Yo creo en unas cuantas cosas

Yo creo en unas cuantas cosas; creo, por ejemplo, que los hombres nacen libres e iguales, aunque esto último no es cosa de tomarlo al pie de la letra pues, con la cantidad de políticos y directivos de bancos y cajas de ahorros que han robado últimamente el dinero a la gente, uno da gracias a Dios de que no todos seamos iguales o, al menos, no iguales a ellos. Dejemos la cosa en que yo creo que nacemos iguales y luego ya cada uno crece a su manera, algunos honradamente y otros con muy poca vergüenza.

Lo de nacer libres es también una forma de hablar, porque, conforme uno crece, se va dando cuenta de que uno raramente hace lo que quiere y al final eso de la libertad viene a ser como las rabietas: un día te enfadas y dices “no me da la gana” y eso es la libertad, y se paga muy cara.

Hubo un uruguayo que lo contó muy bien y, aparentando una conversación de un padre preso con su hijo, escribió estas palabras que me aprendí de memoria por si un día me encontraba en ocasión de usarlas:

Uno no siempre hace lo que quiere
uno no siempre puede
por eso estoy aquí
mirándote y echándote
de menos.

     Por eso es que no puedo despeinarte el jopo
ni ayudarte con la tabla del nueve
ni acribillarte a pelotazos.
     Vos ya sabés que tuve que elegir otros juegos
y que los jugué en serio.

     Y jugué por ejemplo a los ladrones
y los ladrones eran policías.

     Y jugué por ejemplo a la escondida
y si te descubrían te mataban
y jugué a la mancha
y era de sangre.

     Botija aunque tengas pocos años
creo que hay que decirte la verdad
para que no la olvides.

     Por eso no te oculto que me dieron picana
que casi me revientan los riñones
todas estas llagas, hinchazones y heridas
que tus ojos redondos
miran hipnotizados
son durísimos golpes
son botas en la cara
demasiado dolor para que te lo oculte
demasiado suplicio para que se me borre.

      Pero también es bueno que conozcas
que tu viejo calló
o puteó como un loco
que es una linda forma de callar.

     Que tu viejo olvidó todos los números
(por eso no podría ayudarte en las tablas)
y por lo tanto todos los teléfonos.

     Y las calles y el color de los ojos
y los cabellos y las cicatrices
y en qué esquina
en qué bar
qué parada
qué casa.

     Y acordarse de vos
de tu carita
lo ayudaba a callar.

Una cosa es morirse de dolor
y otra cosa es morirse de vergüenza.

Por eso ahora
me podés preguntar
y sobre todo
puedo yo responder.

Uno no siempre hace lo que quiere
pero tiene el derecho de no hacer
lo que no quiere.

 Llora nomás botija
son macanas
que los hombres no lloran
aquí lloramos todos.

Gritamos, berreamos, moqueamos, chillamos, maldecimos
porque es mejor llorar que traicionar
porque es mejor llorar que traicionarse.

Llorá
pero no olvides.

Luego creo también que uno debe de ayudar a sus semejantes y creo asimismo en la reciprocidad, pero esto tampoco es cosa que pueda tomarme al pie de la letra pues el dolor de nuestros semejantes es muy grande y son muchos, muchísimos, los que en el mundo necesitan de nuestra ayuda; tantos que es imposible ayudarles a todos aún compartiendo todo lo que tengas. Por eso pienso que es bueno ayudar a quienes tengo cerca pero que es mejor intentar que no haya tanta gente con necesidad en el mundo. Ese es un trabajo difícil y creo que el valor de las personas se ha de medir por lo bien que sepan hacer ese trabajo.Luego creo en muchas más cosas aunque, la verdad, fuera de las tres anteriores, prefiero saber a creer. Prefiero saber quiénes somos a creerlo y lo mismo me pasa con lo del “de dónde venimos” y “a dónde vamos”. Leyendo libros científicos he descubierto que explican todas esas cosas mucho mejor que otros libros antiguos escritos o dictados por gente que creía estar “inspirada” pero que no había estudiado.Y por hoy está bien porque a partir de aquí empiezan a aparecérseme las cosas que creo saber y esas son mucho más largas y difíciles de contar.

Cartagena, la cuestión del «filioque» y la guerra serbo-croata

Hace unas semanas visitaron mi ciudad un abogado madrileño, su mujer y su bebé; no les conocía, pero, como él me pidió a través de internet que le sugiriese un hotel en mi ciudad, acabamos entablando conversación y el final de la historia fue que les hice de cicerone durante su visita. De las muchas extravagancias que les conté a propósito de mi ciudad, una acabó sorprendiéndome incluso a mí mismo mientras la contaba y me dejó cavilando sobre la conveniencia de poner freno a esta manía mía de relacionar unas cosas con las otras con fundamento en coincidencias cuya conexión está traída por los pelos. Les cuento el caso.

Ocurre que a mí uno de los periodos históricos de mi ciudad que más me atraen es el correspondiente a la dominación bizantina, pues, el mismo, me permite al mismo tiempo darle lustre a mi ciudad y aturdir a mis incautos oyentes con una barahúnda de datos que —por ser raros y poco conocidos— no admiten réplica de su parte. Permítanme que ahora se lo cuente a ustedes.

En el siglo VI la práctica totalidad de la península ibérica estaba gobernada por pueblos bárbaros como suevos o visigodos; sin embargo, en mi ciudad, éramos mucho más finos y exquisitos pues, desde Justiniano, mi ciudad formaba parte del Imperio Romano —el llamado Imperio Bizantino— con capital en Constantinopla. Mi ciudad formaba parte organizativamente de lo que los bizantinos llamaron la provincia de «Spania» y era, a la sazón, su capital; es decir, en el siglo VI mi ciudad era la capital de «Spania», cosa que suele dejar bastante sorprendidos a mis desprevenidos oyentes pues «Spania», «Spain», «Spanja»… es la forma con que se conoce a España en la mayor parte de los idiomas del mundo. La vieja «Hispania» pasó a llamarse «Spania» en la epigrafía bizantina y la palabra «España» empezó a oírse sobre la faz de la tierra. Esto, para ingleses, alemanes y otros pueblos centroeuropeos se les aparece como evidente.

Una vez que he puesto a mis oyentes —y ahora a mis lectores— en el contexto histórico adecuado, señalándoles que en el siglo VI, nosotros, los cartageneros o cartagineses, éramos bizantinos y el resto de los españoles —ustedes me perdonarán— bárbaros del norte o súbditos de ellos, suelo relatar cuál era el grave problema de orden religioso que aquejaba entonces a los hispanorromanos dominados por los visigodos y este no era otro que el que estos últimos, profesaban la herejía arriana.

La herejía arriana había sido condenada por la ortodoxia cristiana casi dos siglos antes en el Concilio de Nicea, pero los visigodos habían abrazado tan fuertemente los preceptos de dicha herejía, que seguían ateniéndose a la misma e incluso tenían su propia jerarquía eclesiástica arriana y sus obispos arrianos. Estas creencias de los visigodos suponían una causa importante de enfrentamientos con los hispanorromanos que habitaban las zonas dominadas por estos visigodos.

Todo esto es bastante conocido pero ¿qué era la herejía arriana y que pinta Cartagena en esta historia? Vayamos poco a poco y veámoslo.

La naturaleza de la segunda persona de la Santísima Trinidad —el Hijo— siempre ha sido fuente de problemas teológicos y en el caso de la herejía arriana pasaba lo mismo. Para los arrianos, los seguidores de la doctrina del obispo Arrio, Jesucristo, la segunda persona de la Santísima Trinidad, había sido creado por el Padre y por tanto estaba subordinado a Él. La cristología arriana sostenía que el Hijo de Dios no existió siempre, sino que fue creado por Dios Padre. Esta creencia se basaba, entre otros textos bíblicos, en un párrafo del Evangelio según San Juan donde Jesús declara:

Oyeron que yo les dije: “Voy y vuelvo a ustedes”. Si me amaran se gozarían de que voy al Padre, porque el Padre es mayor que yo. Evangelio según san Juan 14:28 (Versión Reina Valera, actualizada 2015)

Las enseñanzas de Arrio hicieron furor en algunos momentos y aunque en el Concilio de Nicea (325EC) su doctrina fue condenada como herética, más tarde el Sínodo de Tiro 335 le exculpó, aunque volvió a ser anatematizado más tarde y en el Primer Concilio de Constantinopla se volvió a condenar su doctrina como herética.

Para cuando ocurrieron los hechos que les voy a relatar la doctrina de Arrio ya era claramente una herejía que tan sólo seguían facciones minoritarias de los creyentes aunque una de estas facciones, por desgracia, eran los visigodos, pueblo bárbaro que dominaba la península ibérica a excepción de la franja de territorio bizantino de la provincia de Spania.

Todos esos follones entre cristianos ortodoxos y herejes arrianos no eran cosa que preocupase en la Spania bizantina, pues, por aquí, la ortodoxia imperaba y a nadie se le ocurría defender la nefanda herejía de Arrio, so pena de que las autoridades imperiales le ajustasen las cuentas, porque, en cuestiones teológicas, los bizantinos tenían muy poco sentido del humor.

En estos años de que les hablo nacieron aquí, en mi tierra, los santos con más tronío de la historia sagrada española pues, hijos del Duque Severiano y de su esposa Teodora, vinieron al mundo en nuestra ciudad cuatro zagales cartagospartarios que habrían de cambiar la historia del mundo: Leandro, Fulgencio, Florentina e Isidoro, los llamados «Cuatro Santos de Cartagena».

La historia de esta familia es oscura pues, por motivos no esclarecidos, los hijos y su madre hubieron de abandonar Cartago Spartaria (mi ciudad) marchando a Sevilla, donde se instalaron. La fama debía precederles pues, nada más llegar, los hispalenses hicieron al hermano mayor (Leandro) obispo de Sevilla, lo cual resulta verdaderamente llamativo; más tarde, Fulgencio, sería nombrado obispo de Écija y, a la muerte de Leandro, le sucedería como Obispo de Sevilla su hermano menor Isidoro —sí, Isidoro de Sevilla era cartagenero— mientras que la hermana, Florentina, fundó un convento.

A nosotros en esta historia nos interesa la vida de Leandro pues, este hombre sabio, viendo que los reyes visigodos yacían en el piélago de la ignorancia herética, hizo firme propósito de hacerles abjurar de ella y convertirlos al cristianismo verdadero y como dios manda; sobre todo porque, con los rifirrafes que provocaban las diferencias religiosas entre hispanorromanos y visigodos, andaba el regnumvisigothorum revuelto, mientras los bizantinos estaban tan felices dominando el sureste de Spania y tomando a los belicosos godos a mojiganga.

Leandro, que como buen cartaginés era obstinado, se las arregló para convencer al rey visigodo y a toda su corte para que abjuraran del arrianismo y abrazaran el cristianismo cabal y neto, cosa que hicieron para felicidad del santo y de los habitantes del reino pero, como Leandro no las tenía todas consigo debido a la sequedad de mollera de estos visigodos a quienes los libros de mi infancia encuadraban entre los llamados «bárbaros del norte», decidió ir un paso más allá y aclarar de una vez por todas los líos con el asunto de la Trinidad.

El quid estaba en que aunque el Hijo es Hijo del Padre, ambos son eternos (según el dogma Trinitario de la Santa Madre Iglesia) y por ser Hijo no quiere decir que no sea Dios también y tan eterno como el Padre (¿un buen follón, eh?). Y si la cosa es complicada con el Hijo ni les cuento con el Espíritu Santo, porque este procede del Padre según el credo de Nicea, aunque sea tan eterno como la persona de quien procede.

Repasemos: si es usted creyente sin duda recuerda el credo y el fragmento que dice:

Creemos en el Espíritu Santo, Señor y dador de vida, que procede del Padre y que, con el Padre y el Hijo, recibe una misma adoración y gloria.

Bueno, pues a Leandro la cosa no le parecía lo suficientemente bien explicada y, para que quedase claro que tampoco el Espíritu Santo era anterior en el tiempo al Hijo ni viceversa, decidió añadir una sola palabra al credo en uno de esos concilios que los visigodos hacían en Toledo. La palabra que Leandro añadió al credo fue filioque que traducido del latín significa «y del hijo» y fue ahí cuando se juntó Roma con Santiago y se montó la de Dios es Cristo y aún hoy arrastramos ese follón como verán si tienen la paciencia de seguir leyendo.

Porque Carlomagno, que quería ser más emperador que el verdadero emperador (el del imperio romano con capital en Constantinopla), sugirió al Papa que tuviese por hereje al emperador de Constantinopla. Cuando el Papa, sorprendido, le preguntó al godo ese que por qué, este le respondió que el emperador constantinopolitano rezaba un credo incorrecto y adujo como correcta la redacción del credo según el concilio de Toledo con la palabrita añadida por Leandro, es decir, añadiendo filioque (y del hijo) al credo de Nicea, de forma que la redacción quedaba en:

Creemos en el Espíritu Santo, Señor y dador de vida, que procede del Padre y del Hijo y que, con el Padre y el Hijo, recibe una misma adoración y gloria.

El Papa se echó las manos a la tiara y le dijo al godo que era un burro, que lo del «y del hijo» era una expresión explicativa pero que el verdadero credo de Nicea no incorporaba tal palabra. El Papa, además, mandó clavar el credo de Nicea en su sede romana y cuentan que el hombre se tomó muy a mal la ocurrencia del emperador godo. Pero, como los godos, además de burros, eran bastante bestias, acabaron explicándole al Papa que él tendría razón teológica pero que ellos tenían unas espadas de acero del Ruhr que quitaban el hipo a los Santos Padres y que se dejase de follones trinitarios y rezase como ordenaba Leandro… y ahí comenzó la división entre católicos apostólicos romanos (los frecuentes en España, los del Papa) y los católicos apostólicos ortodoxos (los griegos, búlgaros, rumanos, rusos…) quienes nunca olvidaron que el Papa se equivocó en el asunto del filioque y le negaron toda infalibilidad por rezar un credo herético aparte de explicarle que para infalibles ellos y sus patriarcas que eran más conciliares y más demócratas que el Papa.

Lo de poner una palabra más o menos en el credo puede parecer una gilipollez, pero lo cierto es que esa palabra ha dado lugar a no pocas guerras y ha animado a matarse a los hombres con sorprendente solvencia. La última de estas guerras fue la que enfrentó a serbios (ortodoxos) y a croatas (romanos) pues, aunque la religión no fue la causa de la matanza, tampoco fue motivo para reconciliarse entre hermanos, pues, esto de profesar religiones distintas (aunque solo sea por una palabra), ha demostrado a lo largo de la historia ser una magnífica coartada para criminales y asesinos disfrazados de soldados.

Bueno, pues ya ven, que empecé con Carthago Spartaria y acabé en la guerra de los Balcanes. Llegados a este punto mis invitados me miraban con estupor y yo mismo andaba pensando «¿no habrás llegado demasiado lejos, Pepe Muelas?»…

He reflexionado unas semanas sobre el asunto, he hecho examen de conciencia y, movido de un sincero propósito de enmienda, prometo no volver a repetir semejante fechoría si usted viene por Cartagena de forma que, si me asalta la tentación, me limitaré a pasarle a usted el link a este post que he escrito como penitencia y ya decide usted mismo si le importa mucho, poco o nada, toda esta historia de credos, filioques, papas romanos y biblias en pasta.

Yo ya lo he dejado aquí escrito, no lo repetiré más, todo sea por la ortodoxia carthaginesa.