Democracia ingenua

Democracia ingenua

Tengo ideas un tanto infantiles sobre la democracia. A mí me parece que la democracia, lejos de ser un sistema para resolver las cosas votando, en realidad es un sistema para llegar a acuerdos debatiendo.

Recurrir al voto para dirimir una disputa es un fracaso.

Las votaciones crean vencedores y vencidos y una persona derrotada es una persona que no cooperará para llevar adelante la solución vencedora; antes al contrario, trabajará para cambiarla.

Si no hay acuerdo y consenso un país jamás avanzará mucho tiempo en una dirección concreta y, como dicen los jugadores de ajedrez, es mejor tener un mal plan que no tener ninguno. Cambiar de plan a cada momento es lo más parecido a no tener ningún plan.

Sí, tengo ideas infantiles a propósito de la democracia y recuerdo cómo, entre 1977 y 1978, nuestros representantes se esforzaron por llegar a acuerdos amplios; consenso era la palabra de moda.

Pero de 1982 en adelante la búsqueda de acuerdos y el consenso fue sustituída por la aplicación de un rodillo parlamentario nacido de una amplísima mayoría absoluta que exterminó del panorama político español el debate y el consenso.

El debate fue sustituido por las votaciones.

Pero los perdedores de anteayer fueron los ganadores de ayer y, acostumbrados a que la democracia era el triunfo de las mayorías, aplicaron el mismo sistema y el mismo rodillo.

Sí, tengo ideas un tanto ingenuas a propósito de la democracia, no me gustan las votaciones que generan ganadores y perdedores y por eso creo que debe darse a la deliberación tanto tiempo como sea necesario para que, cuando llega la hora de votar, todos puedan sentirse ganadores.

Agenda setting

Agenda setting

Deténgase un momento y dígame qué asuntos son los más importantes para usted. Deténgase un poco más y trate de pensar en cuáles son los problemas más acuciantes para quienes viven en España.

No sé cuáles serán los problemas que usted percibe como más urgentes de solucionar o más importantes de enfrentar.

Yo sé que la hipoteca cuesta pagarla cada vez más y que los bancos muerden como alimañas; yo siento que el futuro no es claro y que quizá los años que vienen sean peores que los vividos y no siento, sino que presiento, que, si llegamos a viejos, quizá no haya en nuestra vejez ni júbilo ni jubilación.

No me preocupa que yo haya de trabajar hasta la muerte o hasta que mis facultades me lo permitan; cuando decidí ejercer esta profesión ya desconté que no me jubilaría nunca y que la mutualidad no era la garantía de una vejez feliz sino algo así como un club gobernado por un grupo de amigos donde estabulizar a quienes se han portado dócilmente con quienes la manejan y confortarles con canapés, moqueta y dietas.

Me preocupa que, algún día, no podamos pagar a esa gente maravillosa que, cuando nuestra vida o la de nuestros seres queridos está en riesgo o decididamente perdida, nos tratan con ese cariño que uno jamás detecta en ninguna otra administración. Hablo de quienes componen la sanidad española, gente que le reconcilia a uno con el mundo y le devuelve la ilusión de que aún queda bondad en el universo.

A mí me preocupan cosas así y me gustaría que nuestra atención se concentrase en esos temas; sin embargo el debate nacional va por otros caminos.

Asómese a los periódicos, las radios, las televisiones, las mesas de los cafés y escuche de qué hablan unos y otros. Un ruido tremendo de navajeo político, de acusaciones cruzadas, de tratar de imponer un lenguaje u otro y fijar estigmas para distinguir al progre del facha…

A esa forma de manipular a las sociedades se la llamó «agenda setting» y fue formulada en 1972 por McCombs y Shaw.

Esta forma de manipular llamada «agenda setting» se abrió paso cuando la sociedad maduró lo suficiente para volverse refractaria a la descarada propaganda de algunos regímenes. Los que manejaban los hilos de las marionetas advirtieron que ya no podían engañar directamente y decidieron que, si no podían imponer sus mentiras, al menos podían imponer los temas sobre los que debatiría la gente.

Los factores que intervienen en el establecimiento periodístico, en la «agenda setting» comprenden:

Alianza entre Empresas mediáticas y Gobiernos.

Establecimiento de prioridades Informativas, respecto a las otras agendas.

Canalización de la información redimensión y divulgación.

Organización de la noticia, horarios, espacios, determinación de tiempo…

Quizá piense usted que me he vuelto loco y le hablo de una nueva teoría conspiranóica pero, antes de diagnosticarme así…

Deténgase un momento y dígame qué asuntos son los más importantes para usted. Deténgase un poco más y trate de pensar en cuáles son los problemas más acuciantes para quienes viven en España.

Porque si usted hoy no está debatiendo o la sociedad no debate sobre esos asuntos es que alguien ha impuesto unos temas de debate que a usted no le interesan y a ellos les interesa que interesen.

Enfermos y cansados

Hoy, mientras escuchaba al presidente en funciones dirigirse a la Cámara durante la sesión de investidura, no he podido evitar pensar en una mujer: Fannie Lou Hammer. Les cuento.

Hace ahora 52 años (22 de agosto de 1964) Fannie Lou Hammer, una mujer negra, enferma y cansada de estar enferma y cansada según sus propias palabras, aprovechó la oportunidad que le brindaba la Convención Nacional del Partido Demócrata que se celebraba en Atlantic City para dirigirse a los allí congregados. Su discurso, televisado a la nación, cambió de forma inesperada y para siempre el curso de la historia de la minoría negra en los Estados Unidos.

Fannie se dirigió a los delegados allí reunidos y les habló de la violencia que se ejercía sobre los afroamericanos en Mississippi para impedirles ejercer su derecho al voto. Fannie les habló de cómo ella misma, en 1962, hubo de superar toda una maraña de problemas y obstáculos para poder registrarse como votante en la Corte de Indianola (Mississippi). Fannie les contó cómo, al volver a su plantación, su jefe le dio dos opciones: o se daba de baja en la lista de votantes o tendría que abandonar la plantación y les habló también de cómo ella tuvo que elegir y eligió. Y, así, les contó, en fin, cómo hubo de abandonar la plantación y su trabajo por no renunciar a ejercer su derecho al voto.

Fannie habló también a los congregados de cómo los hombres y mujeres negras era sometidos diariamente a actos de violencia si persistían en su deseo de votar, y les habló de vejaciones, y de disparos e incendios…

Fannie, en el momento quizá más emotivo de su alocución, preguntó si esta América de la que ella les hablaba era esa patria de los hombres libres, ese hogar de los valientes, en el que sus oyentes creían.

En Washington, mientras tanto, el presidente Lyndon B. Johnson, consciente de la inmensa fuerza que tenía el discurso de Fannie, trató de evitar que las cadenas de TV siguieran retransmitiéndolo y para ello convocó a toda prisa una improvisada rueda de prensa, pero fue en vano. Muchas cadenas de TV emitieron íntegramente y en diferido el discurso de Fannie en horario de máxima audiencia y lo que pasó después es ya historia. La mujer que estaba enferma y cansada de estar enferma y cansada, sólo con la fuerza de su discurso, había cambiado la conciencia de muchos norteamericanos y probablemente la historia de la democracia en su país.

Hoy, sin embargo, he visto cómo un hombre que tenía la oportunidad de dirigirse no sólo a los representantes de la nación sino a la nación en su conjunto, despachaba el trámite con la misma pasión con que un registrador de la propiedad escribe una nota marginal en la hoja de un registro. Y he pensado en Fannie y en como ella no habría dejado pasar una oportunidad como esa para hablar de las cosas en las que creía, para tratar de cambiar conciencias, para señalar el camino. Y he pensado en cuántos votantes con muchas cosas que decir han sentado en esa cámara a personas que, llegado el momento, acaban no diciendo nada, ni sintiendo nada, ni, aparentemente, creyendo en nada; o, al menos, creyendo de forma tan tibia que pareciera que la posibilidad de dirigirse a la nación fuese poco más que un trámite burocrático para ellos.

Hemos hecho de la democracia un rito obsceno, da la sensación de que quienes nos gobiernan no creen en la fuerza de la democracia, da la sensación de que hay en ellos antes un sucedáneo de políticos que autenticidad.

Por eso me acordé de Fannie, porque prefiero la pasión y la verdad de una mujer enferma y cansada de estar enferma y cansada al cansino y enfermo discurrir de nuestras instituciones.