fuerte, ágil y vigoroso, tu vida social entre las gacelas hembra va a ser sombría. Pero ¿cómo demuestras a las gacelas hembra de forma fiable que eres fuerte y vigoroso y no un cuentista farsante? pues… Mediante los saltos.

El ritual de apareamiento de las gacelas incluye una espectacular competición de saltos donde cada uno de los pretendientes trata de impresionar a sus pretendidas dando saltos y perigallos diversos, el estricto jurado decidirá entonces quien da los mejores saltos y le concederá el «nihil obstat».

Dar saltos es una prueba costosa, difícil, pero más costoso aún y por tanto incluso más fiable es penalizarse a uno mismo del mismo modo en que, en las carreras de caballos, se coloca peso encima de ciertos caballos para igualar la competición. Carreras con «handicap» se llama a ese tipo de competiciones y no se sorprenderán si les digo que la naturaleza lo inventó antes. Para confiar en la honestidad de una afirmación los seres vivos suelen exigir una señal costosa de honestidad y, en el caso de los pavos reales (luego lo veremos en la especie humana) esa costosa señal de honestidad es su cola.

Del mismo modo que una hermosa cola penaliza al pavo real pero manda a sus congéneres una señal cierta e indudable de vigor, en el género humano las señales costosas sirven para el mismo fin y han sido utilizadas extensivamente a lo largo de la historia para todo tipo de fines.

Las señales costosas han formado parte de los juegos de apareamiento humano desde la noche de los tiempos.

La pesca con antorcha es un método pesquero ritualizado entre las gentes que pueblan el atolón de Ifaluk. Para llevar a cabo este tipo de pesca los hombres utilizan antorchas hechas a partir cáscaras de coco secas para capturar grandes atunes. La preparación para la pesca con antorcha requiere considerables inversiones de tiempo e implica una gran cantidad de organización y debido al tiempo y los costos energéticos que conlleva su preparación, este tipo de pesca, lejos de resultar beneficiosa en térninos energéticos para quienes participan en ella, lo que resulta es en una pérdida calórica neta para los pescadores. Por tanto, la pesca con antorcha es un handicap que sirve para señalar la productividad de los hombres.

Las mujeres y el resto de los habitantes de la isla por lo general pasan el tiempo observando las canoas que navegan más allá del arrecife. Además, los rituales locales ayudan a difundir información acerca de los pescadores exitosos y mejorar la reputación de los pescadores durante la temporada de pesca con antorcha. Varias limitaciones conductuales y dietéticas distinguen claramente a los pescadores con antorcha de los demás hombres. La comunidad está bien informada en cuanto a quién participó en este día y puede identificar fácilmente a los pescadores con antorcha. En segundo lugar, los pescadores con antorcha reciben todos sus alimentos en la casa de canoas y se les prohíbe comer ciertos alimentos. La gente discute con frecuencia las cualidades de los pescadores con antorcha.

En Ifaluk, dada la división del trabajo existente, las mujeres afirman que buscan compañeros que trabajen duro y es por eso que la laboriosidad es una característica muy valorada en los hombres. En consecuencia, la pesca con antorcha ofrece a las mujeres información fiable sobre la ética de trabajo de sus posibles parejas, lo que hace a la pesca una señal costosa honesta.

Pero la teoría de las señales costosas honestas no sólo es aplicable al ámbito del apareamiento, para la vida humana en sociedad es también un poderoso indicativo de compromiso con la comunidad.

Determinados rituales religiosos costosos como la circuncisión masculina, los ayunos, las penitencias físicas como cilicios o flagelos, la entrega de la totalidad de los bienes a la comunidad o la renuncia al contacto con la vida exterior (eremitas, monacato) pueden parecer paradójicas en términos evolutivos y sin embargo, todos estos rituales, pudieran encontrar su explicación en la teoría de las señales costosas de honestidad. El compromiso con la comunidad religiosa de quien las practica resulta tanto más creíble cuanto más penoso es el sacrificio que se impone.

Creemos más en el patriotismo de un francés, un italiano o un español, cuando paga sus impuestos que cuando hace tremolar la bandera de su país; creemos más en la sinceridad solidaria de una persona cuando reparte sus bienes que cuando se manifiesta para que los repartan los demás, sabemos que un abogado o una abogada están comprometidos con solucionar los problemas de su profesión cuando pagan de su bolsillo la celebración y asistencia a un Congreso en Córdoba y estamos legitimados a dudar de idéntico grado de compromiso cuando el congreso y la asistencia son pagados con dinero de otros.

Es por eso que, para conocer la honestidad de las personas, es necesario saber cuándo realizan un esfuerzo costoso honesto o cuando simplemente se están lucrando y es por eso que, sin el conocimiento limpio y directo de esos datos, el engaño es una realidad muy posible.

En la naturaleza, para que la señal costosa de honestidad sea válida (Bliege Bird et al. 2001) es preciso que esta sea accesible al público (transparencia) de ahí que su ocultación, en la naturaleza, prive de toda validez a la misma y sea, por el contrario, un poderoso indicio de deshonestidad. Por tanto no te sorprendas si piensas que te pueden estar engañando, es una respuesta cuasi-biológica ante la comducta de quienes no facilitan información.

Darwin probablemente ya no se asombraría del tamaño de la cola del pavo real; lo que quizá le dejase perplejo es la conducta de ciertos responsables de corporaciones.

El contrato que nunca existió

El contrato que nunca existió

Contra el concepto de razón de Estado argüido por Maquiavelo o Jean Bodin se alzaron las teorías contractualísticas de Althusius, según las cuales la soberanía descansaba en el pueblo,  teorías que, más adelante, usaría Hobbes en su tratado más famoso, Leviatán (1651) o Rousseau en su Contrato Social (1762). Incluso más modernamente  el filósofo John Rawls (1921-2002) también ha fundado sobre un espíritu contractualista su noción de justicia. Y pareciera que los juristas aún no hemos salido de ahí.

Lo malo es que en la historia de la humanidad jamás existió ningún contrato social.

Ningún ser vivo vive en sociedad gracias a ningún «contrato social»,  de hecho todos nuestros antepasados y todos los antepasados del ser humano en la larguísima cadena evolutiva de nuestra especie  fueron animales que vivieron en sociedad. Los Cro-Magnones eran animales sociales, como lo eran los Neanderthales y los Denisovanos; y animales sociales fueron también los homo  heidelbergensis, antecessor, erectus, habilis… y todos cuantos homínidos les precedieron.

Y si buscamos entre nuestros parientes más cercanos, los simios, veremos que gorilas, chimpancés y bonobos son también animales sociales y aún antes que ellos toda la larga cadena evolutiva de mamíferos que precedieron al hombre, todos fueron seres sociales. Incluso cuando Hobbes afirmó que «el hombre era un lobo para el hombre» cometió un error de bulto pues el lobo es un animal altamente social que vive en grupos organizados por complejas relaciones entre sus indivíduos.

Para poder vivir en sociedad —ya se trate de seres humanos o de animales— son precisas unas estrategias de convivencia que la evolución inscribe en los genes de las diversas especies sociales; es por eso que estudiar a los gorilas, a los chimpancés o a los bonobos resulta tan apasionante.

Fíjense, en una tribu de bonobos será siempre  jefe el hijo de la hembra líder. Las bonobas son expertas en el arte de llegar acuerdos y, una vez ellas deciden quién es la hembra que manda, su hijo es colocado como jefe de la manada. Naturalmente si la hembra líder cae en desgracia y las demás la destituyen, su hijo tiene que presentar la dimisión antes de que lo echen. Un curioso caso animal, como ven, de poder legislativo (las hembras) y  poder ejecutivo (el macho) siempre sometido a la suprema voluntad del parlamento.

¿Cuándo firmaron los bonobos su contrato social? ¿Cuándo redactaron su constitución?

La naturaleza inscribe en los genes  de los animales sociales normas de conducta y nos dota de instintos que nos impulsan a hacerlas cumplir. Puede parecer extraño, pero es así.

No les hablaré de estrategias evolutivamente estables ni de postulados de la sociobiología, simplemente permítanme señalarles un instinto humano: la aversión al sufrimiento cercano. Si ustedes ven, por ejemplo, que, a su lado, en el parque, un señor apalea a un perro, aunque a usted este asunto en realidad debiera darle igual —pues no va nada suyo en el envite— sin poder evitarlo sentirá una aversión profunda hacia el que provoca dolor, tanta que, si no se controla, puede ser usted quien acabe apaleando al señor. Los seres humanos sanos no soportamos el sufrimiento cercano, estamos programados para no soportarlo, instintivamente nos produce malestar. No le digo nada si el apaleado es un niño y no un perro. Sin embargo, miles de niños mueren al día de hambre, niños que usted podría salvar con un simple donativo… Y sin embargo…

Sin embargo usted no experimenta la misma angustia, de hecho no experimenta ninguna angustia, porque la moral humana es una moral de simio y está diseñada para operar a unos pocos centenares de metros, dentro de nuestro hábitat cercano y nuestro grupo, si las cosas están más lejos ya no nos afectan. Y, desde el punto de vista de la naturaleza, eso está bien.

Está bien porque ningún ser humano está capacitado para soportar todo el mal que hay en el mundo, y está mal porque, en cuanto nos damos cuenta de que hay niños que mueren sin que nosotros hayamos hecho nada, el vómito y la náusea acuden a nosotros. Las ONG saben esto y por eso colocan la foto de los que sufren cerca de usted, para que sus ojos vean y así su corazón sienta.

No, nuestra moral, nuestro sentido de lo justo y de lo injusto, no se determinó a través de ningún contrato social, ni tampoco lo fijó la voluntad de ningún dios dictando leyes a profetas judíos, árabes, indios, chinos o cristianos. Nuestro sentido de la moral y la justicia la ha escrito la naturaleza en nuestros genes. Luego, en el caso de los seres humanos, la hemos desarrollado a través de esa otra evolución —la cultural— que complementa a la genética, pero siempre esta estuvo antes desde el principio de los siglos.

Entender por qué la naturaleza ha  inscrito en nuestros genes estos instintos y no otros, comprender en profundidad el funcionamiento de los mismos es un trabajo del que los juristas —expertos teóricos en la ciencia de lo justo y de lo injusto— han  declinado ocuparse al menos en España.

Dedicamos nuestra vida al estudio del derecho, lo que sorprende es lo poco que parecen interesarnos los fundamentos científicos de la justicia.



El sueño del paramecio

El sueño del paramecio

Últimamente pienso mucho en el paramecio y en sus peripecias vitales.

Sí, como lo oyen, la vida de este animal unicelular, cazador sin cerebro ni sistema nervioso pero de intensa y compleja vida sexual, me resulta apasionante. Si usted no conoce al paramecio está usted perdiendose un capítulo esencial de la vida, la filosofía y hasta de la teología, así que, por su bien, siga leyendo.

Creo que, de principio, podemos estar todos de acuerdo en que el paramecio no es un animal que tenga conciencia de su individualidad; carente de nada parecido a un cerebro, cuesta trabajo imaginarlo realizando profundas reflexiones filosóficas sobre el yo, el ello, el ser y la nada. Si ya es difícil observar ese tipo de reflexiones en la mayoría de los seres humanos, creo que podemos estar de acuerdo en que el paramecio tampoco debe de gastar mucho tiempo en esto, aunque…

Si observamos cazar al paramecio podemos llegar a la conclusión de que tiene una clara percepción de sí mismo porque, cuando crea flujos de agua con sus cilios para atraer bacterias a su boca, cuida muy mucho de acercarlas precisamente a «su» boca y no a la de ningún otro paramecio, lo cual implica que, de alguna manera, se distingue a sí mismo de los demás. Del mismo modo, cuando decide reproducirse sexualmente y «conjugarse» con una paramecia, cuida de ser él y no otro el que conjugue el verbo en todos los tiempos y modos precisos, lo que debe llevarnos al convencimiento de que el paramecio prefiere conjugar en primera persona (yo) que ejercitarse de sujetavelas o carabina paramecial.

Llegados a este punto debo aclarar que usar el lenguaje con desdoblamiento o tripartición es tan erróneo como innecesario en este asunto: ni hay paramecios, ni paramecias, ni paramecies… Aquí todos son iguales y cuando se conjugan (así se llama técnicamente a la coyunda en el mundo paramécico) no existe eso que los científicos llaman el «dimorfismo sexual». Podemos pues, apartar nuestros obsesivos problemas político-sexuales de la vida del paramecio y centrarnos en lo que de verdad nos importa:

¿De dónde le vienen las ganas de coyunda al paramecio? ¿por qué el paramecio, cuando caza, lo hace según las enseñanzas de Juan Palomo y caza para él y no para otro? ¿tiene acaso el paramecio conciencia de su individualidad o solo lo parece?

Antes de profundizar en las costumbres gastronómico-sexuales del paramecio es importante que sepamos cómo la naturaleza y la vida resuelven los problemas que se le plantean,
pues, muy a menudo, interpretamos muy mal la forma en que lo hacen. Trataré de poner un ejemplo.

Cuando los seres humanos decimos «para» la naturaleza suele decir «porque» y en general ese «porque» tiene que ver con el asunto de la coyunda. Veamos. Cuando un ser humano ve el largo cuello de la jirafa suele pensar: «tiene largo el cuello para alcanzar las hojas altas de los árboles». La naturaleza, en cambio —y suponiendo que el cuello largo tenga algo que ver con las hojas altas— «pensaría» de otro modo: «tiene largo el cuello porque sus padres, al tener largo el cuello, comieron las hojas altas de los árboles y pudieron reproducirse mejor y sacar adelante a sus crías que, como eran descendientes de animales de cuello largo, heredaron esta característica».

La naturaleza, pues, no planea nada ni piensa nada, la naturaleza funciona a base de replicación, herencia y mutación; propone una multitud de soluciones y es el mayor o menor éxito replicativo de cada una de ellas la que determina el resultado final. A esto se le llama «algoritmo genético», una forma de resolver problemas cada vez más imitada por los algoritmos de computación. La coyunda como «deus ex machina» de la vida y la evolución.

Y ahora volvamos a estudiar la vida sexual del paramecio. Y no es que a mí me atraiga mucho la biología kamasutricoparamecial pero, del mismo modo que «Dios se oculta en los pucheros» según decía Santa Teresa, tengo para mí que igual pueden ocultarse en la vida y costumbres del paramecio respuestas teológicas o filosóficas de calado.

Porque vamos a lo que vamos: ¿por qué los paramecios cazan para sí?

Un ser humano respondería que porque es su instinto, la naturaleza seguramente nos diría que porque son descendientes de paramecios que también cazaban para sí.

—Oiga ¿Y por qué no pueden ser descedientes de paramecios que no cazaban para sí?

—Hombre, no me fastidie, los paramecios que no cazaban para sí no comían y a los muertos de hambre la cosa de reproducirse se les pone muy cuesta arriba. Cazar para otro era una estrategia incorrecta en el entorno paramecial de forma que los paramecios que sobrevivieron y se reprodujeron fueron los que cazaban para sí… Sus descendientes heredaron este rasgo y ahora todos los paramecios cazan para sí. ¿Significa eso que los paramecios diferencian el yo del tú? Aparentemente pueden parecer tener conciencia del «yo» pero no se equivoque usted, es un rasgo heredado, el paramecio no es que caza para él porque tiene conciencia del yo, es que el paramecio es así, no le dé vueltas.

—Oiga ¿Y la coyunda sexual?

—Pues le diré, en primer lugar, que los animales que no se dan a la coyunda se extinguen, de forma que puede usted dar por seguro que todas cuantas formas de vida pueblan el planeta son hijas de eso que llamamos «reproducción» de forma que, siendo hijos suyos como somos, habremos heredado de ellos la afición a la coyunda… Y, si no la hemos heredado, no pasa nada, como no nos reproduciremos la próxima generación está garantizado que sentirá una irrefrenable inclinación por el asunto reproductivo.  En segundo lugar debo aclararle que el paramecio no solo se reproduce mezclando sus cromosomas con otro paramecio, también puede reproducirse asexualmente por fisión binaria o mitosis, como muchos otros organismos unicelulares, pero esto hace que la descendencia presente menor variabilidad cromosomática que la derivada de la «conjugación» (reproducción sexual) donde se mezclan en la coctelera cromosomas de dos orígenes distintos…

—¿Y qué ventaja tiene esto?

—Pues que las posibilidades de generar nuevas propuestas de solución a través de la reproducción sexual son mayores ya que las combinaciones cromosomáticas posibles aumentan, de forma que las posibilidades de encontrar soluciones para adaptarse a entornos cambiantes aumentan también… Pero, escúcheme, que tampoco es que la naturaleza haya «pensado» eso, simplemente la reproducción sexual tuvo en determinados entornos un éxito reproductivo notable. Nosotros, los seres humanos, descendemos de seres que, como el paramecio, tuvieron éxito mezclando sus cargamentos genéticos y por eso hemos heredado esta afición a las «conjugaciones».

—Vale, vale, pero ¿a dónde quiere usted llegar con todo esto?

—Pues, me crea o no, yo con todo esto quiero llegar a la creencia humana en el alma.

—Está usted como una chota.

—No le diré yo que no.

Idéntica percepción del «yo» como individuo diferenciado de otros que el paramecio van teniendo otros animales, digamos, más complejos como peces, reptiles, mamíferos e incluso… el ser humano.

Mire, desde aquel primer organismo vivo del que descienden todos los seres vivos y al que los científicos llaman «LUCA» (Last Universal Common Ancestor) hasta el ser humano más inteligente y aerodinámico de la actualidad, todos, absolutamente todos los seres vivos habidos entre él y nosotros, han sido seres vivos que se han reproducido, lo que hace que en los genes de todos los seres vivos del mundo esté escrita esa instrucción de replicarse. Si algún ser vivo carece de ella simplemente no se reproduce y esa inclinación, ese rasgo, no es transmitido a la siguiente generación. Del mismo modo y dado que para reproducirse hay que estar vivo somos descendientes de seres que procuraron sobrevivir al menos hasta el momento de reproducirse de forma que esa percepción del yo, primitiva en el paramecio, está también inscrita en el pez que huye del depredador o el ciervo que compite con otro ciervo por reproducirse.

¿Somos pues algo distinto de lo que la evolución ha hecho de nosotros?

Seguramente es duro de creer pero sospecho que nuestra conciencia de ser un individuo y no un mero conjunto ordenado de moléculas autorreplicantes no es más que una ficción creada en nosotros por la propia naturaleza; una ficción útil para preservar nuestra vida y para tener éxito reproductivo pero, con mucha probabilidad, esa percepción autoevidente a la que llamamos «yo» no sea más que una ilusión. Es verdad que las ilusiones existen y no son irreales, pero sospecho que se acaban cuando despertamos del sueño de la vida.

Desde antiguo muchos filósofos griegos, teólogos orientales, sacerdotes egipcios, gurús hindúes o monjes budistas han predicado un dualismo materia-espíritu que choca con esta visión unitaria de los seres vivos que ahora traigo ante ustedes para su consideración.

Pero ¿qué pasaría si esa dualidad tan asentada no existiese y los seres vivos, incluidos los seres humanos, fuesen una realidad sólo comprensible de forma unitaria?

La vida, la muerte, el alma y el cuerpo tendrían entonces sentidos muy distintos de los generalmente admitidos y nuestra actitud ante las grandes preguntas cambiaría radicalmente.

Y todo por culpa de la actividad sexual del paramecio.

Hay que joderse.

La ilusión de la identidad

La ilusión de la identidad

En 1942 Isaac Asimov escribió sus llamadas «tres leyes de la robótica» que decían, en primer lugar, que un robot no hará daño a un ser humano ni, por inacción, permitirá que un ser humano sufra daño. En segundo lugar que un robot debe cumplir las órdenes dadas por los seres humanos, a excepción de aquellas que entren en conflicto con la primera ley; y, en tercer lugar, que un robot debe proteger su propia existencia en la medida en que esta protección no entre en conflicto con la primera o con la segunda ley.

Las leyes están bien y son ingeniosas pero, para que puedan cumplirse, es preciso antes que nada que cada robot tenga conciencia de su propia identidad, que sepa distinguirse él, como entidad, del resto.

En la naturaleza, para que opere la selección es necesario otro tanto. La madre guepardo corre y mata para alimentar a su descendencia —a la cual debe reconocer— y, para no dejarse herir por otros animales, ha de tener una idea más que clara de su identidad diferenciada respecto de todo el ecosistema.

Casi desde la vida unicelular todos los seres vivos tienden a defender su existencia y su reproducción frente a la de los demás y ese proceso de distinguir el yo de los demás sólo puede descansar sobre una premisa: la consciencia de la propia identidad.

Para fabricar un robot compatible con las normas de Asimov lo primero que hemos de crearle es una identidad pero, si hacemos eso ¿en qué será diferente de nosotros? y afirmar que nuestra identidad la ha fabricado la naturaleza ello no la dota de ningún factor trascendente que la distinga de la del robot.

Creo que fue Leibniz quien se preguntó porque hay algo en lugar de no haber nada. Yo, menos profundo, me pregunto por qué somos en lugar de no ser y sobre todo, por qué imaginamos ser nosotros cuando todo apunta a que somos sólo una ficción de la naturaleza no distinta del androide de Blade Runner que también tenía conciencia de su individualidad.

Qué es la vida, por qué y para qué la vivimos. En el fondo quizá todo sea no más que una ilusión.

Disfrutemos la borrachera mientras nos dure.

#life #humanbeings #tolive #indentity #identidad

El algoritmo de la vida

El algoritmo de Facebook esta mañana me ha mostrado como primera noticia el fallecimiento por Covid de la cantante folk cheka Hana Horka. Según la prensa la cantante habría fallecido al autoinfectarse de Covid para poder obtener el certificado sanitario y poder viajar a pesar de no haberse vacunado. Su hijo, Jan, aunque no hay autopsia, culpa en la prensa a los grupos antivacunas.

Leo la noticia y trato de imaginar las reacciones de los diversos tipos de lectores: el más común (el vacunado) se asombrará de cuánta tontuna hay en el mundo y deseará que muchos antivacunas lean la noticia para que reflexionen; el lector menos común (el antivacunas) pondrá en duda la noticia, asumirá que el medio que la publica es tendencioso y se indignará ante el hecho de que se publiquen este tipo de noticias antes de hacer siquiera la autopsia al cadáver. Los lectores vacunados llamarán tontos a los no vacunados y los no vacunados llamarán bobos a los vacunados; los vacunados pedirán a los no vacunados que se vacunen y los no vacunados pedirán a los vacunados que «despierten»; ¿un auténtico fangal verdad?

Antes de que empiecen ustedes a argumentar a favor o en contra déjenme decirles que, por extraño que parezca, esta dinámica de vacunas y antivacunas (y todas las gradaciones y matices que hay entre las dos posturas) es la forma en que resuelve sus problemas la vida.

La vida es resiliente y tiende a propagarse pero ¿cómo elige la vida las mejores estrategias para no extinguirse y propagarse con éxito? La respuesta a esto comenzó a descubrirse en los años 70 y es hoy una de las bases más prometedoras de la inteligencia artificial, se llama el «algoritmo genético».

Sí, detrás de la vida, como detrás de Facebook o de la propagación del Covid, se esconde un algoritmo, un algoritmo que, explicado de forma simple y por tanto inexacta, parte de una población inicial —en este caso los seres humanos— donde se introduce un «problema» —en este caso el virus— y a través de procesos de selección, recombinación, mutación y reemplazo, se alcanza una solución óptima desconocida de antemano.

Quizá con un ejemplo se entienda mejor.

Imagine una especie de pajarillos llegados desde el continente a una isla (quizá les arrastró el viento) y que en ella encuentran semillas para alimentarse (esta será la población inicial), aunque, desgraciadamente para ellos, la cáscara de las semillas de la isla es sensiblemente más dura que la del continente (este será el problema). La naturaleza, aunque no piensa —al menos en el sentido que nosotros entendemos por pensar— saca entonces su navaja suiza —el algortimo genético— y lo pone en marcha: dada la diversidad morfológica existente entre los indivíduos unos tendrán mayor facilidad que otros en comer de estas semillas duras y serán estos quienes tendrán un mayor éxito reproductivo, de forma que las generaciones siguientes, a través de los mecanismos de herencia genética, se parecerán más a estos individuos dotados de rasgos que les permiten comer mejor semillas duras, digamos, un pico más fuerte y pesado. La vida, para aumentar el número de soluciones probadas, introducirá, además, mutaciones. A base de probar numerosas soluciones la vida, mediante la herencia y la mutación, acaba encontrando la solución óptima.

Si te maravilla el sinnúmero y la variedad de formas de vida macroscópicas y microscópicas existentes en la Tierra ya sabes por qué es: la vida nunca pone todos sus huevos en la misma cesta y prueba tantas cuantas soluciones viables puede; luego herencia y mutación hacen el resto.

Herencia y mutación también rigen el comportamiento humano y no solo a nivel de cromosomas sino también a nivel cultural. Del mismo modo que la información genética puede determinar caracteres diferentes en las personas o la herencia o predisposición a dolencias cardíacas —por ejemplo—; la transmisión cultural (de memes, de ideas) puede dar lugar a dolencias incluso más graves, como por ejemplo la tendencia a estrellar aviones contra edificios o a colocar bombas en nombre de alguna idea. No le dé usted vueltas y trate de asimilar que genes y memes son ambos información y que esta condiciona la vida, conducta y éxito adaptativo de las personas.

Y ahora volvamos a los antivacunas.

Enfrentada a un problema grave, el Covid, la humanidad, en cuanto que vida, no deja de usar su navaja suiza —el algoritmo genético— y no pone todos sus huevos en la misma cesta (la vacuna) de forma que siempre reserva una porción de recursos para apostar a la sinrazón, porque la sinrazón aunque improbable es posible y ya se encargarán la herencia y la mutación de solucionar el problema.

Es por eso por lo que no debes esperar nunca que todo el mundo piense igual y se comporte igual, si así fuese estaríamos asumiendo como humanidad un riesgo inasumible, y es por eso también que siempre has de esperar que, incluso en las situaciones más evidentes —piensa en los terraplanistas— un grupo de insensatos sostengan las teorías o conductas más disparatadas.

Insensatos, sí, pero no desprecies nunca su papel en el algoritmo de la vida, son simplemente el extremo de una amplia variedad de soluciones y de posicionamientos.

Y hablando de algoritmos, el de Youtube censura a cualquier youtuber que use la palabra «Covid» en sus videos (también lo hace con términos como «Hitler») y acabo de caer en la cuenta que en este post he usado los dos. ¿Hará Facebook shadowbanning a este texto o alguna otra característica engañará a su no tan inteligente inteligencia artificial?

Lo veremos.

Empatía humana y evolución

Empatía humana y evolución

Esta foto sé que no le agrada. Le molesta ver el sufrimiento humano, mucho más si se trata de niños, pero no se preocupe, esa es justo la reacción para la que están programados genéticamente los seres humanos.

Preocúpese sólo en el caso de que no le estrese el sufrimiento ajeno, si le pasa eso acuda rápidamente a un especialista pues está usted perdiendo uno de los rasgos capitales que caracterizan a los seres humanos: quizá padezca usted una psicopatía, quizá esté usted envenenado por alguna ideología viral de esas que niegan el derecho a la vida o a la felicidad a quienes no son de su religión, de su raza o de su cultura o quizá ambas cosas al mismo tiempo.

Millones de años de evolución han hecho de los seres humanos seres cooperativos y, para poder cooperar eficazmente, durante esos millones de años se han ido imprimiendo en nuestros genes características y emociones indispensables para lograr esa cooperación. Tenemos, por ejemplo, un alto sentido de la reciprocidad y, si no recibimos en la medida que damos, se activa en nosotros la ira y el instinto de la venganza, emoción que, si pasa el tiempo suficiente y se convierte en ineficaz, va dejando paso a una pulsión de perdón. Si recibimos algo de alguien nace en nosotros una emoción extraña, la gratitud, una emoción que nos impele a corresponder con nuestro benefactor; y, si entendemos que alguien no está correspondiendo con nuestros méritos como estos merecen, aparece en nosotros la pasión del orgullo que nos lleva a no cooperar con quien no nos hace justicia aunque ello nos cause un perjuicio objetivo.

Son todas estas emociones —que podemos encontrar en estadios menos avanzados de desarrollo en todos los animales gregarios— las que nos caracterizan como humanos, conforman nuestro sentido de la justicia y dirigen nuestra conducta en sociedad. Pero todas estas emociones han sido modeladas durante muchos miles de años previos a la aparición de las civilizaciones y al enorme desarrollo tecnológico de los últimos siglos de forma que nuestro arsenal cooperativo, en muchos casos, adolece de coherencia visto con los ojos de un humano del siglo XXI.

En el caso de la empatía, por ejemplo, es obvio que usted parará su vehículo y ayudará a cualquier accidentado o accidentada que se encuentre en la carretera. A usted no le importará que la sangre del herido manche su tapicería, para usted lo decisivo será acercarle lo antes posible a un hospital donde reciba ayuda.

Esta ayuda de que le hablo, tan evidente para usted y la sociedad que, de no prestarla, podría convertirle a usted en reo de un delito de omisión del deber de socorro, es, sin embargo, en gran medida incloherente.

Usted, al ayudar al herido sufre un perjuicio que puede ser sensible (económico, de tiempo, de esfuerzo…) pero que le parece tan natural e imprescindible que no prestarlo sería aberrante. Sin embargo, cuando Cáritas o una ONG le piden un euro para salvar la vida de un niño hambriento al día, con frecuencia usted no mandará ese euro y, curiosamente, su conciencia no sufrirá demasiado y la calmará usted pronto con un par de argumentos más o menos traídos por los pelos.

Y ahora pregúntese usted: ¿Es que merece más ayuda un ser humano cercano que uno lejano? ¿Es que el hecho de que esos niños hambrientos vivan lejos causa que sintamos un menor impulso de ayudarlos?

Curiosamente la respuesta es sí.

Hemos evolucionado como una sociedad de simios, como familias y tribus de, a lo sumo, 150 indivíduos y nuestras emociones morales están adaptadas a ese tipo de entorno. Estamos programados para no soportar el dolor cerca de nosotros, el sufrimiento nos estresa y pone en marcha una reacción instintiva para remediarlo. Cuidamos a nuestros próximos con la seguridad de que ellos, llegado el caso, también cuidarán de nosotros y la naturaleza imprimió en nosotros ese instinto.

Pero a ese simio que evolucionó formando parte de grupos de en torno a 150 personas la naturaleza no le entrenó para llevar sobre sus espaldas todo el dolor del mundo. Hasta que los medios de comunicación pusieron ante sus ojos el tremendo grado de sufrimiento que había en el mundo, a nuestros bisabuelos les bastaba con lidiar con el sufrimiento que había en su entorno. Los seres han evolucionado para remediar el dolor que hay en su entorno pero no para remediar todo el dolor del mundo. Sin embargo, en la sociedad hiperconectada, todo el dolor del mundo es nuestro entorno, lo vemos en nuestras pantallas de plasma a escasos metros de nosotros, y, aunque incapacitados para actuar instintivamente frente a un dolor lejano, la cercanía de la noticia nos conmueve.

Nuestro código penal le castigará si usted no ayuda a una persona víctima de un peligro real, pero no le castigará si usted no coopera con una ONG para salvar a un niño víctima de un peligro tan inminente y real como el del accidentado de que les hablé.

Es nuestro sentido de la justicia el que se plasma en el código, nuestro sentido de la justicia esculpido en nuestros genes por millones de años de evolución.

Y lo mismo que ocurre con el instinto de ayudar al próximo ocurre con muchos otros instintos. Así la reciprocidad preside nuestros instintos, reclamaremos una satisfacción proporcional a la ofensa recibida pero juraremos que seremos implacables en nuestra venganza (una estrategia que en teoría de juegos se denomina «de las etiquetas»), castigaremos más el mal causado por acción que por omisión (¿por qué si el resultado dañoso es el mismo?) y todo ello porque así nos lo dicta nuestro sentido jurídico y moral, un sentido que, lejos de responder a ningún tipo de racionalidad (aunque los juristas tratemos de racionalizarlo) responde más bien a las exigencias de las reglas que regulan la cooperación humana, reglas todavía no bien conocidas por los científicos y a las que los juristas seguimos haciendo oídos sordos.

De todas formas vuelva a mirar la fotografía, musite un «qué pena» y pase a otro post. Y no se acongoje, sólo es usted un ser humano.

Pero, si la contemplación de la foto le lleva a hacer algo más positivo por niños como los que ve en ella, alégrese, empieza a ser usted algo mejor que un ser humano común.

La cultura como estrategia

La cultura como estrategia

¿Dónde estudiaron másteres en dietética las madres de los años 50 y 60?

Las vitaminas aún no se habían descubierto pero ellas se tomaban el tremendo trabajo de convencer a sus hijos de que había que comer fruta aunque les fuera en ello tener que coger un berrinche tremebundo y hacérselo coger a sus hijos.

¿Cómo sabían esas madres que era imprescindible para sus hijos comer fruta si aún nadie sabía qué era la vitamina C ni para qué servía?

¿Dónde enseñaron a las madres de los años 30, 40, 50 y 60 que era bueno cenar poco y que lo indicado era un hervidico de verduras?

No recuerdo que hubiese universidades para madres pero ellas preparaban hervidos y potajes porque había que comer verdura y, por la noche, mejor hervidos. Y, sin saber distinguir la proteina de los hidratos de carbono, si veían que sus hijos e hijas habían jugado mucho al hervido añadían un huevo duro que hacía de este un complemento perfecto.

¿Quién enseñó a esas madres de siglos pasados a sacar adelante así de bien a sus hijos?

Yo sé que muchos me lo discutirán pero eso se llama cultura.

Cada especie animal ha elegido o seleccionado unas armas específicas para sobrevivir: la velocidad, la resiliencia, la fortaleza… Ya les dije hace poco que el pulpo era uno de los animales más inteligentes que puede uno encontrar pero… Las madres ponen los huevos y los olvidan de forma que los pulpos recien nacidos deben volver a inventar todo aquello que su madre aprendió en vida.

Los seres humanos, en cambio, hemos hecho de la cultura nuestra gran arma evolutiva. Las madres de hace cincuenta años quizá no supieran lo que eran las vitamimas pero miles de generaciones de madres antes que ellas habían ido aprendiendo qué era bueno y qué no para sus hijos y ese conocimiento, depurado de generación en generación, hizo que ellas supieran exactamente lo que necesitaban sus hijos y si, para que lo comieran, habían de llevarse un cabreo se lo llevaban pero el niño o la niña comerían fruta… Si la había.

Muchos siglos después médicos eminentes llegaron a la conclusión de que la mejor dieta para el ser humano es esa que diseñaron nuestras madres —dieta mediterránea creo que la llaman ahora— y que buenos aceites, pescados azules y otros alimentos denostados, son en realidad la base de una buena alimentación. Ellas ya lo sabían, los científicos tardaron mucho en entenderlo.

Y sí, eso que hacen las madres se llama cultura y esa fue la estrategia que un mono indefenso eligió para sobrevivir frente a animales más fuertes y tuvimos suerte (hubo momentos en que apenas quedaron unos pocos seres humanos en el mundo según dice nuestro ADN) porque nuestra estrategia funcionó.

Estos mo os indefensos hijos de madres sabias, además, fuimos muy buenos cooperando los unos con los otros. No les voy a hablar del abrazo de la cooperante al inmigrante que dio lugar a grandes polémicas hace poco, me voy a remontar más lejos, hace ya casi quince años, cuando una patera llegó en verano a una playa de Matalascañas empetada de veraneantes sevillanos. Una bebé que había llegado en la patera lloraba desconsolada, los servicios médicos pensaban que era un problema de nariz pero una sevillana rubia y guapa que estaba en periodo de lactancia no necesitó de diagnósticos, miles de años de evolución le decían lo que pasaba, y se acercó a la niña al pecho y los lloros se acabaron. Antes de criticarme por contar esto sepan una cosa: la especie humana es la única que amamanta a crías ajenas, ningún otro simio lo hace y no es fácil que las madres dejen su cría a otra hembra. Los humanos, en cambio, cuidamos de nuestra prole como si fuese propia y, si tuviese tiempo, les contaría hoy cuánto ha influido eso en que seamos como somos.

Por eso, cuando ahora veo niños que se llaman Jeniffer o Stalin (y discúlpeme si ese es su caso) me preocupo porque pienso que los padres de ese chico, igual que han cambiado las costumbres en los nombres, quizá hayan cambiado su cultura por la que ven en los anuncios de la tele o de internet y sus zagales, en vez de cenar fruta gracias a una madre o un padre enfadados, ahora cenen McNuggets o tomen de postre cualquier porquería.

Y ahora no sé bien por qué les cuento todo esto…

Bueno sí, porque esta noche toca hervido para cenar.