Albóndigas

Albóndigas

Me cuesta tanto aburrirme que, a veces, he deseado poder experimentar esa sensación.

Vivo solo, pero eso no es óbice para que me pase el día hablando conmigo o con gente a la que aprecio aunque no estén a mi lado. Hoy, tras hablar conmigo mismo un rato, he acabado hablando con mi amigo Aurelio y todo a cuenta de estas albóndigas que ven en mi plato. La causa de mi disputa de hoy con él es la incapacidad de euskéricos y castellanos viejos de pronunciar algunas cosas. Sus respuestas a mis preguntas no son más que una forma de preguntarme y responderme yo mismo, ya lo sé, pero este tipo de conversaciones son mucho más interesantes si tu oponente tiene una personalidad distinta a la tuya.

El caso es que hoy me he gobernado unas albóndigas para comer e, inmediatamente, he caído en la cuenta que estas al-bóndigas habían de ser un regalo árabe. He confirmado mi certeza tras breve investigación pero, mucho más interesante, he averiguado que los árabes tomaron el nombre de las al-bóndigas (albúnduqah) del nombre griego de unas avellanas que se criaban en el Mar Negro, el Ponto Euxino por su nombre en el siglo (en aquel siglo, claro) y que, naturalmente se llamaban «pónticas» lo que dio origen a la palabra árabe «bundiqa» o «bunduqa». ¿Por qué les llamaron los árabes «búndiqa» y no «póntica»? Bueno, por una razón simple, el idioma árabe odia la letra «p».

No, no se rían, el árabe odia la «p» de la misma forma que el chino o el francés odian nuestra «rr». Trate usted de decirle a un chino o a un francés que pronuncien «Roma» y ya verán la risa. Pues lo mismo le pasa a los árabes, que no pueden con la «p» y por eso el viejo elefante indio (pil) trató de ser “al-pil” en árabe, pero no pudo y acabó en “al-fil”, y con la “al-póntica” pasó lo mismo, que acabó siendo “al-búndiqa”.

A los vascos y castellanos viejos les pasa lo mismo que a los árabes pero con la «f». Le tienen tirria, les molesta pronunciarla, y por eso prefieren poner una «h» muda donde cualquier lengua romance como dios manda tiene una «f». ¿Que usted come “fabas” en Valencia? Pues habas en castellano. ¿Que usted es capaz de “facelo” en gallego? Pues en castellano no sería capaz de “hacerlo”.

Llegado a este punto, necesariamente, tenía que discutir con mi amigo Aurelio pues los castellanos viejos no solo odian la «f», como los vascos, sino que además odian las palabras agudas. Esta manía de colocar la sílaba tónica en este sitio u otro no es manía exclusiva de los habitantes de las Merindades; si se fija, casi todas las palabras francesas son agudas, es decir, están acentuadas en la última sílaba y, supongo que por joder más que por otra cosa, a los castellanos les domina la enfermedad de las palabras llanas, es decir, acentuadas en la penúltima sílaba.

No ya es que las palabras castellanas sean mayoritariamente llanas (igual por eso se llama caste-llano) sino que en el país de Las Merindades hasta las palabras agudas las pronuncian llanas.

Hay en el país del que les hablo, Las Merindades, un pueblo que fue bautizado en honor del primer y mítico juez de Castilla, Laín Calvo, y que, por esta causa se llama Villalaín. Pues bien, ni mito, ni juez, ni ortografía de la Real Academia valen un higo en ese país pues el pueblo, los comunes, le llaman Villaláin, acentuado en la “a” para que el nombre en vez de agudo sea llano castellano.

Casi la tengo con Aurelio a cuenta de esto pero tampoco era cosa de que llegase la sangre al Nela y como, a esas alturas del debate, ya me había zampado yo las albóndigas —que eran de bacalao y estaban cojonudas, dicho sea en estrictos términos de defensa— he terminado la conversación conviniendo que cada uno hable como le salga de las al-bundiqas, pues, si según la RAE ya se puede escribir “almóndiga” lo mismo que “albóndiga” ¿quién soy para meterme con cómo quieran pronunciar las cosas en Castilla o en su cabeza y capital Las Merindades?

Hecha la paz he rebañado el plato de albóndigas hasta dejarlo limpio y he pasado al postre.

Ius y yoga

Ius y yoga

Mi amigo Luis Morillo hoy me ha recomendado yoga, mucho yoga, lo que quizá él no sepa es que llevo bastante más de 30 años dedicándome a algo muy parecido al yoga: el derecho.

Sí, «yoga» y «ius» son palabras hermanas y derivan ambas del vocablo indoeuropeo *HieH3u “unir”, raíz de la que proceden, además de ius y yoga otras muchas palabras.

En primer lugar esta raíz tiene el significado de “unir” al cocinar y, por eso, no es extraño que la palabra “sopa” se diga en latín, precisamente, “ius” (sacad vuestros diccionarios de latín y comprobad que sopa, en latín, se dice «ius»). Por eso, si ustedes algún día visitan Pompeya y ven escrita en las paredes de alguna taberna la expresión “ius olitorium”, no piensen que están en presencia de algún tipo de derecho como el “ius puniendi” o el “ius maletractandi”; lo que la expresión anuncia es una humilde menestra: una sopa de verduras.

El “ius” se esconde casi siempre bajo las palabras que indican unión. Así, el artilugio que unce a los bueyes es el “yugo” (iu)go, los animales unidos forman una “yunta”, cuando nos unimos a otra persona la llamámos “cónyuge” con(iu)ge y, la unión de todos los vecinos de un municipio da lugar al “ayuntamiento” a(iu)ntamiento. El ius es, pues, ése vínculo que mantiene unida a la sociedad o ese vínculo que une al alma con la divinidad en el caso del yoga.

Así pues yoga y ius nos remiten a un vínculo y dan lugar a un amplio campo semántico que comprende, entre otros, los sustantivos para “derecho” en latín (ius), avéstico (yaož) y sánscrito (yos). Con el sufijo -t-o, resulta iustus “el que actualiza la noción de ius”, o sea, “el que observa el derecho”, de donde de donde “justo, recto”, palabra de la que deriva a su vez el sustantivo iustitia “justicia”, justo al contrario de que pensaba Ulpiano. Finalmente (con rotacismo, esto es, paso de -s- intervocálica a -r-) ius es origen del verbo latino iuro “jurar”.

Me sorprende que, a muchas personas que han consagrado su vida al estudio del derecho, nunca les haya picado la curiosidad de saber qué significa exactamente «ius». Ahora que lo sé veo a los juristas como cocineros que tratan de mezclar todos los ingredientes en la proporción justa, cuidando la cocción a la temperatura adecuada y procurando que todos los sabores armonicen.

En la foto les muestro a Triboniano durante uno de los pocos descansos que pudo tomarse mientras redactaba el Digesto.

Derecho y yoga

Mi amigo Luis Morillo hoy me ha recomendado yoga, mucho yoga, lo que quizá él no sepa es que llevo bastante más de 30 años dedicándome a algo muy parecido al yoga: el derecho.

Sí, «yoga» y «ius» son palabras hermanas y derivan ambas del vocablo indoeuropeo *HieH3u “unir”, raíz de la que proceden, además de ius y yoga otras muchas palabras.

En primer lugar esta raíz tiene el significado de “unir” al cocinar y, por eso, no es extraño que la palabra “sopa” se diga en latín, precisamente, “ius” (sacad vuestros diccionarios de latín y comprobad que sopa, en latín, se dice «ius»). Por eso, si ustedes algún día visitan Pompeya y ven escrita en las paredes de alguna taberna la expresión “ius olitorium”, no piensen que están en presencia de algún tipo de derecho como el “ius puniendi” o el “ius maletractandi”; lo que la expresión anuncia es una humilde menestra: una sopa de verduras.

El “ius” se esconde casi siempre bajo las palabras que indican unión. Así, el artilugio que unce a los bueyes es el “yugo” (iu)go, los animales unidos forman una “yunta”, cuando nos unimos a otra persona la llamámos “cónyuge” con(iu)ge y, la unión de todos los vecinos de un municipio da lugar al “ayuntamiento” a(iu)ntamiento. El ius es, pues, ése vínculo que mantiene unida a la sociedad o ese vínculo que une al alma con la divinidad en el caso del yoga.

Así pues yoga y ius nos remiten a un vínculo y dan lugar a un amplio campo semántico que comprende, entre otros, los sustantivos para “derecho” en latín (ius), avéstico (yaož) y sánscrito (yos). Con el sufijo -t-o, resulta iustus “el que actualiza la noción de ius”, o sea, “el que observa el derecho”, de donde de donde “justo, recto”, palabra de la que deriva a su vez el sustantivo iustitia “justicia”, justo al contrario de que pensaba Ulpiano. Finalmente (con rotacismo, esto es, paso de -s- intervocálica a -r-) ius es origen del verbo latino iuro “jurar”.

Me sorprende que, a muchas personas que han consagrado su vida al estudio del derecho, nunca les haya picado la curiosidad de saber qué significa exactamente «ius». Ahora que lo sé veo a los juristas como cocineros que tratan de mezclar todos los ingredientes en la proporción justa, cuidando la cocción a la temperatura adecuada y procurando que todos los sabores armonicen.

En la foto les muestro a Triboniano durante uno de los pocos descansos que pudo tomarse mientras redactaba el Digesto.

Gazpacho cartagenero

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Hoy me voy a comer el gazpacho de la foto pero, antes de meterle mano y mientras se enfría en la nevera, me he decidido a escribir un post con cuantas cosas se me ocurran a propósito de esta peculiar sopa fría.

Lo primero que se ocurre es que dos cosas hay que nunca faltan en ningún gazpacho y estas son el agua y el vinagre. Es dudoso que pueda llamarse gazpacho a una bebida hecha sólo con agua y vinagre pero, si ponemos en conexión algunos datos antiguos, creo que esta sopa primigenia de agua y vinagre es la que da carácter a todos los gazpachos que veremos luego.

Nos dice Covarrubias en su “Tesoro de la le lengua castellana o española” (1611) que “…el gazpacho es comida de segadores y gente grosera…” y no le falta razón pues ya en el bíblico “Libro de Rut” (600 antes de Cristo) se nos cuenta como los segadores bebían agua mezclada con vinagre para calmar la sed. Esta costumbre de los segadores de beber agua con vinagre me la confirmó de niño mi padre y tengo para mí que el soldado que acercó a Cristo durante su crucifixión una esponja empapada en agua y vinagre no lo hizo -como en desdoro de los romanos decía nuestro cura- para martirizarlo sino para paliar su sed con la bebida que él mismo portaba para beber,

Agua y vinagre, bebida de segadores y gente grosera (Covarrubias dixit) está en la base de los gazpachos y la moderna medicina nos cuenta cómo supera con ventaja al agua en condiciones de extremo calor.

Sin embargo es verdad que esa sopa primordial no es gazpacho todavía, que para ser gazpacho precisa que se le añadan algunos aditamentos.

Los acadios, al acto de partir algo en trocitos para distribuirlo le llamaban kasâpu y esa acción, llevada a cabo con cualquier cosa de alimento que a uno se le ocurra, ya nos coloca muy cerca del gazpacho que conocemos. Y ¿qué alimento hay más troceable y absorbente que el pan?. Un romano de las clases populares se alimentaba básicamente de unas gachas llamadas puls que preparaba a base de cereal, agua, sal y -si tenía posibles- aceite de oliva.

A base de agua y vinagre, de kasâpu y de puls la antigüedad clásica avanzaba hacia el gazpacho.

Hay quien sostiene que la voz “gazpacho” procede del portugués caspacho que a su vez deriva de la voz prerromana caspa, que significa fragmento en derivación mozárabe, aludiendo a que se hacía con cachos de pan; el sufijo -acho parece mozárabe y se extiende por la zona de Andalucía.

Los primeros gazpachos que se conocen (los primigenios) llevaban solamente agua, pan, vinagre, aceite y con frecuencia ajo y a veces frutos secos molidos como puede ser la almendra de donde nació el ajoblanco, quizá el primer gazpacho conocido. Luego vendrían tomates, pepinos y demás hortalizas.

A mí, mi padre me preparaba el gazpacho como lo ven en la foto (las batidoras eléctricas no fueron frecuentes en España hasta mediados de los sesenta) y sostenía que en él se encerraban todas propiedades alimenticias del mundo. Por eso, ahora que no sirven así el gazpacho en los bares, a mí me gusta hacerlo en casa, porque mientras lo hago pienso en los acadios, en el libro de Rut, en los segadores, en la España de los primeros sesenta, en los cachos, en las propiedades del “sueroral”, en la deshidratación por el calor y hasta en Dios Bendito bebiendo agua y vinagre de una esponja. De postre hoy va a caer una tajada de sandía que es también mano de santo para combatir la calor y que la introdujeron los árabes y que tiene una etimología pakistaní (como los gitanos que ahora a veces las afanan) y…

Y el gazpacho ya debe de estar frío, así que otro día hablamos de sandías y gitanos.

Discurso para una jura

El pasado 9 de julio celebré mi primera jura como Decano del Colegio de Abogados y me tocó pronunciar el discurso protocolario. Estuve pensando lo que diría desde una semana antes (tal y como podéis leer en el post anterior) pero, finalmente, mezclé el contenido del post anterior con unas cuantas referencias históricas e improvisé el discurso que, más o menos, transcribo a continuación. Estoy seguro de lo que dije en la referencia inicial a nuestro paisano. Algo menos de la relativa a Ulpiano y al Ius en la que creo que fue la parte más aturullada de la intervención, aunque creo que más o menos, dije lo que trascribo a continuación. En realidad, aunque improvisé el discurso, las piezas del mismo estaban bastante reflexionadas con anterioridad; se trataba de hacerlas encajar y resultó esto:

“Hace unos años, algunos años, un paisano nuestro concibió un proyecto de proporciones tan desmesuradas, tan enormes, que estuvo seguro de que le tendrían por loco.

Nuestro paisano –nacido por ahí, por la parte de la Puerta de la Villa, cerca del Callejón de la Soledad y la Cuesta de la Baronesa– tuvo la idea de reunir en una sola obra todo el conocimiento del mundo; desde las matemáticas a la filosofía, desde la geografía a la teología, desde la gramática a la botánica…

Al cabo de tres años de trabajo, y cuando ya había escrito veinte libros, nuestro paisano consideró concluida su obra y comenzó a reflexionar sobre qué nombre debería darle y, dado que su obra trataba de cosas verdaderas, nuestro paisano consideró que debía ponerle un nombre que significase algo así como “ciencia de lo verdadero” o quizá “verdaderología”; por eso, aprovechando que “lo verdadero” se dice en griego “étimos”, Isidoro llamó a su obra “Etimologías”.

Escritas en torno al año 630 las Etimologías de Isidoro, fueron, hasta la llegada más de mil años después de la Enciclopedia de Diderot y D’Alembert, la verdadera reserva cultural de occidente y gracias a ellas no se perdió en esta parte del mundo la cultura de la civilización romana. Es por eso que nuestro paisano Isidoro, además, da nombre a la Escuela de Práctica Jurídica en la que casi todos vosotros habéis estudiado.

Pues bien, entre los veinte tomos de las Etimologías hay un tomo que se llama, de forma recursiva, “etimologías” y, reflexionando sobre cómo habría de llevar adelante la celebración de esta jura, leí en él el siguiente fragmento:

Cuando se ha visto de dónde viene un nombre, se comprende más rápidamente su valor, porque el estudio de las realidades es más fácil una vez conocida la etimología”

Y pensé que, quizá, debiera seguir el consejo de Isidoro en esto de averiguar el origen del nombre de este acto que íbamos a celebrar para conocer mejor su realidad.

Casi en la misma centuria y en una ciudad que linda con Cartagena la mar por medio, llamada hoy Estambul, antes Constantinopla y aún antes Bizancio, otros hombres tuvieron otra idea de proporciones casi tan delirantes como la de Isidoro. Estos hombres decidieron reunir en una sola obra todos los conocimientos de derecho existentes hasta la fecha y, para eso, compilaron los fragmentos de las obras de los juristas más prestigiosos. Tras tres años de trabajo y cincuenta volúmenes escritos, Triboniano y su equipo dieron por concluido el trabajo; habían compilado más de 9.000 fragmentos, fragmentos que, en latín, se dice “Digesto”.

A pesar de emplear sólo tres años no debió de salirles mal la obra pues, aún hoy día, el Digesto se estudia en todas las facultades de derecho y eso debería bastar para hacer sonrojar a algún Tribunal que tarda bastante más de tres años en dictar sus resoluciones.

Pues bien, probablemente porque los autores del Digesto pensaban como Isidoro que “..el estudio de las realidades es más fácil una vez conocida la etimología…” el primer fragmento que en él se recoge, escrito por Ulpiano, nos dice:

Conviene que el que haya de estudiar el derecho conozca primero de donde viene la palabra ius (derecho). Llámase así de iustitia; porque, según lo define elegantemente Celso, es el arte de lo bueno y de lo equitativo” (ius est ars boni et aequi)

Y sin embargo Ulpiano se equivocaba.

Ulpiano desconocía, pues entonces aún no se habían desarrollado esos estudios, la existencia del indoeuropeo lengua madre de las actuales, reconstruida a partir de las evidencias de similaridades entre el sánscrito, el griego clásico, el latín, el germánico y demás lenguas indoeuropeas. Indudablemente a ustedes les habrá llamado la atención en algún momento la evidente similitud de palabras como “mamá” en los idiomas de nuestro entorno; esta similitud se debe a que todas ellas descienden de una lengua común anterior.

Pues bien, muy al contrario de lo afirmado por Ulpiano, la palabra “ius” no se deriva de “iustitia” sino del vocablo indoeuropeo *HieH3u “unir”, raíz de la que proceden, además, otras muchas palabras.

En primer lugar esta raíz tiene el significado de “unir” al cocinar y, por eso, no es extraño que la palabra “sopa” se diga en latín, precisamente, “ius”. Por eso, si ustedes algún día visitan Pompeya y ven escrita en las paredes de alguna taberna la expresión “ius olitorium”, no piensen que están en presencia de algún tipo de derecho como el “ius puniendi” o el “ius maletractandi”; lo que la expresión anuncia es una humilde menestra: una sopa de verduras.

El “ius” se esconde casi siempre bajo las palabras que indican unión. Así, el artilugio que unce a los bueyes es el “yugo” (iu)go, los animales unidos forman una “yunta”, cuando nos unimos a otra persona la llamámos “cónyuge” con(iu)ge y, la unión de todos los vecinos de un municipio da lugar al “ayuntamiento” a(iu)ntamiento. El ius es, pues, ése vínculo que mantiene unida a la sociedad.

De todos estos vocabularios el que más nos interesa hoy es el típicamente jurídico que comprende, entre otros, los sustantivos para “derecho” en latín (ius), avéstico (yaož) y sánscrito (yos). Con el sufijo -t-o, resulta iustus “el que actualiza la noción de ius”, o sea, “el que observa el derecho”, de donde de donde “justo, recto”, palabra de la que deriva a su vez el sustantivo iustitia “justicia”, justo al contrario de lo manifestado por Ulpiano. Finalmente (con rotacismo, esto es, paso de -s- intervocálica a -r-) ius es origen del verbo latino iuro “jurar”, que es, precisamente, lo que vamos a hacer hoy.

Jurar es, pues, un concepto jurídico y el acto que hoy vamos a celebrar –la jura– lo han realizado los abogados con solemnidad desde hace cientos de años pues, desde hace siglos, leyes antiguas y sabias han obligado a los abogados a realizar esta jura. Así lo mandó el rey Don Alfonso en 1329, Don Juan II en 1435, Don Fernando y Doña Isabel en Toledo en el año 1480, en las Ordenanzas de Medina del Campo y en Madrid en las Ordenanzas de los Abogados. Así se recoge en la Nueva y en la Novísima Recopilación y también en las Partidas, libro escrito por ese rey que deseó que su corazón reposase en la tierra de mi amigo Francisco Martínez Escribano.

Así, en la Novísima Recopilación, título “de los abogados”, Ley III, se recoge la fórmula que, con pocas variantes, usamos hoy día y que dice:

Mandamos; que todos los abogados, así los que residen en el nuestro Consejo y en nuestra Corte y Chancillería, como en todas las otras ciudades y villas y lugares de nuestros Reynos y Señoríos, en el comienzo que usaren del dicho oficio de abogacía, (…) sean obligados de jurar y juren en forma debida de Derecho, que usarán de sus oficios bien y fielmente, y guardarán a todo su poder lo contenido en esta ley;

Hoy vamos a celebrar una vez más esa jura, hoy vais a “iurar”, es decir, mediante vuestra palabra vais a establecer un vínculo en la forma más solemne que un jurista puede hacerlo.

Señor Secretario, dé cuenta y vaya llamando a jurar a quienes lo han pedido.

(Acuden a jurar o prometer los dieciocho juristas llamados a jurar como abogados, cuando se realizan las dieciocho juras según la fórmula establecida el Secretario lo declara así y el Decano prosigue su discurso)

Yo, ahora, tras vuestro juramento debería decir aquello de “Si así lo hacéis… que tal os lo premie y si no que tal o cual os lo demande…”; pero no lo haré. Soy jurista y me basta recordar el Ordenamiento de Alcalá: “De cualquier forma que el hombre se obligue queda obligado”; de cualquier forma que la mujer se obligue queda también obligada. Vosotros sois juristas, os habéis obligado de la forma más solemne que un jurista puede hacerlo y estoy seguro que sabréis cumplir con vuestra obligación.

Por eso hoy hemos convocado a este acto al Presidente del Tribunal Superior de Justicia y a Isidoro, al Presidente de nuestra Audiencia Provincial y a Ulpiano, a la Secretaria del Tribunal Superior de Justicia y a Celso… y a vuestros padrinos… y a vuestros padres, y a vuestras madres… A todas esas personas que os han dado un presente, un futuro… y un pasado. Hoy habéis profesado ante nosotros y ante ellos en el arte de lo bueno y de lo equitativo, en el “ars aequi et boni”. Bienvenidos.

Y ahora… debo callarme, aunque sólo sea por cumplir con aquellos preceptos que daba Mark Twain a los oradores y que solía recordar a menudo mi predecesor en el cargo de Decano. Un buen orador debe cumplir tres requisitos cuando habla: Ponerse en pié, para que le vean; hablar alto, para que le escuchen; y sentarse pronto, para que le aplaudan.

Se levanta la sesión.

Ius y jura

Triboniano
Triboniano

El interés por el origen de las palabras se encuentra atestiguado desde la más remota antigüedad y no es de extrañar, por tanto que nuestro paisano San Isidoro, cuando redactó la mejor y más grande  enciclopedia que recogía la cultura europea del siglo VII, le diese el nombre de Etymologiae, pues, afirma, “cuando se ha visto de dónde viene un nombre, se comprende más rápidamente su valor, porque el estudio de las realidades es más fácil una vez conocida la etimología”. El mismo nombre de “etimología” (del griego étymos “verdadero” ) está ligado a la concepción antigua de que en el origen de las palabras se halla su sentido verdadero de acuerdo con la naturaleza del objeto designado.

Algo parecido se me ocurrió a mí también cuando supe que el día 9 de este mes debía presidir la jura de nuevos abogados que se incorporan al Ilustre Colegio de Abogados de Cartagena. La Jura es un acto solemne al que suelen acudir las más altas autoridades de la Administración de Justicia y, para comprender mejor el significado de este acto, se me ocurrió que quizá no fuese malo penetrar en la etimología de la palabra que designaba el acto que hemos de celebrar. Por eso, antes que nada, acudí al Digesto (texto que por cierto fue derecho vigente en la Spania cuya capital fue Carthago Spartaria) pues recordaba que en él había una cierta disquisición etimológica sobre la palabra “ius”, vocablo que yo imaginaba que había de hallarse en la raiz de la palabra “jura”.

Y así era, en efecto, pues el Digesto comienza ofreciéndonos a los juristas y a quien quiera leerlo la etimología de la palabra “ius” y lo hace citando a Ulpiano, que manifiesta: Seguir leyendo “Ius y jura”