La abogacía necesaria

La abogacía necesaria

Un eslogan muy repetido por los abogados en redes sociales para defender el que se dote de medios a la administración de justicia ha sido ese que dice que «sin justicia no hay derechos» y quizá, a base de repetirlo, se nos ha olvidado que existen cosas igualmente importantes que debiéramos defender y que, sin duda, nos tocan más de cerca.

Nos ocurre a los abogados que, a base de defender la justicia, nos olvidamos de nosotros mismos y no nos damos cuenta de que, aunque es verdad que sin justicia no hay derechos, lo cierto es que sin abogados tampoco los hay.

En una sociedad sin derechos la abogacía no tiene razón de ser pero, en una sociedad sin abogacía, lo primero que se extingue son los derechos de esa sociedad.

Y cuando hablo de abogacía no me refiero a cualquier abogacía sino a la abogacía de verdad. No me refiero a esa abogacía negocio que pone en el beneficio económico su primer objetivo, la que deja ver sus ecos de sociedad en las páginas de la prensa salmón, la que a menudo no es más que una herramienta más de los poderosos para tratar de adecuar la realidad jurídica a su conveniencia. Bufetes de influencias,de consejos de administración en multinacionales, condenas por delito fiscal, fondos buitre y trust en las Caimán.

A la que me refiero es a esa abogacía que defiende los derechos de los ciudadanos anteponiéndolos a los propios, a esa que, cuando usted le pregunta aquello de «si hay pleito» le responde con la verdad y le dice lo que más le conviene a usted y no a su cuenta corriente. Siglos de ejercicio profesional construyeron esa abogacía que ahora, en beneficio de los intereses de unos pocos miserables, se trata de destruir.

Se la destruye cuando se eliminan las costas en los procesos hipotecarios, porque con ello se obstaculiza la reclamación de los ciudadanos y se premia la miserable, inhumana y sucia codicia de los bancos.

Se la destruye cuando se aleja la justicia de los juzgados naturales de los consumidores para llevarlos lejos, hacer más caro su acceso y atascar su funcionamiento sin más motivo que favorecer a los de siempre.

Se la destruye cuando se favorece a los bancos reduciendo los lugares en los que pueden ser demandados ellos apenas a 52 juzgados mientras que ellos ejecutan y embargan en los 433 partidos judiciales de España.

Se la destruye cuando a los ciudadanos se les imponen automáticamente las costas de las ejecuciones como si ser pobre fuese lo mismo que ser temerario o no poder pagar fuese lo mismo que actuar de mala fe, mientras que medio país —incluido el Consejo General de la Abogacía Española— trata de que ellos, los bancos, no paguen costas más que en contados casos de conjunciones planetarias.

Se ataca a esta abogacía cuando se atacan muy discriminadamente los criterios de honorarios de los colegios, cobrándoselos con saña a los deudores hipotecarios o bancarios pero interponiendo demandas millonarias contra los colegios cuando son ellos quienes han de atenerse a una más que atemperada versión de los mismos.

Se ataca a esta abogacía cuando no se prorrogan o suspenden los plazos en caso de enfermedad, maternidad o paternidad y se pretende que los abogados y abogadas sean material fungible.

Se la ataca cuando se reconoce el derecho a litigar gratuitamente a capas de la sociedad pero no se dota a la justicia gratuita del presupuesto suficiente para que esa defensa esté dignamente retribuida.

Se la ataca cuando no se controla la publicidad engañosa de empresas que pretenden ser despachos de abogados cuando no son más que intermediarios o multinacionales de procesar carne de jurista novel.

Pero el mayor peligro que amenaza a esta abogacía somos nosotros mismos que, obcecados en defender la justicia, no nos demos cuenta de que la mejor manera de defender los derechos de la ciudadanía es defender la existencia de la abogacía que hace posibles esos derechos, la abogacía que hace que la constitución y el resto del ordenamiento no sean para ellos papel mojado.

No, en las sociedades sin una abogacía así los derechos de la ciudadanía no son más que pura retórica y es por eso que, antes que nada o al mismo tiempo que todo, nuestro deber es defender esta abogacía necesaria.

Una elección bien sencilla

Una elección bien sencilla

Dice el canon de la misa que el vino que se ha de utilizar ha de ser «fruto de la vid y del trabajo del hombre». Mucho se ha discutido sobre qué vinos cumplen con la exigencia de ser natural y puro, es decir, no mezclado con sustancias extrañas, como exige la Instrucción General del Misal Romano, pero yo tengo para mí que, si se analizase con cuidado cualquier vino, en la actualidad prácticamente ninguno cumpliría con esta exigencia. Cuál ha sido clarificado con bentonita, todos han oido hablar de la pajuela de azufre y no pocos incluso de otras sustancias menos nombrables.

Pero yo no quiero hablarles hoy del fruto de la vid sino del trabajo del hombre, porque, de este trabajo, se derivan casi más consecuencias para la sapidez del vino que del propio fruto de la vid y ningún vino ejemplifica mejor este milagro que el vino de Jerez (¿o no?).

Un experimento interesante que puede usted realizar un día que salga a comer es pedir un vino de la Tierra de Cádiz (Barbadillo por ejemplo) y compararlo con una manzanilla de Sanlúcar o un fino de Jerez, pongamos por caso Tío Pepe. Bastará mirarlos para ver las diferencias pero si, además, usted los prueba, cosa que le encarezco, comprobará que tienen sabores y olores muy diferentes. Ambos son producto de la misma uva (la Palomino) pero están vinificados de manera muy diferente: el Barbadillo de la forma estándar en que se vinifica el vino en todo el mundo y la manzanilla o el fino en la forma única y exclusiva con que se elaboran los vinos de Jerez.

El vino de Jerez, un prodigio de la naturaleza que España tiene la suerte de poseer en exclusiva, fue cantado admirablemente por el mismísimo Shakespeare quien, en su obra Enrique IV, dedica al Jerez una loa por la que morirían todos los viticultores del mundo:

Si yo tuviera mil hijos, el primer principio humano que les enseñaría sería el de abjurar de las bebidas flojas y entregarse al jerez.

Edgar Alan Poe nos enseñó en «El barril de Amontillado» que al idiota se le conoce por parecerle meritorio distinguir un fino de un amontillado y, en fin, no ha habido personaje de fuste cultural que no haya encontrado en el Jerez fuente de inspiración y… sin embargo…

Sin embargo yo prefiero el vino cordobés de Montilla-Moriles.

El vino de Montilla-Moriles, vinificado de la misma forma que el vino de Jerez, goza de una ventaja que me hace preferirle pues, no usando de la uva Palomino sino de la Pedro Ximénez, no es preciso «encabezarlo» con alcohol sino que fermenta naturalmente y sin intervención ni adición de nada por el hombre.

Quizá no haya probado usted el vino de Montilla-Moriles y no sepa a qué carta quedarse, pues bien, si su marido o su mujer es abogado o abogada, no tiene más que acompañarle al Congreso de la Abogacía Independiente que tendrá lugar en Córdoba los días 29 y 30 de noviembre. Ella o él tienen un trabajo que hacer, usted sólo tiene que realizar una elección bien sencilla: o Moriles o Montilla.

La proporción cordobesa

La proporción cordobesa

La proporción obsesionó a los griegos. Para Pitágoras, el número estaba en la base de todo e incluso la música era un ejercicio matemático que podía ilustrarse merced a las notas que emitía una cuerda vibrante en función de la longitud de la misma y las proporciones que guardaban estas longitudes. Para los escultores griegos las proporciones del cuerpo humano eran objeto de estudio obsesivo y para los arquitectos, las proporciones de sus edificios generaron órdenes arquitectónicos canónicamente clasificables.

De todas las proporciones que los griegos nos legaron la más importante históricamente ha sido, sin duda, la llamada «proporción áurea». Popularizada gracias al genio matemático de Euclides, la proporción áurea se encuentra por doquier en la naturaleza, sucesiones matemáticas como la de Fibonacci se vinculan a ella y —debido a su supuesta «divinidad»— podemos hallarla presente en construcciones, esculturas, pinturas y todo tipo de obras de arte. Incluso best-sellers como «El Código Da Vinci» han usado la proporción áurea como componente importante de su argumento.

Si usted no sabe lo que es la «proporción áurea» permítame que se lo explique de un modo directo: es la proporción que existe entre el lado de un decágono y el radio de la circunferencia en la que se inscribe. Lo mejor es usar una ilustración.

Si usted construye un rectángulo usando el radio (R) de la circunferencia que ve y el lado del decágono (L) en ella inscrito usted obtendrá un rectángulo aúreo, si usted dibuja una figura humana cuya distancia del ombligo al suelo sea igual al radio de la circunferencia que ve y la distancia del ombligo a la parte más alta de la cabeza sea igual al lado del heptágono en ella inscrito tendrá usted una figura de proporciones áureas o divinas. Pueden ver ejemplos del uso de la proporción áurea en este cuadro de Dalí que ven a continuación o en la clásica concha del nautilus que encontrarán a poco que lo googleen.

La proporción áurea parecía uno de los mayores logros de la civilización clásica pero, tras las invasiones bárbaras del imperio romano de occidente, Europa Occidental olvidó la proporción y la misma desapareció durante la Alta Edad Media de sus obras de arte y catedrales.

¿Y por qué estando hoy en Córdoba vengo yo a darles la tabarra con la proporción áurea o divina y con Pitágoras y Euclides? Denme cuartel y déjenme explicarme.

La proporción áurea se había perdido en toda Europa pero no en esta ciudad, porque los árabes conservaron los textos griegos y la sabiduría a ellos incorporada y en la Córdoba Califal se conservaba una copia del famosísimo libro llamado los «Fundamentos» escrito nada menos que por el propio Euclides. Una vieja tradición (se non vera ben trovatta) quiere que los britanos entrenasen a un monje para hacerse pasar por musulmán y viniese hasta Córdoba a copiar los «Fundamentos» en lo que sería el primer caso documentado de espionaje industrial altomedieval. Pensaban en Europa que, conociendo los cordobeses la existencia de la proporción áurea gracias a Euclides, la ciudad rebosaría de muestras de dicha proporción y edificios y esculturas se atendrían a ella. Sin embargo se equivocaban.

Los cordobeses conocían la proporción divina pero, curiosamente, jamás la usaban. Los cordobeses usaban obsesivamente una proporción distinta y, para explicársela, no me queda más remedio que volver a recurrir a un dibujo.

Como ven los cordobeses no usaban la proporción que vinculaba al lado de un decágono con el radio de la circunferencia que lo inscribe sino que los cordobeses preferían el octógono (un polígono de ocho lados y no de diez) al decágono.

Si la proporción derivada del decágono era divina la proporción que los cordobeses derivaban del octógono no le iba a la zaga. Si del ombligo a los pies y del ombligo a la cabeza los griegos esculpían dioses en proporción divina, los cordobeses observaron que las personas no tenían esa proporción medidas desde el ombligo sino que la proporción que presentaban los seres humanos era la derivada del octógono. Los actores griegos se colocaban coturnos (una especie de alzas en los pies) para lucir en escena proporciones divinas, pero, sin coturnos, los actores, como cualquier persona, presentaban proporción cordobesa.

A los cordobeses no parecía importarles demasiado la divinidad y aún conociendo su proporción la despreciaron para apasionarse por las proporciones humanas (a la proporción cordobesa también se le llama proporción humana) e hicieron del ocho y del octógono una obsesión en su ciudad.

Me gusta pasear por Córdoba, la ciudad que despreció a los dioses, y mientras paseo, ir contemplando la adicción al ocho que te sale al paso en cualquier lugar de esta ciudad —y debo decir que en toda Andalucía— así como las proporciones humanas que esta presenta en casi cualquier lugar que mires, desde los arcos de la Mezquita hasta fachadas, plazas y fuentes.

El paisaje urbano de Córdoba habla desde la noche de los tiempos y nos cuenta una historia humana y hecha a la medida del hombre.

Por eso, hoy, mientras veo atardecer sentado en las escaleras de la iglesia que hay en la Plaza de Capuchinos y disfruto del ocaso que tiñe el celaje tras el Cristo de los Faroles, pienso en las proporciones de esta ciudad humana y bella como pocas.

Bueno, voy a estudiar un poco que mañana hay juicio.