Ni cartageneros ni murcianos: egipcios

Ni cartageneros ni murcianos: egipcios

A fin de sacar de su error a quienes aún reclaman un origen murcianocarthaginense del michirón, hoy me he determinado a preparar estas legumbres en la forma más difundida por el mundo, llamada universalmente Ful Medammes.

Los ingredientes a prevenir son:

-Michirones cocidos según el método bíblico de cocción. (O eso o los compras ya cocidos).

-Tomate finamente picado

-Perejil ad libitum

-Limón escurrido con toda la generosidad posible

-Comino en polvo usado sin miedo

-Pimentón dulce de La Ñora (si es de otro sitio sirve igual).

-Sal.

-Aceite de oliva del Huerto de Getsemaní. (Si es de Cafarnaún, de Andújar o de Baena, te saldrá más barato y hasta te sabrá mejor).

El michirón a usar en esta preparación conviene que sea un poco más pequeño de lo normal —aunque ello no tenga demasiada importancia— y es imprescindible que sea cocido siguiendo un escrupulosísimo método, probablemente fijado durante el reinado del rey asirio Senaquerib, abuelo de Asurbanipal, aunque no falten autores que, con poco fundamento, lo atribuyan al bestia de Asurnasirpal. El proceso de cocción tiene la particularidad de que ha de llevarse a cabo necesariamente en ollas de cobre pues otros metales no le dan el sabor exacto al michirón y ha de hacerse lentísimamente. El Antiguo Testamento recoge (y esto no es coña) que estas ollas solían “enterrarse” en las cenizas y brasas del fuego de la noche donde se dejaban hirviendo hasta el día siguiente, de ahí que el plato, en su nombre más común, sea conocido como “Ful Medammes”, un compuesto de la palabra egipcia-copta “Ful” (haba) y la voz semítica “Medammes” (enterrado).

Esta preparación (Full Medammes) es la comida nacional de los egipcios y es a los habitantes de El Cairo lo que el arroz a los de Pekin. Gracias a los michirones y al Full Medammes los egipcios no sólo construyeron un imperio hace 5000 años sino que incluso en la actualidad promueven disputas entre murcianos y cartageneros.

Pero que el Ful Medammes sea popular en Egipto no significa que sea una comida egipcia; su consumo en las riberas del Tigris y el Eúfrates o incluso en Canaán, está acreditado desde la noche de los tiempos.

Hoy me he decidido a prepararme un plato de Ful Medammes y, para ello, he consultado al mejor consejero aúlico que podía tener, mi amigo el sirio Nasán que, además de regentar una tienda de comestibles debajo de mi casa, es hombre que todos los días, incluso en Ramadán, se desayuna un plato de Full Medammes de forma que, como ven, está el hombre sano y rozagante cual si de un Nemrod o un Hammurabbi se tratase.

Por lo demás el método de preparación del plato es sencillo: se calientan levemente los michirones una vez cocidos y se le añaden el resto de los ingredientes en preparación mezclada, no agitada.

Y créanme, están cojonudos.

El enigma de los michirones

El enigma de los michirones

Yo sé que con este post voy a meterme en un lío del que probablemente ya nunca pueda salir, pero creo que es mi deber hacerlo y estoy dispuesto a arrostrar el riesgo que siempre comporta decir lo que uno piensa.

El caso es peliagudo, créanme.

Desde que el ser humano, hará unos diez mil años, abandonó su vida de cazador-recolector y se estableció en ciudades y estados cada vez más grandes, su natural tendencia al altruismo sufrió cambios impensables. Hasta ese momento, un indivíduo cualquiera, era capaz de cooperar con, y hasta de dar la vida por, los miembros de su clan; no en balde compartían con él la mayoría de sus genes y eran, en mayor o menor grado, su familia. Pero, cuando las ciudades crecieron hasta alcanzar decenas de miles de pobladores, ¿cómo entendería la cooperación este animal nómada solo recientemente sedentarizado?

Por increíble que parezca la especie humana solucionó el problema desarrollando una conducta presente en muchas otras especies animales: el altruismo hacia un marcador.

Para quien no sepa qué es eso del «altruismo hacia un marcador» le diré que, algunas especies animales, por ejemplo, usan de feromonas para reconocerse como miembros de un mismo equipo; el ser humano, sin embargo, para conseguir lo mismo recurre a complejos mitos y relatos que acaban encarnados en banderas, escudos, símbolos, textos…

En mi ciudad hemos tenido muchos marcadores de esos: en 1873, por ejemplo, fue la República Federal y eso nos llevó a entrar en guerra contra el mundo; de modo que me entenderán si les digo que, tratar el tema en el que pienso adentrarme tras esta larga introducción, puede suponerme no pocos peligros, porque trata del último marcador que ha seleccionado como seña de identidad el homo carthaginensis: los michirones.

Sí, créanme, en este momento, si usted quiere soliviantar a la grey carthaginesa, le bastará para hacerlo afirmar en público que los michirones «son murcianos». Pruebe usted a hacerlo, por ejemplo, en Facebook y verá cómo el número de interacciones aumenta súbitamente y el recuerdo de su señora madre se dispara exponencialmente.

Recientemente he comprobado con no poca consternación como, algún habitante de la vecina ciudad de Murcia, reclamaba para su patria el ser la cuna y lugar de nacencia de esta preparación culinaria; afirmación inmediatamente contestada por furibundos carthagineses y carthaginesas sin que, por cierto, ni unos ni otros, aportasen dato alguno que justificase sus patrióticas afirmaciones. La carthaginesidad o murcianidad de los michirones quedó reducida en ese debate —y debo decir que en todos los que he presenciado— a puros actos de voluntarismo gastronómico-patriótico.

Creo pues llegado el momento de desvelar el enigma de los michirones y aclarar de una vez para siempre su origen. ¿Cartageneros? ¿Murcianos? A partir de hoy lo sabrán ustedes.

Antes de entrar en harina debo aclarar que tan importante debate, crucial sin duda para el futuro de esta región, no puede zanjarse con afirmaciones sin documentar y es por esto que esta tarde me he decidido a llevar a cabo una investigación científica de altura con apoyo de un meticuloso trabajo de campo. Hoy avanzaré mis conclusiones en este post y ya, dentro de unos meses, daré a la imprenta los varios volúmenes de que consta este concienzudo trabajo científico.

Comencemos sentando mi tesis de partida: tratándose el michirón no más que de un haba seca rehidratada y luego cocinada, no es lógico pensar que sea exclusiva del sureste peninsular, sino que deben poder encontrarse preparaciones semejantes en cualquier ámbito geográfico donde se cultive la «Vicia Faba», que es el nombre científico del vegetal que nos ocupa.

Me he aplicado a la tarea y el resultado ha sido sorprendente: preparaciones similares a los michirones se llevan a cabo por toda la cuenca mediterránea, oriente medio, la India e incluso el lejano oriente. Son un plato habitual en Marruecos o Siria, pero donde han adquirido carta de naturaleza y son el «plato nacional» es en Egipto donde, una de las formas de prepararlos (el «Foul Medammes» —literalmente habas preparadas—) es para ellos una seña de identidad solo comparable al Canal de Suez o a las pirámides de Giza.

Para acreditar mis descubrimientos con la pertinente prueba testifical, he decidido acercarme hasta la tienda de comestibles que hay debajo de mi casa, pues al hombre que la atiende le había detectado yo trazas de ser egipcio, fundamentalmente por mantenerse sistemáticamente de perfil cuando hablaba conmigo y por la peculiar forma de ángulo recto con mano en forma de cazo que adquiría su extremidad superior derecha al cobrar.

Me equivoqué, mi gozo en un pozo, mi amigo el tendero no era egipcio sino sirio y, aunque al principio pensé que su información no me sería de utilidad, luego he comprobado que el hombre era un pozo de ciencia culinaria.

Testigos de nuestra conversación han sido un cliente de color (negro) y un representante de productos alimenticios con trazas ecuatorianas.

No bien le he planteado mis dudas a mi amigo el tendero, casi se parte de risa y ha empezado a sacarme michirones de todas las clases y calibres que se puedan imaginar, mientras me detallaba las mil y una formas de cocinarlos. Cuando le he preguntado por el «Ful Medammes» se ha sonreído y me ha dicho: «Ful Medammes es lo que yo desayuno todos los días.»

Me he quedado estupefacto, he tratado de indagar si este hombre que desayunaba michirones no tendría ancestros cartageneros, pero no, el hombre es natural de Homs (la Emesa griega) y todos sus antepasados fueron sirios desde que Asurbanipal fue elegido por primera vez alcalde pedáneo; por tanto no había duda: la adicción al michirón como tótem no es patrimonio exclusivo del sureste de la península ibérica, sino que está incluso más acendrada en las tierras del Nilo y Mesopotamia, lo que nos lleva a los momentos fundacionales de la civilización.

Estaba yo a punto de buscar el enlace entre los michirones y el poema de Gilgamesh cuando el sirio me ha dado una información que ha confirmado un bereber magrebí que se había unido a la tertulia: el michirón no está bueno si no hierve lentamente en una perola durante toda la noche.

El rito es poner los michirones a hervir antes de acostarse y dejarlos a fuego lento hirviendo hasta que llega la mañana, momento en que su «ternol» (digámoslo en carthaginés) es máximo. El bereber ha añadido a este rito la conveniencia de que la perola en que se hiervan los michirones sea de cobre, pero, en esto, el sirio no ha estado de acuerdo y ha reputado la tal costumbre un producto de la superstición occidental. Yo ni quito ni pongo, como me lo han contado se lo cuento, pero lo del cobre me ha dejado pensando en la profunda sabiduría de estos pueblos, pues, dicho metal, ahora sabemos que tiene propiedades higienizantes y eso ha sido incluso puesto de relieve durante la pandemia que nos asola.

Pero bueno, volvamos a lo que nos ocupa, es decir, al origen de los michirones.

Parece evidente que, en cuanto a su preparación y consumo en forma de legumbre secada y rehidratada, ni murcianos ni cartageneros tenemos nada que hacer: los sirios comen michirones desde que Hammurabbi escribió su famoso código y se han encontrado restos (de michirones, no de Hammurabbi) que así lo atestiguan.

Volvamos a nuestra región ¿Podemos afirmar de alguna manera que los michirones se preparasen en estas tierras en tiempos de Tiberio o de Asdrúbal? porque, de ser así, la partida estaría ganada por los carthagineses o ¿más bien debemos suponer que llegaron con los árabes en cuyo caso nuestros vecinos del norte podrían reclamar su preeminencia?

Pues, a ambas preguntas la respuesta es sí y no.

Sin duda durante el imperio las habas secas se comieron pero, lamentablemete para los carthagineses, se llamarían como mucho «Faba» que es su nombre latino y no michirón. Es verdad que durante el Imperio estas «fabas» podrían guisarse de forma muy parecida a como se hace ahora, pues el consumo de carne de cerdo estaba permitido, pero no es menos cierto que nuestro plato icónico carecería del nombre que le da fama, cuanto más que, con cerdo, podrían guisarse las fabas no solo aquí sino en todos los confines del mundo conocido, desde el Miño al Eúfrates. Harán bien los carthagineses en recordar en este punto el pasaje del evangelio apócrifo del Pseudo-Lucas cuando afirma «Ubique coxit faba» cuya traducción, por conocida, me ahorraré.

¿Pudieron llegar entonces los michirones con los árabes?

Sin ninguna duda.

Los magníficos estudios del lexicógrafo inglés Robert Pocklington ponen de manifiesto que la palabra «michirón» proviene del vocablo árabe «misrun», cuyo significado es, literalmente, “pequeños egipcios”.

¡Ah la etimología! ¡Ciencia poco valorada pero incomparablemente útil para entender una realidad que sólo podemos explicar con palabras!

Sin duda estos «pequeños egipcios» les habrán hecho recordar lo que les he contado más arriba del «Ful Medammes», plato nacional egipcio. De la misma forma que los sevillanos comen ahora «Soldaditos de Pavía» aquellos árabes que llegaron a España se refocilaron con estos «Pequeños Egipcios» (misrun) que, por fuerza, habían de consumir sin su aditamento cárnico actual de tocinos, chorizos y jamones pues, como es bien sabido, al profeta no le gustaban ni los andares del, con perdón, cochino.

¿Cuándo llegaron a juntarse la carne del puerco con los, ya sí, michirones?

Pues, obviamente, nunca antes de la Reconquista de Murcia y Cartagena aunque, ciertamente, ni siquiera entonces podríamos dar por cerrado el asunto porque ¿reputaremos michirones legítimos un guiso que no tenga ese puntito picante que da la guindilla y que lleva a tentar el porrón con más frecuencia de la que sería menester?

No, no hay michirones legítimos sino hasta después del descubrimiento de América, pues no fue hasta la llegada de esa genial invención mexica que es el chile, que los michirones se convirtieron en lo que hoy son.

Y ahora díganme: ¿quién inventó los michirones? ¿los sumerios que desecaron las habas desde el nacimiento de la civilización? ¿los egipcios que hicieron de ellos su plato nacional durante casi cuatro mil años? ¿los árabes que trajeron a España a esos «misrún» (pequeños egipcios) que comieron con deleite? ¿los cristianos que le añadieron el cerdo? ¿los mexicas que les dieron el picante necesario para hacer de ellos un pecado mortal?

Como casi todas las cosas, los michirones, no son de ninguna parte y son de todas partes un poco; pero, esto, estoy seguro que no habrá de hacer cambiar de idea ni a tirios ni a troyanos, como la Ley de la Evolución no ha persuadido a los creacionistas de que el mundo no se hizo en seis días o como mil guerras no han convencido a los patriotas de que, independientemente del color de las banderas, todas las sangres son rojas.

Mañana, usted, puede preguntar de nuevo de dónde son los michirones o quien los inventó y siempre habrá quien le responda: ¡De Murcia! o ¡De Cartagena! sin importar cuántos datos pueda usted aportarle.

Porque el verdadero enigma de los michirones no es su origen, el verdadero enigma de los michirones es tratar de comprender cómo el ser humano puede hacer de un trozo de tela teñida, de una madera tallada o incluso de un haba seca, un motivo para creerse distinto y aún porfiar por ello.

Carrus navalis: carnavalis

Carrus navalis: carnavalis

Los fenómenos culturales simples ni son fenómenos ni tienen recorrido. Es por eso que nadie sabe dónde nació Homero —ya se cuidó él de no revelarlo— ni cual era el pueblo de Don Quijote —de esto se encargó Don Miguel en el fragmento más recordado de la lengua castellana—, para que así disputaran por ser su cuna un sinnúmero de pueblos griegos y manchegos y ni siquiera ese datos fuese simple sino controvertido. Es por esa complejidad de significados y antecedentes por los que, el carnaval y la pascua, son períodos de tanta profundidad antropológica.

Hoy es 5 de marzo. ¿Y qué? (se preguntará usted) pues nada… Le responderé yo… O mucho, que todo es según se mire.

Como hoy es 5 de marzo me he acercado a visitar el templo de la «señá» Isis, una vecina de mi barrio que comparte vecindario con una virgen judía a la que le mataron al Hijo (nuestra señora de La Caridad) y otra diosa siria que, enamorada de un pastor, acabó haciendo una barbaridad y tratando de suicidarse por la cosa de los remordimientos. La pobre Atargatis, a diferencia de sus vecinas Isis o Miriam, acabó siendo mitad mujer y mitad pez y regalando a la compañía Disney un icono para que esta se forrase.

Como les digo, hoy, 5 de marzo, antes de irme a dormir la siesta, me he pasado por «an ca la señá Isis» y le he tomado una foto a las ruinas de su casa y, mientras reposaba un poco el potaje de cuaresma que me he apretado, me he ido acordando de aquellos viejos buenos tiempos en que la diosa que llevaba al niño en brazos era la que vivía en esta casa y no cien metros más al este.

Ocurre que los devotos de Isis, como los de María, en estas fechas en que se produce el equinoccio de primavera, celebraban y aún celebran fiestas de mucho fundamento. Los seguidores de María, la que vive en La Serreta, celebran el primer fin semana tras la primera luna llena de la primavera que su Hijo resucitó.

También los devotos de la Reina del Cielo (Isis) celebraban la primera luna llena tras el equinoccio de primavera y, en honor de la diosa que vive en Balcones Azules, sacaban en procesión, entre otras cosas, una barca, porque Isis fue estrella de los mares y protectora de los marineros y… Y bueno que la «Isidis Navigium» era muy celebrada aunque no sé si habría llamada y pasacalles de los granaderos californios y marrajos.

Antes de la fiesta del «carrum navalis» había un período de vida licenciosa (carnavalis) que, oiga, era justamente lo mismito que ahora.

No sé, entre la stella maris, el niño en brazos, el carrum navalis y las procesiones creo estoy empezando a perder un poco el oremus, pero bueno, como les decía hoy es 5 de marzo y, en muchos lugares, en rsta fecha, se celebraba el Viernes de Dolores… Quiero decir la «Isidis Navigium»… O ¡yo qué sé!. Las vecinas de mi barrio son demasiado profundas para mí.

El menú del paraíso

El menú del paraíso

Esta mañana he acudido a comer a mi bar de cabecera. Cuando he llegado el camarero pregonaba el género:

—De menú tengo ensalada, crema de verduras, potaje…

—Oiga camarero (ha interrumpido un parroquiano) ¿Está bueno ese potaje?

—Es lo que comen los domingos en el cielo, caballero…

Naturalmente he pedido potaje.

El frente abaluartado de Cartagena

El frente abaluartado de Cartagena

Observo con envidia cómo ciudades como Puerto Rico, La Habana o Cartagena de Indias hacen de sus fortificaciones un reclamo turístico de primera magnitud y me apena que, poseyendo nuestra ciudad un valiosísimo patrimonio de la misma naturaleza, se muestre incapaz de aprovecharlo. Quizá los cartageneros lo encontremos tan natural que no nos llama la atención o, quizá y esto sería lo peor, los políticos que nos han gobernado han visto en él un residuo militar que convenía disimular en aras a la corrección política. Las razones no las conozco lo que sí sé es que la falta de respeto de nuestras autoridades hacia nuestro patrimonio militar e histórico (véase la ilegal “restauración” de la Muralla del Mar entre los baluartes 20-19) ha sido tanta que me cuesta creer que responda al Principio de Hanlon.

Los seres humanos tratan de conocer aquello que aman y por eso, cuando veo tanto desconocimiento en quienes nos gobiernan y han gobernado, dudo de que, verdaderamente, sientan por esta ciudad el afecto que van gritando de mitin en mitin que le tienen. El afecto por esta ciudad no se acredita diciendo ser más cartagenero que nadie o hartándose a michirones o asiáticos, el afecto de verdad se demuestra de formas menos ramplonas y más complicadas que gritándolo en los mitines o haciendo tremolar banderas.

Voy a dejarlo, porque descarrilo; de lo que yo venía a hablarles hoy no era de la hipocresía de nuestros políticos sino de cómo funciona un frente abaluartado pues nuestra ciudad está repleta de ellos y me gusta, cada cierto tiempo, revisar su estado de conservación.

El otro día, paseando por los baluartes 19-20-21 de nuestra muralla (lo que los cartageneros conocen como «La Muralla del Mar») me preguntaba cómo es posible que un trozo de arquitectura tan emblemático y representativo de nuestra ciudad no se estudie ni se comprenda mejor por todos, de forma que me puse a pensar sobre cómo podría yo explicar la razón de ser y funcionamiento de esa muralla hasta que, paseando por la cortina que une los baluartes 21 y 22 (La Cuesta del Batel), me fijé en el mal llamado “Castillo de los Moros” y pensé que su frente podría ser un muy buen ejemplo para explicarlo. Vamos s ello.

En primer lugar he de aclarar que el “Castillo de los Moros” ni es “Castillo” ni lo hicieron “los Moros”; no sé quién se inventaría el nombre pero quien lo hiciera no dio ni una.

Esta obra coronada, fue proyectada por el ingeniero Juan Martín Cermeño y ejecutada por el oscuro croata Mateo Vodopich entre los años 1773 y 1778. En 1923 dejó de tener uso militar pasando a ser propiedad del Ayuntamiento de Cartagena el 24 de septiembre de 1929, momento a partir del cual quedó absolutamente abandonado y sin mantenimiento, situación lamentable en la que se encuentra en la actualidad.

Fue construido sobre el cerro de los Moros pues esta elevación cercana a la ciudad se reveló como clave en la toma de Cartagena durante la Guerra de Sucesión al instalar sobre ella su artillería las tropas borbónicas que asediaban una Cartagena austracista en aquel momento. Esta fortificación, construida para defender tan estratégica posición, creo que nos servirá para entender el funcionamiento de un frente abaluartado. En primer lugar veamos una imagen de conjunto del “Castillo de los Moros”.

Como es fácil observar esta fortificación se encuentra fuera del perímetro defensivo de la ciudad orientando su lado oeste (lado izquierdo de la fotografía) a la ciudad y el opuesto —este— hacia el exterior y teórico lugar de llegada del enemigo.

Si observamos el mismo lugar en visión cenital podremos apreciar algunas interesantes características adicionales.

Como puede observarse el lado este (arriba en la imagen) presenta una definida traza poligonal de la que carece el lado oeste (el que se ve desde la ciudad) y esto es una característica típica de este tipo de obras aisladas del perímetro defensivo de la ciudad: se construían de forma que fueran sólidas y tenaces en el lado en que se había de hacer resistencia al enemigo pero, en su lado opuesto, eran débiles y fácilmente bombardeables para que, si caían en manos del enemigo, este no pudiese utilizarlas contra la propia ciudad. Es por eso que, para entender cómo funcionaba un frente abaluartado estudiaremos el lado este del Castillo de los Moros pero, antes, vamos a ver lo que es un baluarte y, para ello, nada mejor que un dibujo.

Como pueden observar esta peculiar construcción se encuentra en el centro del lado este del Castillo de los Moros y constituye lo que denominamos «baluarte».
El baluarte o bastión es un reducto fortificado que se proyecta hacia el exterior del cuerpo principal de una fortaleza y suele tener forma pentagonal recibiendo cada sector del polígono que lo delimita los nombres de gola, flanco y cara según se puede apreciar en el dibujo anterior. Su función no se entiende si no es puesto en relación con el resto de la fortificación de que forma parte y para ello nada mejor que observar las funciones que cumple este baluarte en conjunto con el resto de elementos del frente abaluartado del Castillo de los Moros.

La función del baluarte, como se ve en la imagen, es dar soporte al fuego de flanqueo que protege el frente. Desde sus flancos puede hacerse fuego eficazmente (véanse ubicaciones marcadas en rojo) contra cualquier punto de la muralla, sin que queden ángulos muertos que puedan ser aprovechados por el enemigo. Todos los ángulos del frente abaluartado están diseñados para batir desde sus flancos con fuego de enfilada al enemigo.

El frente abaluartado, además, facilita la defensa y vigilancia económica de los diversos sectores de la fortificación pues basta con colocar vigilantes en el punto más exterior del baluarte para tener vigilada perfectamente toda la muralla y, por eso, es el lugar donde se colocaban las garitas.

Dado que es el fuego cruzado de los flancos de dos baluartes los que dotan de fuerza defensiva al conjunto, el frente abaluartado se dividía en sectores (se han marcado en amarillo y azul) bajo un mando responsable del sector, de los dos semibaluartes y la cortina de muralla que protegen.

La distancia a la que se habían de colocar los baluartes dependía del alcance de las armas de fuego de la época y, por eso, si observamos una vidión cenital del los baluartes 21 y 22 de la muralla de Cartagena Cuesta del Batel) podremos sacar curiosas conclusiones.


Desde el flanco norte del Baluarte 21 (Hospital Militar) hasta el flanco sur del Baluarte 22 (bajo el Caballero de San José) hay una distancia de 200 metros que se tornan en 260 si medimos desde el mismo lugar hasta la garita del Baluarte 22. Estas distancias ya nos dan un dato y es que el fuego de flanqueo estaba encomendado principalmente a la artillería ya que, por ejemplo, un fusil Baker (una pieza ya del siglo XIX) apenas si tenía un alcance efectivo de 180 metros. Dado que el flanco norte debía proteger con sus fuegos objetivos situados a 260 metros es lógico suponer que en los flancos de los baluartes se emplazaban piezas de artillería.

La fotografía siguiente nos permite ver la imagen que un defensor de Cartagena tendría desde el estratégico flanco norte del baluarte 21 si eliminásemos los árboles que nunca estarían permitidos en estos lugares. A su frente el flanco sur de Baluarte 22 (a 200 metros) y su garita (a 260 metros).

El Cuartel de Antiguones, situado justo encima de la Cortina 21-22, nos ilustra bien la evolución de los sistemas arquitectónicos defensivos pues este edificio presenta dos salientes que son óptimos para el fuego de flanqueo de fusilería y que hacen las funciones de «caponeras».

Ejemplos perfectos de estas “caponeras” los encontraremos en Cartagena en el foso del Castillo de San Julián y en el vértice del Fuerte Fajardo.

Así las cosas, para poder asaltar un trozo de muralla, era preciso, primero, batir los flancos de los baluartes hasta apagar sus fuegos y sólo, cuando ya no hubiese peligro de recibir fuego de flanqueo, iniciar el asalto a la muralla. Para batir los flancos de los baluartes del sector elegido para el asalto era fundamental disponer de artillería de sitio con la que bombardearlos, lo cual era contrarrestado por el bando defensor emplazando piezas de artillería en lugares elevados (caballeros) desde los que hacer eficaz fuego de contrabatería.

Justo tras la Cortina que une los Baluartes 21 y 22 tenemos un ejemplo de esos “caballeros”, el conocido en Cartagena como “Cerro de San José”, el cual puede observarse también en la fotografía de conjunto anterior.

Todo este complejo sistema de fuegos y ángulos se complementaba con un no menos dispositivo defensivo si lo contemplamos en sección. Veámoslo.


En la zona de los baluartes 19-20-21 de Cartagena no hay foso (no hay que olvidar que el mar batía la muralla) pero sí podemos observarlo en muchos otros puntos de la ciudad (interesantísimo el del Castillo de San Julián) y el objeto de este elemento no era otro que permitir hacer fuego de enfilada contra el enemigo que se aproximaba. Observen los ángulos, pendientes y línea de fuego en el croquis aanterior y entenderán lo que les digo.

Una pequeña nota más, el “cordón” de la muralla no solo tenía funciones defensivas relacionadas con las proyecciones de metralla relacionadas con los impactos de los proyectiles en las murallas, sino que también tenía una función jurídica: se consideraba espacio “intramuros” todo lugar que se hallase dentro del perímetro delimitado por el cordón de la muralla.

En fin, que me gustaría seguir contándoles cosas, pero ocurre que se me han hecho las tres de la tarde y aún no he puesto la olla… Así que vamos a dejar en este punto las murallas y fortificaciones de Cartagena y ya volveremos sobre ellas otro día. Espero que a nadie se le ocurra entretanto cargarse algún trozo.

Camino de Cala Cortina

Camino de Cala Cortina

Mi casa está a unos tres kilómetros de la única playa de Cartagena a la que se puede acceder andando y, esta mañana, en honor a la cena de ayer y en previsión del cocido de pava con pelotas que habré de embaularme hoy, por aquello de respetar las tradiciones, he decidido pasear hasta ella. No soy de andar por andar pero he pensado que, quizá, durante el paseo podría reflexionar sobre nuevas acciones que emprender con los compañeros y compañeras de la #RED.

Imposible, cuando ando este camino no puedo pensar en otra cosa que en mi ciudad y en los hombres y mujeres que la habitaron. En cuanto subo el pequeño repecho que conduce a las baterías de costa de San Isidoro y Santa Florentina un torbellino de barcos fenicios, griegos, carthagineses y romanos se me aparecen navegando por la bocana. Por ese estrecho se colaron las galeras de Cayo Lelio durante el asalto romano a Cartagena, por ahí entraron los dromones bizantinos de Patricio Liberio para defender a Spania de los bárbaros visigodos; por ahí también entraron las naves musulmanas en la conquista de Spania…

(Sí, ya sé que usted cree que los musulmanes invadieron la península por el Estrecho de Gibraltar y que fue Tarik y bla, bla, bla… Siga usted creyéndolo por ahora, otro día le contaré la sorprendente verdad).

Por ese lugar salieron las galeras de Álvaro de Bazán para defender a la cristiandad del turco y por ahí marchó Cervera con su escuadra a combatir en Santiago y a hundirse allí junto con los últimos restos del imperio.

Entornando los ojos veo entrar por allí al Libertad después de lo del Cabo Cherchel y por ahí veo regresar victoriosos a los destructores de Cartagena tras hundir al Baleares frente al Cabo de Palos en un combate que marcó el fin de una determinada concepción de la guerra naval. Allí veo también la terrible matanza del vapor Castillo de Olite e imagino al vapor virando en redondo buscando la protección de la Isla de Escombreras tras el primer disparo de aviso efectuado desde la Batería de San Isidoro y veo, luego, los mortales cañonazos efectuados desde la lejana batería de La Parajola y que mandaron a pique al viejo mercante junto con los 2112 soldados que transportaba para desembarcar en Cartagena a viva fuerza en las postrimerías de la Guerra Civil. Esa operación de desembarco en Cartagena fue un auténtico desastre de planificación del bando franquista y, por ello, la historiografía del régimen la mantuvo en un prudente silencio, aunque en Cartagena todos conocíamos la historia del desgraciado vapor.

Desde ese lugar recuerdo haber visto de niño entrar en puerto al submarino de mi padrino, el S-32 Isaac Peral, con la tripulación en cubierta cubriendo candeleros y los remolcadores rindiendo honores lanzando al aire chorros de agua con sus cañones anti-incendios. Y puestos a recordar recuerdo también vívidamente una mañana en que, saliendo al curricán con mi padre, la batería de Santa Ana Acasamatada comenzó a hacer fuego inesperadamente mientras un buque escuela turco le respondía haciendo salvas desde cubierta. La batería rendía honores al buque escuela y este devolvía los honores a la batería, un juego diplomático, pero para mi mente infantil era lo más parecido a una batalla naval que nunca había tenido ocasión de contemplar.

Este lugar, sí, cada vez que paso por aquí, me trae a la memoria todas esas historias de marinos valientes que me contaron mi padre y mi abuelo; sin embargo, hoy, la mente se me ha ido a Cervantes.

Tras la batalla de Lepanto (Nafpaktos, Grecia) Cervantes había navegado por todo el Mediterráneo Occidental y había visitados lugares tan bellos y famosos como Génova o Nápoles; sin embargo, el 26 de septiembre de 1575, cuando Don Miguel regresaba a España y su galera —la Sol— se hallaba a la altura de Palamós, esta fue capturada por una flotilla turca que operaba en las inmediaciones.

Cervantes fue llevado cautivo a Argel y allí pasó cinco años esclavizado hasta que volvió a España.

Se dice que de aquella época datan los versos que el genio de Alcalá de Henares escribió sobre este puerto

“… a quien los de Carthago dieron nombre,
cerrado a todos vientos y encubierto,
a cuyo claro y singular renombre
se postran cuantos puertos el mar baña,
descubre el sol y ha navegado el hombre.”

Así que, mientras andaba camino de La Cortina, he tomado las fotos que ven de ese puerto ante el que, decía Cervantes, “se postran cuantos puertos el mar baña, descubre el sol y ha navegado el hombre”.

Y no he pensado en nada más, salvo en que, en un par de horas, habré de zamparme un contundente cocido con pelotas y que, de esta navidad, si no salgo con tres kilos de más va a faltar poco.

Los villancicos de Cartagena y Murcia y el Polo Venezolano

Los villancicos de Cartagena y Murcia y el Polo Venezolano

Si yo les contase a ustedes que «Guárdame las vacas» es una de las composiciones musicales más trascendentales en la historia de la música probablemente ustedes, con mucha razón, me dirán que estoy exagerando, que nadie o muy poca gente conoce esa canción y quizá tengan razón… O no.

La música, como cualquier sustancia hecha principalmente de información, muta como el ADN y siguiendo patrones muy similares a los de este. Créanme. Mientras no falte la energía la información mutará hasta alcanzar la forma que le proporcione el máximo éxito replicativo y esto pasa también con la música; una determinada pieza musical original irá mutando de forma que consiga éxito replicativo pues, de no hacerlo, caerá en el olvido, que es la muerte informacional. Otro día les explico todo esto en detalle, de momento créanme y tratemos de ver un ejemplo de esto que acabo de decirles, un ejemplo que nos llevará de España a Venezuela y que unirá los villancicos de la Región de Murcia con el Polo Margariteño venezolano y que nos ilustrará sobre los aspectos evolutivos de la información de que antes les he hablado.

Ahora empecemos por el principio y el principio es un romance «Guárdame las Vacas» cuyos primeros versos decían

«Guárdame las vacas,
Carrillejo, y besarte he;
si no, bésame tú a mí,
que yo te las guardaré.»

La historia de esta pastora procaz que moría por un beso de su amado Carrillejo debió ser muy popular en el siglo XVI porque fue musicada con arreglo a los cánones de la llamada «Romanesca» por muchos y variados autores.

La Romanesca era una fórmula melódico-armónica usada como una especie de aria para cantar poesía y como una base sobre la que trabajar variaciones instrumentales. La Romanesca fue usada por vihuelistas españoles como Luís de Narváez, Alonso Mudarra, Enríquez de Valderrábano y Diego Pisador.

La Romanesca se origina en España con el ya mencionado romance «Guárdame las Vacas» que, en versión del vihuelista Luís de Narváez se cantaba así:

Tan famosa fue la cancioncilla que se embarcó en la flota de indias y acabó tocando tierra en Venezuela donde el aristocrático punteo fue sustituido por el más plebeyo rasgueo al tiempo que se le fue incorporando percusión y la Romanesca «Guárdame las Vacas» fue evolucionando hasta dar lugar al actual Polo Margariteño, música extremadamente popular en Venezuela y que, si quieren saber cómo suena y cómo evolucionó desde el originario «Guárdame las Vacas», pueden disfrutarlo aquí.

La progresión armónica de «Guárdame las Vacas» la habrán escuchado ustedes y les sonará a antigua música de sabor céltico y no se lo discutiré, pues, la popular «Greensleeves», comparte todos los elementos de la españolísima Romanesca.

Demos un paso más; de las “diferencias” creadas sobre «Guárdame las Vacas», las de Alonso Mudarra se hicieron particularmente populares y, si algún auroro, cuadrillero, Parrandbolero o simplemente habitante de Cartagena o Murcia las oye, pronto captará algo muy conocido en ellas. Escuchen un ratito la forma en que sonaban las «diferencias» de Alonso Mudarra sobre «Guárdame las Vacas».

A poco que hayan oído villancicos de Murcia, Cartagena o de la parte de La Azohía, sin duda percibirán que los mismos no son sino variaciones de la Romanesca «Guárdame las Vacas», la misma de «Greensleeves» o la misma que fue madre del Polo Margariteño. Sí, los villancicos de Cartagena y Murcia son hermanos del venezolano Polo Margariteño, ya ven ustedes como las canciones, como el ADN, saben dispersarse por el mundo.

Había olvidado todo esto hasta que hace unos días, tratando de explicar a unos amigos de Córdoba cómo se cantaban los Villancicos en Cartagena (ayer fue la Romería de El Cañar), les mandé unos villancicos entre cartageneros, murcianos y caribeños de los Parrandboleros hechos —cómo no— sobre la base de la Romanesca «Guárdame las Vacas» y con “diferencias” (que diría Narváez) al final de los mismos hacia el mismísimo caribe.

La historia de cinco siglos de música se encierra en estos villancicos cartagenero-murciano-venezolano-caribeños de los Parrandboleros. Disfrútenlos y Feliz Navidad a todos.

Diálogo social

Diálogo social

El objeto de forma circular y color amarillo-verdoso que se ve en el ángulo superior izquierdo de la imagen se llama limón y es un periférico que suele acompañar a la unidad central del sistema, visible abajo a la derecha, llamada «arroz» y a la que tal adminículo suele ofrecer funcionalidades nada despreciables.

Comer arroz en Cartagena no es cosa para tomársela a broma pues, dependiendo de los componentes, periféricos e interfaces del mismo, uno puede ser acusado de «murciano», cargo este del que, cualquier nacido en esta ciudad, se ve impelido a defenderse con vehemencia.

Los guardianes de la cartageneridad —un sanedrín cuyo evangelio les impone seguir una estricta dieta compuesta exclusivamente de caldero, michirones y asiáticos— por ejemplo, a la vista del limón, se apresurarán a cubrir su cabeza de cenizas y a proclamar la herejía de tal costumbre a la que ellos, antes de mirar ninguna postal de Valencia, calificarán despectivamente de «murciana».

Acostumbrado al neocartagenerismo reinante, hoy, cuando el camarero me ha traído la ración de arroz sin limón acompañante, he llamado su atención y le he dicho en lengua vernácula: «ponme un trocico de limón, pijo», cosa que el joven ha hecho al instante.

Esta casa de comidas en la que como hoy es un negocio pequeño pero bien administrado y ofrece no pocas atracciones al comensal.

El camarero jefe es hombre de firmes convicciones izquierdistas y furibundo seguidor de Barcelona, al tiempo que su jefe es hombre declaradamente madridista y con toda la pinta de votar a Vox. Con estas alineaciones el diálogo social en el restaurante está servido y este democrático detalle ameniza mucho las comidas.

Conocí al dueño de esta quer del jalar chipén una noche que, volviendo a casa, vi a un cura de sotana, cubo de agua e hisopo, largando una arenga a los camareros del bar. El cura, un tipo preconciliar, parecía saber de lo que hablaba y arreaba duro:

«Ser un comerciante no es ganar dinero a todo trance. Vamos a ser buenos cristianos, a no engañar en los precios y vamos a dar buen género, que os conozco bien…»

Viendo como repartía estopa el arcipreste me acerqué al dueño y le dije:

—Tira con posta el “páter” ¿Cómo te has buscado a este cura para bendecir el local?

A lo que me respondió

—Es que este c.b.r.n es mi hermano y él es así. Y se empeñó en venir a la inauguración.

Cuando me fui el cura metió el hisopo en el cubo y aspergió agua bendita sobre los presentes del mismo modo en que un sargento de la wehrmacht arrojaría granadas de mano sobre un pelotón de rusos.

Ahora, pasados los años, me gusta venir a comer de vez en cuando por aquí; y, así, hoy, por diez euros, me he zampado un zarangollo cojonudo, me he comido el arroz que ven en la foto y no he tomado postre porque para mí la fruta es sagrada en ese trance y los dulces y pasteles me parecen costumbres bárbaras.

Ahora, tras la comida, veinte minutos de sueñecito, y a trabajar, que el 29 tengo congreso y hay que dejar hecho el trabajo.

Caridad

Vivo en una ciudad que esconde historias en cada rincón, muchas te pasan desapercibidas años hasta que, una noche, caes en la cuenta o alguien te saca de tu ignorancia.

Fue al principio de la guerra civil que se produjo el asalto de iglesias y la quema de imágenes. Muchas imágenes se perdieron —casi todas las de Salzillo— y, las que se salvaron, casi todas encierran una interesante historia. Una de las historias más curiosas y más llena de mitos fue la de cómo se salvó la imagen de la patrona de la ciudad: La Virgen de la Caridad.

La versión más difundida de los hechos cuenta que una madame de burdel (Caridad «La Negra») y sus muchachas se opusieron al asalto armadas con cuchillos y tijeras y que, con la ayuda posterior de algunas autoridades, hicieron desistir a los asaltantes. La historia es parcialmente cierta pues parece que Caridad La Negra nunca estuvo allí.

La iglesia de La Patrona colindaba con el barrio tolerante de la ciudad en 1936 y es verdad que, cuando la iglesia fue asaltada, un grupo de prostitutas se encerró en el templo dispuestas a hacer resistencia. Lo que normalmente no se cuenta es que por allí apareció un concejal socialista que, al frente de las mujeres, hizo retroceder a los asaltantes. Una escena se repite en casi todas las versiones de la historia: los asaltantes se acercan hasta los escalones de acceso al altar donde están el concejal socialista y las mujeres y se oye una frase desde el grupo defensor: «si vais a subir esos escalones más vale que lo hagáis con las pistolas empuñadas». Los asaltantes, fuese por la razón que fuese, no se atrevieron a subir los escalones y la imagen de la patrona se salvó.

Tres años después Cartagena era la última ciudad en capitular frente al ejército de Franco y el concejal socialista de nuestra historia aún estaba en la ciudad. Todos sabían que era «rojo» y se daba por seguro que sería represaliado, pero la historia ocurrida tres años antes disuadió a los ocupantes de hacerlo. Este concejal se dedicaba a las artes gráficas y tenía una imprenta —hoy cerrada— en la Glorieta de San Francisco en la que trabajó durante toda la dictadura.

La otra noche pasé por las ruinas de lo que fue su imprenta y alguien me señaló el nombre de la misma. Y me dejó pensando un buen rato.

El chino y las sardinas

Las veo y no puedo evitarlo: me acuerdo del «Bar Derbi» en «Las 600».

Quizá usted no sepa cuál es la forma canónica de comerse estas sardinas o arenques que en la fotografía, pero, aunque le parezca disparatado, esta no es otra que prensarlas con una puerta contra la jamba de la misma (use el lado donde están las bisagras) y tras esto proceda a comerla como mejor dios le dé a entender.

Lo de prensar las sardinas usando una puerta no es costumbre cartagenera en exclusiva, en la Comunidad Valenciana y Cataluña también se estila; donde parece no estilarse es en Japón.

Les digo esto porque, serían los años 70, cuando en el Bar Derbi de «Las 600» —un lugar donde sólo parecía servirse cerveza— apareció un japonés que había venido a España a estudiar guitarra flamenca. El japonés vio que aquel día en el «Derbi» —milagrosamente— habían sardinas de bota y se pidió una… y ese fue su error.

Fue su error porque en Japón se comerá mucho sushi y mucho sashimi, pero no se comen sardinas de bota y por eso su civilización aún no ha descubierto que, para comerte la sardina, has de prensarla litúrgicamente con una puerta o ventana batiente con carácter previo a su ingesta.

La parroquia del bar Derbi, cuando vio al japonés atacar directamente la sardina sin prensarla previamente con la puerta, cayó presa de justa indignación.

—¡Atiende el «chino» cómo se está comiendo la sardina!
(Ni que decir tiene que, a esas alturas, la parroquia no estaba para sutilezas ni distingos entre japoneses, coreanos, vietnamitas ni chinos)
—¡Joer con el «chino» del pijo!
—¡Pero si se va a dejar lo mejor!
—¡Este «chino» es tonto!

Los parroquianos pronto encimaron al japonés transmutado en chino por acuerdo popular unánime y comenzaron a explicarle, por señas, cómo había de comerse la sardina.

El chino les miraba con toda la apertura que permitían sus ojos orientales y observaba estupefacto como los almogávares aquellos llevaban la sardina a la puerta y, colocándola en el lado de los goznes, le daban un solvente apretón.

El griterío fue enorme y la sardinas pronto se agotaron en el Derbi con toda la cáfila aquella de aborígenes dándole a la puerta y enseñando al «chino» a comer sardinas.

Yo era un zagal y observaba todo esto mientras esperaba a que me cortasen el pelo en una barbería de la misma plaza. Aún hoy pienso si el japonés («el chino») cuando vaya a comer sardinas en su país no mirará a su alrededor para asegurarse de que no hay cerca ningún tarugo con cara de español. O quizá sea el único japonés que, en lugar de usar palillos, se come el pescado prensándolo con una puerta. Quién sabe…