La república perfecta

Fue el jurista y político francés Alexis de Tocqueville quien nos ofreció alguna de las más lúcidas visiones que se han dado sobre las democracias.

Una de las cosas que Tocqueville nos enseñó fue la necesidad de que las democracias mantuviesen un delicado equilibrio entre libertad e igualdad porque, en una sociedad donde prima absolutamente la libertad, se estará siempre al borde de la anarquía, mientras que un justo equilibrio entre libertad e igualdad nos proporcionará un sistema político estable y siempre en perenne renacimiento.

La preocupación de Alexis de Tocqueville era, sin embargo, otra; su inquietud fundamental eran aquellos sistemas donde la igualdad se convertía en el único valor, una posibilidad que a él, ciertamente, le causaba honda preocupación.

En otros tiempos los apellidos, los estudios, la raza, el sexo o la religión determinaban la posición social de las personas; pero, ya en tiempos de Tocqueville, esa situación había ido cambiando aceleradamente de forma que, en la actualidad, afortunadamente, progresamos hacia la igualdad y eso está bien.

Sin embargo, tal y como señaló oportunamente Alexis de Tocqueville, la vida en una democracia de iguales tiene facetas oscuras.

Ínsito en el alma humana está el ánimo de competir y, en una sociedad donde todos nos sabemos iguales, finalmente sólo hay un elemento que diferencia a unas personas de otras: el dinero. Allá donde tendemos a no reconocer a nadie superioridad, el dinero se erige como el único y evidente criterio diferenciador y eso tiene, para Tocqueville, consecuencias muy peligrosas.

Tiene consecuencias peligrosas porque, si el dinero es la medida del éxito, las personas orientarán su vida a tenerlo y abandonarán toda actividad que no lo reporte. En esta sociedad de iguales donde el éxito se mide en dinero estudiar filosofía, por ejemplo, será un trabajo de fracasados; la producción musical se orientará inevitablemente a las composiciones comerciales y ningún literato querrá escribir otra cosa que no sean best-sellers, cuanto menos algo tan poco comercial como la poesía.

En una sociedad que pierde la capacidad para descubrir y reconocer el talento ajeno, y en la que, por sistema, sus habitantes rehuyen reconocer a las opiniones ajenas valor superior a las propias, siquiera sea en campos determinados, el dinero acaba convirtiéndose en la única medida del éxito y es el dinero el que estratifica y determina las clases sociales. Una sociedad así, dice Tocqueville, es un lugar donde no tienen cabida muchos de los más profundos valores del alma humana. Una democracia así es, para él, un sistema degenerado.

Sin embargo, a mí, todo esto no me preocupa demasiado porque yo sé que todavía existen geografías, acaso más soñadas que reales, donde ese reconocimiento entre iguales aun pervive, donde las personas aún sienten admiración y reverencia por sus semejantes sin necesidad de mirar sus cuentas corrientes; repúblicas donde aún existe una aristocracia al margen del dinero, lugares donde la chusma selecta —que diría el inolvidable «Capitán Veneno»— ocupa por derecho propio un lugar especial en la sociedad, un lugar, por cierto, inalcanzable para propietarios de cuentas de valores ni fondos buitre.

Me explicaré.

El individuo que ven en el video dirigiendo el ensayo de este grupo de personas se llama Manuel Sánchez Alba, aunque es más conocido como «El Noly» y es nacional de una de esas últimas repúblicas del mundo en las que la sociedad aún se estratifica según los criterios propios de esa aristocracia —esa chusma selecta— de que les hablaba antes.

Manuel Sánchez Alba es compositor, pero no un compositor cualquiera de músicas cualesquiera: él sólo compone música para el Carnaval de Cádiz. A él las consideraciones sobre las tendencias del mercado musical español o anglosajón le traen al fresco; él compone pasodobles añejos, de esos que, la gente que comparte con él esa geografía del alma a la que me vengo refiriendo, identifica con palabras como «tres por cuatro», «tataratachín» y otros complejos términos teórico-musicales de difícil o imposible explicación.

Es por eso que, cuando el Noly compone, sus vecinos saben que están ante un genio y que, cuando el tres por cuatro vuelve, Manuel Sánchez Alba se hace dueño del paraíso y allí ocupa un lugar preferente, entre los ángeles, los arcángeles y los coros celestiales, que, en la plaza del mercado del cielo, le cantan a Yahweh desde una batea tangos de Antonio Rodríguez.

En la pirámide social del carnaval de Cádiz el Noly es un auténtico aristócrata, nadie discute su alcurnia y su nombre y sus melodías se instalan para vivir en los corazones y en los labios de las gentes cuando cantan en sus momentos íntimos, mientras se afeitan, friegan, se duchan o lavan los platos.

En lo personal poca gente me ha regalado tanta felicidad como me ha regalado él.

Por eso —pueden verlo en el video— el Noly tiene fuero especial para hablarle al grupo como le dé la gana, por eso todos le escuchan cuando él les da instrucciones (no se pierdan su arenga sobre la felicidad) y por eso, diga lo que diga, nadie va a discutir su autoridad de Juan Sebastián Bach en chandal y muletas.

El Noly es músico, pero no hay buena canción sin una buena letra y esta que escuchan es obra de otro aristócrata de la república de que les hablo: Miguel Ángel García Güez «El Chapa», un poeta de los de verdad. Analizar la letra de esta canción sería un trabajo largo, toda ella se funda en complicidades intelectuales solo comprensibles para los conocedores de esta geografía del alma. Si el Chapa nos dice que no es que la luna tenga luz de plata, no es porque él nos esté diciendo ni nos quiera decir eso, es que, con esas palabras, convoca ante el público a los espíritus de Paco Alba y sus Fígaros y estos dibujan para él un forillo de más de cincuenta años de profundidad en el corazón de sus oyentes. A usted quizá le parezca una figura literaria banal, pero, para los ciudadanos de su república, la frase viene, como la música, de lo hondo de la historia.

En esta república donde la aristocracia la componen compositores de músicas sin mercado y poetas de letras incomprensibles, también sientan plaza cantantes de estilos que ya nadie cultiva y es por eso que, cuando el Noly escucha que la voz de octavillita de «El Carli» se cuela en la canción, mira a un lado, se rasca la nuca, se emociona y siente que todo está consumado, que el pasodoble va a funcionar, que huele a Cádiz y

…suena a pasado
suena a presente y
suena a la gente
que ya no está…

Y entonces la aristocracia de la república del sur del sur se reivindica, ocupa su lugar en la pirámide social y su particular democracia es salvada una vez más.

Alexis de Tocqueville moriría de felicidad viendo esto.

El carnaval y el creciente fértil

El carnaval y el creciente fértil

Hoy es 14 de Adar en el calendario hebreo y comienzan, por tanto, las fiestas de Purim.

Hace unos días les conté cómo la Semana Santa tenía antecedentes mesopotámicos, hoy debo contarles que el carnaval también tiene antecedentes mesopotámicos.

Los babilonios (y antes los acadios) celebraban el año nuevo a la llegada de la primavera y a ese primer mes que empezaba con la primera luna llena de la primavera le llamaron Nisán. La forma de celebrar su llegada era muy curiosa pues, además de cantar y beber, los hijos del creciente fértil se disfrazaban con la esperanza de que la mala suerte no les reconociese en el año que entraba y así pudiesen escapar de ella.

Esta celebración de alegría, bebida y disfraces llamada Nouruz aún se celebra en el creciente fértil y los judíos la celebran también bajo el nombre mesopotámico de «Purim», pues «Purim» no es término hebreo sino babilónico.

Llama la atención que, aunque hayan pasado cinco mil años, esta sucesión de alegría (carnaval) y resurrección/renovación (semana santa/primavera) siga reproduciéndose en las culturas actuales que, aunque han olvidado ya su origen profundo, siguen sintiendo esas sensaciones que dieron razón de ser a estas fiestas.

Hoy es 14 de Adar, faltan dos semanas para la primavera y Nisán; comienzan las celebraciones del antiguo año nuevo.

Carrus navalis: carnavalis

Carrus navalis: carnavalis

Los fenómenos culturales simples ni son fenómenos ni tienen recorrido. Es por eso que nadie sabe dónde nació Homero —ya se cuidó él de no revelarlo— ni cual era el pueblo de Don Quijote —de esto se encargó Don Miguel en el fragmento más recordado de la lengua castellana—, para que así disputaran por ser su cuna un sinnúmero de pueblos griegos y manchegos y ni siquiera ese datos fuese simple sino controvertido. Es por esa complejidad de significados y antecedentes por los que, el carnaval y la pascua, son períodos de tanta profundidad antropológica.

Hoy es 5 de marzo. ¿Y qué? (se preguntará usted) pues nada… Le responderé yo… O mucho, que todo es según se mire.

Como hoy es 5 de marzo me he acercado a visitar el templo de la «señá» Isis, una vecina de mi barrio que comparte vecindario con una virgen judía a la que le mataron al Hijo (nuestra señora de La Caridad) y otra diosa siria que, enamorada de un pastor, acabó haciendo una barbaridad y tratando de suicidarse por la cosa de los remordimientos. La pobre Atargatis, a diferencia de sus vecinas Isis o Miriam, acabó siendo mitad mujer y mitad pez y regalando a la compañía Disney un icono para que esta se forrase.

Como les digo, hoy, 5 de marzo, antes de irme a dormir la siesta, me he pasado por «an ca la señá Isis» y le he tomado una foto a las ruinas de su casa y, mientras reposaba un poco el potaje de cuaresma que me he apretado, me he ido acordando de aquellos viejos buenos tiempos en que la diosa que llevaba al niño en brazos era la que vivía en esta casa y no cien metros más al este.

Ocurre que los devotos de Isis, como los de María, en estas fechas en que se produce el equinoccio de primavera, celebraban y aún celebran fiestas de mucho fundamento. Los seguidores de María, la que vive en La Serreta, celebran el primer fin semana tras la primera luna llena de la primavera que su Hijo resucitó.

También los devotos de la Reina del Cielo (Isis) celebraban la primera luna llena tras el equinoccio de primavera y, en honor de la diosa que vive en Balcones Azules, sacaban en procesión, entre otras cosas, una barca, porque Isis fue estrella de los mares y protectora de los marineros y… Y bueno que la «Isidis Navigium» era muy celebrada aunque no sé si habría llamada y pasacalles de los granaderos californios y marrajos.

Antes de la fiesta del «carrum navalis» había un período de vida licenciosa (carnavalis) que, oiga, era justamente lo mismito que ahora.

No sé, entre la stella maris, el niño en brazos, el carrum navalis y las procesiones creo estoy empezando a perder un poco el oremus, pero bueno, como les decía hoy es 5 de marzo y, en muchos lugares, en rsta fecha, se celebraba el Viernes de Dolores… Quiero decir la «Isidis Navigium»… O ¡yo qué sé!. Las vecinas de mi barrio son demasiado profundas para mí.