Ser auténtico es rentable

Recuerdo cómo estaban los ánimos en mi ciudad en 1993. La reconversión industrial golpeaba la comarca de Cartagena y en La Unión, por ejemplo, miles de personas se enfrentaban a un traumático final de la minería. Tras haber convertido la bahía de Portmán en un vertedero y haber hecho de ella el punto más contaminado del Mediterráneo, la multinacional Peñarroya vendió por un euro todos sus derechos en la Sierra Minera a conocidos empresarios locales para que estos llevasen a cabo las siempre sucias tareas de cierre. La continuidad de la minería en la zona había enfrentado a vecinos de La Unión con vecinos de El Llano del Beal: los primeros querían continuar con la actividad a toda costa, pues de lo contrario perderían sus trabajos, los segundos defendían su pueblo y sus propiedades, pues, el filón, pasaba justo bajo sus casas y continuar con las explotaciones mineras suponía desalojarles de sus hogares y borrar el pueblo del mapa. Los ánimos se crisparon y los habitantes del Llano se prepararon para resistir e impedir el avance de la cantera, resulta curioso recordar que los ánimos llegaron a alterarse tanto que, en el Llano del Beal, Herri Batasuna obtuvo unos magníficos resultados en las elecciones de esos años.

Si la Sierra Minera era un polvorín no menos lo era la ciudad de Cartagena. La Primera Guerra del Golfo y la huida del capital Kuwaití se había unido a la reconversión industrial y las grandes empresas de la ciudad cerraban una tras otra, desde la Empresa Nacional de Fertilizantes a Potasas y Derivados pasando por industrias clásicas de Cartagena como la «Española del Zinc» o la popular «Desplatación». La revuelta obrera era cada vez más violenta y se había llegado al extremo en 1992 cuando, durante unos durísimos disturbios y en oscuras circunstancias, resultó incendiado el Parlamento Autonómico de la Región de Murcia cuya sede está en Cartagena. El humo y las llamas saliendo del Parlamento eran una ilustración casi perfecta del estado en el que se encontraban los ánimos de los cartageneros en aquellas fechas. A pesar de sus 200.000 habitantes muchos cartageneros comenzaron a considerar seriamente la posibilidad de buscar un futuro fuera de la ciudad; un triste final a 3.000 gloriosos años de historia.

Sin embargo, quiénes así pensaban olvidaban que esta ciudad contaba con un capital que estaba ante sus ojos. Contaba con una magnífica ubicación y un puerto de calidad superlativa —Asdrúbal y sus carthagineses sabían lo que hacían— contaba todavía con un importante tejido industrial (la primera refinería de petroleos de España y un importante sector de construcción naval) y sobre todo contaba con cartageneros y cartageneras que nunca habían perdido su consciencia de pertenecer a una ciudad única en el mundo, superposición visible de pueblos prerromanos, fenicios, carthagineses, iberos, romanos, bizantinos y así hasta completar treinta siglos de historia.

El grado de destrucción del centro de la ciudad llegó a tal punto que incluso fue utilizado para grabar películas bélicas ambientadas en lugares como Beirut u otras localizaciones de Oriente Medio. Durante estas películas se llevaban a cabo demoliciones en pleno centro de la ciudad (vean, por ejemplo, el film «Navy Seal» y se entretendrán un rato comprobándolo) y todo aquello parecía que acabaría con el definitivo abandono del casco antiguo y la marcha de los vecinos a vivir a las urbanizaciones del extrarradio.

Sin embargo esta puñetera ciudad es resistente y si lleva tres mil años aquí no es por casualidad. Justo durante las explosiones y la grabación de las películas de que les hablo, en el mismo lugar en que se grabó la demolición de un hotel en el film «Navy Seal», comenzaron a aparecer restos arqueológicos que hicieron palidecer a los arqueólogos. La ciudad, desnudada hasta el extremo, devolvía a los bárbaros que la maltrataban un tesoro de valor incalculable: el perdido teatro romano de Carthago Nova.

La recuperación del teatro llevó lustros pero con la recuperación del mismo corrió pareja la recuperación de la ciudad y, en el más puro estilo de esta jovencita de 3000 años, lo hizo perseverando en sí misma.

El puerto creció, la refinería y el tejido industrial crecieron, pero, sobre todo, creció la presencia de la vieja y siempre joven Carthago Nova. En un centro de la ciudad tan abandonado por sus habitantes como vil y suciamente expulsados de él por especuladores y administraciones sin alma, comenzaron a aparecer viejos e íntimos trozos de nuestra joven adolescente. Ya no era solo el Teatro Romano, eran termas y templos que permitían a los habitantes de la ciudad tocar lo mismo las piedras de la iglesia de su patrona que las basas y fustes de las columnas del viejo templo de la diosa-sirena Atargatis. Mucha gente se pregunta erróneamente por qué los cartageneros son como son cuando lo que habrían de preguntarse es justamente lo contrario: cómo podrían ser de otra manera viviendo en un lugar así.

Si Cartagena ha salido adelante durante estos años ha sido siempre siendo ella misma, perseverando en su esencia y es por eso que, si en algún lugar resulta particularmente cierta la afirmación del filósofo Baruch Spinoza de que «cada cosa se esfuerza, cuanto está a su alcance, por perseverar en su ser», ese lugar se llama Cartagena.

Y si la ciudad nos ha enseñado esto a lo largo de la historia ¿por qué no la escuchamos?

Podemos dedicar decenas de millones de euros a construir un carísimo auditorio, pero al final del viaje no tendremos sino lo que muchas otras ciudades tienen y de mejor calidad; podemos dedicar carísimas inversiones a ciclos sobre manifestaciones culturales extranjeras pero, al final del camino, siempre preferiremos los lugares y ambientes originales a las copias.

Con el dinero invertido en un auditorio de calidad parecida al de muchas otras ciudades se podría haber recuperado ya el anfiteatro romano, amalgama única en el Mediterráneo de espectáculos fundados en la muerte, pues Plaza de Toros y Anfiteatro se funden y superponen. ¿Cuántas ciudades en el Mediterráneo tienen algo así?

Nadie llega a ser Elvis imitando a Elvis, nadie llega a ser Picasso tratando de copiar a Picasso; si hemos de ser algo seamos antes que nada auténticos, seamos nosotros mismos. Nuestra ciudad no necesita ser ninguna otra ciudad distinta de la que es para tener éxito, lo lleva demostrando tres mil años, sería muy bueno que nuestra administración y nosotros mismos la ayudásemos en su tarea.

Nada nos ha sido tan rentable como ser nosotros mismos, así pues, ¿por qué no perseveramos en ello?. Si lo mira usted bien, ser nosotros mismos es lo que mejor sabemos hacer y en eso no tendremos nunca competencia.

Feliz año nuevo, disfrútenlo, que los Reyes Magos se porten bien con ustedes esta noche y, sobre todo, no se cambien por nadie.

El pirulí de La Habana

Esta mañana, cosa de poca importancia, me he acercado hasta mi centro de salud, sito en el cerro del Molinete, calle del Maestro Francés.

Las consultas iban retrasadas razón por la que allí formábamos parroquia en la sala de espera tres abuelas de la antigüedad grecolatina, un matrimonio en edad de criar, dos señoras algo más que maduras y un servidor de ustedes.

La tranquilidad era conventual y el silencio reinaba en la sala cuando —sombrerito tirolés de jipi-japa, camisa color hueso con los haldares fuera, pantalón azul clarito de verano, esparteñas con lona azul menos clarita y bastón más de adorno que de uso, ha aparecido en la sala un sedicente viejo de noventa años.

El viejo, animado de una hiperactividad impropia de su nada aparente edad, ha demostrado inmediatamente que venía dispuesto a pegar la hebra con quien primero le hiciese, o incluso no le hiciese, caso.

—Va esto retrasado ¿eh?

(Silencio)

—Yo es que vengo poco por aquí… igual esto es normal ¿no?

(Más silencio. El viejo, visto que no encontraba víctima ha optado por silbar muy desafinadamente una cancioncilla —Ramona— mientras discurría la estrategia a seguir. Finalmente, el viejo, ha optado por lo que, en Cartagena, se denomina técnicamente como «coger un tole-tole»)

—Hay que ver que a todos nos gusta lo mismo… y no sólo a los hombres, también a todos los animales… a tos nos gusta lo mismo…

(Silencio)

—Dos maldiciones echó dios na más al hombre. Dos na más… ¿saben ustedes cuales son?

(Más silencio. Al personal no sólo no le importaba lo más mínimo qué dos maldiciones eran estas sino que tenía la profunda convicción de que el viejo las iba a revelar a no tardar mucho).

—No lo saben ¿eh? Yo se las diré. La primera maldición fue pal hombre y esta fue que tendría que perseguir a la mujer. Y la segunda… ¿saben cual fue la segunda?

(Veinte siglos de lidiar con botarates advirtieron a las abuelas grecolatinas de que se encontraban ante un acabado ejemplo de majadero, el marido en edad de criar se revolvió molesto en su silla, su mujer —sin duda precoupada por algo— parecía no oírle, las mujeres algo más que maduras ensayaron un gesto de fastidio. Yo me debatía entre la posibilidad de reconvenir al viejo o dedicarme a observarle y a anotar sus acciones cual si de un experimento antropológico se tratase; finalmente opté por la segunda opción).

—La segunda maldición fue para la mujer, sí, para la mujer ¿y saben cuál fue esta maldición? ¿eh? ¿lo saben?

(El silencio era espeso, las abuelas grecolatinas estaban tensas como cariátides, el marido en edad de criar apretaba ostensiblemente los dientes, las mujeres algo más que maduras le miraban con asco y yo estaba empezando a divertirme mucho mientras levantaba acta del suceso en mi teléfono móvil)

—Pues la maldición para la mujer fue… fue… que habría de perseguir ¡¡¡El Pirulí de La Habana!!!

(Las abuelas grecolatinas a estas alturas habían concedido al viejo el diploma de tonto cum laude, el marido en edad de criar empezaba a dar inquietantes muestras de no soportar al viejo del sombrerito tirolés de jipi-japa, las mujeres algo más que maduras, de haber llevado un adoquín en el bolso, muy a gusto hubiesen verificado con él la dureza de la mollera del de los haldares fuera).

—¿Y qué es el Pirulí de La Habana? ¿eh? ¿qué es el Pirulí de La Habana?

(Silencio espeso, tragedia inminente, sin duda lo iba a decir)

—Pues el Pirulí de La Habana es… es… que la que no lo prueba hoy ¡se queda con la gana!

(Memez impresionante, tontería de campeonato de liga europea, sandez de museo antropológico nacional… en cuanto el viejo ha acabado de decirla ha caído preso de una risa convulsiva que ha debutado con sonoros «ja, ja, ja», que pronto se han transmutado en más graves «jo, jo, jo» que, a su vez, han evolucionado a unos sospechosos «joi, joi, joi» con hipidos intercalados que, por momentos y ante la falta de aire del viejo, amenazaban con degenerar en disnea.

El respetable observaba al viejo como quien observa a un ornitorrinco con sombrerito tirolés y ha sido en ese momento cuando, desde la puerta entornada de la consulta 23, he oído que alguien gritaba mi nombre. Me he apresurado a introducirme en la consulta y cerrar la puerta tras de mí. Aún así, la risa del nonagenario zascandil se ha seguido escuchando todavía un buen rato.

¿La primera sentencia de divorcio de España?

Rebuscando entre los libros que hablan de la historia de mi ciudad he encontrado uno en la Biblioteca Nacional que, como anexo, contiene una sentencia de divorcio dictada el 3 de septiembre de 1873 (hace 145 años) por la Comisión Revolucionaria de Justicia del Cantón de Cartagena, organismo encargado de la jurisdicción civil y penal en la flamante primera nación de la soñada República Federal Española.

La sentencia es pues unos cincuenta años anterior a las leyes de divorcio de la II República Española. Se sabe que el divorcio era legal durante el Cantón de Cartagena lo que no sé es si fue legal en algún lugar de España con anterioridad o si esta sentencia que les acompaño es la primera o simplemente una de tantas emitidas por los tribunales federales.

No les canso más, este es el texto de la sentencia:

Oídas las quejas producidas por José Rodríguez, escribiente de la Numancia, contra su esposa Nicolasa Abad, fundadas en diferencias esenciales de carácter, en desobediencia á las prescripciones legitimas de su ma-rido, en la pérdida de todo su cariño hacia ella y en ladenuncia del hermano Ángel Rodriguez de haber cometido adulterio con su cuñado;

Atendidas las declaraciones prestadas por ambos esposos, testigos y á presíencia de antecedentes;

Atendida la retractación solemne que ha producidoÁngel Rodríguez de su calumnia á la honra de su cuñada y hermano, explicando que si bien la pronunció ó intentó sostenerla era invento de su malquerencia hacia Nicolasa Abad é irreflexivo cariño á su hermano José,por establecer de este modo entre ambos mas inevitable separación;

La Comisión revolucionaria de Justicia que actúa como Jurado en asuntos civiles y criminales, en sustitución de las autoridades judiciales, cobardemente alejadas de Cartagena, considerando que la base primordial del matrimonio es el amor, que al separarse de su marido la mujer queda sin mas amparo que el de la autoridad por no preceptuarse en la ley que el matrimonio sea un espontáneo contrato con garantía en que ambas partes aseguren su independencia para el porvenir:

Falla y condena:

1. Los cónyugues José Rodríguez y Nicolasa Abad,podrán vivir separados todo el tiempo que el marido lo reclame, quedando éste obligado á mantener á su mujer con la tercera parte de lo que gane en concepto de sueldo, emolumento ó recompensas de cualquier género que obtenga en su trabajo.

2. Si el marido reclamare la unión con su mujer, se verificará si está bajo la garantía de la autoridad á cuya vigilancia quedan la conducta del marido para con su mujer, que podrá divorciarse definitivamente recurriendo en queja.

3. Si resultaren hijos de este matrimonio, quedarán sujetos á las prescripciones generales de la legislaciónespañola.

4. Queda perdonado el hermano Ángel Rodríguez á instancias de las partes ofendidas de la calumnia con su cuñada, en razón á las circunstancias de irreflexion y ligereza que en él concurren.

Cartagena 3 de Setiembre de 1873.—P. A., AlbertoAraus, Vice-presidente.—Wenceslao G. Almansa, Vice-presidente.—José Ortega, Vocal.

Grabado que ilustra el izado de la bandera roja (señal de la insurrección) en el Castillo de Galeras. Abajo puede verse a una persona vendándose un brazo, supuestamente se trata del cartero Sáez que tiñó con su sangre la luna y la estrella blancas de la bandera turca para hacerla totalmente roja.

De Carthago a Eliocroca hay cuarenta y cuatro mil pasos.

Bueno… yo no he ido andando de Cartagena a Lorca, pero los romanos, que medían las distancias en pasos, dicen que sí, que entre Cartagena y Lorca (Carthago y Eliocroca) había una distancia de 44 «milia» (millas); es decir 44 mil pasos.

Si usted trata de ir de Cartagena a Lorca andando, más que probablemente ya lleve consumidos los 44 mil pasos cuando haya llegado a la altura de «El Paretón» (un poco más de la mitad del trayecto actual a pie) pero es que los romanos no contaban los pasos como usted y como yo; para los romanos un paso no era simplemente la distancia que se obtiene dando una zancada y adelantando un pie, sino que para ellos un paso era el conjunto de la distancia recorrida con las dos piernas. Un paso romano equivalía a dos nuestros, por eso, para nosotros, entre Cartagena y Lorca no hay 44 mil pasos sino, muy probablemente, una cifra cercana a 88 mil.

Claro que eso será verdad si la longitud del paso romano coincide con la longitud del nuestro pero… ¿cuánto medía el paso de un romano?. Pues, la verdad, no se sabe.

Los romanos señalizaron cuidadosamente sus calzadas colocando, cada mil pasos (una milia), piedras señalizadoras: las «piedras miliares». Parece pues que bastaría medir la distancia existente entre dos piedras miliares y hallar así la longitud de la «milia» romana. Sin embargo el asunto no es tan fácil.

Para la mayor parte de los científicos la milla romana tenía una longitud de 1.481 metros (vid. Wikipedia); no obstante, otro sector de la doctrina sostiene que la distancia real de cada milla equivalía a 1.672 metros, una diferencia, como vemos, apreciable.

Esta mañana, mientras comprobaba en los «Itinerarios de Antonino» las 34 rutas romanas que conectaban Hispania, me he parado a observar la ruta que unía «La Junquera» con Carthago Spartaria y esta con Castulo, una población cercana a Linares y para llegar a la cual había que pasar por Lorca.

Los Itinerarios de Antonio son muy cuidadosos a la hora de describir los trayectos pues no sólo señalan las ciudades sino incluso las mansiones y siempre indicando las distancias existentes entre ellas y la distancia total del recorrido. Es por eso que sabemos con total seguridad que desde lo alto de los pirineos a Carthago Spartaria, por ejemplo, los romanos contaban 594 millas y es por eso que sabemos que entre Lorca y Cartagena los romanos contaban 44 millas.

Me ha picado la curiosidad y he decidido comprobar cuán exactas eran las medidas romanas y para ello he decidido comprobar la distancia que, andando, hay en la actualidad entre Cartagena y Lorca. Ya, ya sé que las autovías, carreteras y obras públicas han cambiado los viejos caminos romanos y que es virtualmente imposible que coincidan, pero así y todo me he decidido a hacerlo midiendo la distancia existente entre la Puerta del Arsenal Militar de Cartagena y la Puerta de la Colegiata de San Patricio. Con la inestimable ayuda de Google Maps el resultado ha sido una distancia de 71 kilómetros.

He procedido a dividir los 71.000 metros entre los 1.481 metros que los estudiosos atribuyen a cada a milla romana y el resultado han sido unas decepcionantes 47,9 millas romanas, unas 4 millas más que la cifra indicada en el itinerario de Antonino. Un tanto desanimado he decidido probar con la segunda medida que ofrecen los sabios; a saber: 1 milla romana=1.672 metros. En este caso el error era algo menor pues la distancia redultante era de 42,46 millas romanas; apenas 1,5 millas menos que en época romana.

Como ven, andar entre Lorca y Cartagena no nos resuelve el problema de saber cuánto medían de verdad mil pasos romanos, así que me he decidido por usar las grandes distancias pues, en ellas —he supuesto— que los posibles errores parciales quedarían más diluidos, así que he computado la distancia existente en millas romanas entre La Junquera y Cartagena (según el itinerario de Antonino) pero este cálculo tampoco me ha sacado de dudas pues el problema es saber exactamente por donde discurrían las viejas vías romanas que no necesariamente con las nuestras.

En fin, que me he pasado una mañana estupenda viajando de La Junquera a Cartagena y de La Junquera a Castulo, a Oleastrum, a Eliocroca… Creo que estas vacaciones voy a explorar alguna de las 34 vías hispanas que señala el Itinerario Antonino, todas llevan a lugares de un modo u otro importantes y dignos de verse.

Les dejo con el mapa de carreteras que Caracalla hubiese utilizado de haber venido a Hispania.

Red de vías romanas según los «Itinerarios de Antonino»

La «Tabula Peutingeriana» y Carthago Spartaria

Un interesante debate surgido a propósito de un micropost que he colocado en facebook me ha llevado a recordar la existencia de un documento prodigioso: el más perfecto mapa de carreteras de la antigüedad, la Guía Michelin de los romanos; es decir, la «Tabula Peutingeriana». Los más modernos estudios consideran la tabula una evolución del mapa realizado por Marco Vipsanio Agripa en el Siglo I AEC, fundándose para ello en que la descripción que en él figura de la Arabia Romana era absolutamente anacrónica en el siglo III, al igual que el curioso dato de la señalización de Pompeya en la tabula, ciudad que quedó destruida en el 79 EC y no volvió a ser ocupada. La aparición de Constantinopla es más bien atribuible a que, lo que nos ha llegado de la tabula, son copias muy posteriores.

La humanidad atribuye al ingeniero eléctrico Harry Beck la genialidad de diseñar los mapas de metro tan solo con lineas verticales, horizontales o diagonales y sin que la distancia que guardan entre sí las estaciones se corresponda con la distancia real. Fue una intuición genial: a los viajeros no les importa la distancia entre estaciones, les importa saber en qué estación se bajan, y es por eso que todas las ciudades con ferrocarril metropolitano usan mapas similares al que Harry Beck diseñó para el metro de Londres en 1931. Probablemente el diseño de Beck se cuente entre los diez más influyentes del siglo XX.

Sin embargo la idea no es nueva porque en en el siglo I, un desconocido «Harry Beck» romano, confeccionó lo que pasa por ser el más completo mapa de carreteras romano: la «Tabula Peutingeriana», llamada así en honor del anticuario y humanista Konrad Peutinger, quien las publicó en 1591.

El desconocido autor de la tabula, al igual que Beck haría 17 siglos más tarde, no respetó las formas geográficas y se conformó con indicar las principales vías romanas.

Hoy he disfrutado comprobando en ellas la existencia de una vía que conduce desde Cádiz a Roma por la costa pasando por Cartagena. No se refiere a ella como la «Via Augusta», del mismo modo que los «Vasos de Vicarello» tampoco dicen que el itinerario en ellos descrito sea el de dicha vía.

Trayecto más corto entre Cádiz y Roma según Google Maps.
Como cualquiera sabe la distancia —por tierra— más corta entre Cádiz y Roma no va por la costa, sino por el interior, coincidiendo de forma curiosa con el itinerario que siguió el viajero —que se supone encargó los vasos de Vicarello— de Cádiz a Roma. Aclaro que estos vasos están sometidos a estudio pues nadie acaba de entender que este supuesto viajero hiciese por tierra el viaje a Roma cuando el trayecto por mar era más rápido y mejor.Los trayectos de la Tabula Peutingeriana son corroborados por los «Itinerarios de Antonino» (otro gran mapa de carreteras romano de la época de Caracalla) de forma que los mapas de las vías de Hispania son conocidos con bastante exactitud.Así pues dejemos el debate de si la Vía Augusta era la que iba directa de Cádiz a Roma o era por el contrario el llamado por muchos clásicos «Camino de Anibal». Lo que me importa es que he disfrutado viajando de Cádiz a Cartagena y pasando por lugares tan memorables como Bolonia o Málaga. En la versión de la tábula que aparece al comienzo de este post pueden ustedes viajar por Hispania como lo haría un romano, creo que tiene suficiente resolución.O mejor no dejemos el debate, no sea que al final el corredor mediterráneo acabe pasando por Madrid o por Cuenca aprovechando que un señor hace 19 siglos decidió ir de Cádiz a Roma andando por el camino más corto.

Pateras invisibles

Retransmiten en directo la llegada del Acuarius a Valencia mientras al litoral español llegan decenas de pateras anónimas. Valencia es hoy una excepción a la normalidad que rige desde Ayamonte a Port Bou. Una normalidad hecha de internamientos en CIE y expedientes de devolución que se amortigua en el caso de Valencia.

No sé si hoy, en el Puerto de Valencia, además de policías, profesionales de la sanidad, funcionarios, intérpretes, trabajadores del 112… habrán jueces, fiscales, LAJ y… abogados de oficio. Lo que sí sé es que, en el resto del litoral y para los inmigrantes que no salen en la tele habrán abogados de oficio, que tampoco saldrán en la tele ni en las palabras de la ministra de justicia.

Hace pocos meses en Cartagena recibimos a 430 inmigrantes y mis abogados y abogadas cumplieron con su deber; quizá los demás les olviden, yo nunca les olvidaré.

Caridad «La Negra»

Mi ciudad, como todas las ciudades del Mediterráneo, tiene su panteón especial de héroes y dioses del pueblo a quienes este rinde culto a través del viejo rito de contar sus hazañas a la generación siguiente. Nuestros dioses y santos viven así en la memoria del pueblo que es, a fin de cuentas, el único altar donde se rinde verdadero culto a los dioses. Son generalmente personajes humildes —el pueblo admira la virtud y la inteligencia que se manifiesta en las personas más inesperadas— a veces incluso aparentemente malvados (en Cartagena los personajes duros pero sentidos son especialmente queridos) y, como comprobarán si siguen leyendo, la «santa» de la que les voy a hablar pertenecía a esta particular especie de personas.

A Caridad Norberta Pacheco Sánchez (Cartagena 1879) la llamaron «Caridad La Negra» por el color de su pelo y fue la “madame” del burdel de más éxito de “El Molinete”, el viejo barrio tolerante de la ciudad. Fue amante del hombre más rico de Cartagena, José Maestre, que fue también ministro en dos de los gobiernos de Alfonso XIII. No se dejó monopolizar por él y le compatibilizó con alcaldes y otros políticos. Además fue modelo para pintores y gracias a eso, un retrato de ella encarnando a la Magdalena, salido de los pinceles de Wssell de Guimbarda, adorna ahora las paredes del templo de la patrona de Cartagena, la Virgen de la Caridad, advocación que, a lo largo de la historia, dio nombre a Caridad y a decenas de miles de cartageneras.

También sirvió de modelo para fotógrafos y, una de las fotografías de ella, es la que ven más abajo. Joven y morena, con las formas que gustaban en la época, fue, afortunadamente, capturada para la historia por la cámara de Casaú.

Fue Caridad, a pesar de lo dicho y de todos los pesares, mujer devota y de buen corazón. Su ayuda económica a las familias pobres tejió una leyenda a su alrededor y, por eso, cuando el 25 de julio de 1936 ella y un grupo de prostitutas bajadas del Molinete impidieron que la patrona de la ciudad y otras imágenes fuesen quemadas, Caridad La Negra, para el pueblo, se elevó hasta la categoría de mito.

Es verdad que ellas fueron las que intervinieron decididamente en los primeros momentos aunque luego recibiesen ayuda de los guardias de asalto y los políticos de izquierdas de la ciudad, pero toda esa ayuda, en todo caso posterior, para nada cambió la imagen que el pueblo se había hecho del suceso: La Negra y sus chicas defendiendo a la patrona… ¿imaginan una historia mejor?

Pasaron los años y en 1947, concluida la guerra, Caridad mandó unas rosas negras al templo de La Caridad el día de la festividad de la Patrona.

Y hoy… Hoy sigue llegando al templo de la Caridad (la Patrona) un ramo de rosas negras todos los Viernes de Dolores… y, lo que es más importante, la historia de una mujer buena y valiente sigue pasando de generación en generación en mi ciudad.