Mandarache

Mandarache

Cuando llevaron a Cervantes a Italia el hombre quedó admirado de las cosas que allí vio, tanto que sus obras de esa época se convirtieron en una especie de guía turística de aquella península. Así, en «El licenciado Vidriera», nos cuenta:

«Llegaron a la hermosa y bellísima ciudad de Génova; y, desembarcándose en su recogido mandrache, después de haber visitado una iglesia, dio el capitán con todas sus camaradas en una hostería, donde pusieron en olvido todas las borrascas pasadas con el presente gaudeamus.»

Siempre me ha llamado la atención la referencia del autor de El Quijote al «Mandrache» genovés, sobre todo porque en mi ciudad hay otro Mandrache, si bien, algo más largo de nombre y con rango —un tanto pretencioso— de mar: el «Mar de Mandarache».

Hoy, mientras paseaba junto a María del Mar por los fondeaderos que rodean nuestro «Mar de Mandarache» he pensado que en la vida de Don Miguel los «mandaraches» fueron importantes, no sólo por el que visitó en Génova sino porque, una vez liberado de su esclavitud en Argel, acabó fondeando en otro Mandarache, el de Cartagena y, tanto debió gustarle, que escribió aquellos famosos versos del «Viaje al Parnaso» dedicados a nuestro puerto que, no por conocidos, me resisto a transcribir aquí. Dejemos otra vez la pluma a Don Miguel:

«Con esto, poco a poco, llegué al puerto
a quien los de Cartago dieron nombre,
cerrado a todos vientos y encubierto
y a cuyo claro y singular renombre
se postran cuantos puertos el mar baña,
descubre el sol y ha navegado el hombre.»

Si vas a atribuir falsamente un texto a alguien, al menos hazlo bien

Si vas a atribuir falsamente un texto a alguien, al menos hazlo bien

Ando leyendo por las redes unas citas del Quijote evidentemente falsas. Al principio la cosa me causó tristeza (quienes colocan expuestos a la risa pública ese tipo de citas es evidente que no han leído el Quijote); luego me produjo enfado (las citas tienen un clara intencionalidad política y usar la obra de Cervantes de forma partidaria me parece deleznable) y luego, debo confesarlo, curiosidad y preocupación.

El ser humano, a pesar de usar novísimas herramientas tecnológicas, usa de los mismos engaños de siempre y uno de los engaños más repetidos ha sido este de la falsa atribución, los más grandes engaños han sido construidos usando de esta superchería.

Ya desde la noche de los tiempos, para dar autoridad a un texto, se ha atribuido su autoría a alguien famoso o poderoso. El Antiguo Testamento, sin ir más lejos, recurre a este truco y atribuye sus cinco primeros libros (Génesis, Éxodo, Levítico, Números y Deuteronomio) a la pluma del mismísimo Moisés. Obviamente estos cinco libros (el Pentatéuco) no pudieron ser escritos por un mismo personaje y así está demostrado por los expertos de forma irrefutable. Si usted no me cree o quiere un ejemplo le diré que si Moisés hubiese escrito estos libros el mayor milagro que en ellos se contendría sería que el mismo Moisés habría narrado su propia muerte.

No, estos cinco libros (el Pentatéuco para los cristianos, la Torá para los judíos) no son obra de Moisés pero ahora, unos 2700 años después de su redacción, si son de Moisés o no importa poco: su falsa atribución surtió efecto y son la base de una realidad religiosa imparable.

Este fenómeno de falsa atribución es moneda común en los textos antiguos. El Eclesiastés, por ejemplo, se atribuye a Salomón (el autor se llamó a sí mismo “hijo de David” y “Rey en Jerusalén”) porque así lo provocó su autor, a quien le pareció mejor dar autoridad al libro a través de una falsa atribución que buscar la gloria personal firmándolo con su nombre.

Más aún, se contienen en la Biblia textos que sabemos positivamente que no son más que trasuntos de otras obras mesopotámicas y egipcias que fueron escritas miles de años de la Biblia. Una que a mí me hace especial gracia es la contenida en el libro de los Proverbios, Capítulo 31, que comienza con «Palabras del rey Lemuel; la profecía con que le enseñó su madre…»

El texto —simpático donde los haya— nos muestra a la madre de Lemuel recomendando a su hijo que no beba vino ni cerveza y exhortándole a que no sea putero, pues no está bien que los reyes ni los príncipes lo sean. Pues bien, este Lemuel, no era judío ni israelita, era el Rey de Masá, un pueblo pagano. La misma escritura se encarga de aclarar que estas enseñanzas fueron dictadas por su madre (no inspiradas por Yahveh) pero, aún así, el texto se insertó en la Biblia y, si se leyese este fragmento en alguna celebración litúrgica, el sacerdote concluiría su lectura afirmando: «Palabra de Dios».

La falsa atribución, pues, no es nada nuevo y, en una pirueta genial de Cervantes, el propio autor realiza en su obra una falsa atribución pues atribuye a Cide Hamete Benengeli (un personaje ficticio) la verdadera génesis de la historia.

Genial Cervantes.

Así pues, queridos internautas aficionados a tomar el nombre de Cervantes, Einstein y hasta del mismo dios de Israel en vano: si váis a realizar una falsa atribución al menos hacedla con arte, hacedla bien y no de forma tosca.

Y un aviso a navegantes: cuando vean una cita atribuida a Cervantes, Einstein o al mismo Papa de Roma no se la crean sin comprobarla; internet está lleno de gente que cree poder engañar a sus semejantes con un truco conocido desde el Génesis.

Y nunca mejor dicho.

Camino de Cala Cortina

Camino de Cala Cortina

Mi casa está a unos tres kilómetros de la única playa de Cartagena a la que se puede acceder andando y, esta mañana, en honor a la cena de ayer y en previsión del cocido de pava con pelotas que habré de embaularme hoy, por aquello de respetar las tradiciones, he decidido pasear hasta ella. No soy de andar por andar pero he pensado que, quizá, durante el paseo podría reflexionar sobre nuevas acciones que emprender con los compañeros y compañeras de la #RED.

Imposible, cuando ando este camino no puedo pensar en otra cosa que en mi ciudad y en los hombres y mujeres que la habitaron. En cuanto subo el pequeño repecho que conduce a las baterías de costa de San Isidoro y Santa Florentina un torbellino de barcos fenicios, griegos, carthagineses y romanos se me aparecen navegando por la bocana. Por ese estrecho se colaron las galeras de Cayo Lelio durante el asalto romano a Cartagena, por ahí entraron los dromones bizantinos de Patricio Liberio para defender a Spania de los bárbaros visigodos; por ahí también entraron las naves musulmanas en la conquista de Spania…

(Sí, ya sé que usted cree que los musulmanes invadieron la península por el Estrecho de Gibraltar y que fue Tarik y bla, bla, bla… Siga usted creyéndolo por ahora, otro día le contaré la sorprendente verdad).

Por ese lugar salieron las galeras de Álvaro de Bazán para defender a la cristiandad del turco y por ahí marchó Cervera con su escuadra a combatir en Santiago y a hundirse allí junto con los últimos restos del imperio.

Entornando los ojos veo entrar por allí al Libertad después de lo del Cabo Cherchel y por ahí veo regresar victoriosos a los destructores de Cartagena tras hundir al Baleares frente al Cabo de Palos en un combate que marcó el fin de una determinada concepción de la guerra naval. Allí veo también la terrible matanza del vapor Castillo de Olite e imagino al vapor virando en redondo buscando la protección de la Isla de Escombreras tras el primer disparo de aviso efectuado desde la Batería de San Isidoro y veo, luego, los mortales cañonazos efectuados desde la lejana batería de La Parajola y que mandaron a pique al viejo mercante junto con los 2112 soldados que transportaba para desembarcar en Cartagena a viva fuerza en las postrimerías de la Guerra Civil. Esa operación de desembarco en Cartagena fue un auténtico desastre de planificación del bando franquista y, por ello, la historiografía del régimen la mantuvo en un prudente silencio, aunque en Cartagena todos conocíamos la historia del desgraciado vapor.

Desde ese lugar recuerdo haber visto de niño entrar en puerto al submarino de mi padrino, el S-32 Isaac Peral, con la tripulación en cubierta cubriendo candeleros y los remolcadores rindiendo honores lanzando al aire chorros de agua con sus cañones anti-incendios. Y puestos a recordar recuerdo también vívidamente una mañana en que, saliendo al curricán con mi padre, la batería de Santa Ana Acasamatada comenzó a hacer fuego inesperadamente mientras un buque escuela turco le respondía haciendo salvas desde cubierta. La batería rendía honores al buque escuela y este devolvía los honores a la batería, un juego diplomático, pero para mi mente infantil era lo más parecido a una batalla naval que nunca había tenido ocasión de contemplar.

Este lugar, sí, cada vez que paso por aquí, me trae a la memoria todas esas historias de marinos valientes que me contaron mi padre y mi abuelo; sin embargo, hoy, la mente se me ha ido a Cervantes.

Tras la batalla de Lepanto (Nafpaktos, Grecia) Cervantes había navegado por todo el Mediterráneo Occidental y había visitados lugares tan bellos y famosos como Génova o Nápoles; sin embargo, el 26 de septiembre de 1575, cuando Don Miguel regresaba a España y su galera —la Sol— se hallaba a la altura de Palamós, esta fue capturada por una flotilla turca que operaba en las inmediaciones.

Cervantes fue llevado cautivo a Argel y allí pasó cinco años esclavizado hasta que volvió a España.

Se dice que de aquella época datan los versos que el genio de Alcalá de Henares escribió sobre este puerto

“… a quien los de Carthago dieron nombre,
cerrado a todos vientos y encubierto,
a cuyo claro y singular renombre
se postran cuantos puertos el mar baña,
descubre el sol y ha navegado el hombre.”

Así que, mientras andaba camino de La Cortina, he tomado las fotos que ven de ese puerto ante el que, decía Cervantes, “se postran cuantos puertos el mar baña, descubre el sol y ha navegado el hombre”.

Y no he pensado en nada más, salvo en que, en un par de horas, habré de zamparme un contundente cocido con pelotas y que, de esta navidad, si no salgo con tres kilos de más va a faltar poco.