Estrategias

Estrategias

«Ningún plan, por bueno que sea, sobrevive al primer contacto con el enemigo». La frase se atribuye al mariscal de campo alemán Helmuth Von Moltke e ilustra a la perfección lo que ocurre con nuestros planes en cuanto son puestos en marcha y empiezan a obtener los primeros resultados. Si se esperaba un resultado de cien y se produce un resultado de mil ya puedes envolver tu plan y guardarlo pues tendrás que planificar de nuevo y volverá a pasarte lo mismo.

Entonces ¿es mejor no hacer planes y dejar que todo ocurra a la buena de dios?

No, lo que hace falta es, sobre todo, inteligencia.

Gran parte del éxito táctico alemán ennlas guerras mundiales se debió a no considerar a sus soldados máquinas de cumplir órdenes (aunque las películas nos los presenten así, disciplinados y cabezacuadradas) sino como unidades inteligentes. Desde la época de Ludendorff se fue imponiendo la idea de que un soldado, para poder actuar eficazmente, debía poder tomar decisiones por sí mismo pero, para que esas decisiones fuesen correctas, debía conocer con precisión qué es lo que se esperaba de él. Un soldado, según esta doctrina, debía conocer, al menos, las intenciones de sus jefes hasta dos grados por encima de él. Así podría tomar por sí mismo decisiones que contribuyesen al interés general aunque estuviese aislado y sin posibilidad de recibir órdenes.

Si hay un ejemplo universal de ejército desorganizado (en apariencia) pero eficaz fue la guerrilla española. Tan eficaz resultó esta forma de organización que, dos siglos después de su aparición, en casi cualquier lugar del mundo es posible encontrar grupos armados que se denominan «guerrillas», incluso en inglés esta palabra se pronuncia es castellano. Mientras que los vistosos cuadros de infantería napoleónica y las cargas de caballería resultan antediluvianos comparados con los invisibles y metizados cibersoldados actuales, la guerrilla es perfectamente reconocible en sus formas de actuación hace dos siglos y ahora. La estrategia de los ejércitos ha cambiado pero la de la guerrilla no, desde Juan Martín El Empecinado a la última guerrilla de sudamérica pasando por las guerrillas chinas de Mao Tse Tung, esta forma de hacer la guerra ha seguido plenamente vigente.

Desde un punto de vista mucho más pacífico el economista de Harvard Jochai Benkler en su libro «The wealth of networks» pone a la guerrilla como ejemplo de una forma de economía social. Los guerrilleros españoles no eran soldados a tiempo completo; es verdad, sí, que contaban todos con unas herramientas susceptibles de ser usadas para la guerra (la faca o el trabuco) pero lo decisivo era la voluntad de la población de usarlas en defensa de una causa. Durante la guerra contra los franceses todos los guerrilleros y guerrilleras (que las hubo) tenían un objetivo común (la vuelta del miserable de Fernando VII y la expulsión de los franceses) y, con ese objetivo en mente, sabían perfectamente lo que se esperaba de ellos: causar tantos daños al francés como fuese posible y, para esto, se organizaban localmente en función de sus posibilidades o incluso de sus necesidades laborales y de tiempo. La mayoría de los guerrilleros eran insurgentes de noche y honestos labradores de día. Eran soldados a tiempo parcial.

Para Jochai Benkler, en la sociedad de la información se da una situación patecida a la de aquellos guerrilleros: hoy ya no tenemos trabucos y facas de Albacete pero disponemos de ordenadores en todas las casas. Movidos por un ideal común muchos ciudadanos y ciudadanas son capaces de coordinar sus esfuerzos en función de sus disponibilidades de tiempo; son muchas las personas que, en la actualidad, dedican una parte de su tiempo a pelear por una causa y lo hacen igual que lo hacían los viejos guerrilleros: peleando de noche tras acostar a los niños y trabajando de día para sacar su familia adelante y poder dedicar unos minutos de su vida a pelear por esas causas en las que creen.

¿Qué estrategia se le puede señalar a esos guerrilleros digitales?

Simplemente ninguna. La única estrategia posible es confiar en ellos y saber que operarán con inteligencia. Que, como las bandadas de pájaros o los cardúmenes de peces, la existencia de un objetivo, de una causa querida por todos, les hará volar o nadar juntos como si fuesen dirigidos por alguien, aunque, en la realidad, nadie les señalará el camino sino que ellos mismos lo elegirán.

Para una acción filantrópica, política, humanitaria o profesional importante en la sociedad de la información el mayor capital es la inteligencia y la seguridad de que nadie te dirá lo que tienes que hacer. Si quieres pelear eficazmente por una causa no esperes que nadie te diga lo que has de hacer (no hay planes estratégicos generales que resistan al primer choque con el enemigo) lo que has de hacer es aquello que tu inteligencia te dicte que has de hacer y que puede resultar útil a la causa.

Quizá no te parezca mucho pero Napoleón aprendió que no se podía acabar con ellos y los Estados Unidos acabaron marchándose de Vietnam simplemente porque no pudieron derrotar a las Guerrillas del Viet-Cong. Mujeres, como esta que se arregla con coquetería el pañuelo (no va a ir una a matar rusos sin arreglar) en un bosque de Chechenia, defendieron a sus hijos a tiros mientras sus maridos buscaban cómo causar más daño al ejército ruso.

Tan antiguo como el sitio de Zaragoza y tan moderno como Internet.

Y ahora estoy yo pensando ¿por qué les habré contado yo a ustedes esto?

¿Los pobres son honestos y los ricos son tramposos?

Richard Dawkins en su libro “El Gen Egoista“, (Salvat Editores, S.A., Barcelona, 1993) plantea a menudo interesantes juegos destinados a explicar cómo el altruismo puede emerger en ambientes absolutamente ajenos al mismo, cuestión esta de la que nos hemos ocupado en otros post de éste blog. Entre estos juegos me resulta particularmente sugerente el que se contiene en la página 210 y siguientes de la edición reseñada y que, por no contar yo lo que él cuenta mejor, dice así: Seguir leyendo “¿Los pobres son honestos y los ricos son tramposos?”