El algoritmo de la vida

El algoritmo de Facebook esta mañana me ha mostrado como primera noticia el fallecimiento por Covid de la cantante folk cheka Hana Horka. Según la prensa la cantante habría fallecido al autoinfectarse de Covid para poder obtener el certificado sanitario y poder viajar a pesar de no haberse vacunado. Su hijo, Jan, aunque no hay autopsia, culpa en la prensa a los grupos antivacunas.

Leo la noticia y trato de imaginar las reacciones de los diversos tipos de lectores: el más común (el vacunado) se asombrará de cuánta tontuna hay en el mundo y deseará que muchos antivacunas lean la noticia para que reflexionen; el lector menos común (el antivacunas) pondrá en duda la noticia, asumirá que el medio que la publica es tendencioso y se indignará ante el hecho de que se publiquen este tipo de noticias antes de hacer siquiera la autopsia al cadáver. Los lectores vacunados llamarán tontos a los no vacunados y los no vacunados llamarán bobos a los vacunados; los vacunados pedirán a los no vacunados que se vacunen y los no vacunados pedirán a los vacunados que «despierten»; ¿un auténtico fangal verdad?

Antes de que empiecen ustedes a argumentar a favor o en contra déjenme decirles que, por extraño que parezca, esta dinámica de vacunas y antivacunas (y todas las gradaciones y matices que hay entre las dos posturas) es la forma en que resuelve sus problemas la vida.

La vida es resiliente y tiende a propagarse pero ¿cómo elige la vida las mejores estrategias para no extinguirse y propagarse con éxito? La respuesta a esto comenzó a descubrirse en los años 70 y es hoy una de las bases más prometedoras de la inteligencia artificial, se llama el «algoritmo genético».

Sí, detrás de la vida, como detrás de Facebook o de la propagación del Covid, se esconde un algoritmo, un algoritmo que, explicado de forma simple y por tanto inexacta, parte de una población inicial —en este caso los seres humanos— donde se introduce un «problema» —en este caso el virus— y a través de procesos de selección, recombinación, mutación y reemplazo, se alcanza una solución óptima desconocida de antemano.

Quizá con un ejemplo se entienda mejor.

Imagine una especie de pajarillos llegados desde el continente a una isla (quizá les arrastró el viento) y que en ella encuentran semillas para alimentarse (esta será la población inicial), aunque, desgraciadamente para ellos, la cáscara de las semillas de la isla es sensiblemente más dura que la del continente (este será el problema). La naturaleza, aunque no piensa —al menos en el sentido que nosotros entendemos por pensar— saca entonces su navaja suiza —el algortimo genético— y lo pone en marcha: dada la diversidad morfológica existente entre los indivíduos unos tendrán mayor facilidad que otros en comer de estas semillas duras y serán estos quienes tendrán un mayor éxito reproductivo, de forma que las generaciones siguientes, a través de los mecanismos de herencia genética, se parecerán más a estos individuos dotados de rasgos que les permiten comer mejor semillas duras, digamos, un pico más fuerte y pesado. La vida, para aumentar el número de soluciones probadas, introducirá, además, mutaciones. A base de probar numerosas soluciones la vida, mediante la herencia y la mutación, acaba encontrando la solución óptima.

Si te maravilla el sinnúmero y la variedad de formas de vida macroscópicas y microscópicas existentes en la Tierra ya sabes por qué es: la vida nunca pone todos sus huevos en la misma cesta y prueba tantas cuantas soluciones viables puede; luego herencia y mutación hacen el resto.

Herencia y mutación también rigen el comportamiento humano y no solo a nivel de cromosomas sino también a nivel cultural. Del mismo modo que la información genética puede determinar caracteres diferentes en las personas o la herencia o predisposición a dolencias cardíacas —por ejemplo—; la transmisión cultural (de memes, de ideas) puede dar lugar a dolencias incluso más graves, como por ejemplo la tendencia a estrellar aviones contra edificios o a colocar bombas en nombre de alguna idea. No le dé usted vueltas y trate de asimilar que genes y memes son ambos información y que esta condiciona la vida, conducta y éxito adaptativo de las personas.

Y ahora volvamos a los antivacunas.

Enfrentada a un problema grave, el Covid, la humanidad, en cuanto que vida, no deja de usar su navaja suiza —el algoritmo genético— y no pone todos sus huevos en la misma cesta (la vacuna) de forma que siempre reserva una porción de recursos para apostar a la sinrazón, porque la sinrazón aunque improbable es posible y ya se encargarán la herencia y la mutación de solucionar el problema.

Es por eso por lo que no debes esperar nunca que todo el mundo piense igual y se comporte igual, si así fuese estaríamos asumiendo como humanidad un riesgo inasumible, y es por eso también que siempre has de esperar que, incluso en las situaciones más evidentes —piensa en los terraplanistas— un grupo de insensatos sostengan las teorías o conductas más disparatadas.

Insensatos, sí, pero no desprecies nunca su papel en el algoritmo de la vida, son simplemente el extremo de una amplia variedad de soluciones y de posicionamientos.

Y hablando de algoritmos, el de Youtube censura a cualquier youtuber que use la palabra «Covid» en sus videos (también lo hace con términos como «Hitler») y acabo de caer en la cuenta que en este post he usado los dos. ¿Hará Facebook shadowbanning a este texto o alguna otra característica engañará a su no tan inteligente inteligencia artificial?

Lo veremos.

Alabí, alabá, alabín bombá

Alabí, alabá, alabín bombá

Si tienes unos años seguramente has jugado a este juego que ves en esta fotografía que tomo prestada de la Asociación de jóvenes del municipio de Abla-Almería.

El juego se llama «chinche monete», «chinchemonete» o «chichemonete» y en él podemos encontrar un buen ejemplo de cómo en los juegos infantiles se criptografiaban viejas influencias culturales de civilizaciones remotas.

La herencia humana no sólo se encierra en los genes sino también en los memes, esos fragmentos de información que pasan de generación en generación convirtiéndonos en lo que somos y, del mismo modo que en nuestro código genético conservamos, por ejemplo, la mínima aportación de vándalos o visigodos, en nuestro código memético conservamos las aportaciones de cuantas civilizaciones nos han hecho lo que somos.

Quizá el chinchemonete o el «guá» (al que seguro también has jugado) sean un buen ejemplo de esto.

Tal y como nos enseña Federico Corriente, sillón K de la Real Academia Española de la Lengua, «chinchemonete» deriva del romance andalusí ČÍNČE LOM-BÉTE (‘cíñete el lomito’) y, para quien haya jugado, creo que no necesito explicar más.

Los ejemplos son interminables: «guá» deriva del árabe zádwa, pero es que el clásico «alabí alabá alabín bombá (alla‘ibín áyya ba‘ád alla‘íb BÓN BÁD) significa exactamente en árabe»jugadores, venga ya, el juego va bien»; y si la grada contesta «Ra!, ra!, ra!» puede usted estar seguro de que no invocan a ningún dios egipcio sino que esa expresión (Ra!, ra!, ra!) lo que significa en árabe es, literalmente, «¡mira!, ¡mira!, ¡mira!».

Así pues, trate de no olvidar que los árabes, los moros, también son una parte no sólo genética sino también memética de lo que es usted.

A nuestra imagen y semejanza

A nuestra imagen y semejanza

No fueron los dioses quienes hicieron a hombres y mujeres a su imagen y semejanza, por el contrario, fue la humanidad la que hizo a diosas y dioses a la suya.

La forma y los atributos de dioses y diosas han ido cambiando con las sucesivas civilizaciones y períodos históricos de la especie humana; analizar las características de estas diosas y dioses es, sin duda, una forma útil de analizar las características de los hombres y mujeres que los crearon.

Una de las características que me gustaría señalar hoy es la caracterización mayoritariamente femenina de las diosas de las primeras civilizaciones, dato este que, si se piensa un poco, es absolutamente natural.

La especie humana en los albores de la civilización desconocía muchas cosas aunque, si algo sabía con certeza, es cómo se generaba la vida y, para los seres humanos, la vida nacía siempre de una mujer. No es pues extraño que en su universo psicológico-simbólico vieran en una gran diosa madre el origen del universo y de todos los seres creados. ¿No era siempre una mujer quien daba la vida? ¿Quién, pues, sino una mujer podía ser la diosa primigenia?

Las estatuillas de diosas son hiperabundantes en esta época, las principales ciudades de estas antiguas edades (Catal Huyuk, Hacilar…) nos demuestran a través de vestigios arqueológicos la preeminencia de los cultos a deidades femeninas.

Incluso en el conocido poema épico de Gilgamesh la preeminencia de la diosa es todavía patente (estamos en el tercer milenio AEC) pues no sólo es una mujer (Innana) la diosa del cielo sino que es otra mujer (su hermana Ereshkigal) la diosa del infierno. En Egipto es Isis la que encarna este papel de diosa responsable de devolver la vida a Osiris y hacer posible la vida más allá de la vida terrena.

Las Innanas, Ishtar, Astarté, Ashera… forman una cadena ideológica de diosas que nos conectan con una época donde el papel de la mujer era muy diferente del que vino luego con Grecia y Roma.

En los más antiguos textos legales (disposiciones de Urukagina, rey de Lagash) aún se detectan vestigios de esta antigua situación. Urukagina, libertador de esclavos, protector de viudas y huérfanos sólo cometió un error al legislar: prohibió la poliandria, es decir, que las mujeres pudiesen casarse con muchos hombres a la vez. Esta prohibición trajo a Urukagina no pocos problemas.

¿Cómo se pasó de esta situación con un panteón lleno de diosas a un panteón lleno de dioses?

En mi sentir la hipotesis más plausible es la que señala al advenimiento de la agricultura como causa del cambio. Para un pastor el concepto de propiedad no existe, puede vagar por la tierra con sus rebaños o persiguiendo la caza sin que nadie le importune. Sin embargo la agricultura cambio esto como es fácil de entender. Si usted siembra una parcela de tierra usted no permitirá que los rebaños o las tribus pasen sobre sus sembrados, mucho menos dejará usted que recojan los frutos personas diferentes de usted. En usted ha aparecido el concepto de propiedad y esa propiedad la defenderá usted por la fuerza si es preciso.

La historia de Caín y Abel ilustra esta tensión entre agricultores y pastores y es bueno señalar que los dioses de los pastores y los de los agricultores difirieron. Desde que la agricultura se convirtió en la principal fuente de subsistencia humana era la propiedad y defensa de la tierra el valor superior. Los imperios se construyeron conquistando tierras y de esa cultura arranca el predmominio de los dioses sobre las diosas en los panteones: la diosa, dadora de vida, estaba en el origen de las cosas pero los dioses, señores de la muerte, empezaron a asaltar el panteón.

Para pueblos que vivían de la agresión no era extraño que sus dioses adoptasen la forma de un hacha o una cimitarra pero, en general, las culturas agrícolas fueron haciendo evolucionar su panteón hacia otro en el que los dioses que controlaban los fenómenos atmosféricos eran las deidades que más culto recibían.

Baal hacía llover y controlaba los rayos, otro tanto hacían Zeus y su trasunto romano Júpiter, incluso la lluvia era el semen con el que mls dioses fertilizaban la siempre femenina tierra y no hablaré de Yahweh porque eso da para un tratado.

Y visto esto ¿Qué podemos predecir que va a pasar en el cielo con los cambios tecnológicos habidos en el último siglo?

Parece evidente que la tierra empieza a importar muy poco como entenderá cualquiera que observe la llamada «España vaciada», aunque a nuestro cro magnon neolítico le subleven unos cuantos metros como Gibraltar, y parece evidente que las deidades ligadas a ciclos agrícolas debieran ir perdiendo protagonismo. En nuestra cicilización es la cultura y el conocimiento las que determinan la preeminencia y el desarrollo, características estas que poseen por igual hombres y mujeres, dioses y diosas por lo que, una hipótesis plausible, es que la humanidad recupere cada vez más el viejo estatus de cooperación entre sexos de las más viejas culturas y no subsista el actual dominio del uno sobre el otro y los dejemos asexuados o tengamos que buscar algún nuevo sexo para los dioses/diosas.

Pero no voy a meterme en eso, supongo que ustedes me.disculparán.

Empatía humana y evolución

Empatía humana y evolución

Esta foto sé que no le agrada. Le molesta ver el sufrimiento humano, mucho más si se trata de niños, pero no se preocupe, esa es justo la reacción para la que están programados genéticamente los seres humanos.

Preocúpese sólo en el caso de que no le estrese el sufrimiento ajeno, si le pasa eso acuda rápidamente a un especialista pues está usted perdiendo uno de los rasgos capitales que caracterizan a los seres humanos: quizá padezca usted una psicopatía, quizá esté usted envenenado por alguna ideología viral de esas que niegan el derecho a la vida o a la felicidad a quienes no son de su religión, de su raza o de su cultura o quizá ambas cosas al mismo tiempo.

Millones de años de evolución han hecho de los seres humanos seres cooperativos y, para poder cooperar eficazmente, durante esos millones de años se han ido imprimiendo en nuestros genes características y emociones indispensables para lograr esa cooperación. Tenemos, por ejemplo, un alto sentido de la reciprocidad y, si no recibimos en la medida que damos, se activa en nosotros la ira y el instinto de la venganza, emoción que, si pasa el tiempo suficiente y se convierte en ineficaz, va dejando paso a una pulsión de perdón. Si recibimos algo de alguien nace en nosotros una emoción extraña, la gratitud, una emoción que nos impele a corresponder con nuestro benefactor; y, si entendemos que alguien no está correspondiendo con nuestros méritos como estos merecen, aparece en nosotros la pasión del orgullo que nos lleva a no cooperar con quien no nos hace justicia aunque ello nos cause un perjuicio objetivo.

Son todas estas emociones —que podemos encontrar en estadios menos avanzados de desarrollo en todos los animales gregarios— las que nos caracterizan como humanos, conforman nuestro sentido de la justicia y dirigen nuestra conducta en sociedad. Pero todas estas emociones han sido modeladas durante muchos miles de años previos a la aparición de las civilizaciones y al enorme desarrollo tecnológico de los últimos siglos de forma que nuestro arsenal cooperativo, en muchos casos, adolece de coherencia visto con los ojos de un humano del siglo XXI.

En el caso de la empatía, por ejemplo, es obvio que usted parará su vehículo y ayudará a cualquier accidentado o accidentada que se encuentre en la carretera. A usted no le importará que la sangre del herido manche su tapicería, para usted lo decisivo será acercarle lo antes posible a un hospital donde reciba ayuda.

Esta ayuda de que le hablo, tan evidente para usted y la sociedad que, de no prestarla, podría convertirle a usted en reo de un delito de omisión del deber de socorro, es, sin embargo, en gran medida incloherente.

Usted, al ayudar al herido sufre un perjuicio que puede ser sensible (económico, de tiempo, de esfuerzo…) pero que le parece tan natural e imprescindible que no prestarlo sería aberrante. Sin embargo, cuando Cáritas o una ONG le piden un euro para salvar la vida de un niño hambriento al día, con frecuencia usted no mandará ese euro y, curiosamente, su conciencia no sufrirá demasiado y la calmará usted pronto con un par de argumentos más o menos traídos por los pelos.

Y ahora pregúntese usted: ¿Es que merece más ayuda un ser humano cercano que uno lejano? ¿Es que el hecho de que esos niños hambrientos vivan lejos causa que sintamos un menor impulso de ayudarlos?

Curiosamente la respuesta es sí.

Hemos evolucionado como una sociedad de simios, como familias y tribus de, a lo sumo, 150 indivíduos y nuestras emociones morales están adaptadas a ese tipo de entorno. Estamos programados para no soportar el dolor cerca de nosotros, el sufrimiento nos estresa y pone en marcha una reacción instintiva para remediarlo. Cuidamos a nuestros próximos con la seguridad de que ellos, llegado el caso, también cuidarán de nosotros y la naturaleza imprimió en nosotros ese instinto.

Pero a ese simio que evolucionó formando parte de grupos de en torno a 150 personas la naturaleza no le entrenó para llevar sobre sus espaldas todo el dolor del mundo. Hasta que los medios de comunicación pusieron ante sus ojos el tremendo grado de sufrimiento que había en el mundo, a nuestros bisabuelos les bastaba con lidiar con el sufrimiento que había en su entorno. Los seres han evolucionado para remediar el dolor que hay en su entorno pero no para remediar todo el dolor del mundo. Sin embargo, en la sociedad hiperconectada, todo el dolor del mundo es nuestro entorno, lo vemos en nuestras pantallas de plasma a escasos metros de nosotros, y, aunque incapacitados para actuar instintivamente frente a un dolor lejano, la cercanía de la noticia nos conmueve.

Nuestro código penal le castigará si usted no ayuda a una persona víctima de un peligro real, pero no le castigará si usted no coopera con una ONG para salvar a un niño víctima de un peligro tan inminente y real como el del accidentado de que les hablé.

Es nuestro sentido de la justicia el que se plasma en el código, nuestro sentido de la justicia esculpido en nuestros genes por millones de años de evolución.

Y lo mismo que ocurre con el instinto de ayudar al próximo ocurre con muchos otros instintos. Así la reciprocidad preside nuestros instintos, reclamaremos una satisfacción proporcional a la ofensa recibida pero juraremos que seremos implacables en nuestra venganza (una estrategia que en teoría de juegos se denomina «de las etiquetas»), castigaremos más el mal causado por acción que por omisión (¿por qué si el resultado dañoso es el mismo?) y todo ello porque así nos lo dicta nuestro sentido jurídico y moral, un sentido que, lejos de responder a ningún tipo de racionalidad (aunque los juristas tratemos de racionalizarlo) responde más bien a las exigencias de las reglas que regulan la cooperación humana, reglas todavía no bien conocidas por los científicos y a las que los juristas seguimos haciendo oídos sordos.

De todas formas vuelva a mirar la fotografía, musite un «qué pena» y pase a otro post. Y no se acongoje, sólo es usted un ser humano.

Pero, si la contemplación de la foto le lleva a hacer algo más positivo por niños como los que ve en ella, alégrese, empieza a ser usted algo mejor que un ser humano común.

El arma secreta de la humanidad

El arma secreta de la humanidad

La ropa que se ve en la fotografía tiene 2000 años de antigüedad y perteneció a una mujer que vivió ennla península de Jutlandia (actual Dinamarca) en torno al siglo primero de nuestra era. Su cuerpo fue encontrado en una turbera en buen estado de conservación y sus ropas hoy se exponen en el Museo Nacional de Dinamarca.

Una falda y un manteo de lana junto con una capa hecha de cuadrados de piel cosidos componían su indumentaria el día que murió. Alguna pequeña peineta completaba su equipación.

Los análisis nos muestran que, antes del accidente, la mujer había sufrido una fractura de fémur de la cual había curado y todo esto nos retrotrae a esos lejanos momentos en que el ser humano era todavía un animal indefenso frente a la naturaleza pero en los que, gracias a su mejor arma, podía sobreponerse a ella.

Y esta arma secreta que hizo grande al género humano fue la cooperación. En la naturaleza un animal con el fémur roto muere indefectiblemente, pero un ser humano no, porque sus compañeros le cuidan hasta que el hueso vuelve a soldar. Los vestidos de esta mujer y esta mujer misma nos hablan de una sociedad que coopera, que busca lana y la teje para abrigar a sus miembros, que caza, curte y cose pieles con la calidad necesaria para que duren dos mil años, una sociedad, en fin, que no deja que mueran sus miembros enfermos y los arrastra con ella si es preciso persiguiendo a sus presas pero no los abandona a su suerte.

Muchos líderes nos hablan de competencia y de lucha como claves de éxito pero, en mi sentir, deberían mirar antes las ropas y los huesos de esta mujer de Huldremose porque en ellas está escrita la clave del éxito humano, la herramienta que nos ayudó a abandonar los árboles y nos llevó a poblar el mundo y a soñar con habitar planetas cercanos: la cooperación.

Trato de estudiar las claves de esa estrategia evolutivamente estable llamada cooperación porque, en el fondo, esas son las reglas que, torpemente y sin entenderlas del todo, los juristas tratamos de actuar en la realidad.

Es otra forma de ver nuestro trabajo.

La cultura como estrategia

La cultura como estrategia

¿Dónde estudiaron másteres en dietética las madres de los años 50 y 60?

Las vitaminas aún no se habían descubierto pero ellas se tomaban el tremendo trabajo de convencer a sus hijos de que había que comer fruta aunque les fuera en ello tener que coger un berrinche tremebundo y hacérselo coger a sus hijos.

¿Cómo sabían esas madres que era imprescindible para sus hijos comer fruta si aún nadie sabía qué era la vitamina C ni para qué servía?

¿Dónde enseñaron a las madres de los años 30, 40, 50 y 60 que era bueno cenar poco y que lo indicado era un hervidico de verduras?

No recuerdo que hubiese universidades para madres pero ellas preparaban hervidos y potajes porque había que comer verdura y, por la noche, mejor hervidos. Y, sin saber distinguir la proteina de los hidratos de carbono, si veían que sus hijos e hijas habían jugado mucho al hervido añadían un huevo duro que hacía de este un complemento perfecto.

¿Quién enseñó a esas madres de siglos pasados a sacar adelante así de bien a sus hijos?

Yo sé que muchos me lo discutirán pero eso se llama cultura.

Cada especie animal ha elegido o seleccionado unas armas específicas para sobrevivir: la velocidad, la resiliencia, la fortaleza… Ya les dije hace poco que el pulpo era uno de los animales más inteligentes que puede uno encontrar pero… Las madres ponen los huevos y los olvidan de forma que los pulpos recien nacidos deben volver a inventar todo aquello que su madre aprendió en vida.

Los seres humanos, en cambio, hemos hecho de la cultura nuestra gran arma evolutiva. Las madres de hace cincuenta años quizá no supieran lo que eran las vitamimas pero miles de generaciones de madres antes que ellas habían ido aprendiendo qué era bueno y qué no para sus hijos y ese conocimiento, depurado de generación en generación, hizo que ellas supieran exactamente lo que necesitaban sus hijos y si, para que lo comieran, habían de llevarse un cabreo se lo llevaban pero el niño o la niña comerían fruta… Si la había.

Muchos siglos después médicos eminentes llegaron a la conclusión de que la mejor dieta para el ser humano es esa que diseñaron nuestras madres —dieta mediterránea creo que la llaman ahora— y que buenos aceites, pescados azules y otros alimentos denostados, son en realidad la base de una buena alimentación. Ellas ya lo sabían, los científicos tardaron mucho en entenderlo.

Y sí, eso que hacen las madres se llama cultura y esa fue la estrategia que un mono indefenso eligió para sobrevivir frente a animales más fuertes y tuvimos suerte (hubo momentos en que apenas quedaron unos pocos seres humanos en el mundo según dice nuestro ADN) porque nuestra estrategia funcionó.

Estos mo os indefensos hijos de madres sabias, además, fuimos muy buenos cooperando los unos con los otros. No les voy a hablar del abrazo de la cooperante al inmigrante que dio lugar a grandes polémicas hace poco, me voy a remontar más lejos, hace ya casi quince años, cuando una patera llegó en verano a una playa de Matalascañas empetada de veraneantes sevillanos. Una bebé que había llegado en la patera lloraba desconsolada, los servicios médicos pensaban que era un problema de nariz pero una sevillana rubia y guapa que estaba en periodo de lactancia no necesitó de diagnósticos, miles de años de evolución le decían lo que pasaba, y se acercó a la niña al pecho y los lloros se acabaron. Antes de criticarme por contar esto sepan una cosa: la especie humana es la única que amamanta a crías ajenas, ningún otro simio lo hace y no es fácil que las madres dejen su cría a otra hembra. Los humanos, en cambio, cuidamos de nuestra prole como si fuese propia y, si tuviese tiempo, les contaría hoy cuánto ha influido eso en que seamos como somos.

Por eso, cuando ahora veo niños que se llaman Jeniffer o Stalin (y discúlpeme si ese es su caso) me preocupo porque pienso que los padres de ese chico, igual que han cambiado las costumbres en los nombres, quizá hayan cambiado su cultura por la que ven en los anuncios de la tele o de internet y sus zagales, en vez de cenar fruta gracias a una madre o un padre enfadados, ahora cenen McNuggets o tomen de postre cualquier porquería.

Y ahora no sé bien por qué les cuento todo esto…

Bueno sí, porque esta noche toca hervido para cenar.

Memoria de monos y cultura humana

El otro día, hablando de la incultura del pulpo, les dije que los chimpancés eran superiores mentalmente a los humanos en muchos aspectos ybque, si alguien lo dudaba, que me lo dijera. Ninguno de mis seguidores lo puso en duda, lo que demuestra que, o bien tienen mucha fe en lo que les cuento, o bien no me hacen ni puñetero caso, o bien —como yo creo— mis lectores pertenecen al grupo de los «homo» (y mulieribus) bastante más «sapiens» que el resto.

Como, de todas formas, creo que alguno de ellos no quedó convencido de lo que le dije hoy, si me lo permiten, haremos un experimento y les pondré a competir contra un chimpancé. Si pierden no se acongojen, yo he perdido todas las partidas y mi moral no ha bajado lo más mínimo.

El juego es el siguiente: un ordenador les mostratrá en la pantalla números del 1 al 9, ustedes deben memorizarlos y luego ir tocando con el dedo los números del 1 al 9, pero cuidado, en cuanto toquen el 1 el resto de los números se convertiran en cuadrados blancos, de forma que deben ustedes memorizar su posición antes de comenzar el juego.

Ahora échense unas partiditas con este chimpancé y decidan quien es mejor a este juego y si, en este punto ellos o nosotros somos los más «sapiens».

Mañana volveremos a hablar de pulpos, chimpancés, inteligencia y cultura.

El último defensor de Masadá

El último defensor de Masadá

El jovencito que ven en la foto se llama Matusalén, tiene unos 2000 años de edad y pertenece a una especie de palmeras extinguida hace quinientos años: la palmera de Judea.

Como bien saben en Elche la palmera puede ser la base de todo un sistema económico y la palmera de Judea era fundamental para la subsistencia de los cananeos en la época de Cristo; fue precisamente por ello por lo que los romanos se dedicaron a exterminarla minuciosamente a fin de sofocar las innumerables revueltas judías.

El último bastión judío en ser aniquilado, como todos ustedes saben, fue Masadá (¿por qué no repondrán esa maginifica serie de TV?), una fortaleza situada en una altísima meseta virtualmente inexpugnable para cuya toma, el ejército romano, hubo de construir una rampa de 100 metros de longitud que salvase un desnivel de otros 100 metros (para Jorge Campanillas un paseito en bici) por donde asaltar la fortaleza.

Tras siete meses de asedio los defensores de Masadá se suicidaron y los romanos tomaron la fortaleza cuando nada vivo quedaba allí.

¿Nada? No. Como en los viejos comics de Asterix un ser vivo judío todavía resistía al invasor: dentro de una jarra algún defensor de Masadá había guardado para el futuro unas semillas de Palmera de Judea.

En 1963 un arqueólogo —Yigael Yadin— encontró la jarra y archivó las semillas (¿cómo iban a sobrevivir 2000 años unas semillas?) hasta que, en 2005, Elaine Solowei, una botánica con más fe en la vida que Yigael, decidió plantar unas cuantas. Y, para sorpresa de todos, aquellas semillas de 2000 años, las últimas resistentes del asedio de Masadá, germinaron y de ellas nació la palmera que ven en la foto: un jovencito —era una palmera macho— al que llamaron, claro está, Matusalén.

El problema fue que Matusalén no tenía compañera y, como todo el mundo sabe, en el asunto de la reproducción un hombre solo no es capaz de hacer nada a derechas; pero, sucesivas excavaciones en Qumrán y otros lugares, trajeron a la luz nuevas semillas, varias de las cuales resultaron ser de hembras y el milagro se hizo: hoy la palmera de Judea vuelve a vivir tras haber resistido el asedio de Masadá durante más de 2000 años.

Sabemos de formas de vida capaces de viajar en meteoritos soportando las terribles condiciones del espacio exterior, conocemos pequeñas formas de vida, como los tardígrados, capaces de resistir condiciones inimaginables, y por eso, a mí, la noticia de estas semillas resistiendo milenios a un designio destructor me resulta muy inspiradora.

Tengo la intuición de que la vida es un fenómeno común en el universo y que, aunque las tremendas distancias existentes nos impidan contactar con formas de vida complejas, algún día nos encontraremos con algún tipo de forma de vida —por primitiva y simple que sea— en un entorno más o menos cercano. La ley de la evolución es implacable y sospecho que ningún ser vivo se habría adaptado a resistir viajes espaciales si tal entorno no le hubiese sido común en algún momento. Estas semillas de palmera, la última resistente de Masadá, nos cuentan con su vuelta a la vida que esta es mucho más resistente de lo que podemos llegar a pensar y que, cuando los seres humanos ya no existan, igual todavía Matusalén y sus compañeras siguen dando dátiles.

Los pulpos mueren por incultos

Los pulpos mueren por incultos

El pulpo, señoras y señores, es uno de los animales más inteligentes de la biosfera y así lo acreditan infinidad de experimentos realizados por zoólogos de todo el mundo. El pulpo, por sí solo, es capaz de resolver problemas, abrir puertas, salir de laberintos, abandonar el agua y salir al exterior si es preciso… En fin, que el pulpo podría ocupar sin problemas un escaño en el Parlamento Español si ser diputado dependiese, en exclusiva, de la inteligencia.

Pero entonces —me preguntarán— ¿como es que siendo tan listo ese pulpo ha acabado aliñado en tu plato esta noche?

—Por inculto, debo responderles.

El problema del pulpo (como el de muchos prebostillos nacionales) es la incultura. Un pulpo a lo largo de su vida puede aprender muchas cosas pero todo lo que aprende muere con él. El pulpo (o la pulpa) ponen sus huevos y los abandonan a su suerte, los pulpillos que eclosionan no tienen madre que, zapatilla en mano, les oriente y les haga entrar en la mollera todo lo que deben aprender. Cada uno de los recien nacidos pulpos, como Sísifo, debe empujar de nuevo su piedra hacia la cumbre.

El secreto de los mamíferos en general y del ser humano en particular es que, a los conocimientos instintivos de que les dota la naturaleza, añaden los que les transmiten principaente sus madres, seres con quienes conviven durante toda su infancia. En el caso de los humanos una infancia larguísima ha favorecido la transmisión cultural de madres a crías.

El mono humano no es tan listo como creen, cualquier chimpancé nos gana en la tarea de memorizar números —si no me creen pónganme un comentario y les devolveré algún video que les dejará estupefactos— pero hemos evolucionado de tal forma que, más que homo sapiens, somos homo culturalis y hemos hecho de la cultura nuestra arma definitiva para evolucionar. Lo que un hombre aprende pronto lo aprende toda la humanidad y se aprovecha de ello aunque no lo entienda.

Antes esta herramienta evolutiva —la cultura— estaba en manos de las familias pero, poco a poco y según avanzaban las tecnologías de la información, la cultura familiar se amplió a la contenida en manuscritos, libros, soportes externos de información como discos y películas, programas de ordenador, videojuegos… Y ahora las familias comparten con Disney, Fornite, Marvel o Netflix el equipamiento cultural de nuestros hijos e hijas.

Y ¿Eso es bueno o malo?

Ni bueno ni malo, sólo es peligroso, porque abdicar de la función cultural de la familia es dejar la evolución de tus hijos en manos de entidades que no se mueven por el bien de ellos, sino única y exclusivamente por el ánimo de lucro y, lo que es peor, les dejarás a estas entidades definir el futuro en el que tus hijos e hijas vivirán.

No, no puedes abandonar, como los pulpos, el cuidado de la cultura de tus crías a su suerte porque, si así lo haces, algún día los niños así criados acabarán sirviendo de cena de algún plutócrata desaprensivo.

Por incultos. Como este pulpo.

El primer poema de amor

El primer poema de amor

Los sumerios inventaron la escritura y, por eso, la historia empieza en Sumeria. En sus tablillas de barro encontramos por primera vez escrita la palabra libertad o la palabra guerra, los primeros contratos y las primeras leyes.

Produce cierto vértigo leer textos escritos hace más de cuatro mil años y escuchar cercanas las voces de personas que dejaron de existir hace milenios pero cuya voz no se ha extinguido.

Hoy me he topado con este que pasa por ser el primer poema de amor de la historia y no me puedo resistir al deseo de compartirlo aquí. Otro día les daré el contexto de este poema, hoy solo me apetece compartirlo. Díganme qué les parece.


Novio de mi corazón, amado mío;
tu encanto es dulce, dulce como la miel.
Querido de mi corazón, amado mío;
tu encanto es dulce, dulce como la miel.

Tú me has cautivado, libremente iré hasta ti;
novio mío, quiero escapar contigo a la cama.
Tú me has cautivado, libremente iré hasta ti;
querido mío, quiero escapar contigo a la cama.

Novio mío, te haré cosas deliciosas;
dulce tesoro mío, miel te llevaré.
En la alcoba, empapada de miel,
gocemos de tu dulce encanto.
Querido mío, te haré cosas deliciosas;
dulce tesoro mío, miel te llevaré.

Novio mío, si me quieres,
habla con mi madre y a ti me entregaré;
habla con mi padre y me entregará a ti como regalo.

Darte placer… Yo sé cómo darte placer;
novio mío, duerme en mi casa hasta el alba.
Alegrar el corazón… Yo sé cómo alegrar tu corazón;
querido mío, duerme en mi casa hasta el alba.

Si me amas,
amado mío, hazme cosas deliciosas.

Mi señor, mi dios; mi señor y mi dios protector,
mi Shusin, que alegra el corazón de Enlil,
¡ojalá me hicieras cosas deliciosas!
Tu sitio, dulce como la miel… ¡Ojalá pusieras tu mano sobre él!

Pon tu mano sobre él como la tapa de una copa;
extiende tu mano sobre él como la tapa de una copa.»