Estudia ciencias compañero

Estudia ciencias compañero

Ilya Prigogine fue Premio Nobel en 1977 si no recuerdo mal por sus trabajos sobre las estructuras disipativas. Sé que algunos cientìficos no acaban de estar del todo de acuerdo con sus teorías que, sin embargo, a mí me apasionan. Pero no es de los sistemas en desequilibrio estable como generadores de información ni de la irreversibilidad y la flecha del tiempo, lo que me impresionó vivísamente de Ilya Prigogine fue su profundìsima formación filosófica. En una larga entrevista le vi hablar con solvencia de multitud de filósofos y, al mismo tiempo, del nacimiento del tiempo y la informaciòn en el universo, Epicuro y su teoría del «clinamen» y enlazarlos lógicamente con solidez tomística.

Yo sé que quienes me siguen son mayoritariamente abogados, unos más mayores y otros más jóvenes, pero, si eres joven, permíteme que te recomiende una cosa: estudia ciencias.

Mira, ni los teólogos ni los filósofos suelen cambiar de opinión, antes al contrario, cuando alguien argumenta en su contra lo que suelen hacer instintivamente es reconvenir demostrando su maestría en justificar teorías más que en probarlas. Sólo los científicos (sólo quienes usan el método científico) están acostumbrados a reconocer su error o el fracaso de sus experimentos; es así como avanzan.

La ciencia, el método científico, es la única fuente de conocimientos más o menos válidos y universales y, sólo por eso, creo que es importante conocerlo. Lo malo es que la ciencia sólo nos explica —aunque cada vez más grande— una porción pequeñita de la realidad. Es por eso que, quienes quieren convicciones sólidas, acuden a la teologìa y los demás, los que dudamos, hemos de conformarnos con la filosofía, ese conocimiento que nos permite no quedar paralizados por la duda en un mundo de incertezas.

Por eso, si quieres experimentar el dulce entusiasmo de saber y no creer y quieres acostumbrarte a estar equivocado, estudia ciencias. Te aseguro que es bueno para entender la justicia de verdad y no meramente el derecho positivo.

#ciencias #letras #derecho

Traduttori traditori

Traduttori traditori

Hoy mi amigo Aurelio me ha hablado de la «travesía del desierto» que nos espera con esto del coronavirus y no he podido evitar reflexionar sobre si alguna vez existió esa «travesía del desierto» o si también sería una de esas cosas que los traductores de la Biblia nos colaron.

Me explico.

Para ponerles en situación debemos recordar cómo era el mundo civilizado cien años antes de que Cristo naciese.

Por aquellos tiempos y debido a la actividad guerrera de Alejandro Magno el mundo civilizado sufría un fuerte proceso de helenización. En Egipto los faraones ya no eran egipcios sino griegos, pues un general de Alejandro (Ptolomeo I Sóter) se había erigido barandenführer del país de las pirámides fundando una dinastía que concluiría cuando Cleopatra se alió con Marco Antonio en vez de con Augusto.

Al otro lado de Canaán las cosas no eran diferentes: un tal Seleuco, otro griego, tras no pocas peripecias, se había hecho con el gobierno de las tierras que rodeaban al Tigris y el Eúfrates y había fundado el imperio Persa Seleúcida. Los cananeos habían quedado adscritos a la provincia de Egipto (Ptolomeo) pero por las cosas de las guerras y los líos los Persas (Seleúcidas) se habían acabando adueñando del cotarro. En medio del lío unos zagales bastante corajudos de Israel, los Macabeos, se las ingeniaron para conseguir la independencia del pueblo elegido y de la tierra prometida a Abraham.

Prescindiré de contarles el interesantísimo lío que se montó cuando los zagales estos —los Macabeos— llegaron al poder, porque, nunca mejor dicho, sería un «Rollo Macabeo» aunque, créanme, si son ustedes cristianos, deben saber que los «Rollos Macabeos» forman parte de la Biblia Cristiana, mas no así de la Biblia Hebrea, que, de este modo, se ahorró una buena cantidad de papel.

Pues bien, para el año 100 antes de Cristo los judíos ya estaban dispersos por el mundo desde hace tiempo y, como hablaban griego, en muchos lugares, desde tiempo antes, empiezaron a pensar que lo mejor sería traducir la Biblia Hebrea al griego porque el hebreo empezaba a resultar incomprensible para muchos.

Quiere la tradición que, por instrucciones del faraón griego Ptolomeo II Filadelfo (284-246 a. C.), 72 sabios judíos enviados por el Sumo Sacerdote de Jerusalén, trabajasen por separado en la traducción de los textos sagrados del pueblo judío. Según la misma leyenda, la comparación del trabajo de todos reveló que los sabios habían coincidido en su trabajo de forma milagrosa. Y, tras esto, se montó un cirio de proporciones milenarias que ha llegado hasta nuestros días, porque, para los cristianos, esta traducción al griego de la Biblia (la llamada «Septuaginta») ha sido, mal que bien, la referencia oficial del Antiguo Testamento, mientras que, para los judíos, cualquier texto no escrito en hebreo o en arameo no merecía formar parte de la Biblia. Es por eso que la Biblia Cristiana y la Biblia Hebrea no coinciden del todo, pero no es ese el peor problema.

El problema más grave es que la traducción de los míticos setenta sabios parece que no es demasiado buena y es, por eso, causa de importantes follones en campos muy sensibles para los creyentes. Quizá el más conocido sea el problema de “la virgen”.

La idea de que el Mesías nacería de una virgen tiene su origen en un fragmento del libro de Isaías que, conforme a su traducción en la Septuaginta, dice:

«Por tanto el mismo Señor os dará señal: He aquí que la VIRGEN concebirá, y parirá un hijo, y llamarás su nombre Emmanuel»
(Isaías 7:14)

Lo malo es que en la versión hebrea (masorética) la palabra «virgen» no aparece por ningún lado y el texto dice:

«La JOVEN ha concebido ”(harah)”, y tendrá [en unos meses] un hijo»

Toma candela, Manuela.

Lo más curioso del libro de Isaías es que es uno de los que conservamos copias más antiguas y fidedignas pues, entre los llamados «Manuscritos del Mar Muerto» hallados en Qumrán, se encuentra, virtualmente completo, el Libro de Isaías y si miramos también esta versión, no, de virgen no dice nada.

Si es usted creyente no se me enfade, yo sólo le estoy contando algo muy comprobado desde el punto de vista filológico: el Libro de Isaías no habla de ninguna virgen. Si usted, creyente, quiere seguir creyendo en el dogma de la virginidad no se preocupe, hágalo, en todo caso ¿Quién sabe si el cambio que introdujo en la Biblia la traducción al griego no fue inspirado? La fe lo puede todo, así pues que nadie se enfade conmigo, crean o no crean según les apetezca, yo solo digo lo que dicen los expertos: que en la versión original que tenemos de Isaías la palabra «virgen» no aparece.

Menos conocido, pero ya reconocido en algunas ediciones modernas de la Biblia, es el error de traducción en la narración del cruce del Mar Rojo (Éxodo) donde la versión griega, la Septuaginta, nos dice que los judíos cruzaron el «Erythrà Thálassa», literalmente «Mar Rojo».

Pues bien, eso de que cruzaron el «Mar Rojo» es algo que no se dice en ningún sitio en la versión hebrea porque, en esta, lo que Moisés y los israelitas cruzan no es el Mar Rojo sino el «Yam Suph» (יַם-סוּף) expresión que, nos pongamos como nos pongamos, no significa Mar Rojo.

Los israelitas, como buen pueblo de tierra adentro, para las grandes extensiones de agua solo tenían una palabra: Yam, y con ella designaban lo mismo un lago, que un río, que incluso el mar. Cuando se referían al Mediterráneo le llamaban el Mar Grande, los demás mares (el Mar Muerto, por ejemplo) los lagos y los ríos eran simplemente «Yam». «Suph» significa «juncos» con lo que la traducción exacta (y la admitida hoy mayoritariamente por los expertos) es que Yam-Suph significa el «Lago de los Juncos» sin que nadie acierte a saber de dónde se sacaron los setenta de Alejandría lo de «Mar Rojo».

Ya, ya sé que todo esto resulta molesto, ¿Quién puede imaginar a Charlton Heston interpretando a Moisés y cruzando un charco con juncos en vez del profundo Mar Rojo? O ¿quién puede imaginar una Semana Santa sin vírgenes? Una semana santa sin vírgenes no es semana santa ni es nada, de forma que, diga lo que diga la versión original de Isaías o del Éxodo, puede usted seguir creyendo —si le apetece— que Moisés abrió las aguas del Mar Rojo y no las de una charca y que, se pongan como se pongan los textos masoréticos, la Virgen es virgen y a llorar al muro.

Podríamos seguir disfrutando de esta especie de «teléfono roto» entre religiones y hablar de Moisés, de la leyenda de su nacimiento y abandono en el río en una cesta, o incluso de su interesantísimo nombre egipcio «MSS», pero ya falta apenas un cuarto de hora para las once y es tiempo de ir a dormir.

Y ahora que lo pienso… no he dicho nada de los 40 años vagando en el desierto. Bueno, supongo que hay tiempo para eso, por hoy ya estuvo bien.

La posesión de la cultura

La posesión de la cultura

Si en algo ha estado de acuerdo la humanidad a lo largo de los siglos es que la cultura y el conocimiento eran el primer motor de progreso para la especie humana. No es raro, por tanto, que fuesen muchas las personas que trataron de almacenar y preservar todo el conocimiento del mundo por el bien de la especie humana.

Quizá el primero en hacerlo fue un zagal de Cartagena, Isidoro, luego obispo de Sevilla, quien, al escribir sus «Etimologías» escribió la primera enciclopedia del mundo, única compilación del saber humano hasta la aparición, mucho más de mil años después, de la enciclopedia de Diderot y D’Alembert. (En la primera foto un incunable de las «Etimologías» de Isidoro).

Aunque legislaciones poco convincentes trataron de establecer derechos de propiedad sobre parcelas del conocimiento (patentes de medicamentos o de software) a los juristas eso nunca pareció preocuparles pues, nuestro trabajo, se basa en el aprendizaje, cita y análisis de opiniones y textos jurídicos ajenos. Si algún juez del Tribunal Supremo exigiese derechos de autor por citar sus sentencias sería sin duda millonario, pero la sociedad no funciona así; en el mundo forense las únicas piezas literarias a las que la ley reconoce derechos de propiedad intelectual son los informes forenses de letrados y letradas. No es, por eso, extraño que fuesen dos abogados belgas, Paul Otlet y Henri La Fontaine, unos de los más tenaces activistas en la filantrópica tarea de almacenar todo el conocimiento del mundo y lo hicieron conforme a un sistema racional de organización llamado la «Clasificación Decimal Universal» (CDU) con arreglo al que reunieron una ingente cantidad de datos en un archivo llamado «Mundaneum» (la segunda de las fotografías).

En la era de la información esta inclinación del ser humano por acaparar y compartir datos, por difíciles de conseguir que sean, puede ilustrarse (foto 3) con los servidores del CERN (Centro Europeo de Investigación Nuclear) lugar en el cual Tim Berners Lee inventó el lenguaje «html» para poder compartir e interrelacionar conocimiento dando así origen a la web que hoy ocupa nuestras vidas.

Sin embargo, si hay un lugar donde se organiza y acumula conocimiento es en Google, una industria privada a donde acudimos a buscar el conocimiento que necesitamos, pero, sorpresa.

Las fotografías dos y tres son de un fotógrafo, Philippe Braquenier, un profesional que ha dedicado parte de su vida a documentar gráficamente los lugares donde la humanidad almacena sus conocimientos.

Braquenier nunca tuvo dificultad en acceder a lugares secretos (incluso a uno de los búnkeres suecos de la segunda guerra mundial donde wikileaks guarda sus datos) pero uno, precisamente Google, le negó la entrada afirmando que nunca nadie había tebido acceso y nunca nadie lo tendría. La única foto que pudo tomar es la que ven en cuarto lugar.

Para pensar.

De escribanos, secretarios judiciales y letrados de la administración de justicia

Conociendo el origen de las cosas se entiende mejor su estado presente y esto es válido tanto para los seres humanos como para las instituciones jurídicas; sin embargo, hoy, no quiero escribir ni de lo uno ni de lo otro, sino de la oficina judicial y de los letrados de la administración de justicia (LAJ) pues, en su historia reciente, pueden encontrarse las claves de alguno de los debates más insidiosos que aquejan a nuestra administración de justicia.

Sepan todos aquellos que la presente vieren y entendieren que la oficina judicial, desde finales del siglo XIX, se organizaba “casi” de forma mimética a una notaría actual; de hecho, notarios y escribanos (así se llamaban los secretarios judiciales) habían formado parte del mismo cuerpo muchos años.

Pues bien, al igual que el notario, ganada su plaza, contrata ahora a sus oficiales, costea los gastos de infraestructura de la notaría y cobra de los usuarios de sus servicios conforme a un arancel aprobado por el estado; al igual que el notario, digo, la infraestructura de los juzgados españoles se mantenía desde antiguo con lo que el escribano (ahora LAJ) cobraba de los administrados también en forma de arancel. Del mismo arancel cobraban los empleados de la oficina judicial, contratados por el mismo escribano, de forma que, dependiendo de la productividad de estos, la oficina judicial ingresaba más o menos dinero.

Este panorama de juzgados arrendados y mantenidos de forma similar a como hoy se mantienen las notarías quizá te suene extraño, pero te aseguro que no está tan lejano en el tiempo.

Esta división de funciones hizo que los jueces —funcionarios a sueldo del estado— fuesen, en comparación con los oficiales de su juzgado, unos pobretones dignos de pena. Es verdad que eran ellos a quienes correspondía la teórica gloria de impartir justicia pero, fuera de tan honorable detalle —hasta cierto punto teórico— en lo demás eran el elemento más digno de pena del juzgado. La situación era tal que, el 15 de junio de 1924, en la Revista de Derecho Privado escribe Beceña:

«…la situación de los jueces se agrava en términos de injusticia verdaderamente extrema e incomprensible, porque en los litigios intervienen, con función que no implica el trabajo ni la responsabilidad de la del juez, personas cuya retribución no solo es muy superior a la de aquel, y esto es ya una desigualdad injusta, sino notoriamente desproporcionada también con la función que cumplen dentro del litigio. Estos funcionarios son los secretarios judiciales que humildemente renuncian a todas las prerrogativas, honores y preeminencias de la carrera judicial; de paso renuncian también al trabajo y responsabilidad que esta lleva consigo, ya que son los que proporcionan a aquella toda su gloria y se contentan con unos aranceles muy fáciles de manejar, por su claridad, cuya aplicación se efectua con tal moderación y equidad, que da por resultado que Secretarios de Madrid, Barcelona y otras muchas capitales y Juzgados ganen mucho más, no sólo que los jueces a quienes auxilian, sino incluso más que las más altas representaciones de la Magistratura»

Irónico pero implacable Beceña.

La «Ley provisional sobre Organización del Poder Judicial de 23 de junio de 1870», como toda ley «provisional» en España, fue la que dio carta de naturalezs a un sistema que se habría de prolongar más de un siglo.

Aunque, desde entonces, la supresión del arancel fue un objetivo largamente perseguido por los sucesivos gobiernos ningún cambio importante se produciría hasta 1947 en que los cuerpos de oficiales, auxiliares y agentes judiciales, fueron funcionarizados de manera que, todo el personal de la oficina judicial, pasó a cobrar teóricamente del estado.

Sin embargo, aunque se funcionarizó el personal de la oficina judicial y sus sueldos pasaron a depender del estado, NO se suprimió el arancel, de forma que los secretarios lo siguieron liquidando e ingresando y pagando con él no sólo las infraestructuras de la oficina sino también los gastos de los funcionarios en el desempeño de sus funciones. La oficina judicial, pues, era gobernada por el Secretario Judicial y el papel del juez en ella no pasaba de seguir siendo el de un triste secundario. Los juicios, mayoritariamente escritos, se realizaban sin la inmediación del juez y ni siquiera la del secretario pues, mayoritariamente, las actuaciones eran llevadas adelante por los demás funcionarios y requerir la presencia del secretario o el juez era considerado poco menos que como una desagradable extravagancia de la parte.

Entre jueces y secretarios que no estaban, letrados que dejaban en manos del procurador la presentación de los pliegos de posiciones e interrogatorios y procuradores que delegaban tal función en sus oficiales habilitados, un juicio civil era una ceremonia que, a ojos de un abogado de hoy día, parecería una misa negra.

Esta situación, por increíble que parezca, pervivió hasta la aprobación de la ley 1/1985, de 1 de julio, Orgánica del Poder Judicial, ley que proclamó el principio de gratuidad de la justicia. Cinco meses antes el llamado «Decreto del Autobús» (RD 210/85) había restringido las «indemnizaciones» que, con cargo al arancel, cobraban los funcionarios, erigiéndose el estado en único «indemnizador» de los funcionarios y sólo dentro de los económicos márgenes del transporte público.

Como pueden imaginarse lo que hasta ese momento era una arcadia feliz —la oficina judicial— sufrió un cataclismo de proporciones bíblicas. La puntilla a todo este decimonónico sistema la dio la Ley 25/1986 de 24 de diciembre, que suprimió definitivamente las tasas judiciales consideradas entonces y con justicia como intolerables por todos los partidos de la Cámara, siendo el Sr. Ruíz Gallardón (padre de ese ministro de execrable recuerdo) uno de los valedores de esta eliminación.

Quienes tengan años suficientes recordarán sin duda las llamadas «astillas» (Plaza «de la Astilla», se llamaba entonces a esa plaza donde se concentran bastantes juzgados en Madrid), es decir, aquellas exacciones ilegales que bajo la protección de la llamada «Ley de Mahoma» se producían en los juzgados; sin duda, conociendo los antecedentes de funcionamiento de la oficina judicial, esas astillas fueron el menor de los males esperables y la eficaz labor del estado —cuando todavía la justicia parecía importarle algo— finalmente acabó con ellas.

En todo este proceso de transformación de la oficina judicial, la figura del escribano-secretario judicial-letrado de la administración de justicia, como vemos, es capital; con los cambios experimentados con las últimas reformas citadas su papel quedó desdibujado lo cual, de la década de los 90 en adelante, trataría de ser aprovechado por los sucesivos gobiernos en una pugna que aún dura y es una de las claves para entender las estrategias de control de la administración de justicia por parte de determinados partidos.

Pero bueno, en este punto es recto que nos entramos en honduras y, de eso, ya hablaré otro día que tenga más tiempo y ganas.

PD. Si te interesa este tema hay una obra cuya lectura te recomiendo encarecidamente; se trata del libro «Justicia o burocracia» del profesor Marco de Benito Llopis-Llombart, editada por Thompson-Reuters, Cuadernos Civitas, y que es, por otra parte, la base de este post. Si hay errores en él son míos, no del autor del libro.

Guía de los perplejos

Guía de los perplejos

Hay quienes se hacen preguntas y hay quienes no.

Un zagal de Córdoba, tras un año de profunda depresión, creyó comprender que esta era la principal división que podía hacerse entre los seres humanos: los que se preguntan cosas y los que no.

Los que no se preguntan cosas no piensan demasiado, creen, no saben, cumplen la ley que se les da y viven felices. Quienes se hacen preguntas no son tan felices, dudan y se ven obligados a vivir tomando decisiones firmes en un mundo de incertezas.

Para ellos, para los que dudan, escribió este cordobés universal, Maimónides, su «Guía de los perplejos» y por eso, cuando dudo, siempre vuelvo la vista hacia la patría de este judío.

Una cesta en el río

Una cesta en el río

Sargón de Akkad fue el primer emperador de la historia y gobernó la tierra entre el Tigris y el Eúfrates hace unos cuarenta y tres siglos. Creemos saber cómo era su rostro pues, probablemente, es el que se ve en la fotografía pero, mucho más interesante, conocemos cómo fue su nacimiento porque, él mismo, se encargó de contárnoslo. Quizá la historia les suene porque —de otro líder— 18 siglos después, nos contaron una historia parecida.

Leamos cómo nos cuenta el emperador Sargón su nacimiento:

1. Sargón, el rey poderoso, rey de Akkad soy yo,

2. Mi madre era humilde; a mi padre no lo conocí;

3. El hermano de mi padre habitaba en la montaña.

4. Mi ciudad es Azupiranu, que está situada a orillas del Purattu [Éufrates],

5. Mi humilde madre me concibió y en secreto me dio a luz.

6. Me metió en una canasta de cañas, me cerró la entrada con betún,

7. Ella me arrojó sobre los ríos que no me desbordaron.

8. El río me llevó, me llevó a Akki, el regador.

9. Akki, el irrigador, en la bondad de su corazón me sacó,

10. Akki, el irrigador, como su propio hijo me crió;

11. Akki, el irrigador, como me designó su jardinero.

12. Cuando era jardinero, la diosa Ishtar me amaba,

13. Y durante cuatro años goberné el reino.

14. Los pueblos de cabeza negra que goberné, goberné;

15. Montañas poderosas con hachas de bronce destruí (?).

16. Subí a las montañas superiores;

17. Atravesé las montañas más bajas.

18. Asedié tres veces la tierra del mar;

19. Dilmun capturé (?).

20. Subí al gran Dur-ilu, yo. . . . . . . . .

21. . . . . . . . . .Me alteré. . . . . . . . . . . . . . .

22. Todo rey después de mí será exaltado,

23.. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .

24. Que gobierne, que gobierne a los pueblos de las cabezas negras;

25. Montañas poderosas con hachas de bronce destruya;

26. Que suba a las montañas superiores,

27. Que atraviese los montes inferiores;

28. La tierra del mar le dejó asediar tres veces;

29. Dilmun lo dejó capturar;

30. Al gran Dur-ilu, déjalo subir.

Aunque la tablilla de barro está incompleta y hay trozos ilegibles el parecido con alguna historia posterior es curioso ¿No les parece?

Olesya Soldatova

Olesya Soldatova

Hoy, hace exactamente un año, recibí un regalo inesperado, uno de esos regalos con los que construyes los recuerdos que son el material de que está hecha la vida de una persona.

Facebook me lo ha recordado puntualmente pero, como siempre me debato en la duda de abandonar las redes sociales en beneficio exclusivo de este blog, creo que voy a salvar en él el recuerdo, por si algún día me da la ventolera.

El post de Facebook dice así:

«He escrito bastantes posts sobre mujeres en Facebook y, una buena parte de ellos, sobre mujeres rusas. Hoy, luego les explico por qué, voy a tener que escribir sobre otra mujer rusa que probablemente ustedes no conozcan. Se llama Olesya Soldatova y sé que no tiene Facebook.

Esta mañana, mientras trabajaba en mi despacho, me ha llamado un compañero de Murcia y me ha dicho que si podía verme, que tenía un encargo para mí. Me he quedado estupefacto y cuando le he preguntado qué era me ha dicho que tenía que entregarme una cosa. He salido del despacho, me he encontrado con él, hemos entrado en una casa de comidas para no cumplir el encargo en medio de la calle e, inmediatamente, me ha dado una camiseta. Pero la camiseta no era una camiseta cualquiera.

La camiseta estaba comprada en la localidad rusa de Uliánovsk (en ruso: Ульяновск) a orillas de los ríos Volga y Sviyaga en Rusia,unos 893 km al este de Moscú, y representa un dibujo del Sputnik-1 con la fecha conmemorativa de su lanzamiento el 4 de octubre de 1957.

Me he quedado estupefacto ¿por qué traía eso para mí?.

El compañero me ha hablado entonces de una mujer rusa, Olesya, de que conocía mi afición a la historia de la astronáutica, de que le habían contado las historias que yo escribía en mi blog sobre la carrera espacial y, sobre todo, las historias de mujeres rusas que pongo en él de vez en cuando y que Olesya, al ver la camiseta, decidió comprarla y hacérmela llegar.

Creo que no puedo explicarles la sensación de ternura y alegría que me ha embargado, no daba crédito a mis ojos, así que inmediatamente me he puesto la camiseta y me he tomado la foto que ven.

Y ahora a lo que importa: Olesya, quiero que sepas que esta es de las que no se olvidan nunca, sé que no vas a leer este post pero que, igual que acabaste pudiendo llegar a los post anteriores, estoy seguro que antes o después leerás o te leerán este. Un día he de agradecerte esto, te lo prometo por el traje de cosmonauta de Valentina Tereskhova. Hoy me has hecho feliz. Muchísimas gracias Olesya.

спасибо большое, Олеся Солдатова !!!!!»

El libro negro de la justicia

El libro negro de la justicia

Pensar que todos los ministros de justicia que hemos tenido en los últimos tres lustros son unos inútiles es un pensamiento demasiado soberbio y que no puede ser sino equivocado. La naturaleza es democrática en la forma que distribuye la inteligencia y no suele ocurrir, salvo geniales excepciones, que el intelecto de un ser humano esté muy por encima o por debajo de otro y ello es así incluso en el caso de los ministros de justicia.

¿Por qué entonces existe este descontento generalizado por la gestión de, al menos, los últimos cinco ministros de justicia?

La pregunta es compleja pero, si hemos de buscar una respuesta única, esta no sería otra que la decidida voluntad de los partidos políticos de controlar la administración de justicia.

Esta voluntad de control de la administración de justicia entra en siniestra sinergia con los intereses de algunas grandes corporaciones e incluso con la de algunos grandes bufetes, pero, quizá, mejor que describirlo de forma abstracta, es ilustrarlo con un ejemplo reciente.

Hasta ahora, las restricciones de derechos que, con motivo de la pandemia, adoptaban los poderes ejecutivos, eran controladas por simples jueces. Recordarán ustedes que las decisiones de estos jueces no siempre han corrido parejas con las intenciones de los poderes ejecutivos y que, en algunos casos, estos vieron como algunos jueces frenaban la validez de sus decisiones.

El criterio de estos jueces puede ser criticable o plausible —según el pensamiento de cada cual— más, de lo que no puede dudarse, es de que el criterio de estos jueces era absolutamente independiente.

El poder, molesto con estas decisiones, ha decidido tomar cartas en el asunto y, la principal que ha tomado, es la que mejor ilustra la forma en que los ejecutivos tratan de influir en el sentido de las decisiones de los jueces: ha decidido trasladar la competencia para tomar este tipo de decisiones de los juzgados a los Tribunales Superiores de Justicia.

¿Cómo afecta esto a las decisiones judiciales?

Trataré de explicarme.

Los jueces, guste o no, son elegidos a través de un proceso donde el criterio político no tiene influencia alguna. La forma de acceso a la carrera judicial es memorizar para luego exponer una serie de contenidos, de forma que es la calidad reproductora del aspirante la que determina si este accederá o no a la carrera. Esta forma de acceso puede ser alabada, criticada, denostada e incluso satirizada, pero lo que nunca se podrá decir de ella es que está sesgada por ningún criterio político.

Por el contrario, la forma de selección de los presidentes de los Tribunales Superiores de Justicia (TSJ) no funciona igual: en su nombramiento es decisiva la intervención del Consejo General del Poder Judicial (CGPJ) un órgano que, como todos ustedes saben, se compone de miembros designados por los partidos polítivos tras intensas negociaciones pastelarias. Si quiere saber cuán importante es para los partidos la identidad de quienes componen este órgano tan solo piense usted en cuán intensas son las negociaciones para nombrarlos y esto le aclarará, mejor que ninguna palabra mía, lo importante que es para los partidos contar con personalidades afines en este órgano.

La diferencia, pues, entre que un asunto lo decida un juez o lo decida un TSJ es que, en el primer caso, el juez dictará la resolución que entienda procedente con arreglo a su único y exclusivo criterio. En el segundo caso no diré que la decisión sea sesgada, sólo diré que, el presidente del órgano que decide, no ha sido nombrado en virtud de un procedimiento exclusivamente basado en los principios del mérito y la capacidad, sino que ha sido sesgado por criterios que parecen mucho menos nobles.

Esta es la forma en que el poder político trata de infiltrarse y controlar la administración de justicia y este es el plan que Partido Popular y Partido Socialista diseñaron y explicitaron en el siglo XX en su libro negro de la justicia. Su idea es que, en lugar de jueces que hacen lo que les da la gana, haya «Tribunales de Instancia», cada uno con su presidente debidamente elegido, que se comporten de forma más «ordenada» a juicio del poder político, naturalmente.

Los poderes políticos no pueden controlar a 5000 jueces que han accedido a su puesto compitiendo con fundamento en los principios de mérito y capacidad y es por eso que, desde el siglo pasado, tratan de someterlos a una disciplina fundada en una jerarquía como la que les he contado que pudiera existir en los TSJ. El poder político busca establecer el momio de los tribunales de instancia no por eficacia (absolutamente nula) sino porque es la forma más eficaz de controlar a esa caterva de jueces díscolos que tienen la mala costumbre de fallar los procesos según su independiente criterio.

Para poder establecer los tribunales de instancia es fundamental reducir el número de partidos judiciales al mínimo posible aunque ello signifique alejar la administración de justicia de los ciudadanos. Esa reducción buscada por los partidos firmantes del libro negro conviene a las grandes corporaciones (dificulta el acceso de los consumidores a los juzgados), conviene a los grandes despachos (sólo necesitan 52 sucursales y no 433) pero, sobre todo a quien conviene, es a los partidos autores del actual estado de cosas.

Es por eso que el ministro Caamaño trató de reducir los partidos judiciales y es por eso que Gallardón trató de que sólo hubiese juzgados en las capitales de provincia; Catalá “especializó” los juzgados hipotecarios y los llevó a las capitales de provincia y ahora Campo vende su “oficina de justicia” en lugares como Lerma, que, curiosamente, tiene juzgado. Todo por allanar el camino de los tribunales de instancia, todo por mejor controlar la justicia.

Unos trataron de hacerlo a las bravas (Gallardón) otros poco a poco (Caamaño, Catalá), otros subrepticiamente (Campo), pero, aunque sus formas hayan sido distintas, todos los titulares de la cartera de Justicia han sido en esencia fieles creyentes de la doctrina fijada por el necronomicón judicial pactado en el siglo pasado por Partido Popular y Partido Socialista.

Por eso yo no afirmaría que todos los ministros de justicia han sido malos, inútiles o ineptos. Ciertamente y de cara al interés general su gestión ha sido nefasta pero es que no creo que el interés general haya sido su objetivo; creo más bien que su objetivo es el ánimo de controlar la administración de justicia que dio forma al libro negro de la justicia al que sirven.

Es triste decirlo pero la realidad es que no existe en España consenso alguno en relación con lo que debería ser nuestra administración de justicia, lo único que existe es una voluntad política perpetua y constante de controlarla y es eso lo que irrita a quienes, poco a poco, van tomando conciencia de ello.

Tarde triste de agosto

Cuando a final de agosto llegan días frescos y el fin de las vacaciones se asoma amenazador no puedo dejar de recordar a Gil de Biedma y su «Noche triste de octubre» y pienso en todos aquellos que encaran el nuevo año laboral con la incertidumbre de un nuevo confinamiento, un cierre o un despido; y en todos los que no quieren mirar una cuenta corriente que va a empezar a devolver recibos y una tarjeta de crédito con los límites agotados.

Definitivamente parece que sí, que el invierno que viene será duro y que los responsables de organizar esto —infames veraneantes de un agosto extraño— no han elaborado ningún plan que vaya más allá de autojustificarse, buscar cabezas de turco y esperar que otros hagan el milagro y las cosas dejen de venir mal dadas.

Sí, cuando llega el final de agosto siempre recuerdo la…

Noche triste de octubre, 1959. Jaime Gil de Biedma.

«Definitivamente parece confirmarse que este invierno
que viene, será duro.

Adelantaron
las lluvias, y el Gobierno,
reunido en consejo de ministros,
no se sabe si estudia a estas horas
el subsidio de paro
o el derecho al despido,
o si sencillamente, aislado en un océano,
se limita a esperar que la tormenta pase
y llegue el día, el día en que, por fin,
las cosas dejen de venir mal dadas.

En la noche de octubre,
mientras leo entre líneas el periódico,
me he parado a escuchar el latido
del silencio en mi cuarto, las conversaciones
de los vecinos acostándose,
todos esos rumores
que recobran de pronto una vida
y un significado propio, misterioso.

Y he pensado en los miles de seres humanos,
hombres y mujeres que en este mismo instante,
con el primer escalofrío,
han vuelto a preguntarse por sus preocupaciones,
por su fatiga anticipada,
por su ansiedad para este invierno,
mientras que afuera llueve.

Por todo el litoral de Cataluña llueve
con verdadera crueldad, con humo y nubes bajas,
ennegreciendo muros,
goteando fábricas, filtrándose
en los talleres mal iluminados.

Y el agua arrastra hacia la mar semillas
incipientes, mezcladas en el barro,
árboles, zapatos cojos, utensilios
abandonados y revuelto todo
con las primeras Letras protestadas.»

Ama a tus enemigos

Ama a tus enemigos

Conceptos como perdonar a quien te ofende o amar al prójimo e incluso al enemigo nos parecen, con frecuencia, preceptos propios de nuestra religión (la de cada uno, entiéndaseme) olvidando que las religiones no salen de la nada y que, en su mayor parte, no son más que una reelaboración de mitos anteriores para adaptarlos a nuevas peculiaridades emergentes.

Ayer, mientras investigaba los antecedentes mesopotámicos del «Libro de Job» y el llamado «problema del mal», me encontré con este fragmento que no me resisto a transcribirles:

«No holgazanees donde haya una disputa, porque en la disputa te tendrán como observador.  Luego, te convertirán en testigo y te involucrarán en una demanda para afirmar algo que no te incumbeEn caso de disputa, aléjate de ella, ¡ignórala!  Si surge una disputa que te involucra, cálmate.  Una disputa es un pozo cubierto [una trampa], un muro que puede cubrir a tus enemigos;  recuerda lo que uno ha olvidado y hace una acusación contra un hombre.  No devuelvas el mal a tu adversario;  paga con bondad al que te hace mal, haz justicia a tu enemigo, sé amigo de tu enemigo.

Dar comida para comer, cerveza para beber, conceder lo que se pide, proveer y tratar con honor.  En esto dios se complace.  Es agradable para Shamash, quien le pagará con su favor.  Haz cosas buenas, sé amable todos los días

El texto es una traducción del profesor J.S. Arkenberg de una obra conocida como los «Consejos de un padre Acadio a si hijo» o como los «Preceptos Acadios» y su fecha de creación es circa del 2200 AEC (la traducción del inglés al castellano es mía). Para que se hagan una idea, este fragmento está escrito XXII (veintidós) siglos antes del nacimiento de Cristo y está más alejado de él en la historia que el propio Cristo de nosotros. Para Cristo, de haber conocido este texto, sería mucho más viejo que los evangelios para nosotros.

Por solo darles otra referencia, cuando este texto se escribió faltaban doce siglos aún para que el Antiguo Testamento siquiera empezase a insinuar sus primeros trazos.

La voz de este padre acadio nos llega a través de cuatro mil años de historia y no puedo evitar cierto estremecimiento al oírla.