Escritor de oficio

Escritor de oficio

La vida es impredecible, estudiamos y nos preparamos para desempeñar un oficio concreto pero, en última instancia, es la vida la que decide lo que finalmente seremos.

A mí, por ejemplo, la vida me hizo escritor.

Sí, a menudo escribo historias de ficción, historias de hombres que son injustamente acusados por crímenes que nunca cometieron pero hombres que, casi siempre, me estropean todo el trabajo al conformarse con cualquier condena que no les conduzca inmediatamente a prisión.

Es una pena.

Otras veces escribo historias reales, historias de hombres que son injustamente acusados por crímenes que nunca cometieron, hombres que, como los anteriores, muy a menudo me estropean todo el trabajo al conformarse, al igual que los otros, con cualquier condena que no les conduzca inmediatamente a prisión.

Es una pena aun mayor que la anterior

Mi drama como escritor es que rara vez estoy seguro de cuáles de las historias que escribo son reales o de ficción. Muchos escritores de mi gremio creen saber cuándo cuentan una historia real y cuándo ficticia y yo les admiro pues nunca he logrado estar absolutamente seguro de nada.

Cuando he creído saber con precisión lo ocurrido en realidad, circunstancias inesperadas me han sacado de mi error revelándome cuán vanidosa es la mente humana —en especial la mía— y cuánto ama sus propias conclusiones, a las que, como hijas suyas que son, juzga perfectas y sin error.

A lo largo de mucho más de treinta años he ido guardando y clasificando historias de ficción juzgadas como reales por mis lectores e historias reales juzgadas como de ficción por quienes forman mi audiencia. Nunca ha dejado de admirarme la rotundidad con que las personas erradas son capaces de expresar sus yerros. A veces leo sentencias rotundas, tan cargadas de razón como de errores y reflexiono largamente sobre la vanidad humana.

Porque en este particular mercado literario en que trabajo todos los autores tienen derecho a que su obra sea leída aunque, lamentablemente, que sea juzgada bien o mal, correcta o incorrectamente, catalogada como real o de ficción, es algo que no se garantiza en absoluto.

Es por eso que los hombres cuyas historias cuento, reales o ficticias —ellos sabrán— prefieren muy a menudo un mal liviano pactado que aguardar una opinión imprevisible.