Los villancicos de Cartagena y Murcia y el Polo Venezolano

Los villancicos de Cartagena y Murcia y el Polo Venezolano

Si yo les contase a ustedes que «Guárdame las vacas» es una de las composiciones musicales más trascendentales en la historia de la música probablemente ustedes, con mucha razón, me dirán que estoy exagerando, que nadie o muy poca gente conoce esa canción y quizá tengan razón… O no.

La música, como cualquier sustancia hecha principalmente de información, muta como el ADN y siguiendo patrones muy similares a los de este. Créanme. Mientras no falte la energía la información mutará hasta alcanzar la forma que le proporcione el máximo éxito replicativo y esto pasa también con la música; una determinada pieza musical original irá mutando de forma que consiga éxito replicativo pues, de no hacerlo, caerá en el olvido, que es la muerte informacional. Otro día les explico todo esto en detalle, de momento créanme y tratemos de ver un ejemplo de esto que acabo de decirles, un ejemplo que nos llevará de España a Venezuela y que unirá los villancicos de la Región de Murcia con el Polo Margariteño venezolano y que nos ilustrará sobre los aspectos evolutivos de la información de que antes les he hablado.

Ahora empecemos por el principio y el principio es un romance «Guárdame las Vacas» cuyos primeros versos decían

«Guárdame las vacas,
Carrillejo, y besarte he;
si no, bésame tú a mí,
que yo te las guardaré.»

La historia de esta pastora procaz que moría por un beso de su amado Carrillejo debió ser muy popular en el siglo XVI porque fue musicada con arreglo a los cánones de la llamada «Romanesca» por muchos y variados autores.

La Romanesca era una fórmula melódico-armónica usada como una especie de aria para cantar poesía y como una base sobre la que trabajar variaciones instrumentales. La Romanesca fue usada por vihuelistas españoles como Luís de Narváez, Alonso Mudarra, Enríquez de Valderrábano y Diego Pisador.

La Romanesca se origina en España con el ya mencionado romance «Guárdame las Vacas» que, en versión del vihuelista Luís de Narváez se cantaba así:

Tan famosa fue la cancioncilla que se embarcó en la flota de indias y acabó tocando tierra en Venezuela donde el aristocrático punteo fue sustituido por el más plebeyo rasgueo al tiempo que se le fue incorporando percusión y la Romanesca «Guárdame las Vacas» fue evolucionando hasta dar lugar al actual Polo Margariteño, música extremadamente popular en Venezuela y que, si quieren saber cómo suena y cómo evolucionó desde el originario «Guárdame las Vacas», pueden disfrutarlo aquí.

La progresión armónica de «Guárdame las Vacas» la habrán escuchado ustedes y les sonará a antigua música de sabor céltico y no se lo discutiré, pues, la popular «Greensleeves», comparte todos los elementos de la españolísima Romanesca.

Demos un paso más; de las “diferencias” creadas sobre «Guárdame las Vacas», las de Alonso Mudarra se hicieron particularmente populares y, si algún auroro, cuadrillero, Parrandbolero o simplemente habitante de Cartagena o Murcia las oye, pronto captará algo muy conocido en ellas. Escuchen un ratito la forma en que sonaban las «diferencias» de Alonso Mudarra sobre «Guárdame las Vacas».

A poco que hayan oído villancicos de Murcia, Cartagena o de la parte de La Azohía, sin duda percibirán que los mismos no son sino variaciones de la Romanesca «Guárdame las Vacas», la misma de «Greensleeves» o la misma que fue madre del Polo Margariteño. Sí, los villancicos de Cartagena y Murcia son hermanos del venezolano Polo Margariteño, ya ven ustedes como las canciones, como el ADN, saben dispersarse por el mundo.

Había olvidado todo esto hasta que hace unos días, tratando de explicar a unos amigos de Córdoba cómo se cantaban los Villancicos en Cartagena (ayer fue la Romería de El Cañar), les mandé unos villancicos entre cartageneros, murcianos y caribeños de los Parrandboleros hechos —cómo no— sobre la base de la Romanesca «Guárdame las Vacas» y con “diferencias” (que diría Narváez) al final de los mismos hacia el mismísimo caribe.

La historia de cinco siglos de música se encierra en estos villancicos cartagenero-murciano-venezolano-caribeños de los Parrandboleros. Disfrútenlos y Feliz Navidad a todos.

El lobo ¿compite o coopera con el venado?

El lobo ¿compite o coopera con el venado?

El último lobo del parque nacional de Yellowstone fue cazado en 1925, momento a partir del cual venados y búfalos pudieron pastar a sus anchas, y lo hicieron.

Las poblaciones de alces, cabras, bisontes, venados y otros hervíboros crecieron sin control, secaron las praderas, erosionaron la tierra, acabaron con bosques e incluso con ríos. Muchas especies ya no pudieron vivir en ese ecosistema y desaparecieron de Yellowstone.

En 1995 se reintrodujeron en el parque 32 lobos canadienses en un experimento que no se sabía bien cómo terminaría, pero, para sorpresa de los científicos, la presencia del lobo alejó a los venados de determinadas zonas del parque dando así tiempo a la hierba a crecer en la pradera y a los árboles a crecer en los bosques; la erosión se frenó y volvieron a aparecer arroyos susceptibles de permitir construir sus diques a los castores o pescar a los osos. La presencia del lobo devolvió la vida al parque sin que las poblaciones de hervíboros sufriesen por ello más de lo que la naturaleza desea.

¿Es, entonces, el lobo un «amigo» o un «enemigo» de alces, venados y bisontes?

Conceptos como los de «amigo», «enemigo», «antagonista» o «cooperador» deben de ser revisados posiblemente. ¿El lobo es amigo de hierbas y bosques y enemigo de las cabras?. Si el lobo protege las hierbas de las que se alimenta el venado, cabe preguntarse entonces: el lobo ¿coopera o compite con el venado?.

En Yellowstone todos los recursos de la naturaleza son comunes, no existe ningún texto legal que diga como deben repartirse entre los animales que lo pueblan, pero la naturaleza ha encontrado la forma de distribuir y proteger esos bienes en beneficio de todos.

En el caso de la especie humana, ya sin competidores sobre la faz de la tierra, hemos sido incapaces de encontrar una forma racional de explotar y preservar los bienes comunes. La atmósfera, los mares o el agua de los ríos son testigos de nuestra ignorancia y nuestro fracaso. Muchos economistas han estudiado este fenómeno al que han llamado «La tragedia de los comunes» (les animo a googlear la expresión), entre ellos la premio nobel Ellinor Ostrom que estudió en profundidad y puso como ejemplos de buena gestión los tribunales de las aguas de Murcia y Valencia (ciudades en las que Ellinor es una absoluta desconocida). Pero, a salvo de ejemplos puntuales, el ser humano, a diferencia de la naturaleza y a pesar de contar con leyes y tribunales de justicia, se ha mostrado absolutamente incapaz hasta la fecha de salvar a los bienes comunes de la tragedia. La teoría económica explica perfectamente por qué los bienes comunales no pueden sobrevivir, lo que no ha explicado hasta ahora es cómo pueden conservarse. Ya conocen aquel dicho atribuido infantilmente a los indios Creek: cuando haya desaparecido el último animal y el último árbol os daréis cuenta de que el dinero no se come.

En fin, en la naturaleza, en general, todos los seres vivos compiten y al mismo tiempo todos cooperan, lo decisivo es mantener la homeostasis del sistema, mantener el equilibrio.

Y ahora planteémonos el papel del ser humano, el mayor depredador de la naturaleza: ¿Contribuimos al equilibrio o hemos inventado un equilibrio mejor?. Quizá, como los venados, cuando nos hayamos comido la última hierba de la pradera echemos de menos la cooperación del lobo.

Naturaleza, altruismo y banderas

Naturaleza, altruismo y banderas

Konrad Lorenz nos enseñó que, dentro del modelo biológico de reciprocidad natural, es posible practicar la cooperación en diversos niveles de intensidad y complejidad y señaló específicamente cuatro niveles en la naturaleza a los que llamó «multitud anónima», «sociedad sin amor», «sociedades endogámicas» y «grupo» propiamente dicho. De los cuatro citados niveles me interesa detenerme en los dos últimos.

En el nivel llamado de las «sociedades endogámicas», como las superfamilias que agrupan a varias generaciones de ratas, lobos, insectos sociales, etc., se da un reconocimiento individualizado pero una cohesión de tipo clánico: el individuo es uno más en el clan, que viene delimitado por marcadores colectivos como son las feromonas u otros rasgos diferenciadores del linaje. En estas sociedades endogámicas la cohesión inclusiva se refuerza a través de comportamientos beligerantes hacia los outsiders. Aquí sí se producen comportamientos de cooperación y altruismo, si bien se trata de un altruismo hacia un marcador, sea quien sea el individuo que lo porta.

El concepto de «altruismo hacia un marcador» es demasiado evocador de determinadas conductas humanas como para pasarlo por alto. ¿Son las patrias, razas, religiones o banderas marcadores a los que rendimos respeto y dan lugar a un tipo de cooperación tan primitiva como eficaz?

Instrumentos válidos para llevarnos al conflicto e incluso a la guerra como si fuésemos insectos (la abeja era el arquetipo de soldado para los antiguos egipcios) ratas o lobos (iconos muy usados en ejércitos del siglo XX) este «altruismo hacia un marcador» es un concepto inquietante que nos perturba en la medida que pudiera revelar ancestrales instintos humanos.

Porque, lo que Lorenz llama «grupo» propiamente dicho, está caracterizado por ser un agregado de vínculos individualizados (no colectivizados, como en el caso anterior de las superfamilias), propio de algunas especies de aves y de primates cognitivamente avanzados, como los humanos: La formación de un grupo verdadero presupone que los individuos son capaces de reaccionar selectivamente a la individualidad de sus vecinos o compañeros (…) es condición sine qua non para la formación de un grupo la identificación personal del compañero (…) identificación que se realiza, claro está, individualmente. (Lorenz 1978[1963]).

Enfrentado a estos dos niveles de cooperación pienso en los sucesos recientes de rescates de inmigrantes en el mar. El «altruismo a los marcadores» (cultura, religión, patria, raza, creencias) nos hace rechazar su entrada en Europa y, sin embargo, creo que ninguno de quienes se adhieren al «altruismo a los marcadores» sería capaz de dejar en el mar o impedir la entrada a una persona si operase en el nivel de «grupo propiamente dicho» y viese a la otra persona individualizada e identificada como ser humano como ellos.

La moral y las reglas de cooperación humanas no son reflexivas sino que tienen naturaleza evolutiva: nuestras estrategias se desarrollaron en el marco de un entorno natural y son adecuadas y útiles para él. Por ejemplo: un ser humano no soportará el dolor en sus cercanías y llegará a poner su vida en juego para salvar a una anciana en peligro de ahogarse aunque le queden pocos días de vida. Sin embargo, cuando el dolor queda más lejos, el ser humano no siente esa perturbación y puede soportar perfectamente que miles de niños mueran de hambre a condición de que estén lejos. Incluso no sentirá mayor estrés al rechazar una petición económica de UNICEF o Cruz Roja. Para provocar sus instintos y su empatía estas organizaciones traerán el drama cerca de él y le motivarán exhibiéndole fotografías o documentales.

Las acciones humanas dependen de motivaciones no siempre racionales y a menudo contradictorias y pienso si los juristas no haríamos bien en estudiar científicamente todas estas reglas que determinan la forma en la que el ser humano interactúa con sus semejantes y coopera o se enfrenta con ellos.

Quizá esté pendiente de escribir un tratado sobre moral o derecho evolutivos.

Los chimpancés, los humanos y el «efecto dotación»

Los chimpancés, los humanos y el «efecto dotación»

El ojo del chimpancé también engorda el caballo. El «efecto dotación» (endowment effect) es la hipótesis según la cual las personas atribuyen más valor a las cosas únicamente por el hecho de poseerlas. Sí, aunque usted no lo crea, su valoración de las cosas depende de su punto de vista: si es usted el propietario las cosas poseídas valen más. En un experimento famoso Daniel Kahneman, Jack Knetsch y Richard Thaler, tres reputados científicos en este campo, entregaron a los participantes una taza y luego les ofrecieron la oportunidad de venderla o cambiarla por una alternativa igualmente valorada (plumas). Descubrieron que la cantidad que los participantes necesitaban como compensación por la taza —una vez que se había establecido su propiedad de la taza (“disposición a aceptar”)— era aproximadamente el doble de la cantidad que estaban dispuestos a pagar para adquirir la taza (“disposición a pagar”).

Este «efecto dotación» parece estar relacionado con la llamada «aversión a la pérdida»; es decir, a la fuerte tendencia de la gente a preferir evitar pérdidas monetarias antes que conseguir ganancias monetarias equivalentes.

La aversión a la pérdida forma parte de la teoría prospectiva (o de las perspectivas), desarrollada en 1979 por los psicólogos Daniel Kahneman (premio Nobel de Economía en 2002) y Amos Tversky. Sus estudios sugieren que las pérdidas son valoradas psicológicamente entre 1,5 y 2,5 veces más intensamente que las ganancias.

Imagine que le propongo un juego de azar: lanzaré una moneda al aire, si sale cara usted ganará 1000€ pero, si sale cruz, usted deberá pagar 800€. Piense que haría usted.

Si su opción es no jugar y no arriesgarse a perder 800€ sepa que está usted del lado de la inmensa mayoría de los humanos y los estudios así lo demuestran porque es un instinto humano este de la aversión al riesgo… ¿humano he dicho?.

Somos lo que somos tras un largo proceso evolutivo en algún momento del cual han aparecido las emociones o instintos que nos gobiernan y, si eso es así, es posible que encontremos en el resto de los animales esos mismos instintos en mayor o menor medida.

Orgullo, empatía, reciprocidad, son pulsiones que los seres humanos equipamos de fábrica pero que también equipan a una buena cantidad de animales sociales y este «efecto dotación», como era esperable, también ha sido detectado recientemente en los chimpancés: ellos tampoco cambian lo que tienen por bienes de valor similar.

En fin, cuando usted se enfade frente a una situación injusta, piense que su enfado es consecuencia de millones de años de evolución que han dotado de tales pulsiones a la especie humana. Averiguar por qué la evolución nos dotó de tales pulsiones, cómo caracterizó sus detonantes y catalizadores, como moderó y moduló su intensidad y efectos y como —todo ello— nos confirió ventajas evolutivas, es un trabajo apasionante y que nos acerca más a un verdadero derecho natural que decenas de tratados filosóficos.

Vive y deja vivir: cuando la cooperación entre enemigos emerge

Vive y deja vivir: cuando la cooperación entre enemigos emerge

La cooperación es una estrategia que se impone de forma natural cuando se dan determinadas condiciones independientemente de si los agentes llamados a cooperar son seres racionales o irracionales o de si son amigos o enemigos.

En algún otro post he tratado la cooperación entre seres irracionales —(bacterias)— hoy, mirando viejas fotos de la Primera Guerra Mundial, me ha venido a la cabeza el hablarles de la cooperación entre enemigos.

Quizá hayan visto alguna película de la Primera Guerra Mundial donde se presenta a enemigos irreconciliables —alemanes e ingleses por ejemplo— saliendo de las trincheras y jugando un partido de fútbol en la tierra de nadie durante una efímera tregua; quizá sea bueno que sepan que tales treguas no fueron tan efímeras como las películas pretenden y que la estrategia de «vive y deja vivir» fue un comportamiento tan extendido durante la Gran Guerra que preocupó seriamente a los mandos de los ejércitos en conflicto por si daba lugar a deserciones masivas o negativas generalizadas a combatir. La
correspondencia de los soldados británicos, estudiada en profundidad, revela que, de un modo u otro, la mayoría de sus batallones se vieron envueltos en este tipo de estrategias de «vive y deja vivir». La correspondencia de sus adversarios, aunque menos analizada en este punto, confirma el dato.

¿Por qué este tipo de estrategias se produjeron con frecuencia durante la Primera Guerra Mundial y no en otros conflictos? Bueno, la respuesta rápida es que la guerra de trincheras daba lugar a que el enemigo que estaba al otro lado de la tierra de nadie no cambiase con
frecuencia (esto exige considerar al «batallón» como una unidad con
características especiales) y los contendientes se encontrasen en un
escenario óptimo para llevar adelante un juego del tipo del dilema del prisionero
iterado
.

La cooperación emergía inicialmente de forma espontánea por pequeños actos coincidentes (los soldados observaron que, a la puesta del sol, se producían espontáneos periodos de calma cuando se servía la cena en las trincheras) o por días señalados (la cena de Navidad, por ejemplo, solía dar lugar a espontáneas suspensiones de hostilidades), estas situaciones se extendían y generalizaban posteriormente.

Para los soldados las ventajas de combatir eran mucho menos obvias que las de no disparar, sin embargo cualquier acuerdo verbal con el enemigo podía conducirles ante el pelotón de fusilamiento, de forma que aparecieron espontáneamente comportamientos que, salvando ante los mandos la apariencia de combate, mantenían frente al enemigo un tácito
pacto de no agresión. Los testimonios de comportamientos de esta especie están perfectamente documentados: desde la artillería inglesa que disparaba siempre a los mismos lugares y a las mismas horas, a los tiradores alemanes que demostraban su puntería sobre determinadas marcas pero nunca disparaban al hombre. El reemplazo de los batallones cada ocho días no cambiaba el statu quo, bastaba con un rápido cambio de impresiones entre los soldados que se marchaban y los que llegaban para mantener la entente

—¿Qué tal son aquí los boches?

—Buena gente

Este tipo de comportamientos se extendió tanto que supuso un inmenso dolor de cabeza para los altos mandos, especialmente el aliado, pues en su criterio aquella era una guerra de desgaste: ellos podían reponer las bajas, los alemanes no y por ello un empate a muertos era una victoria, un punto de vista que, claro es, no compartían los soldados.

La estrategia de «vive y deja vivir» finalizó cuando los aliados impusieron la política de «raids». Cada cierto tiempo y de forma
aleatoria una sección del batallón debía tratar de infiltrarse en las trincheras enemigas y hacer prisioneros… o morir en el intento. Con tal estrategia la reciprocidad, base de la cooperación, era imposible y los soldados no podían simular ataques: o traían prisioneros o sus cadáveres acreditarían que el ataque no era fingido. Hubo fusilamientos a millares y —finalmente— los altos mandos salieron triunfantes y obligaron a los soldados a matarse, aún hoy día, no se sabe muy bien por qué.

Diseño inteligente

Discuten en Estados Unidos sobre la veracidad de la Teoría de la Evolución y en ciertos estados tratan de compaginarla con una supuesta teoría del diseño inteligente. Tal empeño causa hilaridad entre el mundo científico.

La realidad es que la naturaleza operó mediante selección natural durante millones de años premiando el éxito reproductivo de los individuos y esto fue así hasta que el ser humano evolucionó lo suficiente para inventar el diseño inteligente mediante la selección humana. En lugar de permitir que la naturaleza premiase a los individuos que más se reproducían el ser humano decidió premiar con una mayor reproducción al tipo de individuos que más le convenía a él. Así cruzó las vacas más pacíficas y que más carne producían con los machos más domesticables y con mayores carnes; fue así seleccionando según sus necesidades los animales que él necesitaba como especie sustituyendo a la naturaleza con tal éxito que, a día de hoy, los animales domésticos superan en más de cinco veces a sus homólogos salvajes.

Gracias a esta selección el ser humano creó formas animales tan distintas como un San Bernardo y un Chihuahua o como una vaca o un toro de lidia. Porque el ser humano no sólo ha usado el diseño inteligente para sus necesidades básicas sino para su diversión y entretenimiento. A través de este diseño inteligente el ser humano ha ido premiando unos genes en detrimento de otros; ahora, con la posibilidad de manipulación genética, esta capacidad del ser humano para el «diseño inteligente» ha permitido insertar, por ejemplo, genes de medusas luminiscentes en el código genético de conejos. «Alba» es el nombre del primer conejo fluorescente y dejo al criterio de quien esto lea calificar el experimento como «arte», «diseño inteligente», «experimento científico», «monstruosidad» o cualquier otro adjetivo que prefiera.

Buenos días de domingo.

Mediación

Hoy es el día internacional de la mediación y la Asociación de Mediadores de la Región de Murcia me ha pedido que intervenga en el acto conmemorativo que se celebrará esta tarde a las 18:00 en los salones del Ayuntamiento de Torre-Pacheco, de forma que, esta mañana, ando pensando lo que les contaré. Suelo improvisar mis intervenciones pero, para hacerlo, antes debo acopiar una buena colección de ideas que luego usaré o no, discrecionalmente, porque, como dicen que dijo Mark Twain: lleva varias semanas preparar un buen discurso improvisado.

Dándole algunas vueltas al asunto me ha venido a la cabeza esta mañana que hace unos 4.300 años que las leyes regulan la vida de las personas (si tomamos como fecha inicial la del gobierno de Urukagina de Lagash en Sumeria) pero que esos 4.300 años no representan más que un pequeñísimo fragmento (apenas el 1,4%) de los 300.000 años de historia de la especie humana1, una historia exitosa de convivencia, cooperación, vida en común y trabajo en equipo. Homo sapiens —el zoon politikon de Aristóteles— si es algo, es, antes que nada, un animal social que comparte y coopera y, quizá hoy, en el día mundial de la mediación, debiéramos preguntarnos cómo este animal político ha conseguido resolver sus conflictos durante esos 300.000 años de historia en que vivió sin leyes ni jueces.

Conviene que descartemos en primer lugar la violencia pura y simple como método de resolución de conflictos —no infravaloren a nuestra especie— pues la violencia, tendremos ocasión de verlo, no es el sistema que emplea la naturaleza para promover la cooperación. De hecho, la especie humana, tiene una curiosa aversión a los machos alfa: a diferencia de otras especie de simios la especie humana ha desterrado de su ADN la predisposición a tal jerarquía social, no hay «machos alfa» en la espacie humana, a sapiens nunca le han gustado los abusones y sus conflictos siempre ha procurado resolverlos por medios distintos de la violencia.

En segundo lugar, en esta larga biografía de 300.000 años debemos descartar también a la administración de justicia como el método de resolución de conflictos usado por sapiens. No fue sino hasta la revolución neolítica, con la aparición de la agricultura, que aparecieron también las primeras civilizaciones y, con ellas, las organizaciones sociales necesarias para instaurar un sistema de leyes que regularan la vida de las personas junto con un cuerpo de jueces que distinguiesen lo justo de lo injusto.

¿Cómo resolvió sapiens sus conflictos durante esos 296.000 años que vivió sin jueces? ¿Resolvía sus conflictos peor que ahora o la armonía en que vivían tribus y clanes era de una calidad similar a la de la sociedad actual? ¿Qué herramientas, mecanismos o sistemas, ha usado sapiens estos 296.000 años para conseguir armonía y eficacia cooperativa en sus grupos?

Todas esas preguntas, que deberían ser objeto de estudio si existiesen unos verdaderos estudios sobre «Derecho Natural» en España, han tratado de ser respondidas desde las más diversas ramas de la ciencia; desde la antropología, a la biología pero, si algunas ciencias han rendido especiales servicios a esta investigación, estas son, en mi sentir, las matemáticas —singularmente la teoría de juegos— junto con las ciencias que estudian los procesos evolutivos.

Llama mi atención que, mientras que en el resto del mundo se hace un esfuerzo importantísimo para conocer los fundamentos biológicos o evolutivos de lo que llamamos «justicia», en España sigamos repitiendo la misma cancamusa de siempre.

Para entender la justicia prefiero unas líneas de Robert Axelrod o Frans de Waal que sesudos volúmenes de los filósofos de siempre —espero que se me disculpe esta afirmación «performática»— y, por lo mismo, prefiero aproximarme a la justicia y a la resolución de conflictos usando del método científico antes que de la especulación.

Hemos dicho que la historia de convivencia y cooperación de sapiens se ciñe a los últimos trescientos mil años; pero no podemos olvidar que sapiens no es más que una especie del género homo, un género también caracterizado por la vida en sociedad y la cooperación (piensen si no en homo neanderthalensis y en su humana forma de vida) que remonta nuestro pasado hasta más allá de dos millones y medio de años hacia el pasado; dos millones y medio de años en los que homo vivió en sociedad y usó de mecanismos de resolución de conflictos que, siendo exitosos tal y como la propia historia acredita, no parecen atraer a día de hoy la atención de los científicos patrios.

En realidad, tanto sapiens como homo, no son más que una especie y un género de la gran familia de los hominidos, una ingente colección de formas vivientes todas ellas expertas en la cooperación y en la solución de conflictos grupales. Es sobre los hombros de todos estos antepasados sobre los que se levanta nuestra justicia y nuestros métodos, no tan alternativos, de resolución de conflictos y entre ellos, singularmente, la mediación.

No debo extenderme más en este punto ni creo que sea preciso insistir sobre la particular forma de ceguera que se deriva de considerar a la administración de justicia como la única herramienta válida para solucionar los conflictos humanos, pero no debo dejar de advertir sobre la particular sordera que muestran, sobre todo los poderes públicos, cuando se niegan a dotar de medios a la forma más moderna, refinada y eficaz que sapiens ha descubierto para resolver sus problemas: la administración de justicia.

Viendo el proyecto de presupuestos generales de este año observo cómo la Justicia sigue padeciendo de una absoluta falta de medios y de dotaciones presupuestarias mientras se trata de presentar a la mediación a guisa de cimbel como la solución a estas carencias. Por otro lado, observamos cómo la mediación tampoco cuenta con dotaciones presupuestarias y se la usa, más como un expediente útil para no destinar medios a justicia que con una sincera confianza de los poderes públicos en sus posibilidades.

La política presupuestaria del gobierno parece que nos quiera llevar de las «diligencias para mejor proveer» de la vieja Ley de Enjuiciamiento Civil a una «mediación para mejor dilatar» que disimule la lentitud y falta de medios en que vive y trabaja la Administración de Justicia Española; política presupuestaria esta que aniquila no sólo las capacidades de nuestra Justicia, sino que hace saltar por los aires cualquier esperanza de que la mediación pueda instaurarse como una herramienta útil en la resolución de conflictos.

Estas ideas rondan mi cabeza esta mañana, esta tarde ya veremos qué cuento a los mediadores, aunque sé que algunas de estas ideas estarán en mi intervención junto con otras sobre las que he escrito antes y los apuntes de algunas otras más sobre las que siento que debo investigar más. La forma en la que los seres humanos y los animales sociales resuelven los conflictos que nacen de la cooperación es un campo extremadamente fértil en el que, por desgracia, en España no parecemos estar interesados en sembrar y, mientras esto sea así, no hace falta ser profeta para saber lo que se cosechará: nada.


  1. Los restos más antiguos de Homo sapiens se encuentran en Marruecos, con 315 000 años. Las evidencias más antiguas de comportamiento moderno son las de Pinnacle Point (Sudáfrica), con 165 000 años. Nuestra especie homo sapiens pertenece al género homo, que fue más diversificado y, durante el último millón y medio de años, incluía otras especies ya extintas. Desde la extinción del homo neanderthalensis, hace 28 000 años, y del homo floresiensis hace 12 000 años (debatible), el homo sapiens es la única especie conocida del género Homo que aún perdura. ↩︎

El mono marino

Ayer disfruté con un inspirado documental que emitió TVE1; en él,su guionista, el antropólogo Niobe Thompson2, mientras se preguntaba por las razones de que la única especie de homínidos que había sobrevivido fuera la nuestra, apuntaba a la posibilidad de que fuese la especial adaptación al medio marino que presenta nuestra especie la que nos permitiera sobrevivir.

El clímax del documental y de la odisea de la supervivencia humana se plantea mientras se muestran los descubrimientos realizados en la excavaciones de la sudafricana Cueva de Blombos: la definitiva configuración de la mente humana moderna. Parece que dicha configuración de la mente se alcanza en un período prehistórico (hace unos cien mil años) en que nuestra especie entra en contacto con el mar.

Las excavaciones realizadas en la Cueva de Blombos abonan esta tesis pues allí, junto a maquillajes y abalorios que nos indican la presencia de un fuerte pensamiento simbólico, encontramos restos de fauna que nos demuestran que en aquel tiempo se sexplotaba un amplio rango de recursos marinos. Más de mil huesos de peces, muchos de ellos de ejemplares grandes, caparazones marinos, pinnípedos e incluso delfines, atestiguan de la presencia de una explotación extensiva de recursos acuáticos.

¿Fue la pesca una actividad consecuencia del aumento de la inteligencia de nuestra especie o fue, por el contrario, el aumento de nuestra inteligencia una consecuencia de la pesca con su mayor aporte de nutrientes?

El mejor recurso para el desarrollo de nuestros cerebros parecen ser los ácidos grasos poliinsaturados de cadena larga presentes en la cadena trófica marina. La correlación observable entre el aumento de inteligencia de nuestra especie en los períodos en que se alimentaba de recursos marinos ha llamado la atención de los expertos y les ha llevado a preguntarse si fue esta peculiar alimentación la que dio el último impulso a la mente de nuestros antepasados para alcanzar, hace casi cien mil años, su configuración actual.

Dicho esto, naturalmente, la pregunta está servida: ¿es el hombre un mono especialmente evolucionado para adaptarse al medio acuático?

El documental, para responder a tal pregunta, se dirige hasta la tribu de los Badjao3, en Filipinas, un pueblo marinero nómada, que en la actualidad todavía sigue practicando este estilo de vida. Allí comprueba cómo todavía los antiguos pescadores tradicionales son capaces de bucear en apnea a grandes profundidades permaneciendo sumergidos y sin respirar durante períodos de cinco minutos. La adaptación de la especie humana al buceo4, las reacciones biológicas que llevan a nuestro cuerpo, en ausencia de oxígeno, a dirigir los recursos al cerebro y al corazón, la extrema resistencia al frío que manifiestan otros pueblos cazadores-recolectores marinos llevan al documentalista a plantearse la pregunta que nos formulábamos al principio: ¿Es el hombre un mono acuático?

Mientras estaba viendo el documental caí en la cuenta de que esa tesis ya la había defendido con vehemencia, años atrás, la campeona de la teoría del «simio acuático» Elaine Morgan5.

Escuchar a Elaine Morgan (1920-2013) es un placer que hace pensar. Recuerdo cuando, viendo una charla suya en Ted, preguntó

¿Podrían darme ejemplos de mamíferos que, como el ser humano,no tengan pelo?

La pregunta es estupefactante, de primera impresión uno no encuentra en la naturaleza mamíferos que no tengan pelo, salvo claro está, delfines, ballenas, morsas o leones marinos y todos ellos, para nuestra sorpresa, resultan ser animales marinos.

Si uno trata de buscar mamíferos sin pelo que no sean animales acuáticos no le salvará el ejemplo del hipopótamo, por razones obvias, pero quizá, pensando en él, vengan a su memoria las imágenes del elefante y el rinoceronte como únicos representantes —junto con el ser humano— de los mamíferos terrestres sin pelo. No se alegre antes de tiempo, recientes investigaciones apuntan a que tanto el rinoceronte como el elefante evolucionaron de animales acuáticos. En el caso del elefante su relación con el manatí está totalmente acreditada. Los manatíes pertenecen al orden Sirenia, algo que difiere de los elefantes, pero ambos presentan similitudes morfológicas y anatómicas que reflejan la relación de su pasado. Debido a las necesidades de supervivencia de ambos, finalmente uno continuó su vida en el agua mientras otro representa hoy al mamífero terrestre más grande del mundo. En el caso del rinoceronte, un pariente lejano del hipopótamo, un antepasado de él encontrado en Florida parece acreditar sus costumbres acuáticas.

Aunque chimpancés y bonobos son genéticamente parecidísimos a nosotros, es evidente que nuestro parecido externo con ellos no es tanto: ellos tienen el cuerpo cubierto de pelo y caminan principalmente a cuatro patas mientras que nosotros presentamos una piel prácticamente sin pelo y caminamos sobre nuestras dos piernas. Ya, ya sé que monos y bonobos pueden caminar sobre sus dos patas traseras y que, de hecho, lo hacen por breves períodos de tiempo; sin embargo, como señala Elaine Morgan, hay un momento en que todos los simios caminan exclusivamente en dos patas y este no es otro que cuando se encuentran en el agua. Ciertamente atravesar un cauce de agua a cuatro patas no parece muy apropiado, mucho más eficaz parece bipedestar mientras se está rodeado de agua, postura que además libera las manos para pescar. Curioso e inspirador ¿Verdad?.

No les voy a fatigar añadiendo los muchos y muy buenos argumentos adicionales que abonan la tesis del simio acuático, pues llegados a ese punto del documental mi mente vagó hasta la primera vivienda de mi ciudad, la llamada «Cueva de los aviones», que fue domicio hace unos 40.000 años de una familia que también se decoraba la piel con maquillajes y conchas de animales que perforaba para adornarse, exactamente igual que los ocupantes de la cueva de Blombos en Sudáfrica hace 80.000 años, salvo que en el caso de los ocupantes de la «Cueva de los aviones» se trataba de Neanderthales.

Tengo que seguir investigando el asunto, la hipótesis del simio marino es sugerente y puede tener interesantes consecuencias, pero, de momento, he dejarles; es casi la hora de comer y me espera en el refrigerador un animal marino lleno de ácidos grasos poliinsaturados de cadena larga (lo que viene siendo un filete de atún) y la cosa de la gazuza empieza a apretar.


  1. «La gran odisea de la humanidad: el nacimiento de una especie». Canadá 2015. Dirección, guión y producción: Niobe Thompson.
  2. Niobe Thompson. Wikipedia.
  3. Badjao. Wikipedia
  4. Tiempos de trabajo en apnea de buceadores tradicionales
  5. Elaine Morgan. Wikipedia

Así en la tierra como en el cielo

Muchos felicitan hoy el solsticio de invierno (o lo hicieron hace un par de días) por la cosa de no felicitar la navidad, fiesta religiosa —dicen— y por tanto ajena a una sociedad moderna y laica. Bueno.

Responder con acierto a por qué los hombres celebran en el solsticio de invierno algunas de las principales fiestas de sus religiones exigiría un estudio pormenorizado de todas las religiones que en el mundo han sido, yo, por mi parte, tengo mi propia tesis y es que, estoy convencido, que estas celebraciones cobraron fuerza y pujanza con la aparición de las primeras civilizaciones basadas en la agricultura, en Mesopotamia, Egipto o incluso en Mesoamérica.

Decidir cuándo se ha de arar, sembrar o llevar a cabo las labores agrícolas, exige conocimientos bastante profundos de astronomía. ¿Cómo sabemos cuando llega la primavera o el invierno o cualquiera de las otras dos estaciones? No hay más que una forma de saberlo y esta es observando el cielo.

Cuando el sol deja de desplazarse en sus salidas y puestas y sale y se pone dos días seguidos por el mismo sitio del horizonte iniciando un desplazamiento inverso, esos días en que el sol parece pararse (sol stitium), marcan los comienzos del invierno y el verano, dos fechas fundamentales para cualquier civilización basada en la agricultura. Complementariamente, cuando las horas de luz solar se igualan a las de la noche (equi noccio) se fijan los principios de la primavera y el otoño.

Pareciera que el destino de la naturaleza, las fechas de siembra y siega y los ciclos del crecimiento de las plantas, estuviesen regidos por el sol en su camino sobre el horizonte y, por ello, no es extraño que los sacerdotes mesopotámicos dedicasen buena parte de sus esfuerzos a estudiar el cielo y a construir zigurats para poder observarlo más de cerca, pues, si el sol regía los ciclos de la vida, ¿por qué otros astros no iban a regir otros aspectos de la vida? Y así empezó la astrología.

Parece que en culturas no agrícolas formadas por cazadores recolectores la influencia celestial pesaba menos y tendían a ubicar sus dioses no en el cielo, junto al sol, la luna y las estrellas, sino en la tierra, en bosques, montañas u otros lugares numinosos… o encarnados en animales de especial significado. Lo de que unas mismas leyes rigiesen los ciclos —así en la tierra como en el cielo— parece más propio de civilizaciones del creciente fértil de que de hordas de Cro Magnones peregrinos por los bosques.

Los primeros imperios, todos ellos fundados en el desarrollo de la agricultura, vincularon sus deidades al cielo y a los astros que viajaban por él y no es extraño que, en el solsticio de invierno, fecha donde los días comienzan a ser más largos y se anuncia con el renacimiento del sol la explosión de vida que tendrá lugar en la primavera, casi todas las religiones de civilizaciones agrícolas estableciesen alguna festividad; la lista es interminable: desde Huitzchilopotzli en Mesoamérica a Mitra en el oriente mediterráneo pasando por el Sol Invictus romano.

Por cierto, ahora que se habla de la fijación de la Navidad el 25 de diciembre como un acuerdo tomado en el Concilio de Nicea, es bueno recordar que el emperador que presidió dicho concilio —sedicentemente católico— no era otro que el emperador Constantino, en ese momento Sumo Pontífice de la Religión del Sol Invicto, el cual, curiosa coincidencia, también celebraba su natividad el 25 de diciembre, como Huitzchilopotzli, como Mitra y como tantos otros.

Este de un concilio católico presidido por un gentil da que pensar… ¿fue un concilio solo de católicos aquel?

Lo sabremos cuando las listas de asistentes puedan examinarse.

Animales morales

Tengo la profunda convicción de que nuestro juicio sobre la moralidad o incluso justicia de nuestras acciones no es un juicio reflexivo sino emocional. Estoy persuadido de que es instintivamente como decidimos liminalmente si una acción es moral o justa y de que sólo posteriormente tratamos de justificar nuestra decisión inicial a través de razonamientos morales o jurídicos. Tan sólo en un no demasiado grande número de casos nuestro razonamiento posterior nos revelará que nuestro juicio moral o jurídico instantáneo no era acertado.

Sé que más de un jurista, sobre todo algunos jueces, levantarán una ceja incrédula al leer esto pero concédanme unos minutos, porque estas convicciones mías de que les hablo, naturalmente, no las he inventado yo sino que muchos científicos han trabajado sobre esta hipótesis.

La justicia y la moral, créanme, no son una construcción del razonamiento humano o, al menos, no son una creación exclusiva del razonamiento humano. La vida en grupo exige atenerse a una serie de reglas de convivencia ya sea el grupo humano, de primates, de peces o de bacterias. Los comportamientos que permiten la vida en sociedad y cómo los miembros de esta reaccionarán a su infracción son pautas presentes en cualquier tipo de comunidad: desde una colonia de bacterias al Parlamento de la Unión Europea pasando por bandadas de aves o cardúmenes de peces. Todas estas comunidades están dotadas por la naturaleza de mecanismos para resolver sus conflictos, mecanismos que han ido evolucionando durante millones de años y que alcanzan su expresión más sofisticada y compleja en las formas específicas que tiene la especie humana para hacerlo, una de las cuales —pero no la exclusiva y ni siquiera la mejor a priori— es la administración de justicia.

El hombre y sus primos los primates superiores presentan reacciones e instintos que nos permitirían calificarlos como «animales morales»; a este tipo de reacciones han dedicado los científicos muchos trabajos y experimentos y uno de los experimentos clásicos en este campo de ha sido el muy conocido «Dilema del Tren» o del «tranvía».

Conocí tal dilema a través de los trabajos del polémico ex-profesor de la Universidad de Harvard Marc Hauser.

Hauser organizó en los primeros años del siglo XXI una fascinante encuesta por internet de la que les hablaré otro día pero cuyo argumento nuclear es el «Dilema del Tren» que antes les mencionaba. Hoy he encontrado en YouTube una recreación del primer acto de los tres en que Marc Hauser dividía su encuesta.

No voy a ponerles en antecedentes ni les voy a hacer ningún «spoiler», simplemente les ruego que, si les interesa el tema, vean el video cuyo enlace les dejo justo aquí abajo y se pregunten que harían ustedes en el caso de hallarse en el lugar de los sujetos del experimento.

No sé preocupen porque el vídeo esté en inglés, pueden activar los subtítulos en castellano si lo desean, véanlo y, si les sugiere algo, déjenme un comentario porque les aseguro que el experimento da para mucho. Otro día seguimos.