El sueño de Elisa

El sueño de Elisa

Van a empezar en mi ciudad las fiestas de Carthagineses y Romanos y yo, como todos los años, no sé a qué carta quedarme ni qué partido tomar.

Porque yo soy jurista y el derecho romano es parte de mi vida del mismo modo que también lo son mi inevitable sesgo moral judeocristiano, la tríada mediterránea de trigo, vid y olivo cuando me alimento o el latín cuando busco el alma de lo que digo cuando hablo o escribo.

Sí, los romanos nos dejaron muchas cosas: la lengua, el derecho, las costumbres, la religión, incluso en parte las divisiones político-administrativas…

En cambio ¿qué nos dejaron los Carthagineses?

La respuesta, para el común de los cartageneros no es tan evidente; sí, los carthagineses nos dejaron el nombre de nuestra ciudad, pero… ¿qué más nos dejaron?

Para responderme y responderle, seguramente, no me quedará más remedio que recurrir a la memoria de la primera carthaginesa, a la madre buena de los carthagineses: la reina Elisa.

Lo primero que tengo que aclararle es por qué prefiero llamarla Elisa a llamarla Dido, muchos de mis paisanos la llaman Dido pensando que, al ser Elisa un nombre común en nuestros días, Dido debió ser su nombre original, pero se equivocan; Elisa se llamaba Elisa precisamente porque «Elisa» es un nombre fenicio y, si peleas en el bando carthaginés, sin duda sabes que los carthagineses eran, hablaban y escribían en fenicio.

En Canaán, la patria de los fenicios, el dios «El» (en ugarítico 𐎛𐎍, en fenicio 𐤀𐤋, en siríaco ܐܠ, en hebreo אל, en árabe إل o إله, cognado del acadio ilu) era la deidad suprema.

Sabiendo que el Dios supremo cananeo se llamaba «El» entenderás por qué, cuando la Biblia nos cuenta que el patriarca Jacob soñó con una escalera que conectaba el cielo y la tierra y, al lado de la cual, peleó toda la noche con un áng-el, el propio Dios le cambió el nombre diciendo que, pues había peleado bien, su nombre ya no sería Jacob, sino «Yisra’El», el que pelea (Yisra) con Dios (El). Y tampoco te sorprenderá que el lugar donde Jacob-Israel tuvo ese sueño se llame aún a día de hoy Betel, literalmente «la casa» (Bet) de Dios (El). También entenderás por qué a la torre que conectaba la tierra con el cielo se le llamó Babel («Bab», puerta, «El» Dios).

Ahora, seguramente, notarás que los carthagineses nos dejaron muchos de sus nombres fenicios: Gabriel, Rafael, Isabel, Manuel, Elias, Eliseo… Y, claro… Elisa.

Sí, la madre de los carthagineses tenía un nombre fenicio, Eliša, «‘Išt» y, aunque luego alguien le colocase el apodo de Dido, eso no cambia su nombre verdadero: Elisa, de El (Dios) y de Iša (𐤀𐤎), una palabra de traducción difícil pues tanto puede significar «fuego» como «mujer»; pero ya signifique su nombre completo «El fuego de Dios» o «La mujer de Dios», lo cierto es que su nombre fenicio es Elisa y eso ya nos va aclarando que nuestro Dios Yahweh judeocristiano es tributario del viejo Dios fenicio «El», tanto que no solo es que el pueblo de Dios se llame Isra-El, sino que el propio Jesucristo cuando clama al cielo usa su nombre: «Eli, Eli, lema sabactani» (Señor, Señor, por qué me has abandonado).

Pero los carthagineses, los fenicios, no sólo nos dejaron sus dioses, sus nombres, sus ángeles… legaron al mundo algo mucho más importante: el alfabeto.

Sí, hasta que los fenicios inventaron su alfabeto las lenguas mesopotámicas o egipcias tenían un grave problema: eran silabarios o semisilabarios y el número de signos que componían sus alfabetos se contaba por miles. No era fácil memorizar toda esa tremenda cantidad de signos y el número de personas que podían dedicar tiempo suficiente a aprender a leer y escribir era bajísimo.

Los fenicios redujeron el alfabeto a poco más de 20 signos, leer y escribir devino súbitamente una tarea fácil y su alfabeto fue adoptado por todas las culturas del mundo conocido. Los griegos lo adoptaron y con la escritura explotó la filosofía, la democracia y la cultura; los etruscos también lo adoptaron y adaptaron y sus herederos, los romanos, pronto lo hicieron suyo también. Y no solo ellos: los pueblos semitas también lo adoptaron y hoy los alfabetos hebreo, arameo y árabe son adaptaciones del alfabeto fenicio en el cual se basan.

Quizá ahora ya vayamos pudiendo responder mejor a esa pregunta de qué nos dejaron los carthagineses; además de nombres, ángeles y dioses, los fenicios y carthagineses enseñaron al mundo a leer y escribir.

Y hasta la historia de Elisa («el fuego de Dios», «la mujer de Dios») resulta tremendamente actual.

Elisa era hija del rey de Tiro —Matan I— y hermana de Pigmalión quien, a la muerte de su padre, heredó el trono. Consciente de las riquezas que se ocultaban en el templo del dios Melkart, Pigmalion hizo casar a Elisa con el sumo sacerdote Siqueo a fin de que le sonsacase el lugar donde se ocultaba el tesoro. Elisa lo averiguó pero, por precaución, engañó a su hermano y por eso, cuando esa noche sicarios de Pigmalión asesinaron a Siqueo y comenzaron a cavar bajo el altar, Elisa se apoderó del tesoro y con un puñado de guerreros fieles se hizo a la mar en busca de una nueva patria donde vivir.

La búsqueda la llevó a un punto en África donde creyó ver un lugar donde empezar de nuevo y tras apasionantes aventuras que aún se estudian en las facultades de matemáticas (sí, no se ría, otro día le cuento esto) fundo una ciudad nueva en la costa norte de África a la que llamó precisamente así «ciudad nueva»: 𐤒𐤓𐤕 𐤇𐤃𐤔𐤕

Años más tarde, otros hijos de Elisa, partieron de esa Ciudad Nueva en busca de otra patria y creyeron encontrarla, siguiendo el sueño de Elisa, en un lugar de la Península Ibérica al que volvieron a ponerle exactamente el mismo nombre que a su patria anterior: Ciudad Nueva (𐤒𐤓𐤕 𐤇𐤃𐤔𐤕)

Y no pasaron tampoco muchos siglos antes de que otros hijos de Elisa navegasen otros mares y océanos y buscasen nuevas patrias a las que llamaron también con nombre idéntico al de su antigua ciudad: Ciudad Nueva, Quart Hadasht, Carthago, Cartagena, 𐤒𐤓𐤕 𐤇𐤃𐤔𐤕

Y así aparecieron Cartagenas por todo el mundo, en el Caribe, en las Américas del Norte y del Sur, en Asia… Así hasta llenar el mundo con tantas y tantas Cartagenas que ni la buena madre de los carthagineses, Elisa, hubiese podido soñar un futuro mejor.

Luego los romanos, los vencedores de la Segunda Guerra Púnica —la que conmemoramos en mi patria cartagenera—, se inventaron historias sobre Eneas y personajes de tramoya que nunca existieron, pero eso siempre ha pasado, lo malo es que, mientras que sabemos que Eneas jamás existió sí tenemos vestigios arqueológicos de la familia de Elisa incluso en el Mediterráneo Occidental, específicamente epigrafías de su hermano Pigmalion.

¿Que qué nos dejaron los carthagineses?

A estas alturas no sabría si responderle que unos dioses, unos nombres, la ciencia de leer y escribir o decirles más bien que simplemente nos dejaron un sueño. Ese sueño que hace tres mil años nos legó la reina Elisa, ese sueño que, todos los años, los cartageneros volvemos a soñar y que hace a esta ciudad y a su gente ser como son.

Si no les entiende usted no se preocupe, no trate de entenderles, piense que ellos se entienden y que, con eso, basta.

Confianza o mérito: la alternativa envenenada

Confianza o mérito: la alternativa envenenada

Cuando la principal razón para acceder a un cargo es gozar de la confianza del que nombra el mérito cuenta poco. Ministros, directores generales, presidentes de TSJ, consejeros… todos son cargos ocupados por personas de confianza del nombrante, no es de extrañar que todo vestigio de mérito sea ajena a ellas.

Incluso cuando se conforman las listas electorales quienes las redactan eligen antes candidatos de confianza del líder que candidstos de mérito. Ser representante de los españoles o dirigente es, pues, más una cuestión de gozar de la amistad del que designa que de estar preparado y haber hecho méritos para ocupar el cargo.

Así pues, si desea usted que su hijo prospere y alcance cargos, no le hable del esfuerzo ni del mérito, pídale en cambio que haga buenos e influyentes amigos, mándelo a un colegio caro, no porque en él se enseñe mejor que en uno público, sino porque si el colegio es lo suficientemente caro sus amigos del mañana se contarán entre las familias más influyentes de su ciudad, región o país.

En un país como este que les describo el principio mafioso de «a los míos, con razón o sin ella» siempre estará por encima de cualquier otra consideración; lo que diga el líder de nuestro partido será defendido a todo trance y lo que diga el líder contrario será atacado también «con razón o sin ella».

Y es por eso que vemos a los jóvenes militantes de los partidos entrenarse en el arte de aplaudir, alabar o festejar las invectivas del líder por ramplonas que sean al tiempo que critican las opiniones de cualquier catedrático o Premio Nobel si contradicen a su líder.

En nuestros partidos, en nuestros consejos profesionales, en los más altos cargos de nuestra administración, la verdadera cuota a pagar por quienes desean pertenecer y promocionarse es la de dimitir de su capacidad de pensar y adoptar como máxima de conducta la indisimulada alabanza del líder.

Dimitidos de su capacidad de pensar sus componentes no es de extrañar que las corporaciones en que se integran ofrezcan habitualmente un electroencefalograma plano.

Afortunadamente, fuera de los partidos y de los altos cargos, nacionales, regionales y municipales, hay todavía toda una sociedad que cree en el esfuero y el mérito; una creencia inútil, como vemos, pero que la diferencia de esa otra sociedad de los que mandan y la legitima para poder darle lo único que merece: desprecio.

Me pregunto cómo —en medio de este fangal de puñaladas, cabildeos y pasteleos entre los que mandan para incluso repartirse órganos como el Consejo General del Poder Judicial— aun existe una España que cree en valores y principios que solo pueden conducirles al fracaso social pero que son los que, sin reportar nada bueno a sus defensores, hacen que exista todavía un sueño de nación al que muchos, todavía, llaman España.

Las fases del duelo tecnológico

Las fases del duelo tecnológico

Me aficioné al ajedrez desde joven y dediqué bastante tiempo a perfeccionarme en el juego. Para mí, en los años 70, el ajedrez era mucho más que un juego, era arte, pero no un arte cualquiera, era un arte objetivo donde no tenía cabida la superchería, la mentira o la impostura, era un arte donde la verdad siempre se acababa imponiendo.

A finales de los 70 ya habían aparecido en el mercado las primeras computadoras que jugaban al ajedrez, pero lo hacían tan mal que antes movían a risa que a otra cosa; ningún jugador medianamente aficionado podía perder contra ellas.

Con la aparición de los PC los programas para jugar al ajedrez se fueron haciendo más fuertes y, en algún momento de finales de los 80, ganarle a un ordenador comenzó a ser una dura tarea para un aficionado humano y ahí comenzó mi primer período de duelo tecnológico.

Primero comencé por la fase de negación: ningún manojo de cables podría ganarle nunca al ser humano. Había más partidas de ajedrez posibles que átomos en el universo, para poder ganar a un humano el ordenador tendría que aprender a jugar como lo hacían los propios humanos. Sí, quizá tácticamente, en pura fuerza bruta de cómputo, pudieran superar a la mente humana pero estratégicamente jamás lo harían: la humanidad había invertido siglos en ir descubriendo una a una las reglas estratégicas del juego, la centralización, la profilaxis, las casillas débiles y las estructuras de peones… ¿cómo iba a hacer eso un ordenador de otra forma que aprendiendo como un humano?

La negación fue, como en los duelos, mi primera reacción.

Cuando en 1996 el macroordenador Deep Blue derrotó al entonces campeón del mundo Gary Kasparov la negación fue sustituída por la ira, la segunda de las cinco fases del duelo.

Era evidente que aquello era una campaña publicitaria. Gary Kasparov había derrotado convincentemente a Deep Blue en algunas partidas y, justo en la partida decisiva, Kasparov cometió un infantil error teórico en una defensa Caro-Kann. Aquello me pareció un amaño, IBM necesitaba —como marca— pasar a la historia como la primera fabricante de computadoras en derrotar a un campeón del mundo de ajedrez. Me llevaban los demonios, con IBM, con Kasparov, con Deep Blue… Pero el hecho era que, para cualquier aficionado fuerte, a esas alturas, ganarle a un ordenador era ya una tarea verdaderamente dura. Que los ordenadores eran superiores a los humanos quizá no fuese del todo verdad en ese momento pero era ya solo cuestión de tiempo… y la ira dejó paso a la tercera fase del duelo: la negociación.

Porque, como decía Karpov, si los coches corrían más que los hombres y las calculadoras resolvían algoritmos mejor que los seres humanos ¿qué de malo había en que también nos ganasen jugando al ajedrez?

Tras aquello y durante unos años mi relación con el juego entró en fase de depresión, no recuperé las ganas de jugar hasta entrado el siglo XXI. La nochevieja de 2001 que pasé en Hastings (Inglaterra) jugando su legendario torneo me devolvió las ganas de volver a competir en torneos oficiales.

Y ahora, tras todas esas fases, vivo en la realidad, en esa fase que los teóricos del duelo llaman de aceptación; las cosas son así, es inútil negarlo, lo que corresponde es ver cómo sacamos los humanos el mejor partido de la nueva situación.

¿Y por qué les cuento esto?

Pues porque con las inteligencias artificiales que redactan textos, dibujan ilustraciones o generan fotografías, mucho me temo que puede pasarles a ustedes lo mismo que a mí con las inteligencias artificiales que juegan al ajedrez (Alpha-Zero).

Primero negaremos que nunca puedan hacer lo que hacen los humanos, luego nos enfadaremos, luego negociaremos y tras la correspondiente fase de ira acabaremos aceptando la situación y estudiando cómo los seres humanos podremos desenvolvernos en ese entorno, qué amenazas plantea, qué ventajas reporta y quiénes se están beneficiando del nuevo orden de cosas.

Yo te sugiero que admitas cuanto antes que, antes o después, las inteligencias artificiales realizarán mejor que los seres humanos muchas tareas y lo que te sugiero también es que te adelantes a esa situación.

Los cambios tecnológicos siempre han producido cambios en las relaciones de poder y esto ha sido así desde la más remota antigüedad. Quienes pudieron fundir y aprovechar el hierro fabricaron con él armas que eran casi irresistibles para los pueblos que aún vivían en la Edad del Bronce; el secreto del «fuego griego» permitió al Imperio Romano de Oriente resistir a los turcos hasta 1453; el dominio de la energía nuclear creó relaciones de poder entre los países que aún hoy día condicionan la supervivencia de la humanidad… Más que negarlo o enfadarnos lo que debemos hacer es tratar de prever cómo serán esos nuevos escenarios y adelantarnos a ellos en defensa de aquellos valores y principios que defendemos, porque, si no lo hacemos, otros que no defenderán valores ni principios sino su propio interés, lo harán en su propio beneficio.

Negar que las inteligencias artificiales y los algoritmos condicionan ya nuestras vidas y hasta restringen los derechos de los ciudadanos es una postura ingenua. Si eres letrado o letrada de oficio me entenderás.

Como sabes, en los casos de violencia de género, se realizan unos test de preguntas y respuestas en función de los cuales se determina el grado de peligrosidad de una determinada situación. ¿Te has preguntado qué algoritmo realiza la valoración de las respuestas? ¿Quién lo ha programado? ¿a qué criterios responde?

Si bien lo piensas ya no es el juez, ya no es un ser humano, quien determina la peligrosidad de la situación y todo ello con independencia de la mayor o menor corrección de las respuestas que se den al formulario.

Disponer de una inteligencia artificial que evalúe incluso los perfiles de los jueces no es ninguna fantasía, como tampoco es ninguna fantasía que de esa herramienta no dispondrán los más pobres, sino los bufetes ricos que sirven a clientes ricos y para entonces será tarde preguntarnos dónde quedó el principio de igualdad de armas. Unas pocas aseguradoras y unos pocos bancos disponen del dataset preciso para hacer funcionar el Big Data y entrenar inteligencias artificiales ¿cómo competirá el ciudadano individual que apenas si ya puede competir?

No, no podemos esperar a que la situación se produzca para entonces quejarnos; no podemos perder años atravesando las fases de negación, ira, negociación, depresión y aceptación que caracterizan al duelo; hemos de adelantarnos y cuidar de que cualquier nueva tecnología vaya en beneficio de todos y no de unos pocos.

Podemos hacerlo y sabemos hacerlo. Sólo es preciso, quizá, que queramos hacerlo antes que perdernos en la negación, la ira y la depresión.

Y, ahora, permítanme mi minuto de vanidad; sé lo que les cuento, a fin de cuentas yo fui quien se jugó la victoria en la ronda final del Masters Open de Benidorm 2004 contra el entonces campeón del mundo Rustam Kasimdzhanov.

Les dejo la fotografía del ya más que lejano momento.

Lenguaje artificial

Lenguaje artificial

Explorar el mundo de las inteligencias artificiales es apasionante. Hoy estoy enredando con GPT-3, una inteligencia artificial capaz de redactar textos a partir de una frase inicial utilizando lenguaje natural.

Para probarla he introducido, en inglés, el texto de uno de los primeros tuits que publiqué: «Los abogados a los que admiro no miden su éxtio en dinero» y el resultado ha sido este texto:

«The lawyers I admire do not measure their success in money or in wins in court. They measure it in the number of people they have helped and the difference they have made in their clients’ lives.

Some of the lawyers I admire most are public defenders. They work long hours for little pay, and they often face difficult odds in court. But they do it because they care about their clients and want to help them.

I also admire trial lawyers. They are often the underdog in court, but they never give up. They are passionate about their work, and they fight for their clients’ rights.»

Lo que, traducido al castellano utilizando la inteligencia artificial de Google Translate, resulta en:

«Los abogados que admiro no miden su éxito en dinero o en victorias en los tribunales. Lo miden en la cantidad de personas a las que han ayudado y la diferencia que han marcado en la vida de sus clientes.

Algunos de los abogados que más admiro son defensores públicos. Trabajan muchas horas por poco dinero y, a menudo, enfrentan dificultades en los tribunales. Pero lo hacen porque se preocupan por sus clientes y quieren ayudarlos.

También admiro a los abogados litigantes. A menudo son los desvalidos en los tribunales, pero nunca se dan por vencidos. Les apasiona su trabajo y luchan por los derechos de sus clientes.

No importa qué tipo de abogado sea, creo que es importante tener un fuerte sentido de la ética y anteponer siempre los intereses de sus clientes. Los abogados que hacen esto son los que marcan la mayor diferencia en la vida de sus clientes.»

Ustedes juzgarán qué tal redacta GPT-3 y si capta más o menos bien el sentido de los textos. Yo tengo no pocos reparos pero debo admitir que impresiona y que, por qué no decirlo, asusta bastante.

Ahora, para que todo quede dentro del mundo de lo artificial, ilustro el post con una imagen generada por otra inteligencia artificial (DALL-E-2) sobre el texto del tuit inicial.

Inteligencia artificial y abogacía española: una instantánea

Inteligencia artificial y abogacía española: una instantánea

Ando estos días experimentando con inteligencias artificiales y —cómo no— una de las primeras cosas que les he pedido es que me hagan una imagen de los abogados y abogadas de España.

Las inteligencias artificiales no copian ni modifican imágenes preexistentes, lo que sí hacen es estudiar tantos cuantos bancos de imágenes tengan disponibles —en eso internet es un filón inagotable— para entrenarse y así abstraer las características que definen los conceptos que se le piden.

Antes de que nadie lo pregunte aclararé que ninguna de las personas que aparecen en la imagen son reales; son rostros ficticios construidos por la inteligencia artificial a partir de lo que ella entiende que son rasgos característicos de quienes ejercen la abogacía en España. No sufran por tanto por derechos de imagen ni nada parecido aunque, eso sí, inquiétense por la capacidad que las inteligencias artificiales tienen para fabricar rostros humanos indistinguibles de los reales.

Con mi consulta he obtenido bastantes imágenes pero esta que ven abajo me ha impresionado más que las demás porque, lo que en ella se ve, creo que se ajusta bastante bien a la realidad de la abogacía española. Un grupo de mujeres jóvenes, profesionales cargan expedientes con rostro preocupado. Es llamativa la falta de sonrisas en la foto —se ve que en los bancos de datos de la inteligencias artificial las abogadas sonríen poco— y es palpable el rostro de preocupación de los tres personajes, sobre todo el de la derecha.

A las Inteligencias Artificiales aún les queda un largo camino que recorrer hasta que, en el futuro, cuando yo haga esta misma consulta, en lugar de personas la inteligencia artificiale muestre algoritmos; pero lo que es indudable es que el papel de las inteligencias artificiales será cada vez más preponderante en nuestro campo profesional y eso nos lleva a la gran cuestión.

Las inteligencias artificiales son algoritmos costosos de construir, programar y entrenar lo que significa que, con seguridad, serán herramientas en manos de un determinado tipo de abogados y no de otros y que estarán al servicio de un determinado tipo de clientes y no de otros.

Y esto no es ninguna particularidad de la justicia, el problema de que las inteligencias artificiales dominen al ser humano no es el riesgo real, el riesgo real es el de quiénes serán los que controlen las inteligencias artificiales, porque esas personas, en el futuro, como ocurrió con las armas en el pasado, constiturán una peligrosa élite de control.

Todas estas cuestiones son problemas que los juristas debemos plantearnos y resolver y no sólo porque en ellos vaya implícito nuestro futuro profesional sino porque de su resolución dependerá que la libertad y la igualdad aún sean posibles en los estados y las sociedades futuras.

La máquina de las emociones

La máquina de las emociones

Nadie nos quiere tristes, se juzga la tristeza un estado de ánimo patológico y se la trata como tal con drogas y terapias. Nos quieren alegres y, para que lo estemos, nos surten de todo tipo de consumibles que no sólo harán —dicen— que sean más alegres nuestras vidas sino que también traslucirenos esa alegría al exterior y se lo demostraremos a los demás. La tristeza es una ordinariez ¿quién quiere una persona triste a su lado?

La tristeza es el fracaso del mismo modo que la alegría es el éxito. Serás alegre, culto y feliz si viajas a países exóticos o famosos culturalmente. Serás una persona alegre y de éxito si compras un coche, una vivienda, un traje un bolso o unos zapatos caros. Y si a pesar de eso estás —incomprensiblemente— triste, lo mejor es que compres alguna solución química para tu «inexplicable» tristeza.

Y el caso es que no hay nada más normal que estar triste cuando una desgracia nos alcanza; nada hay más común que tener miedo si una amenaza gravita sobre nosotros ni nada más genuinamente humano que reir cuando somos felices.

Marvin Minsky, uno de los padres de la inteligencia artificial, llamó al ser humano «the emotion machine», pues en el curso de sus investigaciones descubrió que estos estados de la mente y el cuerpo a los que llamamos emociones respondían a necesidades vitales del ser humano y que, en el 90% de los casos, las acciones humanas respondían a impulsos emocionales diseñados por la naturaleza antes que a eso que los seres humanos llamamos raciocinio.

Es por eso que experimentar miedo, tristeza, alegría o amor es tan apasionante, porque no solo disfrutas de la emoción sino que puedes tratar de entender por qué tu cuerpo te manda ese mensaje y te advierte de que hay un problema, una amenaza, un buen amigo o una persona maravillosa en tu vida. Es importante leer las emociones.

Lo que no me gusta tanto es esa sociedad de felicidad química a la que parece que nos acercamos, esa sociedad donde la felicidad la define el marketing, la publicidad o las películas de Hollywood; donde es más importante estar al lado de una pirámide maya pagando lo que haga falta que entender casi gratis leyendo algunos libros a los hombres y mujeres que produjeron esa cultura.

Yo no he ido de vacaciones este año pero he viajado en las fotografías de mis amigos —buenos cicerones— del mismo modo que viajé siendo niño en las páginas de las novelas de Emilio Salgari —quién probablemente nunca navegó otro mar que el Adriático— o en las de Julio Verne.

Los coches, las viviendas, los bolsos, los relojes no los pagamos con dinero, los pagamos con la vida que destinamos a ganar ese dinero y, muy a menudo, cuando compramos ese sucedáneo de felicidad con trozos reales de nuestra vida, no es extraño que nuestro cuerpo nos mande una señal y nos diga: tiempo hay poco y no debes dedicarlo a esto. Y nos ponemos melancólicos porque es así como nos enseñaron a vivir. Pero eso no se cura con química, para eso hacen falta remedios y ciencias mucho más antiguas y humanas que la química.

Y dicho esto diré que hoy estoy alegre. Así que voy a aprovechar y a disfrutarlo. Ya vendrán peores momentos.

La cuestión teológica del homoousios, el caldero y el arròs a banda

La cuestión teológica del homoousios, el caldero y el arròs a banda

Hoy en mi casa de comidas habitual se anunciaba como plato del día un sospechosísimo «Arroz abanda» (sic) y aunque he dudado, tras pedirlo, ha comparecido ante mí el individuo que ven en la foto el cual dijo ser y llamarse «arròs a banda» pronunciado con un sospechosísimo acento castellano de la parte de Ciudad Real y al que someto al imparcialísimo juicio de mis lectores levantinos.

El «arròs a banda», ofrecido fuera de la zona sur de la Comunidad Valenciana, suele producirme desconfianza pues ya he visto que me han presentado bajo ese nombre todo tipo de preparaciones donde, efectivamente, el arròs a banda debía servirse «a banda», porque lo que me han servido a mí no lo era.

El «arròs a banda», si no entramos en debates teológicos a propósito de la taxonomía de los peces o el «melis» canónico del arroz, es más que primo hermano del caldero de la costa de Cartagena, San Pedro del Pinatar, San Javier, Los Alcázares y La Unión. El caldero, en la Carthaginense, no suele tener más patria que el mar donde se pescan los peces con los que se prepara y se le llama caldero «del Mar Menor» si los peces vienen (venían) de ese mar o «de Cabo de Palos o el Mar Mayor» si los peces son de los que nadan en el Mediterráneo.

Desconfíe de los anuncios de «caldero murciano» o «caldero cartagenero»; si el restaurante sabe lo que hace no anunciará nunca el caldero así.

Fuera de la Carthaginense existen calderos magníficos en Tabarca (por cierto, ando esperando a que alguien me invite a ir a la isla a dar mi opinión) y Torrevieja (al menos existían) y todo esto conviviendo en paz y armonía con su casi homocigótico hermano el arròs a banda.

¿Cómo distinguimos un caldero del arròs a banda? Difícil cuestión.

Unos le dirán que hay que atender al «melis» que el caldero es más meloso. Otros le dirán que hay que atender a los ingredientes, en el arròs a banda habrá marisco, mejillones, clóchinas o calamar, mientras que en el caldero sólo habrá pescado. Otros atenderán a los «vuelcos» del plato pues, con el arròs a banda, o previamente, se preparará un guiso que incorpora patatas y el pescado del arròs en un sabroso caldo.

Pueden creer a todos y a ninguno. En el barrio de Santa Lucía, Cartagena, se prepara (o al menos se preparaba) un caldero con los mismos vuelcos y patatas que el arròs a banda; el melis depende de muchas circunstancias, que haya o no haya marisco es decisión del chef y, en fin, no se puede estar seguro casi nunca de nada.

Ambos necesitan del imprescindible concurso de la ñora, producto venido del cercano pueblo de La Ñora que dió nombre al pimiento seco de bola. Ambos se acompañan de all i oli (alioli castellanizado) y, eso sí, el uso de la salmorreta es casi exclusivo de nuestros vecinos del norte, en el sur no acostumbramos.

Y dicho esto ya pueden empezar todos los paisanos de Tirant lo Blanc a maldecir el arroz que sale en la foto, lo aceptaré sin rechistar, porque en esto de los arroces hay más sutilezas que en las discusiones teológicas de Bizancio. Eso sí, les diré que estaba bastante bueno.

Manual de autoayuda vengativa

Manual de autoayuda vengativa

La venganza tiene mala fama pero, durante milenios, fue la única forma en que el ser humano fue capaz de prevenir conductas antisociales. Vengarse no es fácil y exige desplegar un amplio abanico de facultades contra las que, naturalmente, el ser humano también ha adoptado sofisticadas contramedidas; espero que, tras la lectura de este manual de autoayuda vengativa, pueda usted dominar las suertes básicas de la venganza de forma que pueda disfrutar de ese plato que, ya se lo adelanto, muy raramente se sirve frío.

Vayamos por partes.

Para poder vengarnos lo primero que necesitamos es identificar al agresor; dicho de otro modo, si no sabemos quién es el agresor ¿de quién vamos a vengarnos?

Naturalmente, los agresores, conscientes de que si no son identificados no sufrirán castigo alguno, suelen ocultar su verdadera identidad tras los más variados recursos: antifaces, pasamontañas, medias de señora, disfraces de payaso y, los más peligrosos de todos, tras entramados societarios que impidan que se conozca la verdadera identidad de quienes manejan el carrito del helado. Si desea ampliar sus conocimientos en esta materia puede consultar mi monografía «El antifaz y la sociedad anónima: diferencias, semejanzas y caracterización funcional».

La segunda facultad que necesitamos para poder vengarnos es la memoria. Si no somos capaces de recordar la identidad del agresor, la autoría de la ofensa o incluso la existencia de la ofensa misma, tampoco podremos vengarnos.

Esta necesidad de memoria sorprendía mucho a Darwin quien observó que la venganza era imposible entre las especies animales con poca o ninguna memoria, circunstancia esta que dificultaba enormemente la creación de sociedades complejas.

«Si me engañas una vez eres un malvado, si me engañas dos soy un mentecato», dice el antiguo proverbio sumerio y, sin embargo, vemos como los mismos delincuentes nos roban o nos estafan una y otra vez… y no es de extrañar, los recursos que los malvados han desarrollado contra el uso de la memoria son verdaderamente sofisticados.

Uno de los más eficaces es la creación de una disonancia cognitiva en el agraviado que le conduzca a ponerse en la situación del agresor e incluso a comprenderlo y perdonarlo.

—¿Es que si tú supieses que no te iban a pillar no robarías también?
—¿Es que si tú fueses concejal de urbanismo no te llevarías el tres por ciento o más?
—¿Es que no te das cuenta de que, si te devuelvo todo lo que te estafé con la cláusula suelo, entonces bajará el PIB un 6,2 y eso dará lugar a una estanflación que, por imperativo del artículo 33 del Fondo Monetario producirá un cataclismo mundial?

Al escuchar estas preguntas el agraviado suele quedar en un estado de estupor y confusión mental tal que, a menudo, es aprovechado por el agresor para acabar de robarle la cartera.

Si desea ampliar conocimientos en esta materia puede usted consultar mi obra«La cancamusa y el trile, aspectos psicológicos esenciales del negocio jurídico».

Si este recurso a crear disonancias cognitivas no funciona los agresores suelen recurrir a la noticia estupefactante o a la catástrofe generalizada: terremotos en Nueva Gales del Sur, crisis económicas en el Sultanato de Omán, violación de derechos humanos en Bangla Desh, debates políticos, religiosos, nacionalistas, sexuales o, la más usual, el miedo a algo, como, por ejemplo, la tremenda crisis económica que nos amenaza. Usted, aturdido por el ruido del debate o espantado por los males que se avecinan, olvida el mal pasado, comienza a trabajar por enfrentar las nuevas amenazas y hasta agradece al cielo el seguir vivo.

Es por eso que, una y otra vez, quienes nos robaron en el pasado, se pueden presentar de nuevo ante usted como los honestos gestores que van a sacar al país de la corrupción y el delito y usted, yo y muchos como usted y como yo, nos lo creemos y no solo los perdonamos, sino que les dejamos que, de nuevo, roben nuestra voluntad y nuestro voto. Hay que reconocer que son unos genios.

Pero, como último requisito, además de identificar al agresor y no olvidar quién es ni lo que ha hecho, es preciso que la venganza sea rentable en términos tanto económicos como morales.

Si un sujeto le roba a usted un euro que tenía sobre la mesa para dejarlo de propina al camarero, es muy posible que no se dé usted una carrera tras el ladrón para recuperar su euro. La escasa cuantía de la ofensa no merece el esfuerzo de una carrera, de forma que el delincuente huirá impunemente sin otro castigo que el de que usted se acuerde de sus ancestros más recientes.

Aunque la ofensa sea mayor y el agresor le haya atizado a usted un garrotazo en la espalda, si pasa el tiempo suficiente, usted no se vengará. En el acto tiene sentido vengarse, si él le da un garrotazo y usted puede arrimarle una patada en la recova pues se la aplica y salda la cuenta, pero, si pasa el tiempo, su propia naturaleza le dice que la venganza es muy mal negocio, que ir ahora a reventarle la bisectriz al del garrote puede no ser buena idea porque los dos pueden salir perjudicados y que, como dijo el sabio, ojo por ojo y todos ciegos en unos cuantos años.

La naturaleza nos dota de un instinto vengativo que hace que, si nos mientan a la madre, le mentemos al mentador toda la caterva de sus muertos más recientes; pero la naturaleza también nos dota del instinto del perdón de forma que, si pasa el tiempo suficiente, olvidemos el agravio, perdonemos y podamos dar nuevas oportunidades a quién nos ofendió.

Los seres humanos normales somos así, perdonamos a nuestros deudores del mismo modo que ellos perdonan nuestras deudas —que decía antes el Padrenuestro— y es por eso que la venganza no es un plato que se sirva frío. Quien se venga en frío porque es incapaz de perdonar, no suele ser un ser humano sano sino con alguna perturbación o psicopatía.

Si también desea ampliar conocimientos en este campo puede usted consultar mi tratado titulado: «La reforma económica del rito litúrgico o cómo los cristianos dejaron de pedir el perdón de las deudas».

Y bien, ahora que ya conoce las suertes de la venganza y las armas para esquivarla, creo que está usted en disposición de entender qué tipo de delincuente es el más peligroso y especializado en el dominio de las estrategias para escapar indemne de sus abusos. ¿Y quiénes son?

Pues, en primer lugar, los delincuentes que usan un disfraz eficaz que impide reconocerlos, esos que, como si de una cebolla o una matriuska se tratase, llevan un antifaz sobre otro antifaz, un disfraz sobre otro disfraz, una cara sobre otra cara, que regularmente se hacen la cirugía estética, se cambian el nombre y desde las Islas Caimán pueden manejar los hilos de una marioneta que robe en la otra punta del mundo.

En segundo lugar los que pueden hacer que usted olvide o confunda la afrenta, los que le hacen una campaña publicitaria diciendo que ese robo concreto es perfectamente legal, los que le hacen creer que es usted y no ellos el delincuente, los que le engañan con una barahúnda de datos destinados solo a confundirle a usted y a la sociedad, los que colocan el foco del debate siempre sobre acciones ajenas y nunca sobre las propias.

En tercer lugar son los que hacen de la venganza una actividad antieconómica, los que roban poco a muchos de forma que hacen que, por ejemplo, a usted no le salga a cuenta reclamar que le devuelvan los 25 euros de una comisión que le han cobrado injustamente por «reclamación de descubierto» pero que, cobrados a cincuenta mil clientes, suponen un millón y pico más de euros que los enmascarados echan a la saca. Son los que se aprovechan de usted porque es un ser humano y espera que se le perdonen sus deudas del mismo modo que usted perdona a sus deudores, pero que nunca es plenamente consciente de que estos sujetos —peligrosos entre los más peligrosos— llevan un libro de cuentas y agravios donde nunca se borran las deudas de los demás y siempre desaparecen las propias. Alguien me dijo que incluso lograron cambiar el padrenuestro para que no dijese nada de «perdonar nuestras deudas».

La venganza, como ven, es un asunto tan complejo que, en las sociedades modernas, lo hemos dejado en manos del estado a través de una organización que llamamos administración de justicia.

Lo malo es que miro nuestra administración de justicia y me invade la congoja de que esta sólo está preparada para atrapar a los delincuentes poco peligrosos, porque los grandes delincuentes, los verdaderamente peligrosos, no solo marchan años luz por delante de ella sino que, a menudo, incluso consiguen hacer de ella una herramienta que usar en su provecho.

Pero de eso, si quieren, hablamos otro día.

¿Justicia? ¿Y qué es eso?

¿Justicia? ¿Y qué es eso?

Llevo 30 años largos trabajando en esto y sigo tratando de entender qué es eso a lo que llamamos justicia.

Ya, ya… ya sé que, hace eones, nos enseñaron que justicia era eso de «dar a cada uno lo suyo»; lo que nunca acabaron de contarnos es qué era «lo suyo» de cada uno y qué había de darse a cada quién ni por qué era esa la solución justa y no otra cualquiera.

Que los crímenes, en general, se castigasen más si se cometían por acción que por omisión fue algo que nunca acabé de entender bien. También me causaba —y me causa— no poca sorpresa esa extraña «justicia de los 150 metros» con que la naturaleza parece equiparnos. Me explicaré.

Si un señor maltrata a un perro cruelmente en nuestra cercanía muy probablemente intervendremos en defensa del perro. Pero que 11 personas mueran de hambre en el mundo cada minuto no parece causarnos pesar alguno más allá de algún lamento bienintencionado cuando el telediario recuerda la cifra. Podemos salvar la vida de dos personas durante un mes con apenas unos pocos euros pero, por alguna razón, nuestra conciencia no nos maltrata si no hacemos nada. Es curioso que, para nuestra concepción de la justicia, valga más el bienestar de un perro cercano que la vida de dos niños lejanos.

A ver, no me malinterpreten, si los seres humanos somos así muy probablemente es porque no podríamos ser de otra forma; ningún ser humano puede cargar sobre sus espaldas todo el dolor del mundo. No podemos soportar el duelo de todos los seres humanos que diariamente pierden la vida en guerras, catástrofes o hambrunas… Pero no me negarán que es muy curioso que nuestra conciencia sólo nos flagele cuando la injusticia es cercana.

Vuelvo al principio. Muy probablemente si me lees seas jurista y seguramente, como yo, tengas bastantes dudas acerca de lo que es justo y de lo que no lo es. Seguramente, al final, juegues —como hacemos todos— con las cartas que nos dan y trabajes con las herramientas que tenemos, con la ley, con la jurisprudencia y con la voluntad de que el resultado de los procesos en los que intervienes esté lo más cercano posible a eso que tú entiendes por justo. Pero siento como muy probable que no sea yo sólo el que tiene serías dudas sobre qué es eso a lo que llamamos justo y sobre la ciencia que debería explicárnoslo: la justicia.

Nos cansaron en derecho natural y filosofía del derecho con decenas de teorías y formulaciones ajenas al mundo de lo científico y basadas en planteamientos filosóficos tan elegantes como despegados de la realidad. Ahora nos hemos acostumbrado a jugar con las reglas que nos dieron y ya no nos preguntamos si esas reglas son buenas o si deberíamos jugar con otras.

Recuerdo una mañana en que, preparando un discursito, descubrí que eso a lo que yo me venía dedicando hacía años, la «iustitia», el «ius», era una palabra etimológicamente emparentada con otra legión de palabras que compartían un significado aproximado a «unir».

En efecto, «ius» y «yoga» son palabras primas, como son palabras hermanas «ius» y «yunta»; o con«iu»ges, o «yugo», o «jugo»… Y me sorprendí a mi mismo descubriendo que el significado de «ius» en latín es, literalmente, «sopa», que menestra, en latín, se dice «ius olitorium». Permítanme que les ahorre la larga e interesante investigación etimológica pues nos conduciría al sánscrito de hace milenios.

Me pareció tristísimo que me hubiese llevado casi 30 años descubrir esto y más me sorprendió que los magistrados y compañeros que me escuchaban me mirasen sorprendidos cuando llegué a esta parte, un divertimento, del discurso. ¿No suele empezarse el estudio de cada rama de la ciencia con una aproximación etimológica a su nombre? ¿Qué nos pasa a los juristas?

Desde 2008 la sociobiología evolutiva, la teoría de juegos, el estudio de los aspectos más científicos de la justicia, captó mi atención pero, o soy mal escritor o los postulados de estas ciencias no interesan para nada a mis lectores. A mí ese mundo me apasiona, me ha dado en estos últimos 24 años una comprensión como nunca soñé tener antes del ser humano, de la sociedad, de la naturaleza y de las reglas que la regulan; pero, siempre que trato de contar algo de esto a alguien, seguramente porque lo hago mal, porque no soy capaz de captar la atención ajena o, quizá, simplemente porque nadie acude a una red social a que le calienten la cabeza con cosas de esta especie, me encuentro hablando solo y con que el tema sólo parece entusiasmarme a mí.

Y el caso es que creo que el derecho y la justicia sólo pueden progresar por esa vía. Estamos tan adheridos a nuestros esquemas mentales, a nuestro martillo, que todos los problemas con que nos encontramos nos parecen clavos. O los convertimos en clavos.

Y no sé por qué esta tarde de viernes les cuento todo esto, aunque —por otro lado— tampoco tiene importancia: ni merecerá la atención de mucha gente ni tampoco tiene uno por qué justificarse por hacer algo que le apetezca.

Por favor, no sienta vergüenza

Mire, le voy a decir una cosa: deber dinero porque no se puede pagar no es ninguna vergüenza; vergüenza es quedarse con el dinero de la gente pudiendo pagar, vergüenza es faltar sistemáticamente a la palabra dada, vergüenza es retrasar pagos a gente humilde cuando se están teniendo beneficios brutales anualmente, pero, deber dinero porque no se puede pagar, no es ninguna vergüenza.

Si usted debe dinero hágame caso, no baje la cabeza como quien ha fracasado en la vida, no deje que se le ponga en la mirada esa expresión que delata al pobre y al deudor, no permita ni por un momento que su cerebro le diga que debe arrugarse frente a la reclamación del banco; por lo que más quiera, no consienta que le dejen sin dignidad además de sin dinero.

Se lo repetiré: ser pobre no es ninguna vergüenza; vergonzosas son otras conductas y yo sé que ninguna de ellas le afecta a usted.

Vergonzoso es incumplir la palabra dada y eso es lo que hacen sistemáticamente las compañías de seguros cuando, llegado un siniestro, se niegan a cumplir lo prometido. Debe usted saber que, hasta que el gobierno las favoreció despenalizando los accidentes de tráfico, las compañías de seguros se sentaban día tras día como demandadas en los estrados de los juzgados para ser sistemáticamente condenadas. Antes ser condenadas que pagar, si habían de pagar la cantidad justa que el juez lo dijera, ellas, en vía amistosa, ofrecerían la cifra que les conviniese, no la justa. Como los juicios de faltas eran poco costosos los ciudadanos acudían en masa a reclamar… Ahora sucesivos gobiernos han realizado cambios procesales para que esa intervención rápida y poco costosa del juez sea eliminada. Las compañías son felices.

Lo gracioso es que las campañas publicitarias de estas entidades llenaba y llena los periódicos con noticias del tipo «un 5% de los siniestros son fraudulentos» mientras que callan que, en la mayoría del 95% restante, la compañía esta cumpliendo tarde, mal o no cumpliendo en absoluto sus compromisos. Publicar las cifras de las sentencias condenatorias que en 2011 ó 2012 dictaron los juzgados de instrucción españoles contra las compañías de seguros las situaría dentro de la indecencia más absoluta. La despenalización de los accidentes de tráfico y los avatares posteriores han maquillado las cifras pero no crean que estas entidades han cambiado su patrón de conducta..

¿Y qué le diré de los bancos?

Desde que, en 2013, se dictó la sentencia del caso Aziz y posteriormente se dictaron otras determinando que las cláusulas que los bancos y cajas introducían en sus hipotecas eran nulas y debían devolver el dinero a sus clientes, desde esa fecha —digo— saben que deben devolver ese dinero a sus clientes, pero han preferido no hacerlo y se niegan a pagar. Se niegan a pagar no porque no sepan que no deben ese dinero sino porque la justicia es muy lenta y muchos clientes no reclamarán; porque a veces los juzgados piden facturas que dado el tiempo transcurrido ni se conservan ni se pueden obtener; porque hay que contratar un abogado y, si la deuda es pequeña, quizá no merezca la pena; porque el Tribunal Supremo cada vez que puede cambia la jurisprudencia —y en general siempre en contra de los consumidores— y mejor esperar a no vivir en la incertidumbre…

No, no se avergüence por deber dinero, usted no paga porque no tiene, otros no pagan porque así podrán quedarse con el dinero ajeno, concretamente con el de sus clientes más humildes. No, no se avergüence, usted tiene vergüenza pero no debe gastarla con ellos; ellos no van a gastarla con usted, las personas jurídicas, por definición, no tienen vergüenza ni la han conocido nunca ni pueden tenerla por su propio diseño obligado solo a ganar dinero, así que no se arrugue usted ni deje que le chantajeen moralmente. Usted puede deber dinero pero no es un sinvergüenza; a usted vergüenza le sobra, si a alguien le falta es a ellos.

Pero tampoco se deje engañar, en este juego no todos somos iguales.

Si un proceso judicial es lento no es lo mismo para quien tiene dinero que para quien no lo tiene. Si usted necesita el dinero, muy a menudo, no podrá esperar a que acabe su trabajo la lenta maquinaria judicial. El banco aprovechará, ralentizará cuanto pueda el proceso y le hará ofertas a la baja aprovechando su necesidad. ¿Iguales ante la ley?

Si el resultado de un proceso judicial no es del todo predecible a usted, usuario por una sola vez de la administración de justicia, el miedo le atenazará. ¿Qué ocurrirá si mi caso se halla entre los de resultado impredecible?

Ese temor no existe para los usuarios habituales de la administración de justicia (bancos y aseguradoras) es una pura cuestión de estadística. De hecho ellos recurrirán estratégicamente los casos modelo que beneficien a sus tesis e impedirán que lleguen a instancias superiores los que pudieran perjudicarles. ¿Iguales ante la ley?

Y, para finalizar, entidades con dinero disponen también de la influencia necesaria para tratar de instar y obtener modificaciones legales que les favorezcan, crear estados de opinión que les resulten favorables e incluso celebrar congresos y simposios donde ingénuos congresistas alimenten el argumentario de estas máquinas de ganar dinero.

¿Y a usted? ¿Quién le defiende a usted?

Se supone que los representantes políticos que usted elige cada cuatro años son los integrantes de ese «lobby» que debe protegerle a usted… Pero…

¿De verdad cree usted que ese cuerpo de representantes teóricamente elegidos para defender sus intereses de ciudadano es inmune al poder del dinero?

Luego le dirán que la justicia es lenta porque «los españoles litigan mucho»… que mejor que una sentencia impredecible son otras formas de resolución de conflictos… que judicializar las cosas está feo… Le dirán de todo, menos asumir que usted tiene derecho a una administración de justicia que resuelva las injusticias de forma rápida y eficaz y ante la que todos seamos y nos sintamos iguales.

Por eso no es inocente que la administración de justicia sea lenta, no es inocente que el nombramiento de sus más altos cargos sea objeto de un sucio pugilato político, no es inocente que en lugar de arreglar su mal funcionamiento se fomenten otras vías de solución alternativa…

No, nada de esto es inocente, y no es inocente porque la única garantía para un ciudadano, para usted y sus hijos, de que habrá un futuro donde usted y los suyos puedan tener algún derecho es que algún día dispongamos de una administración de justicia eficaz, rápida y predecible.

Llevo casi cuarenta años trabajando en esto y, por favor, no me pida hoy mi opinión; hoy es el último día del verano y no siento necesaria más melancolía.