De virus y canciones: información y viralidades.

De virus y canciones: información y viralidades.

Ya que hoy vamos de virus hablemos de otro tipo de viralidades.

Seguro que en muchas ocasiones habrás oído decir que una información es “viral”. ¿Qué quieren decirnos con esto? Antes de responder te diré que, a mi juicio, la expresión debiera efectuarse justo al revés; es decir, afirmando que los virus son “informacionales”. Dicho de otro modo, los virus son una especie dentro del género de la información y por eso se comportan como ella.

Otro día les contaré cómo se comporta la información, hoy estamos de cuarentena y les propondré un experimento que puede ser ilustrativo y es comparar el comportamiento de un virus con un trozo cualquiera de información (eso a lo que Richard Dawkins llamó «meme»), por ejemplo una canción, una canción cualquiera, si tienen dudas piensen, qué les digo yo, en la «Macarena».

Ni un virus ni una canción son seres vivos pues son incapaces de reproducirse por sí mismos ni vivir fuera de huesped, son una especie de parásitos que sólo viven incorporados a otro ser vivo. Es verdad que, en cuanto que cadenas de información, puedes encontrarlos fuera de un ser vivo en forma de «viriones» o «partituras», pero un virión a la espera de un huesped donde incrustarse es poco menos que una melodía a la espera de entrar en la mollera de un humano.

Los virus, como las canciones, infectan cuando entran en contacto con el huesped, por eso lls productores musicales se empeñan en hacer sonar sus producciones en las cadenas de radio pagando por ello y, por lo mismo, los ejércitos medievales arrojaban cadáveres de enfermos de peste dentro de las ciudades que asediaban catapultándolos desde las lineas propias. Si no quieres quedar infectado por un virus o una canción lo mejor es que te pongas en cuarentena apagando la radio o no saliendo a la calle.

Los virus (y las canciones) para tener mayor eficacia reproductiva y transmitirse más fácilmente evolucionan de forma que producen en su huesped comportamientos favorables a su transmisión; así hay virus que producen estornudos o tos (esto facilita su proyección hacia otros huéspedes) y, por lo mismo, hay canciones que inducen a los por ella infectados a dar saltos y contorsionarse en una extraña patología llamada «baile» (¡Heyyyy Macarena! ¡Aaaaaarrghhhh!) de forma que otros incautos se ven atraídos por tan llamativa y aparentemente divertida conducta.

Como buenas entidades informacionales los virus y las canciones mutarán hasta alcanzar su máxima eficacia replicativa y por eso la gripe cada año es distinta y por eso «Macarena» acabó cantándose en inglés con una versión que, eso sí, mantuvo siempre los genes esenciales de su ADN musical (¡Heyyyy Macarena! ¡Aaaaaarrghhhh!).

Ocurre con las canciones como con los virus que, cuando se te pasa la fiebre de esa canción que se te ha metido en la cabeza y cantas todo el día te acaba hartando. Sí, has elaborado los necesarios anticuerpos y ahora estás vacunado contra ella, la canción no te gusta, ahora incluso te molesta, y no volverá a «infectarte» hasta que la olvides o mute hasta una forma para la que no dispongas de anticuerpos. Justito igual que los virus.

Sí, sé que todo esto te parecerá gracioso pero ¿Qué dirías si te digo que epidemias y canciones se propagan siguiendo idénticos patrones? ¿Qué dirías si te digo que ADN y ARN no son más que unas cadenas de información?

Sé que no me vas a creer pero el mundo, el universo, se compone solo de tres cosas: materia, energía e información y virus, viriones, viroides, canciones, literatura o fórmulas bioquímicas no son más que especies de un género fascinante: la información.

Es verdad que lo que he escrito aquí es no más que una broma pero, créeme, yo que tú no me reiría demasiado.

Nos están dejando sin poesía

Hace apenas dos días, tras una conferencia improvisada que di en Sabadell sobre informática y derecho, hubo tertulia en un bar cercano con varios de los asistentes a la charla entre los que se encontraba Manuel Cachón, catedrático de derecho procesal en la Universidad Autónoma de Barcelona y hombre de enciclopédica cultura y fina sensibilidad.

La conversación corrió distendida por temas relativos a la propiedad intelectual y la no siempre razonable forma en que los estados la regulan. Se habló de las patentes de ADN, se habló de agricultura, se habló de los organismos genéticamente modificados y se habló, naturalmente, de los efectos que los mismos tienen o pueden tener sobre nuestro hábitat.

Yo, por mi parte, hablé a mis contertulios del «Roundup», un herbicida capaz de acabar con todas las plantas a excepción de aquellas que habían sido modificadas genéticamente para ser inmunes a él. Soja, maíz y muchos vegetales han sido modificados genéticamente por una conocida multinacional norteamericana (Monsanto) para que sean «RR» (Roundup Ready) y hasta hay noticias de trigo que podría estar modificado genéticamente.

El uso intensivo y sofisticado de herbicidas, el uso de semillas modificadas genéticamente en países pobres y las consecuencias socioeconómicas de toda esta agricultura hipertecnificada dieron para un breve rato de amena charla.

Sin embargo, si algo recuerdo de aquella conversación, fue una observación que hizo Manuel Cachón: «Viajando por Castilla cada vez se ven menos amapolas en los campos».

Y pensé que tenía razón, que la amapola no es para el agricultor más que una mala hierba que suele crecer en los cultivos de cereal y que, con tanto herbicida hipertecnificado, no solo estábamos acabando con las malas hierbas sino con las amapolas y hasta un poco con la lírica.

Lo escribo hoy para no olvidar la observación sobre la modernidad y la poesía, debo volver algún día sobre este tema aunque solo sea porque, de niño, me gustaba aquel poema —creo que de Juan Ramón Jiménez— que empezaba…

Novia del campo, amapola

que estás abierta en el trigo;

amapolita, amapola

¿te quieres casar conmigo?