Confianza o mérito: la alternativa envenenada

Confianza o mérito: la alternativa envenenada

Cuando la principal razón para acceder a un cargo es gozar de la confianza del que nombra el mérito cuenta poco. Ministros, directores generales, presidentes de TSJ, consejeros… todos son cargos ocupados por personas de confianza del nombrante, no es de extrañar que todo vestigio de mérito sea ajena a ellas.

Incluso cuando se conforman las listas electorales quienes las redactan eligen antes candidatos de confianza del líder que candidstos de mérito. Ser representante de los españoles o dirigente es, pues, más una cuestión de gozar de la amistad del que designa que de estar preparado y haber hecho méritos para ocupar el cargo.

Así pues, si desea usted que su hijo prospere y alcance cargos, no le hable del esfuerzo ni del mérito, pídale en cambio que haga buenos e influyentes amigos, mándelo a un colegio caro, no porque en él se enseñe mejor que en uno público, sino porque si el colegio es lo suficientemente caro sus amigos del mañana se contarán entre las familias más influyentes de su ciudad, región o país.

En un país como este que les describo el principio mafioso de «a los míos, con razón o sin ella» siempre estará por encima de cualquier otra consideración; lo que diga el líder de nuestro partido será defendido a todo trance y lo que diga el líder contrario será atacado también «con razón o sin ella».

Y es por eso que vemos a los jóvenes militantes de los partidos entrenarse en el arte de aplaudir, alabar o festejar las invectivas del líder por ramplonas que sean al tiempo que critican las opiniones de cualquier catedrático o Premio Nobel si contradicen a su líder.

En nuestros partidos, en nuestros consejos profesionales, en los más altos cargos de nuestra administración, la verdadera cuota a pagar por quienes desean pertenecer y promocionarse es la de dimitir de su capacidad de pensar y adoptar como máxima de conducta la indisimulada alabanza del líder.

Dimitidos de su capacidad de pensar sus componentes no es de extrañar que las corporaciones en que se integran ofrezcan habitualmente un electroencefalograma plano.

Afortunadamente, fuera de los partidos y de los altos cargos, nacionales, regionales y municipales, hay todavía toda una sociedad que cree en el esfuero y el mérito; una creencia inútil, como vemos, pero que la diferencia de esa otra sociedad de los que mandan y la legitima para poder darle lo único que merece: desprecio.

Me pregunto cómo —en medio de este fangal de puñaladas, cabildeos y pasteleos entre los que mandan para incluso repartirse órganos como el Consejo General del Poder Judicial— aun existe una España que cree en valores y principios que solo pueden conducirles al fracaso social pero que son los que, sin reportar nada bueno a sus defensores, hacen que exista todavía un sueño de nación al que muchos, todavía, llaman España.