La obscenidad institucionalizada


La etimología de la palabra “obscena” es dudosa (salvo mejor criterio de joludi) y se han ofrecido respecto de ella múltiples versiones. De entre todas, la que más me gusta (nótese que digo “la que más me gusta” y no “la más acertada”) es la que se atribuye en unos lugares a D.H. Lawrence y en otros a Philip Matyszak

Según esta versión que les refiero, la palabra “obscena” derívaría de una especie de compuesto de las palabras “ob” y “skena” y se referiría a aquello que sucede en las representaciones teatrales, no en la escena, sino fuera de ella por razones de moralidad.

Se non è vero, è ben trovato: todos conservamos en la memoria muchos de esos trucos escénicos y cinematográficos que permiten que el espectador sepa que algo ha ocurrido en la obra (un asesinato cruel, un adulterio…) pero sin mostrarlo explícitamente a sus ojos. Como nos dice Cervantes en el Quijote (II, 59) “de las cosas obscenas y torpes, los pensamientos se han de apartar, cuanto más los ojos” y es por eso que en el teatro del mundo las cosas que repugnan suelen ocultarse.

Y dicho esto, cada vez que recuerdo esta definición, no puedo evitar que me vengan a la memoria la balumba de instituciones, corporaciones, organizaciones y congregaciones de todo tipo que rigen nuestras vidas. Y al tiempo que me vienen a la memoria pienso tambien que la forma en que somos gobernados, formalmente democrática, es real y literalmente obscena.

Vemos que, en lugares como los parlamentos, las decisiones no se toman durante los debates ni escuchando las razones del adversario, sino que esas decisiones ya han sido tomadas de antemano en lugares bien distintos del propio parlamento. En los parlamentos la grey parlamentaria no vota según le dicta su razón sino según le dictan las señas de sus jefes de filas que, levantando uno, dos o tres dedos, indican a sus pastueños seguidores lo que han de votar. Los parlamentos, gracias a esto, se han convertido en carísimos teatros donde se representan abyectas funciones que no son sino un esperpéntico reflejo de lo que ya ha sido acordado previamente y en otro lugar apartado de la vista de los ciudadanos. 

No es diferente en otras corporaciones: nuestros honestos representantes, conscientes de la fetidez de muchos de sus inicuos tejemanejes, prefieren que estos se produzcan de forma “obscena”, es decir, fuera del alcance de las miradas de los administrados; y uno piensa también que, si esto ocurre así, es porque los protagonistas de esas acciones ocultas son plenamente conscientes de la inmoralidad de las mismas y de lo inconveniente que resultaría exhibirlas a los ojos de todos. No creo descubrirles nada nuevo.

Sí, tenía razón Cervantes, “de las cosas obscenas y torpes, los pensamientos se han de apartar, cuanto más los ojos” pero sucede que estos virtuosos de la obscenidad ni apartan sus pensamientos ni sus ojos, sólo apartan sus acciones de la vista -y creen que de los pensamientos- de los administrados.

Vivimos en un mundo donde la obscenidad se ha convertido en la forma habitual de ejercer el poder, donde los acuerdos que han de afectar a toda la humanidad se concluyen a espaldas de ella, donde hasta la más insignificante corporación es degradada en corrala donde la democracia es, a su vez, convertida en comedia.

Quizá sea tiempo ya de llamar a las cosas por su nombre, quizá sea tiempo ya de acabar con esta farsa.