Corrupción política y criptomonedas

Corrupción política y criptomonedas

La moneda nacional turca se llama lira y ha perdido más del 70% (setenta por cien) de su valor en los últimos seis años. El caso de Turquía lo encontramos también en paises como Nigeria, donde su divisa, el Naira, desde que existe como unidad monetaria, se ha ido devaluando constantemente a causa de la inflación galopante que asola al país. El mismo fenómeno ocurre en países que cuentan sus experiencias en el mismo idioma que nosotros, como por ejemplo Argentina, donde el peso, con una inflación anual en 2020 del 31,6% (treinta y uno con seis por ciento), se diluye en los bolsillos de una población que, habitando uno de los países más ricos de la tierra, ha sufrido todo cuanto una nación pueda sufrir, desde dictaduras asesinas a corralitos. En España diríamos que a los argentinos se les fue la riqueza a chorros, aunque los argentinos saben que los chorros son otra cosa, muy a menudo políticis o financieros que viven estupendamente gracias al mango ajeno.

Estos tres ejemplos ilustran muy bien qué puede pasarle a los ahorros de los ciudadanos cuando unos pocos controlan el dinero de una nación; cuando unos desaprensivos controlan las imprentas donde se imprimen estampas a las que llaman dinero, donde un grupo de magnates controlan toda la economía a través de complejas herramientas construidas a base de fondos buitre, de activos y de operaciones que no entiende nadie salvo ellos, al tiempo que los estados protegen ese esquema piramidal al que llamamos sistema financiero dándole un aura de respetabilidad.

Fue por eso que cuando, tras la terrible crisis de 2008, Satoshi Nakamoto publicó su Whitepaper sobre el Bitcoin y lo diseñó de forma que no pudiese estar nunca en manos de los estados o de las corporaciones financieras, eligió el momento preciso para hacerlo.

Para un ciudadano turco, nigeriano o argentino, adquirir bitcoins (o Ethereum o Stablecoins) ha sido hasta ahora tarea fácil y, para quienes se dieron cuenta a tiempo de que esas estampitas de papel a las que llaman dinero no valían nada, el bitcoin fue una forma de preservar sus ahorros frente a los tejemanejes y mangoneos de sus gobernantes.

Con lo que les he dicho estoy seguro de que no les extrañará que, según las encuestas, Turquía lidere el ranking de países cuya población más utiliza el bitcoin y el resto de las criptomonedas, como también estoy seguro de que imaginarán que, en los primeros puestos del ranking, se situan también países como Argentina o Nigeria.

A los gobiernos de estos países pueden ustedes imaginar que no les gusta que sus ciudadanos tengan autonomía financiera y no estén presos de su sistema monetario o bancario y por eso, países como Turquía han prohibido, por ejemplo, pagar con PayPal y ahora se proponen prohibir el pago con bitcoins.

Imagínense un ciudadano con bitcoins a quien el gobierno de su cleptocracia quiera expropiar o embargar su dinero y este —el gobierno— se dé cuenta de que no puede hacerlo, que embargar criptomonedas es algo que no está a su alcance. ¿Cómo va a permitir un cleptogobierno que la población tenga herramientas que impidan que se la pueda depredar? y es entonces cuando en las mentes de los políticos aparecen ideas legislativas que, permítanme que me sintonice en argentino, tratan de dejar el país para los chorros del oro. Creo que aunque sean españoles me entenderán.

Lo que ocurre es que no es tan fácil para estos gobiernos controlar el invento de Satoshi: simplemente no pueden. Los ciudadanos pueden transferirse entre sí las criptos —solo necesitan un teléfono móvil y eso sí que no falta en ningún lado— y el gobierno nada puede hacer. El gobierno tampoco puede quitarles ni embargarles las criptos, salvo que torturen y obliguen a los ciudadanos a revelar una contraseña que seguramente ni ellos mismos recuerdan.

En Nigeria intentaron cerrar el acceso por internet a las casas de cambio (exchanges) donde adquirir bitcoins pero eso solo dio lugar a que se estableciese un mercado negro donde el bitcoin, en aquellos momentos a uno 50.000$, alcanzase en Nigeria cotizaciones astronómicas de casi 100.000$ (cien mil dólares).

Gracias a las criptomonedas un ciudano turco, argentino o nigeriano, puede guardar su dinero no solo en bitcoins, sino en dólares o euros, pues las llamadas “stablecoins” les garantizan que sus ahorros estarán respaldados en dólares o euros, y no sufrirán de los tejemanejes y componendas de quienes imprimen los cromos nacionales.

Es por eso que hay países como Canadá donde cada día se abre un nuevo fondo cotizado en bolsa (ETF) donde exponer el dinero de las empresas a las criptomonedas, donde se regulan estos activos y donde se entiende que, en ellos y bajo ellos, hay una tecnología de seguridad que está establecida en favor de la ciudadanía y como freno al control centralizado del dinero por las oligarquías de siempre. Es por eso que hay países como Estados Unidos donde, al frente de la SEC, no se coloca a un economista, sino a un experto del MIT en criptografía y criptomonedas, y es por eso que hay países como Turquía, donde el partido en el gobierno, el dueño de la impresora de los cromos, trata de contener la marea de los bitcoiners y la oposición política a su gobierno, se opone férreamente a esas limitaciones.

Es la pelea de siempre entre quienes tienen poder, dinero o riqueza y quieren conservarlo y quienes tratan de ganarse el futuro sin que se lo roben de antemano los primeros.

Es la vieja lucha entre el ser y el deber ser, entre la libertad y el interés, entre la centralización y la descentralización

Españoles por el mundo

Las tardecitas de Cartagena tienen ese ¿qué se yo?… y tienen tanto que, hoy, no se me ha aparecido ningún loco de esos a los que cantaba la balada que comienza con la misma frase de este post, sino este señor que ven en la imagen. Cuando iba por la calle Jara se ha venido hacia mí y con un fortísimo acento argentino me ha dicho:

—Buenas tardes, ¿vos sabés cómo se llega al Barrio del Foro?

Se lo he indicado y no sé cómo se las ha arreglado para iniciar una conversación que, sin que yo supiese muy bien cómo, ha ido desde la arquitectura militar de frente abaluartado de mi ciudad (que le atraía muchísimo) hasta sus orígenes cartagineses. El hombre, profesor de historia, citaba fechas y siglos como si fuesen parte de su vida y con la misma solvencia subrayaba la idiotez de Carlos II que hablaba del ímpetu sexual del primer hijo de los Reyes Católicos.

El hombre me ha confesado que era español de pura cepa, bueno, había nacido en Buenos Aires y había vivido toda su vida allí dando clase, pero era hijo de un navarro y una balear emigrados a Argentina y eso imprime —decía él— carácter y por eso, como yo bien podía notar, él era español hasta la médula ósea.

Yo, debo confesarlo, lo que notaba en realidad era su incontenible verbo argentino, con el que me ha rodeado hasta tenerme a su merced. Me ha contado cómo él no supo que era argentino hasta que fue a la escuela primaria y vio una bandera albiceleste desconocida hasta entonces para él, pues, en su casa de Buenos Aires, los mapas eran de Navarra y las banderas de España y su padre no transigía con melindres rioplatenses.

En casi una hora de conversación me ha explicado que:

  1. España es la nación más importante y cojonuda del mundo.

  2. Los ingleses son unos sujetos absolutamente despreciables.

  3. Que Perón, Kirchner y todos los que han gobernado en Argentina han sido, en general, una desgracia para el país.

  4. Que Aznar, Felipe González y todos cuantos han gobernado España no son mejores que los antes citados.

  5. Que los Austrias fueron lerdos y los Borbones más.

  6. Que Fernando VII fue un hijoputa sin parangón y que

  7. San Martín, Bolivar y toda esa gente no fueron mas que unos traidores a España y que sólo gracias a la ayuda de esos ingleses indeseables desgajaron a Hispano-América de este país que, según se puede comprobar en el punto primero, es el mejor y más cojonudo sin discusión posible.

A esas alturas yo ya estaba buscando batirme en retirada, pues mi recién adquirido amigo me estaba contando las causas y consecuencias de la II Guerra del Pacífico y, aprovechando que ha aparecido mi amigo Rafael, he decidido utilizarlo como muleta para escabullirme. La sagacidad argentina no lo ha permitido, sin duda previendo mi ardid el hombre ha sitiado a Rafael con su verbo y este, encandilado y sin atender a que yo llevaba una hora revisando la historia de España, nos ha invitado a café. Ahí ha ardido Troya, pues, desde las primeras glosas emilianenses hasta la actualidad más reciente, este profesor de historia ha sentado cátedra en todas cuantas eras históricas ha recalado su discurso —eso sí, siempre referido al mejor país del mundo que, como ya ha quedado claro, es España—.

Había pasado hora y media cuando le he dejado camino yo de mi despacho y él del Barrio del Foro Romano. Le he visto marcharse con ternura infinita pues, a fin de cuentas, con él se iba el español más español que he conocido hasta el día de hoy.

Como imaginarán tenía que hacerme una foto con él.

Legionarios a morir

Me ocurrió el Jueves pasado en la planta cuarta del Palacio de Justicia de Cartagena. Yo iba a revisar la tramitación de un expediente de testamentaría cuando me encontré, atascando la puerta de entrada del juzgado, a veinte o treinta personas cuyos rostros me resultaban vagamente conocidos. Cuchicheaban por lo bajo y sonreían, sobre todo sonreían.

Pronto caí en la cuenta de que se trataba de subasteros, una de las especies más repulsivas de las que habitan en el ecosistema judicial y, si sonreían, malo: alguien iba a perder algo que ellos iban a ganar y, de pronto, se oyó la voz destemplada por el alcohol de un hombre.

– ¡Buitres!

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