Mandarache

Mandarache

Cuando llevaron a Cervantes a Italia el hombre quedó admirado de las cosas que allí vio, tanto que sus obras de esa época se convirtieron en una especie de guía turística de aquella península. Así, en «El licenciado Vidriera», nos cuenta:

«Llegaron a la hermosa y bellísima ciudad de Génova; y, desembarcándose en su recogido mandrache, después de haber visitado una iglesia, dio el capitán con todas sus camaradas en una hostería, donde pusieron en olvido todas las borrascas pasadas con el presente gaudeamus.»

Siempre me ha llamado la atención la referencia del autor de El Quijote al «Mandrache» genovés, sobre todo porque en mi ciudad hay otro Mandrache, si bien, algo más largo de nombre y con rango —un tanto pretencioso— de mar: el «Mar de Mandarache».

Hoy, mientras paseaba junto a María del Mar por los fondeaderos que rodean nuestro «Mar de Mandarache» he pensado que en la vida de Don Miguel los «mandaraches» fueron importantes, no sólo por el que visitó en Génova sino porque, una vez liberado de su esclavitud en Argel, acabó fondeando en otro Mandarache, el de Cartagena y, tanto debió gustarle, que escribió aquellos famosos versos del «Viaje al Parnaso» dedicados a nuestro puerto que, no por conocidos, me resisto a transcribir aquí. Dejemos otra vez la pluma a Don Miguel:

«Con esto, poco a poco, llegué al puerto
a quien los de Cartago dieron nombre,
cerrado a todos vientos y encubierto
y a cuyo claro y singular renombre
se postran cuantos puertos el mar baña,
descubre el sol y ha navegado el hombre.»

La luna, el agua y la Región de Murcia

La luna, el agua y la Región de Murcia

Leo que han detectado agua en la luna y no puedo evitar sentimientos encontrados. Me alegro, mucho, sí, soy un trastornado de la carrera espacial y es este un viejo sueño largamente acariciado pero, según me alegro, miro a mi alrededor y me invade la melancolía.

Vivo en un región sedienta de agua, vivo en una región donde Portmán y el Mar Menor nos gritan a la cara todos los días que somos unos inútiles. Somos capaces de alegrarnos de que el ser humano encuentre agua en la luna pero no somos capaces de movilizar a los muchos y buenos científicos que tenemos para, no sólo remediar, sino establecer procedimientos de recuperación del procomún en casos como los dichos de Portmán y el Mar Menor.

En la Región de Murcia la hemos cagado bien cagada, pero, con todo y con eso, la mayor cagada la estamos cometiendo en este momento, demostrando que somos incapaces de movilizar todos nuestros recursos para dar una esperanza al mundo en este tiempo de cambio climático y tragedia del procomún.

Tenemos una causa digna del esfuerzo de la humanidad en su conjunto y en el Paseo de Alfonso XIII son incapaces de liberarse de sus sietemesinas vendas políticas y pensar en grande, como seres humanos parte de una humanidad en peligro.

Sí, me alegra leer que han descubierto agua en la luna, pero, al mismo tiempo, me entristece saber que en el Paseo de Alfonso XIII esos hombres y mujeres a los que los partidos nos dicen que votemos son incapaces de encontrar la forma de ponerse de acuerdo.

Quizá sea ya tiempo de hacer algo.

Cartagena y Spinoza

Cartagena y Spinoza

Fue el filósofo holandés de origen sefardí hispano-portugués Baruch Spinoza quien afirmó que «cada cosa se esfuerza, cuanto está a su alcance, por perseverar en su ser». Esta idea viene a decir que cada realidad, desde un grano de arena o un planeta —en incluso las ciudades— tienen dentro de sí cierto ímpetu, cierto dinamismo que les lleva a existir y a perseverar en ese estado.

Sólo desde un punto de vista «Spinoziano» puede entenderse que una población como La Unión, con escasos veinte mil habitantes, sea todos los años noticia cultural en los telediarios nacionales gracias a su Festival Internacional del Cante de Las Minas. La Unión, perseverando en su esencia, en lo que saben hacer y en lo que les es propio, consigue año a año una visibilidad cultural que Murcia, con sus cuatrocientos mil habitantes no logra. Es algo admirable esto.

Murcia o Cartagena tienen la costumbre de no seguir la máxima de Spinoza de perseverar en sus esencias y por eso Murcia ha destruido lamentablemete su huerta —que era una maravilla del mundo y probablemente un patrimonio de la humanidad avant la lettre— y Cartagena deja languidecer su patrimonio histórico en favor de acciones culturales y ciudadanas de corte foráneo.

Miren, ciudadanos de Murcia y Cartagena, por más que nos empeñemos en invertir millones en palacios de congresos, auditorios o estadios, nunca sobresaldremos por eso, siempre habrá en el mundo al menos unas cuantas decenas de construcciones similares y seguramente mucho mejores. Lo que no hay en ningún lugar del Mediterráneo, por ejemplo, es una plaza de toros construida sobre un anfiteatro romano en una ciudad donde se dieron juegos de gladiadores (munera gladiatoria) antes que en ninguna otra ciudad de Hispania, la Galia o Britania. Y, si hay en el mundo lugares con edificios parecidos, son pocos y nuestras ventajas competitivas son grandes.

El Puerto de Cartagena ha decidido invertir para modificar por enésima vez el frente marítimo de la ciudad. No puedo negar que el Puerto de Cartagena es la primera empresa de la región, que tienen dinero y que, como el dinero es suyo, se lo pueden gastar como quieran; sin embargo mucho me temo que volver a modificar el frente marítimo de la ciudad es mucho más que innecesario en estos tiempos y creo que hasta perjudicial.

El Teatro Romano de Cartagena es hoy por hoy el primer museo de la región por número de visitas y ha devuelto a esta ciudad —y no hablo sólo en términos económicos— el ciento por uno de lo invertido en su recuperación. Con esa iniciativa los cartageneros perseveramos en nuestra esencia y la ciudad nos lo premió, creo que el ejemplo debiera servirnos para recuperar el degradadísimo anfiteatro y dedicar a él un dinero que veríamos centuplicado en retornos.

Hay muy pocas ciudades en España que conserven un recinto abaluartado de tanta extensión como el de Cartagena, hay pocas ciudades donde la poliorcética clásica, medieval y moderna puedan estudiarse con ejemplos tan vívidos y reales como Cartagena, hay, en fin, una esencia en esta ciudad a la que, en la mayoría de los casos, no se presta la más mínima atención cuando no simplemente se la asesina (¡Ay de la Muralla del Mar y su criminal coronadura moderna!).

Creo que los habitantes de esta región debieran, en algún momento, reexaminarse y sentirse para, como dijo Spinoza, perseverar en su esencia. A mí la esencia de mi ciudad me motiva como pocas cosas en el mundo, desgraciadamente veo cómo se la maltrata por quienes más obligados estarían a cuidarla.

Hoy he leído un corto de mi amigo Miguel Pouget en Facebook y ha hecho que me acuerde no solo de Spinoza, sino de los ancestros más frescos de quienes nos gobiernan o nos han gobernado olvidando sus preceptos.

¡Esos son del B6!

¡Esos son del B6!

El submarino B6 era el orgullo del arma submarina española. En 1927 había batido el récord mundial de permanencia en inmersión al permanecer sumergido 72 horas, para entonces una hazaña increíble.

El sumergible, de aquella, lo mandaba el teniente de navío Pablo Ruíz Marcet pero, para el diario «La Voz de Guipúzcoa», el papel más llamativo de la gesta correspondía a un «morrosko» eibarrés, Domingo Zenarruzabeitia, experto levantador de piedras y que había asombrado a la tripulación levantando en el Arsenal de Cartagena más de 300 kilos de metal. Su amigo y compañero de tripulación, el donostiarra Pedro Garín, contaba que, en uno de los peores momentos de la inmersión y con el ambiente ya muy cargado de CO2, se hizo preciso machacar unas piedras de potasa para depurar el aire, cosa que el bueno de Domingo Zenarruzabeitia hizo durante dos días usando dos lingotes de 50 kilos cada uno. Dicen que durante el trabajo nunca dejó de sonreír.

Otro de los tripulantes destacados del sumergible, según el diario citado, era la mascota del submarino: un canario extremadamente sensible al enrarecimiento del ambiente y en el que la tripulación confiaba más que en los aparatos detectores.

Aclara «La Voz de Guipúzcoa» que lo que más halagaba el amor propio de la tripulación —según contaba Pedro Garín— «era el interés que despertábamos en las calles de Cartagena. Nada puede satisfacernos tanto como el oir a nuestro paso la frase: “Ese es del “B6″».

El fin del B6 sin embargo fue mucho menos alegre y mucho más dramático. El B6, junto con el resto de la flota submarina española, permaneció leal a la República; sin embargo buena parte de la oficialidad era férrea partidaria de los sublevados y esta fue la causa de su fin.

El 15 de septiembre de 1936 zarpó el B6 de Cartagena con destino a Bilbao. Había sido “recuperado” para mandarlo el alférez de navío Oscar Scharfhausen Kebbon, un conocido partidario de los sublevados pero que, ante la falta de oficiales cualificados, fue puesto al frente del sumergible si bien bajo la vigilancia, como segundo, del maquinista Juan Cumbrera.

Benito Sacaluga” en su blog, cuenta que el 19 de septiembre de 1936, tras diversas maniobras sospechosas del comandante Scharfhausen, este logró sabotear el barco dejando abierta la válvula del acústico, de forma que hizo creer a la tripulación que el submarino se estaba hundiendo y provocó de este modo su salida a superficie.

Allí le esperaban los bous armados “Galicia” y “Ciriza” que abren fuego contra el sumergible. No obstante su inferioridad este respondió al fuego con su único cañón de cubierta y lo hizo con tal precisión que alcanzó al “Galicia” varias veces causándole daños y bajas pero, cuando se disponía a cañonear al “Ciriza”, apareció a toda máquina el destructor «Velasco» contra el que, en superficie, nada podía hacer el submarino el cual, pronto, recibió un cañonazo que destrozó su sala de máquinas poniéndolo fuera de combate.

La única forma de entregar un submarino al bando contrario fue la elegida por Scharfhausen: salir a superficie en medio de tres barcos adversarios. El submarino no podía pelear en superficie contra estas unidades que, de haber estado sumergido, jamás le hubiesen detectado al carecer de medios técnicos para ello. No obstante, los planes de entregar el submarino al bando contrario fueron frustrados por el Auxiliar 2º de Electricidad Juan Heredia Rodríguez y el Cabo de Artillería Pascual Crespo que se ocuparon de abrir las válvulas del buque mandándolo a pique y hundiéndose ellos mismos con la nave.

El resto de la tripulación fue rescatada y juzgada en el Ferrol en el sumario 127/1936. Fueron condenados a muerte unos y, otros, eludieron el paredón con penas de cadena perpétua. Diez de los treinta y siete tripulantes fueron fusilados en la Punta del Martillo del arsenal ferrolano y el resto, quedaron presos.

El comandante Scharfhausen no, el comandante Scharfhausen fue —naturalmente— absuelto e incorporado en calidad de oficial a la flota de Franco. Se cuenta que se propaló el rumor de que también había sido fusilado para que su “viuda” recibiese una pensión de la República, pero la realidad es que estaba vivo y ahora combatía para el bando contrario.

Ayer pude examinar la lista con la dotación completa del sumergible el día de su hundimiento y pude confirmar lo que buscaba: la identidad del Auxiliar 2º Maquinista.

Vivió para contarlo.

Distinguiendo calderos

Distinguiendo calderos

Si ve usted anunciado en un restaurante caldero murciano tema usted lo peor: el caldero “murciano”, simplemente, no existe. Y no, no me lo discuta: NO existe.

Pero si ve usted anunciado Caldero de Cartagena puede usted temerse, igualmente, lo peor; pues, si el caldero “murciano” no existe, el “cartagenero” tampoco (aunque sí existe el caldero de “Santa Lucía”, un barrio de Cartagena).

Vamos a llamar a las cosas por su nombre y a los calderos por el suyo, limpiemos de mixtificadores y pseudo gastrónomos el mundo y vayamos a lo que importa: la manduca.

Hay tres clases solamente de caldero en el universo mundo y su denominación responde a los productos del mar con que está confeccionado. Se llama “Caldero del Mar Menor” al que está hecho con los peces de ese —hoy— agonizante mar (singularmente mújoles), se llama “Caldero de Cabo de Palos” al que está confeccionado con peces del Mar Mayor (que es la forma en que por aquí se llama al Mediterráneo) y existe (o existía) el “Caldero de Santa Lucía”, plato de tres vuelcos —esto incluye la patata— de los pescadores del barrio cartagenero de Santa Lucía.

Read my lips: there is no “caldero murciano”. Ni hay atunes en Hellín ni existe caldero de Murcia. Grábeselo a fuego: non, niet, no, nein. Ni el de Cartagena tampoco. Deje usted de hacer el turista o el cateto y aténgase a lo que le digo. Le irá mejor.

Y dicho esto déjenme que les cuente algo que me viene reconcomiendo el paladar los últimos 50 años.

Es fama que, cuando no había pescado, el caldero podía cocinarse con piedras del fondo del mar que diesen sabor al caldo. Esta costumbre sólo ha perdurado en Águilas y, a día de hoy, sólo hay un restaurante donde sirven “arroz a la piedra”, aunque lo acompañan de tanto marisco y zarandaja que le hacen perder todo su sentido y sabor.

Dejen ya de engañar turistas con “Caldero de Murcia” y recuperen el caldero de Santa Lucía o el Arroz a la Piedra de Águilas en su expresión primigenia.

Yo les quedaré agradecido y espero que el mundo también.
#caldero #rice #spanishrice #arroz #food #realfood

Vino dorado

Vino dorado

La camarera me recita la carta de vinos como quien recita la nómina de los titulos nobiliarios con Grandeza de España:

—…tenemos un Marqués de Riscal, también Marques de Cáceres, vinos del Marqués de Griñón y luego, claro, tenemos también Glorioso, Portentoso y Espumoso-Maravilloso de las Bodegas TakaTak.

Vista la nómina nobiliaria que guardan en la bodega no me achico y le digo a la joven:

—Vino del Campo de Cartagena ¿no tienen?

Ella, considerando mi edad, estima que mi pregunta no es ninguna broma y me dice

—De “eso” creo que no tenemos. Voy a preguntar…

Mientras espero me entretengo leyendo las etiquetas de los vinos que tienen ante mí en el expositor (Tinto Valbuena de Vega Sicilia, Faustino I Gran Reserva, Allende 1997) y estoy en ello cuando un camarero viene raudo y, sin preguntar, me sirve un tinto joven de Rioja en copa.

Aunque me parece un bajonazo innoble no digo nada y me lo bebo y, mientras lo hago, rememoro una ya muy lejana tarde en que, volviendo de un juicio en una ciudad castellana, me desvié hacia Rueda y acabé conversando en la tienda de las Bodegas Sanz con un hombre mayor que charlaba como si fuese el dueño de la casa (y lo era).

—Venía yo porque tienen ustedes un Sauvignon Blanc que me parece que está buenísimo. ¿Podría pagar un par de cajas con tarjeta?

—Aquí no tenemos para pagar con tarjeta.

—¿Le importa si me acerco al pueblo a un cajero?

—En este pueblo no hay cajeros (me dijo con cierta guasa) pero llévese usted las cajas y ya me las pagará.

—Es que yo, verá usted, vengo de lejos.

—¿De lejos? ¿De dónde?

—De Cartagena

—De Cartagena… (repitió)

El hombre se quedó callado unos instantes, como recordando, y al poco añadió:

—¡Qué mala tierra!

Me quedé estupefacto y sin saber qué decir. El hombre sintió que tenía que explicarse.

—No se lo tome usted a mal. Yo llegué a Cartagena en 1939 con las tropas del General Varela y la 5ª División de Navarra, justo al acabar la guerra civil. Íbamos a reflotar el “Jaime” al que habíamos hundido con un sabotaje… Oiga, no recuerdo peor sitio que aquel: ¡los mosquitos nos comían! Era imposible vivir allí.

—Bueno (le dije) la laguna de El Almarjal ya no existe y ahora hay muchísimos menos mosquitos…

El hombre me miró incrédulo y, con la mirada perdida en un lejano verano del año 39, me dijo:

—Llévese las cajas y ya me mandará un giro postal con el importe, no quedará usted mal ni dejará quedar mal a su tierra por este dinero.

Le acradecí el gesto, cargué la cajas en el maletero de mi Polo y salí para Cartagena no sin antes detenerme a comprar tabaco en un bar de la localidad. Cuando entré me fijé en que ningún parroquiano bebía vino de Rueda (al menos lo que los foráneos conocemos como vino de Rueda) sino un vino color “ojo de perdiz” que me recordó extraordinariamente al vino dorado del Campo de Cartagena.

Extrañado pregunté al hombre que regentaba el bar y me dijo:

—Aquí la población siempre ha bebido este vino y, la verdad, no consumen el vino que se produce aquí y se vende fuera del pueblo, les parece flojo.

Y, mientras trato de recordar el sabor de los vinos dorados de la bodega de Paco El Macho (comunista irredento e hincha acérrimo del Athletic de Bilbao), recuerdo aquella tarde en Rueda con aquel viejo requeté de la 5ª División de Navarra que odiaba Cartagena y aquellos vecinos con criterio a quienes nunca les habría puesto un Sauvignon-Blanc un camarero resabiado.

El próximo post lo hago mientras bebo un chato de vino dorado.

Y sí, nada más llegar a Cartagena le mandé el giro.

#wine #rueda #cartagena

Ni cartageneros ni murcianos: egipcios

Ni cartageneros ni murcianos: egipcios

A fin de sacar de su error a quienes aún reclaman un origen murcianocarthaginense del michirón, hoy me he determinado a preparar estas legumbres en la forma más difundida por el mundo, llamada universalmente Ful Medammes.

Los ingredientes a prevenir son:

-Michirones cocidos según el método bíblico de cocción. (O eso o los compras ya cocidos).

-Tomate finamente picado

-Perejil ad libitum

-Limón escurrido con toda la generosidad posible

-Comino en polvo usado sin miedo

-Pimentón dulce de La Ñora (si es de otro sitio sirve igual).

-Sal.

-Aceite de oliva del Huerto de Getsemaní. (Si es de Cafarnaún, de Andújar o de Baena, te saldrá más barato y hasta te sabrá mejor).

El michirón a usar en esta preparación conviene que sea un poco más pequeño de lo normal —aunque ello no tenga demasiada importancia— y es imprescindible que sea cocido siguiendo un escrupulosísimo método, probablemente fijado durante el reinado del rey asirio Senaquerib, abuelo de Asurbanipal, aunque no falten autores que, con poco fundamento, lo atribuyan al bestia de Asurnasirpal. El proceso de cocción tiene la particularidad de que ha de llevarse a cabo necesariamente en ollas de cobre pues otros metales no le dan el sabor exacto al michirón y ha de hacerse lentísimamente. El Talmud recoge (y esto no es coña) que estas ollas solían “enterrarse” en las cenizas y brasas del fuego de la noche donde se dejaban hirviendo hasta el día siguiente, de ahí que el plato, en su nombre más común, sea conocido como “Ful Medammes”, un compuesto de la palabra egipcia “Ful” (haba) y la voz copta “Medammes” (enterrado).

Esta preparación (Full Medammes) es la comida nacional de los egipcios y es a los habitantes de El Cairo lo que el arroz a los de Pekin. Gracias a los michirones y al Full Medammes los egipcios no sólo construyeron un imperio hace 5000 años sino que incluso en la actualidad promueven disputas entre murcianos y cartageneros.

Pero que el Ful Medammes sea popular en Egipto no significa que sea una comida egipcia; su consumo en las riberas del Tigris y el Eúfrates o incluso en Canaán, está acreditado desde la noche de los tiempos.

Hoy me he decidido a prepararme un plato de Ful Medammes y, para ello, he consultado al mejor consejero aúlico que podía tener, mi amigo el sirio Nasán que, además de regentar una tienda de comestibles debajo de mi casa, es hombre que todos los días, incluso en Ramadán, se desayuna un plato de Full Medammes de forma que, como ven, está el hombre sano y rozagante cual si de un Nemrod o un Hammurabbi se tratase.

Por lo demás el método de preparación del plato es sencillo: se calientan levemente los michirones una vez cocidos y se le añaden el resto de los ingredientes en preparación mezclada, no agitada.

Y créanme, están cojonudos.

El enigma de los michirones

El enigma de los michirones

Yo sé que con este post voy a meterme en un lío del que probablemente ya nunca pueda salir, pero creo que es mi deber hacerlo y estoy dispuesto a arrostrar el riesgo que siempre comporta decir lo que uno piensa.

El caso es peliagudo, créanme.

Desde que el ser humano, hará unos diez mil años, abandonó su vida de cazador-recolector y se estableció en ciudades y estados cada vez más grandes, su natural tendencia al altruismo sufrió cambios impensables. Hasta ese momento, un indivíduo cualquiera, era capaz de cooperar con, y hasta de dar la vida por, los miembros de su clan; no en balde compartían con él la mayoría de sus genes y eran, en mayor o menor grado, su familia. Pero, cuando las ciudades crecieron hasta alcanzar decenas de miles de pobladores, ¿cómo entendería la cooperación este animal nómada solo recientemente sedentarizado?

Por increíble que parezca la especie humana solucionó el problema desarrollando una conducta presente en muchas otras especies animales: el altruismo hacia un marcador.

Para quien no sepa qué es eso del «altruismo hacia un marcador» le diré que, algunas especies animales, por ejemplo, usan de feromonas para reconocerse como miembros de un mismo equipo; el ser humano, sin embargo, para conseguir lo mismo recurre a complejos mitos y relatos que acaban encarnados en banderas, escudos, símbolos, textos…

En mi ciudad hemos tenido muchos marcadores de esos: en 1873, por ejemplo, fue la República Federal y eso nos llevó a entrar en guerra contra el mundo; de modo que me entenderán si les digo que, tratar el tema en el que pienso adentrarme tras esta larga introducción, puede suponerme no pocos peligros, porque trata del último marcador que ha seleccionado como seña de identidad el homo carthaginensis: los michirones.

Sí, créanme, en este momento, si usted quiere soliviantar a la grey carthaginesa, le bastará para hacerlo afirmar en público que los michirones «son murcianos». Pruebe usted a hacerlo, por ejemplo, en Facebook y verá cómo el número de interacciones aumenta súbitamente y el recuerdo de su señora madre se dispara exponencialmente.

Recientemente he comprobado con no poca consternación como, algún habitante de la vecina ciudad de Murcia, reclamaba para su patria el ser la cuna y lugar de nacencia de esta preparación culinaria; afirmación inmediatamente contestada por furibundos carthagineses y carthaginesas sin que, por cierto, ni unos ni otros, aportasen dato alguno que justificase sus patrióticas afirmaciones. La carthaginesidad o murcianidad de los michirones quedó reducida en ese debate —y debo decir que en todos los que he presenciado— a puros actos de voluntarismo gastronómico-patriótico.

Creo pues llegado el momento de desvelar el enigma de los michirones y aclarar de una vez para siempre su origen. ¿Cartageneros? ¿Murcianos? A partir de hoy lo sabrán ustedes.

Antes de entrar en harina debo aclarar que tan importante debate, crucial sin duda para el futuro de esta región, no puede zanjarse con afirmaciones sin documentar y es por esto que esta tarde me he decidido a llevar a cabo una investigación científica de altura con apoyo de un meticuloso trabajo de campo. Hoy avanzaré mis conclusiones en este post y ya, dentro de unos meses, daré a la imprenta los varios volúmenes de que consta este concienzudo trabajo científico.

Comencemos sentando mi tesis de partida: tratándose el michirón no más que de un haba seca rehidratada y luego cocinada, no es lógico pensar que sea exclusiva del sureste peninsular, sino que deben poder encontrarse preparaciones semejantes en cualquier ámbito geográfico donde se cultive la «Vicia Faba», que es el nombre científico del vegetal que nos ocupa.

Me he aplicado a la tarea y el resultado ha sido sorprendente: preparaciones similares a los michirones se llevan a cabo por toda la cuenca mediterránea, oriente medio, la India e incluso el lejano oriente. Son un plato habitual en Marruecos o Siria, pero donde han adquirido carta de naturaleza y son el «plato nacional» es en Egipto donde, una de las formas de prepararlos (el «Foul Medammes» —literalmente habas preparadas—) es para ellos una seña de identidad solo comparable al Canal de Suez o a las pirámides de Giza.

Para acreditar mis descubrimientos con la pertinente prueba testifical, he decidido acercarme hasta la tienda de comestibles que hay debajo de mi casa, pues al hombre que la atiende le había detectado yo trazas de ser egipcio, fundamentalmente por mantenerse sistemáticamente de perfil cuando hablaba conmigo y por la peculiar forma de ángulo recto con mano en forma de cazo que adquiría su extremidad superior derecha al cobrar.

Me equivoqué, mi gozo en un pozo, mi amigo el tendero no era egipcio sino sirio y, aunque al principio pensé que su información no me sería de utilidad, luego he comprobado que el hombre era un pozo de ciencia culinaria.

Testigos de nuestra conversación han sido un cliente de color (negro) y un representante de productos alimenticios con trazas ecuatorianas.

No bien le he planteado mis dudas a mi amigo el tendero, casi se parte de risa y ha empezado a sacarme michirones de todas las clases y calibres que se puedan imaginar, mientras me detallaba las mil y una formas de cocinarlos. Cuando le he preguntado por el «Ful Medammes» se ha sonreído y me ha dicho: «Ful Medammes es lo que yo desayuno todos los días.»

Me he quedado estupefacto, he tratado de indagar si este hombre que desayunaba michirones no tendría ancestros cartageneros, pero no, el hombre es natural de Homs (la Emesa griega) y todos sus antepasados fueron sirios desde que Asurbanipal fue elegido por primera vez alcalde pedáneo; por tanto no había duda: la adicción al michirón como tótem no es patrimonio exclusivo del sureste de la península ibérica, sino que está incluso más acendrada en las tierras del Nilo y Mesopotamia, lo que nos lleva a los momentos fundacionales de la civilización.

Estaba yo a punto de buscar el enlace entre los michirones y el poema de Gilgamesh cuando el sirio me ha dado una información que ha confirmado un bereber magrebí que se había unido a la tertulia: el michirón no está bueno si no hierve lentamente en una perola durante toda la noche.

El rito es poner los michirones a hervir antes de acostarse y dejarlos a fuego lento hirviendo hasta que llega la mañana, momento en que su «ternol» (digámoslo en carthaginés) es máximo. El bereber ha añadido a este rito la conveniencia de que la perola en que se hiervan los michirones sea de cobre, pero, en esto, el sirio no ha estado de acuerdo y ha reputado la tal costumbre un producto de la superstición occidental. Yo ni quito ni pongo, como me lo han contado se lo cuento, pero lo del cobre me ha dejado pensando en la profunda sabiduría de estos pueblos, pues, dicho metal, ahora sabemos que tiene propiedades higienizantes y eso ha sido incluso puesto de relieve durante la pandemia que nos asola.

Pero bueno, volvamos a lo que nos ocupa, es decir, al origen de los michirones.

Parece evidente que, en cuanto a su preparación y consumo en forma de legumbre secada y rehidratada, ni murcianos ni cartageneros tenemos nada que hacer: los sirios comen michirones desde que Hammurabbi escribió su famoso código y se han encontrado restos (de michirones, no de Hammurabbi) que así lo atestiguan.

Volvamos a nuestra región ¿Podemos afirmar de alguna manera que los michirones se preparasen en estas tierras en tiempos de Tiberio o de Asdrúbal? porque, de ser así, la partida estaría ganada por los carthagineses o ¿más bien debemos suponer que llegaron con los árabes en cuyo caso nuestros vecinos del norte podrían reclamar su preeminencia?

Pues, a ambas preguntas la respuesta es sí y no.

Sin duda durante el imperio las habas secas se comieron pero, lamentablemete para los carthagineses, se llamarían como mucho «Faba» que es su nombre latino y no michirón. Es verdad que durante el Imperio estas «fabas» podrían guisarse de forma muy parecida a como se hace ahora, pues el consumo de carne de cerdo estaba permitido, pero no es menos cierto que nuestro plato icónico carecería del nombre que le da fama, cuanto más que, con cerdo, podrían guisarse las fabas no solo aquí sino en todos los confines del mundo conocido, desde el Miño al Eúfrates. Harán bien los carthagineses en recordar en este punto el pasaje del evangelio apócrifo del Pseudo-Lucas cuando afirma «Ubique coxit faba» cuya traducción, por conocida, me ahorraré.

¿Pudieron llegar entonces los michirones con los árabes?

Sin ninguna duda.

Los magníficos estudios del lexicógrafo inglés Robert Pocklington ponen de manifiesto que la palabra «michirón» proviene del vocablo árabe «misrun», cuyo significado es, literalmente, “pequeños egipcios”.

¡Ah la etimología! ¡Ciencia poco valorada pero incomparablemente útil para entender una realidad que sólo podemos explicar con palabras!

Sin duda estos «pequeños egipcios» les habrán hecho recordar lo que les he contado más arriba del «Ful Medammes», plato nacional egipcio. De la misma forma que los sevillanos comen ahora «Soldaditos de Pavía» aquellos árabes que llegaron a España se refocilaron con estos «Pequeños Egipcios» (misrun) que, por fuerza, habían de consumir sin su aditamento cárnico actual de tocinos, chorizos y jamones pues, como es bien sabido, al profeta no le gustaban ni los andares del, con perdón, cochino.

¿Cuándo llegaron a juntarse la carne del puerco con los, ya sí, michirones?

Pues, obviamente, nunca antes de la Reconquista de Murcia y Cartagena aunque, ciertamente, ni siquiera entonces podríamos dar por cerrado el asunto porque ¿reputaremos michirones legítimos un guiso que no tenga ese puntito picante que da la guindilla y que lleva a tentar el porrón con más frecuencia de la que sería menester?

No, no hay michirones legítimos sino hasta después del descubrimiento de América, pues no fue hasta la llegada de esa genial invención mexica que es el chile, que los michirones se convirtieron en lo que hoy son.

Y ahora díganme: ¿quién inventó los michirones? ¿los sumerios que desecaron las habas desde el nacimiento de la civilización? ¿los egipcios que hicieron de ellos su plato nacional durante casi cuatro mil años? ¿los árabes que trajeron a España a esos «misrún» (pequeños egipcios) que comieron con deleite? ¿los cristianos que le añadieron el cerdo? ¿los mexicas que les dieron el picante necesario para hacer de ellos un pecado mortal?

Como casi todas las cosas, los michirones, no son de ninguna parte y son de todas partes un poco; pero, esto, estoy seguro que no habrá de hacer cambiar de idea ni a tirios ni a troyanos, como la Ley de la Evolución no ha persuadido a los creacionistas de que el mundo no se hizo en seis días o como mil guerras no han convencido a los patriotas de que, independientemente del color de las banderas, todas las sangres son rojas.

Mañana, usted, puede preguntar de nuevo de dónde son los michirones o quien los inventó y siempre habrá quien le responda: ¡De Murcia! o ¡De Cartagena! sin importar cuántos datos pueda usted aportarle.

Porque el verdadero enigma de los michirones no es su origen, el verdadero enigma de los michirones es tratar de comprender cómo el ser humano puede hacer de un trozo de tela teñida, de una madera tallada o incluso de un haba seca, un motivo para creerse distinto y aún porfiar por ello.

Carrus navalis: carnavalis

Carrus navalis: carnavalis

Los fenómenos culturales simples ni son fenómenos ni tienen recorrido. Es por eso que nadie sabe dónde nació Homero —ya se cuidó él de no revelarlo— ni cual era el pueblo de Don Quijote —de esto se encargó Don Miguel en el fragmento más recordado de la lengua castellana—, para que así disputaran por ser su cuna un sinnúmero de pueblos griegos y manchegos y ni siquiera ese datos fuese simple sino controvertido. Es por esa complejidad de significados y antecedentes por los que, el carnaval y la pascua, son períodos de tanta profundidad antropológica.

Hoy es 5 de marzo. ¿Y qué? (se preguntará usted) pues nada… Le responderé yo… O mucho, que todo es según se mire.

Como hoy es 5 de marzo me he acercado a visitar el templo de la «señá» Isis, una vecina de mi barrio que comparte vecindario con una virgen judía a la que le mataron al Hijo (nuestra señora de La Caridad) y otra diosa siria que, enamorada de un pastor, acabó haciendo una barbaridad y tratando de suicidarse por la cosa de los remordimientos. La pobre Atargatis, a diferencia de sus vecinas Isis o Miriam, acabó siendo mitad mujer y mitad pez y regalando a la compañía Disney un icono para que esta se forrase.

Como les digo, hoy, 5 de marzo, antes de irme a dormir la siesta, me he pasado por «an ca la señá Isis» y le he tomado una foto a las ruinas de su casa y, mientras reposaba un poco el potaje de cuaresma que me he apretado, me he ido acordando de aquellos viejos buenos tiempos en que la diosa que llevaba al niño en brazos era la que vivía en esta casa y no cien metros más al este.

Ocurre que los devotos de Isis, como los de María, en estas fechas en que se produce el equinoccio de primavera, celebraban y aún celebran fiestas de mucho fundamento. Los seguidores de María, la que vive en La Serreta, celebran el primer fin semana tras la primera luna llena de la primavera que su Hijo resucitó.

También los devotos de la Reina del Cielo (Isis) celebraban la primera luna llena tras el equinoccio de primavera y, en honor de la diosa que vive en Balcones Azules, sacaban en procesión, entre otras cosas, una barca, porque Isis fue estrella de los mares y protectora de los marineros y… Y bueno que la «Isidis Navigium» era muy celebrada aunque no sé si habría llamada y pasacalles de los granaderos californios y marrajos.

Antes de la fiesta del «carrum navalis» había un período de vida licenciosa (carnavalis) que, oiga, era justamente lo mismito que ahora.

No sé, entre la stella maris, el niño en brazos, el carrum navalis y las procesiones creo estoy empezando a perder un poco el oremus, pero bueno, como les decía hoy es 5 de marzo y, en muchos lugares, en rsta fecha, se celebraba el Viernes de Dolores… Quiero decir la «Isidis Navigium»… O ¡yo qué sé!. Las vecinas de mi barrio son demasiado profundas para mí.

El menú del paraíso

El menú del paraíso

Esta mañana he acudido a comer a mi bar de cabecera. Cuando he llegado el camarero pregonaba el género:

—De menú tengo ensalada, crema de verduras, potaje…

—Oiga camarero (ha interrumpido un parroquiano) ¿Está bueno ese potaje?

—Es lo que comen los domingos en el cielo, caballero…

Naturalmente he pedido potaje.