Doce meses, doce causas: (I) Conciliación de la vida familiar y profesional.

Doce meses, doce causas: (I) Conciliación de la vida familiar y profesional.

Va a empezar un nuevo año y quisiera que estas fueran las últimas navidades que los abogados y abogadas pasamos quejándonos y recibiendo estopa. Ya ha sido suficiente. No recuerdo que en los más de treinta años que llevo colegiado nadie haya hecho nada por remediar estas quejas así que sospecho que este año, como en los treinta anteriores, tampoco los encargados de hacer algo harán mucho. Así pues repárate y calienta, porque si alguien va a tener que trabajar me temo que nos va a tocar a nosotros.

Tenemos un año por delante para cambiar las cosas pero, al mismo tiempo, tenemos tanta tarea por hacer que no parece posible realizarla en un año ni en una legislatura; sin embargo, si no empezamos a hacerla, lo cierto es que no la terminaremos nunca. Así pues, aquí tienes doce causas para los doce meses del año 2020, veremos cuantas de ellas tachamos de nuestra lista de tareas dentro de doce meses. Allá vamos con la primera:

1. Conciliación profesional y familiar.

Abogadas y abogados, bien entrado ya el siglo XXI no podemos ser madres o padres como cualquiera de los mortales. No sólo eso, abogadas y abogados ni siquiera podemos enfermar y morir sin que las leyes procesales nos carguen con obligaciones suplementarias a la ya difícil condición de enfermo.

Los plazos procesales no se detienen para las abogadas que han de dar a luz, los juicios no se suspenden para los abogados que quieren asistir al parto de sus mujeres, los términos corren incluso para los letrados que yacen en la cama de un hospital y las lactancias de los hijos e hijas de los profesionales de la abogacía se desarrollan en circunstancias infrahumanas por los pasillos de los juzgados.

No exagero, lo que para un funcionario, LAJ o juez es un derecho evidente para letrados y letradas es, a día de hoy una pura utopía.

¿Permisos de maternidad o paternidad dice usted? Déjeme que me ría, en el caso de abogadas y abogados eso no existe.

Esto no se aguanta más y si el próximo gobierno que se forme no tramita un inmediato proyecto de ley en este sentido que recoja todas estas reivindicaciones pediremos a la oposición que lo haga, pero no podemos llegar a la navidad del año que viene en esta situación.

Tenemos redactada una proposición de ley de conciliación de la vida familiar y profesional, nos da igual si los plazos se detienen, se prorrogan o se usa de soluciones del «management procedure», pero, si esta demanda no se soluciona en los próximos doce meses, el escenario se tornará imprevisible.

Tenemos una alternativa, el consenso en este punto es generalizado, rechazar estas reivindicaciones no tendría sentido. Hay que hacerlo y el momento es ya. En cuanto se constituya el gobierno habremos de recordárselo. En los despachos y en la calle si es preciso.

Y ya sabes, si quieres trabajar por ello no lo dudes y #ÚneteaLaRed

La abogacía necesaria

La abogacía necesaria

Un eslogan muy repetido por los abogados en redes sociales para defender el que se dote de medios a la administración de justicia ha sido ese que dice que «sin justicia no hay derechos» y quizá, a base de repetirlo, se nos ha olvidado que existen cosas igualmente importantes que debiéramos defender y que, sin duda, nos tocan más de cerca.

Nos ocurre a los abogados que, a base de defender la justicia, nos olvidamos de nosotros mismos y no nos damos cuenta de que, aunque es verdad que sin justicia no hay derechos, lo cierto es que sin abogados tampoco los hay.

En una sociedad sin derechos la abogacía no tiene razón de ser pero, en una sociedad sin abogacía, lo primero que se extingue son los derechos de esa sociedad.

Y cuando hablo de abogacía no me refiero a cualquier abogacía sino a la abogacía de verdad. No me refiero a esa abogacía negocio que pone en el beneficio económico su primer objetivo, la que deja ver sus ecos de sociedad en las páginas de la prensa salmón, la que a menudo no es más que una herramienta más de los poderosos para tratar de adecuar la realidad jurídica a su conveniencia. Bufetes de influencias,de consejos de administración en multinacionales, condenas por delito fiscal, fondos buitre y trust en las Caimán.

A la que me refiero es a esa abogacía que defiende los derechos de los ciudadanos anteponiéndolos a los propios, a esa que, cuando usted le pregunta aquello de «si hay pleito» le responde con la verdad y le dice lo que más le conviene a usted y no a su cuenta corriente. Siglos de ejercicio profesional construyeron esa abogacía que ahora, en beneficio de los intereses de unos pocos miserables, se trata de destruir.

Se la destruye cuando se eliminan las costas en los procesos hipotecarios, porque con ello se obstaculiza la reclamación de los ciudadanos y se premia la miserable, inhumana y sucia codicia de los bancos.

Se la destruye cuando se aleja la justicia de los juzgados naturales de los consumidores para llevarlos lejos, hacer más caro su acceso y atascar su funcionamiento sin más motivo que favorecer a los de siempre.

Se la destruye cuando se favorece a los bancos reduciendo los lugares en los que pueden ser demandados ellos apenas a 52 juzgados mientras que ellos ejecutan y embargan en los 433 partidos judiciales de España.

Se la destruye cuando a los ciudadanos se les imponen automáticamente las costas de las ejecuciones como si ser pobre fuese lo mismo que ser temerario o no poder pagar fuese lo mismo que actuar de mala fe, mientras que medio país —incluido el Consejo General de la Abogacía Española— trata de que ellos, los bancos, no paguen costas más que en contados casos de conjunciones planetarias.

Se ataca a esta abogacía cuando se atacan muy discriminadamente los criterios de honorarios de los colegios, cobrándoselos con saña a los deudores hipotecarios o bancarios pero interponiendo demandas millonarias contra los colegios cuando son ellos quienes han de atenerse a una más que atemperada versión de los mismos.

Se ataca a esta abogacía cuando no se prorrogan o suspenden los plazos en caso de enfermedad, maternidad o paternidad y se pretende que los abogados y abogadas sean material fungible.

Se la ataca cuando se reconoce el derecho a litigar gratuitamente a capas de la sociedad pero no se dota a la justicia gratuita del presupuesto suficiente para que esa defensa esté dignamente retribuida.

Se la ataca cuando no se controla la publicidad engañosa de empresas que pretenden ser despachos de abogados cuando no son más que intermediarios o multinacionales de procesar carne de jurista novel.

Pero el mayor peligro que amenaza a esta abogacía somos nosotros mismos que, obcecados en defender la justicia, no nos demos cuenta de que la mejor manera de defender los derechos de la ciudadanía es defender la existencia de la abogacía que hace posibles esos derechos, la abogacía que hace que la constitución y el resto del ordenamiento no sean para ellos papel mojado.

No, en las sociedades sin una abogacía así los derechos de la ciudadanía no son más que pura retórica y es por eso que, antes que nada o al mismo tiempo que todo, nuestro deber es defender esta abogacía necesaria.

Ubuntu

Ubuntu

Somos porque son, soy porque sois, sin vosotros no soy nada y sin mí, aunque me odies, eres un poquito menos.

La ética «ubuntu» se popularizó con la llegada al poder de Nelson Mandela y con los discursos del pastor anglicano Desmond Tutu. Buena parte del éxito de la joven y nueva República Sudafricana se debe a esta particular concepción Bantú de la humanidad.

A veces pienso en nuestro ejercicio profesional en términos de esa palabra zulú, ubuntu: ¿qué razón de ser tendría nuestra profesión si no existiese una ciudadanía que ve amenazados sus derechos fundamentales? ¿Qué otro sentido podría tener nuestro ejercicio profesional sino ese?

Hay quien ve nuestra actividad como un negocio pero hay quien todavía cree que esta profesión es algo más que eso. Porque existen ciudadanos con recursos limitados y que han de enfrentarse solos a corporaciones o instituciones con contactos, influencias y capacidades económicas virtualmente ilimitadas, es por lo que existe una abogacía independiente. Somos porque son.

Si algún día ellos desaparecen no tendremos razón de existir (en un mundo sin derechos los abogados sobran) pero, si un día nosotros desaparecemos, ellos dejarán de ser ciudadanos y serán meros súbditos a merced de los poderosos.

Sí, somos porque son, pero ellos también son porque somos y, por eso, cuando defendemos nuestra particular visión de nuestra profesión también les estamos defendiendo a ellos.

Es por eso que una de las mejores formas de defenderles a ellos es defender a esta abogacía que tú yo queremos. No es egoísmo, capricho ni apetencia, es que defendernos es una de las formas más eficaces de defenderles.

Por eso espero verte en Córdoba o en cualquier otro lugar, porque tenemos un trabajo que hacer juntos y tenemos que hacerlo mucho tiempo.

Buenos días y ubuntu.

Madres de hace dos mil años

Madres de hace dos mil años

Para griegos y romanos la península ibérica era un lugar lleno de pueblos y tribus con abundantes costumbres exóticas.

Famosísimo es el texto del historiador griego Estrabón a propósito de las mujeres astures y su enorme dureza en el trabajo. Debo decir que de los hombres astures resalta su obstinación por la cosa de la libertad, pero, del trabajo de ellos no dice nada y espero que mi amigo David Roiz Baztán sepa perdonarme. Bueno, bromas aparte, Estrabón se admira de la dureza de las mujeres astures y escribe:

Con frecuencia paren en el momento en el que se encuentran en plena labor, de forma que lavan al recién nacido inclinándose sobre la corriente del arroyo, y lo envuelven luego (Estrabon III, 4,17).

Mas adelante Estrabón nos cuenta que, tras lavar y envolver a la criatura, esas mujeres seguían trabajando como si tal cosa.

Cosas de hace dos mil años dirán ustedes.

No crean. Las abogadas en España no son indígenas astures pero les aseguro que lo que escribe Estrabón les es prefectamente aplicable. Con frecuencia están trabajando hasta el mismo momento de dar a luz y, sin que nadie les perdone un plazo, en cuanto son capaces de volver a escribir en el ordenador vuelven a su tarea y a los juicios con el cuerpo dolorido.

Esta barbarie, que ya hace dos mil años era barbarie, parece que no llama la atención de nadie ahora. Parece que en el siglo I hubiese más sensibilidad hacia la maternidad que en el XXI.

De las condiciones en que los hijos de las abogadas llevan adelante la lactancia ni les hablo, basta con que miren la foto de abajo e irán formándose una idea.

Mientras leo la famosa cita de Estrabón sobre las mujeres astures pienso en nuestras abogadas y pienso en nuestros gobernantes y me hierve la sangre al pensar que tengan menos sensibilidad que un griego de hace dos mil años.

Últimas tardes de verano

De pronto sientes un escalofrío conocido, miras por la ventana y ves las nubes grises que amenazan lluvia y te embarga una cierta sensación melancólica de final de verano. Pronto volveremos a la tarea y a los dramas ajenos que se tornan propios, al vencimiento inminente de pagos a los que no sabemos bien con qué haremos frente, a los plazos que vencen y a las prescripciones amenazantes, a la resolución que te enfada o te sorprende por inesperada y a la que no necesitas leer porque sabes de antemano qué va a decir. Y cuando noto este viento fresco de las últimas tardes de agosto me acuerdo, indefectiblemente, de Jaime Gil de Biedma y de su Noche Triste de Octubre que, para mí, siempre es de agosto.

Definitivamente
parece confirmarse que este invierno
que viene, será duro.
Adelantaron
las lluvias, y el Gobierno,
reunido en consejo de ministros,
no se sabe si estudia a estas horas
el subsidio de paro
o el derecho al despido,
o si sencillamente, aislado en un océano,
se limita a esperar que la tormenta pase
y llegue el día, el día en que, por fin,
las cosas dejen de venir mal dadas.

En la noche de octubre,
mientras leo entre líneas el periódico,
me he parado a escuchar el latido
del silencio en mi cuarto, las conversaciones
de los vecinos acostándose,
todos esos rumores
que recobran de pronto una vida
y un significado propio, misterioso.

Y he pensado en los miles de seres humanos,
hombres y mujeres que en este mismo instante,
con el primer escalofrío,
han vuelto a preguntarse por sus preocupaciones,
por su fatiga anticipada,
por su ansiedad para este invierno.

Mientras que afuera llueve.
Por todo el litoral de Cataluña llueve
con verdadera crueldad, con humo y nubes bajas,
ennegreciendo muros,
goteando fábricas, filtrándose
en los talleres mal iluminados.
Y el agua arrastra hacia la mar semillas
incipientes, mezcladas en el barro,
árboles, zapatos cojos, utensilios
abandonados y revuelto todo
con las primeras Letras protestadas.

Democracia vs. Derechos

Democracia y derechos humanos parecen estar librando en estas primeras décadas del siglo XXI una sorda contienda en todo el mundo desarrollado.

Las democracias occidentales, vencedoras indiscutibles en la lucha librada contra fascismos y comunismos en el siglo XX, se convulsionan ahora por la lucha interna de sus dos elementos caracterizadores: la voluntad popular y los derechos humanos.

Si consustancial es al sistema democrático el concepto de soberanía popular igualmente consustancial a él es el respeto a una serie de derechos y libertades fundamentales del indivíduo reconocidos en tratados internacionales y constituciones. Sin embargo, estos dos elementos consustanciales a los sistemas democráticos, no parecen poder convivir sin fricciones y sobre estas fricciones están apareciendo movimientos políticos, de extrema izquierda o de extrema derecha en la terminología habitual, que pueden poner en peligro el propio sistema democrático.

Quizá las crisis migratorias que se producen en todo el mundo entre países pobres y ricos o las reacciones legislativas o políticas de los países ricos ante los atentados terroristas u otras caracterizadas formas de delito ilustren perfectamente esto que digo.

La crisis económica ha despertado en los últimos años sentimientos contrarios a la presencia de inmigrantes entre determinadas clases sociales; se cuestionan los derechos de los extranjeros, la conveniencia de su admisión o incluso la posibilidad de su expulsión. La escasez de recursos entre los nacidos en un determinado territorio estimula en ellos el deseo de expulsar del mismo a quienes no han nacido en él, hayan llegado al mismo estos últimos de manera regular o no. Líderes populistas cabalgan la ola de ese deseo y encuentran en él un importante caladero de votos.

Delitos que aparecen como particularmente odiosos a los ojos de la población, en particular los relacionados con la libertad sexual o con los menores, reclaman para su más sencilla persecución o prevención medidas que, en muchos casos, suponen una restricción de los derechos individuales de todos, restricciones que muchos están dispuestos a tolerar pues creen sinceramente que sólo se usarán en casos que a ellos no les atañen y que, por lo tanto, son a menudo demandados de forma enérgica por capas importantes de la población. También en estos casos aparecen pronto líderes políticos dispuestos a cabalgar la ola.

Del mismo modo que en los casos anteriores —dejo que cada uno de ustedes busque el ejemplo— aparecen grupos que expresan su viva indignación frente a principios como el de la presunción de inocencia en determinados casos, al de libertad de información en determinados otros o al secreto profesional en otros muchos. La lista es larga pero la tensión existente entre la voluntad popular —promovida por líderes ávidos de votos— y los derechos y libertades individuales es una constante en la vida política de las naciones llamadas desarrolladas y la curiosa caracterización de los líderes electos en algunas de ellas no puede ser más ilustrativa de esto que digo.

El papel de la abogacía en este punto, en cuanto que defensora de los derechos individuales, es absolutamente capital y no es infrecuente que abogados y abogadas se encuentren sólos e icomprendidos peleando una batalla, a veces sin esperanza, entre el derecho de uno frente a la voluntad de casi todos. Pero eso es lo que hace grande a esta profesión, que es sobre ella sobre la que recae el deber de defender los derechos individuales y que es en ella donde hallan su último reducto las esperanzas de todos; que su pelea en muchos casos incomprendida es la que, en muy buena medida, hace posible que muchas democracias sigan mereciendo tal nombre.

Viviremos muchos más episodios de esta guerra y es bueno saber que, con frecuencia, no estaremos del lado de la mayoría, conviene estar preparados.

Superabogadas

El hijo de una compañera abogada me contó, no hace mucho, que uno de sus más persistentes recuerdos de infancia era el de dormirse escuchando el sonido lejano de la máquina de escribir de su madre y despertarse, al día siguiente, oyendo cómo la máquina seguía sonando.

La imagen me pareció extremadamente tierna y que describía perfectamente el tremendo esfuerzo de esas abogadas madres por sacar adelante a sus hijos y su trabajo, dando a cada tarea el tiempo necesario y quitándoselo a ellas mismas.

Esta noche en que muchas abogadas concluyen sus recursos tras acostar a sus hijos, me ha venido esa imagen a la memoria y he pensado que es verdad, que cuando los niños duermen aún sacan el coraje las superabogadas.

Va por vosotras compañeras, sois lo mejor.