Aconfesionalidad, procesiones y tradiciones

Me gusta la Semana Santa de Cartagena, la he disfrutado desde que tenía uso de razón y he participado en ella desde dentro y desde fuera desde que era niño; es quizá por eso por lo que siento que puedo criticarla, precisamente porque me gusta, porque la amo y porque yo desearía que, en el futuro que me quede por vivir, me siguiese gustando. Vayamos poco a poco.

Las procesiones de Cartagena no se entienden sin una masiva participación de entidades públicas en ellas: el ayuntamiento las subvenciona, el ejército coopera decisivamente (¿imaginan ustedes un Martes Santo sin la Infantería de Marina?) y diversas corporaciones públicas las apoyan y contribuyen al lucimiento general de los desfiles. Toda esta participación genera una situación de difícil equilibrio en un estado en el que, conforme al artículo 16.3 de la Constitución, «Ninguna confesión tendrá carácter estatal». Cofrades y autoridades parecen muy a menudo olvidar el marco general que regula las relaciones entre la Iglesia Católica y los Poderes Públicos y olvidándolo hacen un flaco, flaquísimo, favor a las procesiones que tratan de defender y potenciar. Veámoslo.

La presencia, en principio contraria a la separación Iglesia-Estado, de las instituciones públicas en las procesiones de Semana Santa ha generado en nuestro país abundante jurisprudencia que delimita cuándo pueden y cuándo no participar las entidades públicas en este tipo de actos. Resumidamente las lineas generales de la jurisprudencia de nuestros tribunales vendrían a ser —sin ánimo de ser exhaustivos— las siguientes:

Para que una entidad de derecho público pueda participar en una procesión de Semana Santa deben concurrir, al menos, las siguientes circunstancias:

  1. Que dicha participación responda a una tradición acreditada. Dicho de otro modo, la presencia de corporaciones públicas estaría vedada en procesiones de nueva creación o en actos religiosos en los que nunca antes hubiese participado.
  2. La presencia de la entidad no puede suponer una apología de la religión organizadora de la comitiva. Esto es fácil de entender y tanto sirve para impedir que unos artilleros griten «viva el Santísimo Sacramento» mientras escoltan a una Virgen como para que mañana, por ejemplo, las Comunidades Islámicas organicen una procesión donde un Tabor de Regulares dé escolta a los fieles al grito de «Alá es grande».
  3. La presencia de la entidad debe tener un fundamento lógico.

Esta jurisprudencia limitativa de la presencia de las corporaciones públicas en actos religiosos es, a mi juicio, bastante sabia. Por muy procesionista que sea uno entenderá fácilmente que a los contribuyentes ateos, agnósticos, musulmanes o budistas, no les haga ninguna gracia que el Ayuntamiento con sus impuestos subvencione actividades de otras religiones y no de la suya. Por otro lado, dado que conforme a la jurisprudencia expresada estas religiones no pueden acreditar tradición alguna con los poderes públicos de la tradicionalmente católica España, por aplicación del primero de los tres requisitos enunciados, no podrán esperar jamás que las entidades públicas participen en sus ritos pues, simplemente, lo tienen vedado por la misma ausencia de tradición.

Y ahora vayamos a las procesiones (dos) que en la tarde de ayer —Viernes de Dolores— ocuparon el centro de Cartagena.

Cualquier persona de suficiente edad sabe que esas procesiones no empezaron a salir a la calle —y con no poca polémica— más que a partir de 1979, un año después de aprobada la Constitución, de forma que tradicionales, lo que se dice tradicionales, no son y precisamente por ello ningún poder público (ejército, policía, guardia civil o funcionarios de la inspección de hacienda) está autorizado a participar en ellas, simplemente porque esas procesiones nunca existieron y no tienen la tradición que sí tiene, por ejemplo, la Magna Procesión Marraja, en que participa desde tiempo inmemorial la corporación municipal al completo o la acreditadísima tradición que vincula a las diferentes unidades militares de la ciudad con los apóstoles californios el Martes Santo.

Por qué salen dos procesiones la tarde del Viernes de Dolores en vez de una o ninguna es harina de otro costal y más es materia de sainete que de historia seria. Voy a abstenerme de contarla aquí, no quiero herir sensibilidades quizá no bien informadas, pero la existencia de estas dos procesiones obedece más a vanidades personales, a contravención de expresas órdenes eclesiásticas y a egos poco cultivados, que a razones litúrgicas o simplemente de tradición que, como les digo, no tienen en absoluto.

Pues bien, yo las procesiones vespertinas del Viernes de Dolores simplemente no las veo; cada uno tiene sus gustos y a mí no me gusta ver por la calle ese sinsentido cuyo nacimiento viví en directo —por entonces yo vivía mucho los entresijos de la Cofradía California—; lo que ocurre es que, cada año, me resulta más difícil esquivarlas siendo vecino como soy de la Calle de la Serreta y teniendo mi despacho en la Calle Jara, en el Gran Hotel.

Ayer el atasco procesionil era grande para llegar a mi casa. Mientras un San Juan transitaba por la Serreta, con una señora cofrade de no sé qué cofradía megáfono en ristre leyendo textos religiosos, por la paralela calle de San Vicente avanzaba otro paso que, si les digo la verdad, preferí ni mirar. Alcanzar el portal de mi casa no fue tarea fácil. Otros años me han sorprendido esas procesiones por la plaza de San Francisco y he podido comprobar con horror cómo la instituciones públicas, contraviniendo toda razón, participaban en ellas y eso, lejos de causarme indiferencia, me enojó.

España es un país donde ninguna religión es oficial, donde no se puede participar alegremente en cualquier acto religioso de nuevo cuño porque la participación es la excepción y no la regla. A mí me da igual si alguien quiere sacar una procesión de su cochera u organizar una romería a una ermita en el monte, lo que no me da igual es que se destinen recursos públicos a ello porque, con igual razón, musulmanes, judios, budistas y anabaptistas criptomaniqueos, pueden reclamar, con fundamento, iguales derechos por analogía.

A mí me gusta que en Cartagena la Infantería de Marina acompañe a San Pedro el Martes Santo —una larguísima tradición lo avala— pero me molesta que a cualquier santo que se saque por la calle en Semana Santa y fuera de Semana Santa —como ayer— se le asigne siquiera un céntimo de dinero público, mucho menos la presencia física de representantes de ninguna corporación. Hay tradiciones que es bueno mantener y hay cosas que, simplemente, ni son tradicionales ni tienen sentido.

En mi sentir creo que las procesiones de ayer más dañan la calidad de nuestra semana santa que la aumentan, aunque eso, desgraciadamente, ha sido —siempre a mi juicio— la tónica general en los últimos cuarenta años donde una fiebre procesionil se extendió por todas las capas de la sociedad —desde la derecha más rancia a la izquiera más radical— y las procesiones comenzaron a crecer casi siempre a base de imágenes, pasos y tercios de mala calidad cuando no simplemente irrelevantes. No encuentro ninguna imagen o paso nuevo en los últimos cuarenta años que haya mejorado la calidad de cualquiera de los ya entonces existentes y con estas dos procesiones de ayer me pasa lo mismo: creo que son perjudiciales para el conjunto general de nuestra Semana Santa, no aportan nada y bajan el nivel medio de calidad de la misma.

Y que nadie se moleste conmigo, si quieren salir que salgan, la calle es de todos, yo seguiré tratando de no verlas, lo que no me parece de recibo es que ninguna ayuda pública, monetaria o en forma de mera presencia, les llegue, salvo que se les haya de suministrar en estricto cumplimiento de la ley, porque si se siguen contraviniendo las normas de sentido común que regulan el difícil equilibrio iglesia-estado, que a nadie le extrañe que, a no tardar mucho, mi barrio, mayoritariamente musulmán, organice sus propias procesiones y pida que se subvencionen como las católicas.

Vamos a tratar de hacer las cosas con sentido, pues, las tradiciones son tradiciones y las procesiones de ayer, con perdón y sin que nadie se me enfade, son, a mi juicio, otra cosa. Llevemos cuidado y disfrutemos de nuestra Semana Santa, un espectáculo mucho más que religioso.

Las grandes preguntas y los marrajos

¿Quiénes somos?, ¿de dónde venimos?, ¿a dónde vamos? son esas preguntas a las que solemos llamar «las grandes preguntas». Si supiésemos responder a esas preguntas —pensamos— habríamos resuelto el enigma de la existencia humana.

Se me ha ocurrido formular esas tres grandes preguntas al infalible oráculo que lo sabe todo: Google; pero me he llevado un chasco. Para Google esas tres preguntas conducen indefectiblemente a una canción de «Siniestro Total» y, si preguntamos en inglés o francés, entonces Google nos conduce a un cuadro de Paul Gauguin.

«¿De dónde venimos? ¿Quiénes somos? ¿Adónde vamos?» (en francés D’où venons nous? Que sommes nous? Où allons nous?) es un cuadro de Paul Gauguin hecho en diciembre de 1897 durante su segunda estancia en Tahití.

Lo que Google no es capaz de responder es a esas tres preguntas, de hecho es incapaz incluso de darnos siquiera un pista fiable.

Es para dar respuestas indemostrables a preguntas irresolubles para lo que se inventaron las religiones. A la pregunta de «¿qué somos?» nuestra religión nos responde que somos una creación de un Dios aficionado a la alfarería; si preguntamos «¿A dónde vamos?» nos dirá que, al cielo, al infierno o al purgatorio (aunque en esto hay dudas) y si, finalmenye, le preguntamos «¿De dónde venimos?» nos dirá que «de Dios», sin muchas más precisiones, porque a la religión lo que le preocupa es que te portes de una determinada manera y no de otra y para eso estableció los negociados del cielo y del infierno.

Allá por los años 70 y 80 los portapasos marrajos solían expresarse de forma ruidosa mientras, en la madrugada del Viernes Santo, llevaban en procesión al titular de su cofradía (Nuestro Padre Jesús Nazareno) desde la Lonja de Pescadores del Barrio de Santa Lucía hasta la cartagenera iglesia de Santa María.

En aquellos años —luego una pudorosa cofradía lo prohibió— solía escucharse una antífona más o menos parecida a esta:

(Solo)

—¿Quién viene?

(125 portapasos)

—¡El Jesús!

—¿De dónde venís?

—¡De la pescadería!

—¿A dónde váis?

—¡A Santa María!

A mí, ver pasar de madrugada al Nazareno con toda esa algazara debajo, me gustaba; me daba la sensación de que, lo que no habían resuelto Aristóteles, Kant o Hegel, los marrajos lo tenían resuelto durante unas horas y que, para aquellos 125 corazones, todo lo creado cobraba sentido esa noche porque ellos, en esas breves horas, no tenían la menor duda de quiénes eran, de dónde venían y a dónde iban.

La semana santa se compone no sólo de celebraciones litúrgicas sino también de ceremonias paralitúrgicas y en no pocos casos contralitúrgicas; en este caso la Cofradía Marraja, en nombre de una gris ortodoxia, decidió obligar a los portapasos del Nazareno a hacer su trabajo en silencio de forma que, hoy, ya no puedo disfrutar al ver pasar a esos hombres para quienes, una vez al año, la vida cobra sentido y pueden responder con absoluta certeza a todas y cada una de esas grandes preguntas que la humanidad lleva haciéndose siglos.

¿Quiénes somos? ¿De dónde venimos? ¿A dónde vamos?

Lejas y cascarujas

Ahora está de moda hacer chuflas de Murcia en los medios de comunicación. A muchos de mis paisanos de Cartagena la cosa les hace gracia porque sienten que no va con ellos y atañe sólo a nuestros vecinos del norte; pero a mí, la cosita de la chufla, no es que no me haga gracia, es que, sinceramente, no se la encuentro por ningún lado. Me explico.

La mitad de las «gracias» que oigo hacer sobre Murcia a los ¿humoristas? profesionales de la radio y la televisión son o bien falsas o bien fundadas sobre defectos o faltas compartidas con el resto de regiones de España. La otra mitad de las «gracietas» que hacen simplemente acreditan a estos chistosos de acémilas y les diputan por analfabestias microfonados.

Una de las majaderías más repetidas por estos zotes es que «en Murcia se habla mal» o que «a los murcianos no se les entiende». Y es verdad que quizá ellos no les entiendan pero eso no es culpa de los murcianos sino de la anemia cultural de estos figuras y no es la primera vez que me pasa que algún listo de estos me corrige cuando empleo una palabra común en esta zona porque él, simplemente, no la conoce y la reputa incorrecta.

Si vive usted en la Región de Murcia o alrededores (de la Vega Baja a Almería y de Águilas hasta casi Albacete, lo que yo llamo la tierra «del limón escurrido» o del «llimó escorregut») prueben a utilizar la palabra «leja» fuera de nuestro área y observen la estupefacción que produce. Si, para acompañar la cerveza, por ejemplo, le pide usted a un camarero de Madrid «un poco de cascaruja de esa que está en aquella leja» el camarero, salvo que sea oriundo de Totana, le mirará como quien mira un texto sumerio escrito en caracteres cuneiformes.

Si son de esta zona no necesito explicarles el significado de la palabra «leja» (Del ant. lejar ‘dejar’, y este del lat. laxāre ‘aflojar’) y, si no son de esta zona o simplemente no la conocen, no me dejan otra opción que recomendarles que estudien, porque es palabra correctísima y la pueden encontrar en el diccionario desde hace mucho. Lo que no deben hacer es pensar que esa palabra que ustedes desconocen es incorrecta —y esta recomendación que les hago es válida para cuando oigan una palabra que desconozcan la diga un murciano, un andaluz, un aragonés o un filipino— pues lo más normal es que sea usted quien va falto de léxico y no su interlocutor. La humildad es condición necesaria para aprender y por eso, aunque sea usted natural de Valladolid o de San Millán de la Cogolla, tiéntese la ropa dos veces antes de criticar a nadie por las palabras que usa.

El diccionario de la Real Academia Española recoge multitud de palabras especialmente usadas en determinadas regiones o áreas geográficas y las señala con su correspondiente marca lexicográfica. Atendiendo a dichas marcas podremos comprobar que 696 palabras del diccionario de la lengua española tienen la marca lexicográfica de Andalucía, 661 la de Aragón y así hasta llegar a Murcia que, con 238 es la sexta área geográfica española que más palabras aporta al diccionario. Y eso lo sé porque esta mañana, escarcuñando las marcas lexicográficas del diccionario de la Real Academia, se me ha ocurrido tabular cuantas palabras aportaba cada área geográfica al diccionario y me ha salido esta tabla que, con gusto, comparto con ustedes por si le encuentran alguna utilidad. A mí, de momento, me ha servido para escribir este post.

Zonas Palabras
México 2484
Honduras 1979
Cuba 1892
Argentina 1884
Chile 1554
Uruguay 1531
Venezuela 1482
El Salvador 1466
Colombia 1285
Nicaragua 1015
América 1001
Ecuador 975
Bolivia 901
Costa Rica 835
Perú 822
Andalucía 696
Aragón 661
Salamanca 506
Guatemala 451
Puerto Rico 414
Paraguay 326
América Central 306
Rep. Dominicana 259
Asturias 245
América meridional 241
Álava 239
Murcia 238
Cantabria 225
Panamá 224
León 202
España 177
Canarias 150
La Rioja 107
Antillas 106
Zamora 95
Filipinas 88
Extremadura 85
Palencia 83
Huesca 80
Navarra 74
Burgos 71
Galicia 63
Valladolid 52
Albacete 43
Vizcaya 32
Segovia 30
Castilla-La Mancha 29
Cuenca 28
Usado en Salamanca 28
Usado en América 26
País Vasco 25
Granada 23
Málaga 22
Ávila 22
Teruel 21
Córdoba 21
Sevilla 18
Soria 17
Jaén 16
Cádiz 16
Valencia 15
Guadalajara 15
Área del Río de la Plata 15
Cáceres 14
Badajoz 13
Usado en Andalucía 12
Almería 11
Toledo 10
Cataluña 10
Área de los Andes 9
En Aragón usado como rural 9
Usado en Burgos 8
Zaragoza 7
Usado en Colombia 6
Huelva 6
Usado más en Andalucía 6
Área del Caribe 6
Usado en Aragón 5
Usado en Chile 5
Castilla 5
Usado en Ecuador 5

Pan, pijo y habas

Ya les he contado decenas de veces que todo tiene su origen en Cartagena, absolutamente todo, y que, si usted piensa que algo es originario de cualquier otro lugar del mundo, es porque o bien le falta doctrina o bien ha investigado poco; pues, le aseguro que, a poco que rasque, la cosa carthaginesa se le aparecerá enseguida. Es por eso que, si una cosa se hace de una determinada manera en Cartagena, a mí no se me ocurre hacerla de otra forma diferente porque seguro que, si se hace así, es por una buena razón aunque yo la ignore.

Esto es como lo que pasa con las madres cuando eres un niño: si ellas te dicen que no cruces la calle por un sitio no la cruces, aunque no vengan coches, pues es seguro que hay un peligro que tú ignoras pero que ella si percibe, y es posible que, si no le haces caso, tu primera epifanía adopte la forma de zapatilla. Hay, pues, que confiar en la ciudad como en una madre y hacer las cosas como Cartagena manda.

Les cuento esto porque hoy he tenido una epifanía gastronómico-cartagera mientras estaba gobernándome una poca de «salao» en la tienda que han abierto los Fuentes en la calle de Canales.

Resulta que andaba yo hoy con la petera de comer pescado en salazón y me he ido a la tienda de salazones ut supra referenciada; allí he comprobado que la hueva de mújol sigue a precio de coltán africano y que el atún de «ahijá» (ijada) continua reservado para cuando Patricia Botín abra la caja fuerte del Banco de Santander y saque unos cuantos lingotes.

Considerando mi lamentable estado económico iba a irme cuando he visto un salmón ahumado con hechuras de tener sal hasta en el colodrillo y me he dicho: «hoy el chiquillo va a comer salmón» de forma que, con las mismas, me he agenciado un corte de unos doscientos gramos aunque esté feo señalar. Ha sido justo en el momento de pagar cuando me ha sobrevenido la epifanía de que les hablo. Fijarse bien que no se lo váis a creer.

Todo ha sido ponerme la muchacha de los Fuentes el trozo de salmón en la mano cuando he sentido como una llamada de los 37 billones de células de mi cuerpo y de los más de cien billones de microbios que lo parasitan que parecían agitarse como queriéndome decir: «Pepe, compra habas».

Un rayo de luz ha atravesado mi mente y, como llevado en volandas, me he dirigido a la frutería que hay un poco antes en la misma calle y, aún en trance extático, le he dicho a la dependienta:

—Nena, ¿qué habas están más tiernas? ¿Las que tienes en la puerta o esas que tienes ahí en la capaza?

Ella, sin duda, ha notado el aura de trascendentalidad que envolvía mi pregunta e, inmediatamente, me ha respondido:

—Son lah mihmah, coge de lah que quierah.

Debo constatar que el origen andino de la empleada no la ha incapacitado para emplear el lenguaje vernáculo ceremonial que se emplea en esta tierra en las grandes ocasiones y, aunque parece imposible, puedo certificar que la empleada no ha pronunciado ni una sola ese en todo su discurso, prodigio este que ha acabado de confirmarme la naturaleza numinosa del momento que estaba viviendo.

Tal era el trance en el que me encontraba que he abandonado la tienda y aún no soy capaz de recordar si he pagado las habas —igual mañana la sacerdotisa andina está menos ecuménica que hoy y me espera con la escopeta cargada— en todo caso he comenzado a andar hacia casa mientras un torbellino de ideas rondaban por mi cabeza.

Usted no tiene por qué saberlo, pero la expresión que da título a este post («pan, pijo y habas») es una forma popular que tenían las madres cartageneras de responder a sus hijos cuando la despensa materna no estaba fornecida con los abastos que serían de desear y eran menester. Una conversación típica entre un hijo y una madre cartagera podía discurrir dela siguiente forma…

—Mamaíca, mamaíca, ¿Qué hay pa comer?

(Mirada torva de la madre, cara de pocos amigos y respuesta)

—Pan, pijo y habas.

Ha sido recordar ese diálogo y sentir un estremecimiento: las madres cartageneras llevan milenios queriendo decirnos algo pero nunca hemos sabido entenderlas. Cada vez que de niños hemos oído de boca de nuestras madres la expresión «pan, pijo y habas» hemos creído ver en ella una suerte de amenaza, una especie de mensaje que nos decía «no sigas jodiendo la marrana, nenico de dios, o va a volar la zapatilla» y, sin embargo, nos equivocábamos. Hoy lo he sabido; permítanme que se lo cuente.

Cuando esta mañana, como les he dicho, he escuchado la voz de mi cuerpo que me decía «Pepe, compra habas», lejos de pensar que era una apetencia nacida del capricho he pensado que, como así era, mi ADN cartagenero me estaba mandando un mensaje y, como por arte de magia, han acudido a mi cerebro un sinnúmero de ideas entre las cuales se abrían paso a codazos dos principalmente:

Idea A. «Vamos a ver Pepe ¿estás tonto o qué? Sabes que si comes “salao” te va a subir la tensión, que ya sea bonito, hueva o bacalao salado, el médico te dijo que limitases el consumo de sal y no comieses de esas cosas.»

Idea B. «Pepe, tú piensas científicamente y no hace mucho has averiguado con tus anárquicas lecturas que, si bien el consumo elevado de sodio se asocia a mayor presión arterial, no es menos cierto que, el consumo elevado de potasio, se asocia a hipotensión arterial, debido a que éste último mineral interviene en la excreción urinaria de sodio.»

Ambas ideas pugnaban en mi cabeza sin que viese la relación entre ellas hasta que, de pronto, la epifanía ha sido completa: si las madres cartageneras alimentaban a sus hijos con pescado salado y habas («pijo y habas») sin duda el exceso de sodio del salado debía ser neutralizado de alguna manera por la benéfica acción de las habas. Sí, iba yo pensando por la calle, no tengo la menor duda: las habas necesariamente deben ser ricas en potasio.

Mi fe absoluta en la infalibilidad de mi ciudad ha hecho que no se me cociese el pan por echar mano al teléfono y buscar en la wikipedia (otro invento cartagenero, como les contaré en mejor ocasión) el contenido de minerales de las habas… Y allí estaba.

No he podido dejar de sonreirme cuando he comprobado que, en 100 gramos de habas, se contiene la mitad del potasio diario que precisa un ser humano; de forma que, con un buen puñado de habas, los nocivos efectos de la sal de las salazones se veía eficazmente paliada. No ha acabado ahí mi sorpresa pues he quedado ojiplático al comprobar que, las habas, son también una buena fuente de magnesio, un mineral impresindible para que en las celulas se produzcan los procesos necesarios para el correcto equilibrio sodio-potasio.

El mendigo que estaba sentado a mi lado tocando la flauta en un banco de la calle Santa Florentina me miraba con cara de pez ciprínido, por su expresión he notado que no entendía por qué yo tenía una sonrisa de oreja a oreja y decía en voz alta: «sí, sí, claro que sí, pan, pijo y habas, esta es la clave».

Nuestras madres, cuando nos respondían lo de «pan, pijo y habas», no nos estaban amenazando, lo que nos estaban diciendo era: «querido hijo, lo que hoy tenemos para comer es proteina de pescado condimentada con sodio abundante, que equilibraremos con los minerales presentes en las habas y complementaremos con todas las vitaminas vegetales de las mismas».

El misterio, por fin, estaba aclarado. Como siempre Carthago Spartaria vincit y todo estaba de nuevo en orden.

Cuando he llegado a casa yo estaba embargado por la felicidad aunque, como siempre, algún ángulo oscuro me queda por iluminar como el de por qué la mirada torva de nuestras madres cuando nos decían lo de «pan, pijo y habas». Pero bueno, manchas hay hasta en el sol, y hasta las habas tienen detractores. Está probado que Pitágoras prohibió las habas a sus discípulos sin que se sepa bien por qué. Se especula que una de las causas pudiera ser el comúnmente pregonado efecto aerofágico de estos benéficos vegetales; bien pudiera ser, aunque yo no conozco que ese efecto esté acreditado. De lo que sí estoy seguro es de que Pitágoras de Samos, siendo un sabio matemático, con las cosas de comer era un genares. ¡Ah! Y que no era de Cartagena.

Ser auténtico es rentable

Recuerdo cómo estaban los ánimos en mi ciudad en 1993. La reconversión industrial golpeaba la comarca de Cartagena y en La Unión, por ejemplo, miles de personas se enfrentaban a un traumático final de la minería. Tras haber convertido la bahía de Portmán en un vertedero y haber hecho de ella el punto más contaminado del Mediterráneo, la multinacional Peñarroya vendió por un euro todos sus derechos en la Sierra Minera a conocidos empresarios locales para que estos llevasen a cabo las siempre sucias tareas de cierre. La continuidad de la minería en la zona había enfrentado a vecinos de La Unión con vecinos de El Llano del Beal: los primeros querían continuar con la actividad a toda costa, pues de lo contrario perderían sus trabajos, los segundos defendían su pueblo y sus propiedades, pues, el filón, pasaba justo bajo sus casas y continuar con las explotaciones mineras suponía desalojarles de sus hogares y borrar el pueblo del mapa. Los ánimos se crisparon y los habitantes del Llano se prepararon para resistir e impedir el avance de la cantera, resulta curioso recordar que los ánimos llegaron a alterarse tanto que, en el Llano del Beal, Herri Batasuna obtuvo unos magníficos resultados en las elecciones de esos años.

Si la Sierra Minera era un polvorín no menos lo era la ciudad de Cartagena. La Primera Guerra del Golfo y la huida del capital Kuwaití se había unido a la reconversión industrial y las grandes empresas de la ciudad cerraban una tras otra, desde la Empresa Nacional de Fertilizantes a Potasas y Derivados pasando por industrias clásicas de Cartagena como la «Española del Zinc» o la popular «Desplatación». La revuelta obrera era cada vez más violenta y se había llegado al extremo en 1992 cuando, durante unos durísimos disturbios y en oscuras circunstancias, resultó incendiado el Parlamento Autonómico de la Región de Murcia cuya sede está en Cartagena. El humo y las llamas saliendo del Parlamento eran una ilustración casi perfecta del estado en el que se encontraban los ánimos de los cartageneros en aquellas fechas. A pesar de sus 200.000 habitantes muchos cartageneros comenzaron a considerar seriamente la posibilidad de buscar un futuro fuera de la ciudad; un triste final a 3.000 gloriosos años de historia.

Sin embargo, quiénes así pensaban olvidaban que esta ciudad contaba con un capital que estaba ante sus ojos. Contaba con una magnífica ubicación y un puerto de calidad superlativa —Asdrúbal y sus carthagineses sabían lo que hacían— contaba todavía con un importante tejido industrial (la primera refinería de petroleos de España y un importante sector de construcción naval) y sobre todo contaba con cartageneros y cartageneras que nunca habían perdido su consciencia de pertenecer a una ciudad única en el mundo, superposición visible de pueblos prerromanos, fenicios, carthagineses, iberos, romanos, bizantinos y así hasta completar treinta siglos de historia.

El grado de destrucción del centro de la ciudad llegó a tal punto que incluso fue utilizado para grabar películas bélicas ambientadas en lugares como Beirut u otras localizaciones de Oriente Medio. Durante estas películas se llevaban a cabo demoliciones en pleno centro de la ciudad (vean, por ejemplo, el film «Navy Seal» y se entretendrán un rato comprobándolo) y todo aquello parecía que acabaría con el definitivo abandono del casco antiguo y la marcha de los vecinos a vivir a las urbanizaciones del extrarradio.

Sin embargo esta puñetera ciudad es resistente y si lleva tres mil años aquí no es por casualidad. Justo durante las explosiones y la grabación de las películas de que les hablo, en el mismo lugar en que se grabó la demolición de un hotel en el film «Navy Seal», comenzaron a aparecer restos arqueológicos que hicieron palidecer a los arqueólogos. La ciudad, desnudada hasta el extremo, devolvía a los bárbaros que la maltrataban un tesoro de valor incalculable: el perdido teatro romano de Carthago Nova.

La recuperación del teatro llevó lustros pero con la recuperación del mismo corrió pareja la recuperación de la ciudad y, en el más puro estilo de esta jovencita de 3000 años, lo hizo perseverando en sí misma.

El puerto creció, la refinería y el tejido industrial crecieron, pero, sobre todo, creció la presencia de la vieja y siempre joven Carthago Nova. En un centro de la ciudad tan abandonado por sus habitantes como vil y suciamente expulsados de él por especuladores y administraciones sin alma, comenzaron a aparecer viejos e íntimos trozos de nuestra joven adolescente. Ya no era solo el Teatro Romano, eran termas y templos que permitían a los habitantes de la ciudad tocar lo mismo las piedras de la iglesia de su patrona que las basas y fustes de las columnas del viejo templo de la diosa-sirena Atargatis. Mucha gente se pregunta erróneamente por qué los cartageneros son como son cuando lo que habrían de preguntarse es justamente lo contrario: cómo podrían ser de otra manera viviendo en un lugar así.

Si Cartagena ha salido adelante durante estos años ha sido siempre siendo ella misma, perseverando en su esencia y es por eso que, si en algún lugar resulta particularmente cierta la afirmación del filósofo Baruch Spinoza de que «cada cosa se esfuerza, cuanto está a su alcance, por perseverar en su ser», ese lugar se llama Cartagena.

Y si la ciudad nos ha enseñado esto a lo largo de la historia ¿por qué no la escuchamos?

Podemos dedicar decenas de millones de euros a construir un carísimo auditorio, pero al final del viaje no tendremos sino lo que muchas otras ciudades tienen y de mejor calidad; podemos dedicar carísimas inversiones a ciclos sobre manifestaciones culturales extranjeras pero, al final del camino, siempre preferiremos los lugares y ambientes originales a las copias.

Con el dinero invertido en un auditorio de calidad parecida al de muchas otras ciudades se podría haber recuperado ya el anfiteatro romano, amalgama única en el Mediterráneo de espectáculos fundados en la muerte, pues Plaza de Toros y Anfiteatro se funden y superponen. ¿Cuántas ciudades en el Mediterráneo tienen algo así?

Nadie llega a ser Elvis imitando a Elvis, nadie llega a ser Picasso tratando de copiar a Picasso; si hemos de ser algo seamos antes que nada auténticos, seamos nosotros mismos. Nuestra ciudad no necesita ser ninguna otra ciudad distinta de la que es para tener éxito, lo lleva demostrando tres mil años, sería muy bueno que nuestra administración y nosotros mismos la ayudásemos en su tarea.

Nada nos ha sido tan rentable como ser nosotros mismos, así pues, ¿por qué no perseveramos en ello?. Si lo mira usted bien, ser nosotros mismos es lo que mejor sabemos hacer y en eso no tendremos nunca competencia.

Feliz año nuevo, disfrútenlo, que los Reyes Magos se porten bien con ustedes esta noche y, sobre todo, no se cambien por nadie.

La Virgen del Carmen

Hoy, según entraba con un cliente a la Ciudad de la Justicia de Murcia, nos hemos tropezado con un vendedor de cupones de la Organización Nacional de Ciegos que voceaba muy afinadamente tener para hoy «La Virgen del Carmen».

Mi cliente, que andaba preocupado, ha murmurado entre dientes «esa me hace falta a mí, la Virgen del Carmen…». No soy supersticioso ni aficionado a las loterías, pero, como el deseo de mi cliente era cumplible por sólo un euro con cincuenta, he decidido comprarle al vendedor «La Virgen del Carmen» mientras me alegraba de que los números de lotería aún se vendan así en mi entorno.

Fue Camilo José Cela en 1951 quien, en un trabajo titulado «Nombres que dan los ciegos de Cartagena a los números de su lotería», llamó la atención sobre la forma que en esta parte de España tienen de venderse y vocearse los números. Corrigiendo a Cela debo decir que no sólo en Cartagena los números se vocean de esta forma, pues esta costumbre alcanza por el norte a la comarca de Elche y la Vega Baja del Segura y por el Sur hasta Almería, ya saben, la vieja Spania bizantina.

Muchas veces he tratado de encontrar sentido a los apodos de los números pero les aseguro que no es fácil. Que el «1» sea «El Galán» y el «8» sea «La Dama» hacen totalmente lógico que el «81» sea «El Casamiento» (el matrimonio) y, por lo mismo, resulta incomprensible que el «18» sea «El ramillete». Por qué «España» sea el «20», «Francia» el «21» o «Aragón» el «29» me parece absolutamente arbitrario y, por más que he investigado, no he descubierto que en el año «54» («El cólera») hubiese ninguna epidemia en Cartagena ni alrededores ni en el «93» («La Revolución») se produjese ninguna insurrección; debo seguir investigando, pues.

El apodo de otros números se debe a cierto parecido con objetos de la realidad; dejo a su imaginación averiguar por qué el «77» son «Las banderas» o, más escatológicamente, el «86» es «La con perdón» o el «88» es «Las mamellas».

Si usted oye a un vendedor de cupones o loterías gritando «¡Me queda la con perdón, las mamellas y el agüelooooooo…!» no lo dude usted un segundo, está en el sureste de España.

Debo confesar que me agrada oír a los vendedores gritar esta jerigonza y ver a las abuelas comprar el «39» si han soñado con toros o el «34» si ha soñado con patos (no se equivoque, el «22» por aquí es «La Poma» o «la manzana») y, sobre todo, me agrada oír a quienes los vocean con el estilo canoro de la antigua escuela, en especial a las viejas y sus tonos agudísimos de voceo que, desgraciadamente, ya no quedan.

En fin, que les dejo, y que si hoy sale «La Virgen del Carmen» ya les invito yo a unas cañas.

El pirulí de La Habana

Esta mañana, cosa de poca importancia, me he acercado hasta mi centro de salud, sito en el cerro del Molinete, calle del Maestro Francés.

Las consultas iban retrasadas razón por la que allí formábamos parroquia en la sala de espera tres abuelas de la antigüedad grecolatina, un matrimonio en edad de criar, dos señoras algo más que maduras y un servidor de ustedes.

La tranquilidad era conventual y el silencio reinaba en la sala cuando —sombrerito tirolés de jipi-japa, camisa color hueso con los haldares fuera, pantalón azul clarito de verano, esparteñas con lona azul menos clarita y bastón más de adorno que de uso, ha aparecido en la sala un sedicente viejo de noventa años.

El viejo, animado de una hiperactividad impropia de su nada aparente edad, ha demostrado inmediatamente que venía dispuesto a pegar la hebra con quien primero le hiciese, o incluso no le hiciese, caso.

—Va esto retrasado ¿eh?

(Silencio)

—Yo es que vengo poco por aquí… igual esto es normal ¿no?

(Más silencio. El viejo, visto que no encontraba víctima ha optado por silbar muy desafinadamente una cancioncilla —Ramona— mientras discurría la estrategia a seguir. Finalmente, el viejo, ha optado por lo que, en Cartagena, se denomina técnicamente como «coger un tole-tole»)

—Hay que ver que a todos nos gusta lo mismo… y no sólo a los hombres, también a todos los animales… a tos nos gusta lo mismo…

(Silencio)

—Dos maldiciones echó dios na más al hombre. Dos na más… ¿saben ustedes cuales son?

(Más silencio. Al personal no sólo no le importaba lo más mínimo qué dos maldiciones eran estas sino que tenía la profunda convicción de que el viejo las iba a revelar a no tardar mucho).

—No lo saben ¿eh? Yo se las diré. La primera maldición fue pal hombre y esta fue que tendría que perseguir a la mujer. Y la segunda… ¿saben cual fue la segunda?

(Veinte siglos de lidiar con botarates advirtieron a las abuelas grecolatinas de que se encontraban ante un acabado ejemplo de majadero, el marido en edad de criar se revolvió molesto en su silla, su mujer —sin duda precoupada por algo— parecía no oírle, las mujeres algo más que maduras ensayaron un gesto de fastidio. Yo me debatía entre la posibilidad de reconvenir al viejo o dedicarme a observarle y a anotar sus acciones cual si de un experimento antropológico se tratase; finalmente opté por la segunda opción).

—La segunda maldición fue para la mujer, sí, para la mujer ¿y saben cuál fue esta maldición? ¿eh? ¿lo saben?

(El silencio era espeso, las abuelas grecolatinas estaban tensas como cariátides, el marido en edad de criar apretaba ostensiblemente los dientes, las mujeres algo más que maduras le miraban con asco y yo estaba empezando a divertirme mucho mientras levantaba acta del suceso en mi teléfono móvil)

—Pues la maldición para la mujer fue… fue… que habría de perseguir ¡¡¡El Pirulí de La Habana!!!

(Las abuelas grecolatinas a estas alturas habían concedido al viejo el diploma de tonto cum laude, el marido en edad de criar empezaba a dar inquietantes muestras de no soportar al viejo del sombrerito tirolés de jipi-japa, las mujeres algo más que maduras, de haber llevado un adoquín en el bolso, muy a gusto hubiesen verificado con él la dureza de la mollera del de los haldares fuera).

—¿Y qué es el Pirulí de La Habana? ¿eh? ¿qué es el Pirulí de La Habana?

(Silencio espeso, tragedia inminente, sin duda lo iba a decir)

—Pues el Pirulí de La Habana es… es… que la que no lo prueba hoy ¡se queda con la gana!

(Memez impresionante, tontería de campeonato de liga europea, sandez de museo antropológico nacional… en cuanto el viejo ha acabado de decirla ha caído preso de una risa convulsiva que ha debutado con sonoros «ja, ja, ja», que pronto se han transmutado en más graves «jo, jo, jo» que, a su vez, han evolucionado a unos sospechosos «joi, joi, joi» con hipidos intercalados que, por momentos y ante la falta de aire del viejo, amenazaban con degenerar en disnea.

El respetable observaba al viejo como quien observa a un ornitorrinco con sombrerito tirolés y ha sido en ese momento cuando, desde la puerta entornada de la consulta 23, he oído que alguien gritaba mi nombre. Me he apresurado a introducirme en la consulta y cerrar la puerta tras de mí. Aún así, la risa del nonagenario zascandil se ha seguido escuchando todavía un buen rato.