Gazpacho de michirones

Gazpacho de michirones

Los cartageneros comen michirones del mismo modo que los católicos van a misa y, en ambos casos, el guión de la función suele ser siempre el mismo; sólo cambian, acaso, la homilia y la conversación propias de cada momento del año litúrgico.

Ese guiso de michirones (habas secas) hueso de jamón, chorizo y otros aditamentos, que una cierta clase social de mi ciudad ha convertido en seña de identidad y bandera de “lo cartagenero” tiene de malo que, llegada la canícula, no es el plato más apropiado para conllevar los calores. Sí, ya lo sé, con la fresca pueden comerse michirones. Y fabada (añadiré yo) y callos con garbanzos y olla podrida o de cerdo… Por poderse comer, en verano, puede comerse de todo, pero pareciera que al verano le sienten mejor otras comidas que los michirones guisados de la forma tradicional carthaginesa.

Es por eso que, aprovechando los sabios consejos de mi buen amigo Manuel Delgado Milan, vengo a añadir hoy un eslabón más en la cadena de recetas que deben conducirme al hallazgo del gazpacho primordial, padre y origen de toda la gazpachería mundial. Por eso, hoy, les presento el “Gazpacho de Michirones» (más correctamente «Gazpacho de habas secas») cuya preparación me encareció mi amigo Manuel.

Está cojonudo (debo decirlo) pero, además de sus notables propiedades organolépticas, lo que verdaderamente más me llama la atención de este gazpacho son, a saber:

a) Sus propiedades nutricionales
b) Su significado cultural en la historia de los gazpachos.

De sus propiedades nutricionales nos habla con todo conocimiento el catedrático Antonio Escribano, doctor en endocrinología y nutrición, quien nos aclara que esta comida, propia de segadores y trabajadores del campo, es altamente nutritiva y al tiempo fácil de digerir, es refrescante y gracias a la peculiar composición química de las habas tiene ácido fólico, vitamina B1, magnesio, zinc, sodio, potasio… Un alimento maravilloso y cuyo alto contenido en vitamina B lo hace especialmente apropiado para combatir los contagios.

De su significado cultural nos hablan sus componentes, la extracción social de las personas que lo consumen y los lugares en los que aún es un plato habitual y valorado gastronómicamente.

Sus componentes nos dicen que es un gazpacho precolombino, anterior al descubrimiento de América y por eso en su composición no entran tomates ni pimientos pero sí el pan y las habas pues estas, a diferencia de las habichuelas o alubias que sí son de origen americano, son consustanciales al agro ibérico desde la noche de los tiempos.

Fue sin duda de este tipo de gazpachos de los que nos hablaba Covarrubias cuando dijo de ellos que eran «comida de pobres y de gente grosera» pues Covarrubias, que vivió a finales del siglo XVI y principios del XVII sin duda no pudo ver la difusión generalizada del tomate como alimento.

Si muchos sostienen al ajoblanco malagueño o cordobés o a la mazamorra como ejemplos de gazpachos precolombinos, este gazpacho de habas secas (michirones) con mucha más razón podría reclamar la condición de gazpacho primado; no cabe duda de que las humildes habas secas son una vianda mucho más al alcance de los «pobres y gente grosera» que la refinada almendra cuyo precio es mucho mayor.

Gracias a gazpachos como el que hoy me estoy comiendo, generaciones de jornaleros varearon olivos y araron las tierras del señor. «Si las habas tuvieran cuernos ararían solas la tierra» me dice Manuel que, aún, se dice por Fuente Palmera y otros pueblos de ahí de la parte de Córdoba.

Y Manuel lo sabe bien porque Manuel no es que fuese cocinero antes que fraile, sino que fue jornalero antes que abogado. Ahora Manuel, como un Horacio marxista, cuida de su huerto y disfruta (dis-fruta) de lo que de él sale, fruto de la tierra y del trabajo de sus manos.

Por cierto que me dijo que cría unos muy buenos melones de talega.

Tengo que probarlos.

Las chacinas y las palancas de tercer género

Las chacinas y las palancas de tercer género

Hoy, para comer chacinas, como cubierto auxiliar, en lugar de traerme un tenedor me han suministrado unas finústicas pinzas de diseño zigzagueante que, al pronto, no he sabido cómo usar.

La contemplación de estas pinzas me ha retrotraído 40 años atrás cuando, una noche, tocando en un caro restaurante de Monte Carlo (Rampoldi) vi por primera vez a señoras elegantísimas comer caracoles (scargots) sosteniéndolos con unas pinzas imposibles.

Luego esas mismas pinzas las vi en la película “Pretty Woman”, pero ya no era lo mismo; ver comer caracoles con aquel instrumento a señoras de Aston Martin en la puerta y Piper Heidsiek Millesime como vino de pasto, fue una impresión indeleble.

Nunca he tenido una de esas pinzas de caracoles en la mano y, a veces, me he preguntado cómo se manejarían y si serían una herramienta útil o no en verdad para alguien que, como yo, no ha lidiado otros moluscos gasterópodos que esos de la ganadería de los que, por el sur de España, llaman “chupaeros”.

Hoy, cuando me han traído estas pinzas, he sentido que estaba de nuevo en Rampoldi, he retrocedido cuarenta años en el tiempo y he soñado que aún seguía allí y que, por fin, me dejaban usar las imposibles pinzas para scargots.

Yo conozco bien la teoría de la pinza desde pequeño (es una palanca de las llamadas de “tercer género” por tener la potencia entre el punto de apoyo y la resistencia) pero estas que me han dado hoy para comer las chacinas se me han hecho imposibles.

Las pinzas en cuestión, en lugar de ser sencillas, lisas, mondas y lirondas, tenían una inexplicable forma de cuatro (4) sin que yo acierte a entender bien para qué. El diseño, ciertamente, mas parece obra de Escher que de la Bauhaus porque, si cogías mal las pinzas estas podían saltar por los aires y, si las cogías bien, usarlas era tan complicado como practicar caligrafía uncial merovingia.

Tras un par de intentos he sentido que no tenía necesidad ninguna de usar ese instrumento pudiendo hacer pinza con el índice y el pulgar, momento en que, plenamente de acuerdo conmigo mismo, me he zampado las chacinas con no poca satisfacción de cuerpo y espíritu.

Si conocen ustedes al diseñador de esas pinzas háganmelo saber, me gustaría intercambiar con él unas palabras.

To er mundo e güeno (o no)

Las personas, tomadas una a una y con la excepción de algún psicópata, siempre me parecen buenas.

Las personas sólo empiezan a decepcionarme cuando dimiten de su propio criterio, abrazan incondicionalmente el criterio de cualquier grupo, dejan de ser únicas y se encuadran en uno de esos grupos de gente a los que llamamos “masas”.

Y ahí ya no todo el mundo es bueno, porque ahí no se piensa sino que se repiten consignas; ahí las cosas no se juzgan en sí mismas sino en función de si favorecen o perjudican al grupo; ahí ya no se puede cambiar de criterio sino que se defiende a los nuestros con razón o sin ella.

Y es ahí cuando, ciertamente, ya no todo el mundo es bueno.

Llegados a ese punto ya no existen simplemente el tú, el yo y el nosotros, porque, llegados a ese punto, aparece la terrible tercera persona del plural: el “ellos”, los que no son ni tú, ni yo, ni nosotros.

Y olvidamos que los seres humanos, las personas, nunca son simplemente “ellos”, siempre son nosotros. Sólo situando a los seres humanos fuera del ámbito natural del nosotros somos capaces de hacerles daño. Siempre que detecto que alguien se refiere a un colectivo como “ellos” me pongo en guardia. El ellos es siempre la premisa básica de la agresión humama.

Tú y yo hemos visto como el “ellos” se ha aplicado a los españoles, pero también a los andaluces o a los gallegos, a los gitanos o a los homosexuales, a los musulmanes o a los negros. Cuando les señalamos como “ellos”, creemos que aquellos a los que etiquetamos así forman un grupo aparte del nuestro y, con eso, tratamos de olvidar que, españoles, andaluces, gallegos, gitanos, musulmanes, homosexuales o negros somos todos lo mismo: nosotros. Para causar el mal buscamos antes las diferencias que nos permitan considerarles ajenos a nosotros. Para hacerle mal a alguien primero necesitamos recluirle en el odioso grupo del “ellos”.

“Gens una sumus” dice el proverbio, pero lo olvidamos.

Por eso me gusta tomar las personas de una en una, porque —salvo los inevitables psicópatas— todas son buenas y merecedoras de atención. Sólo cuando las personas dejan de ser individuos para convertirse en grupo, en masa, empiezo a preocuparme; aunque, aún así, sé que siempre existirá la oportunidad de tomarlas a solas y volver a descubrir —y quizá hasta a descubrirles— que son mejores cantando solas que balando en grupo.

La cultura como estrategia

La cultura como estrategia

¿Dónde estudiaron másteres en dietética las madres de los años 50 y 60?

Las vitaminas aún no se habían descubierto pero ellas se tomaban el tremendo trabajo de convencer a sus hijos de que había que comer fruta aunque les fuera en ello tener que coger un berrinche tremebundo y hacérselo coger a sus hijos.

¿Cómo sabían esas madres que era imprescindible para sus hijos comer fruta si aún nadie sabía qué era la vitamina C ni para qué servía?

¿Dónde enseñaron a las madres de los años 30, 40, 50 y 60 que era bueno cenar poco y que lo indicado era un hervidico de verduras?

No recuerdo que hubiese universidades para madres pero ellas preparaban hervidos y potajes porque había que comer verdura y, por la noche, mejor hervidos. Y, sin saber distinguir la proteina de los hidratos de carbono, si veían que sus hijos e hijas habían jugado mucho al hervido añadían un huevo duro que hacía de este un complemento perfecto.

¿Quién enseñó a esas madres de siglos pasados a sacar adelante así de bien a sus hijos?

Yo sé que muchos me lo discutirán pero eso se llama cultura.

Cada especie animal ha elegido o seleccionado unas armas específicas para sobrevivir: la velocidad, la resiliencia, la fortaleza… Ya les dije hace poco que el pulpo era uno de los animales más inteligentes que puede uno encontrar pero… Las madres ponen los huevos y los olvidan de forma que los pulpos recien nacidos deben volver a inventar todo aquello que su madre aprendió en vida.

Los seres humanos, en cambio, hemos hecho de la cultura nuestra gran arma evolutiva. Las madres de hace cincuenta años quizá no supieran lo que eran las vitamimas pero miles de generaciones de madres antes que ellas habían ido aprendiendo qué era bueno y qué no para sus hijos y ese conocimiento, depurado de generación en generación, hizo que ellas supieran exactamente lo que necesitaban sus hijos y si, para que lo comieran, habían de llevarse un cabreo se lo llevaban pero el niño o la niña comerían fruta… Si la había.

Muchos siglos después médicos eminentes llegaron a la conclusión de que la mejor dieta para el ser humano es esa que diseñaron nuestras madres —dieta mediterránea creo que la llaman ahora— y que buenos aceites, pescados azules y otros alimentos denostados, son en realidad la base de una buena alimentación. Ellas ya lo sabían, los científicos tardaron mucho en entenderlo.

Y sí, eso que hacen las madres se llama cultura y esa fue la estrategia que un mono indefenso eligió para sobrevivir frente a animales más fuertes y tuvimos suerte (hubo momentos en que apenas quedaron unos pocos seres humanos en el mundo según dice nuestro ADN) porque nuestra estrategia funcionó.

Estos mo os indefensos hijos de madres sabias, además, fuimos muy buenos cooperando los unos con los otros. No les voy a hablar del abrazo de la cooperante al inmigrante que dio lugar a grandes polémicas hace poco, me voy a remontar más lejos, hace ya casi quince años, cuando una patera llegó en verano a una playa de Matalascañas empetada de veraneantes sevillanos. Una bebé que había llegado en la patera lloraba desconsolada, los servicios médicos pensaban que era un problema de nariz pero una sevillana rubia y guapa que estaba en periodo de lactancia no necesitó de diagnósticos, miles de años de evolución le decían lo que pasaba, y se acercó a la niña al pecho y los lloros se acabaron. Antes de criticarme por contar esto sepan una cosa: la especie humana es la única que amamanta a crías ajenas, ningún otro simio lo hace y no es fácil que las madres dejen su cría a otra hembra. Los humanos, en cambio, cuidamos de nuestra prole como si fuese propia y, si tuviese tiempo, les contaría hoy cuánto ha influido eso en que seamos como somos.

Por eso, cuando ahora veo niños que se llaman Jeniffer o Stalin (y discúlpeme si ese es su caso) me preocupo porque pienso que los padres de ese chico, igual que han cambiado las costumbres en los nombres, quizá hayan cambiado su cultura por la que ven en los anuncios de la tele o de internet y sus zagales, en vez de cenar fruta gracias a una madre o un padre enfadados, ahora cenen McNuggets o tomen de postre cualquier porquería.

Y ahora no sé bien por qué les cuento todo esto…

Bueno sí, porque esta noche toca hervido para cenar.

Un corte de mangas sideral

Un corte de mangas sideral

Si existe un episodio vergonzoso en la carrera espacial de los Estados Unidos fue el llamado «Proyecto Mercury 13», donde se vetó a las mujeres como astronautas llegando el debate incluso al Congreso de los Estados Unidos.

Fueron 13 mujeres las que, a principios de los 60, superaron todas las pruebas médicas precisas para ser lanzadas al espacio por la NASA, pero la oposición oscura de burócratas, políticos e incluso de algunos de sus “compañeros” astronautas, que ridiculizaron sus pretensiones impidió que estas 13 mujeres participaran en la aventura espacial americana.

Todas estas mujeres del proyecto Mercury 13 eran aviadoras de superior categoría y su formación excelente. Alguna de ellas aprovechó su fortuna y contactos para colar el debate en las cámaras de representantes de los Estados Unidos pero, para vergüenza de los EE.UU., el proyecto fue cancelado en medio de opiniones y discursos que hoy harían querer borrar el pasado a muchos de quienes intervinieron.

Mientras, los soviéticos, en 1963 volvieron a ganar la partida a los americanos poniendo en órbita a la inolvidable Valentina Tereskhova, pero no sin críticas. Muchos de los “compañeros” de Valentina la acusaron de diversas “lindezas”, como la de beber vodka incluso en la propia cápsula espacial… Pero fue en vano, en ese punto los soviéticos no parecían distinguir un hombre de una mujer ni de un trozo de carne de perro: venían de una Segunda Guerra Mundial donde sus mujeres habían peleado en primera linea como aviadoras, fusileras, tanquistas y habían muerto con la misma solvencia que sus compañeros varones. A la URSS no le costaba lanzar al espacio una persona y perderla y, quizá por eso, Valentina alcanzó la órbita terrestre 20 años antes de que lo hiciera cualquier norteamericana. 20 años de diferencia es mucho, 20 años de desigualdad en el primer país de occidente es una vergüenza demasiado inexplicable.

Sin embargo esta historia tiene un final feliz porque, Wally Funk, la más joven de las 13 mujeres del proyecto Mercury 13, ha vivido lo suficiente para, a sus 80 años, demostrar que sigue en condiciones físicas para subir al espacio y va a hacerlo.

El proyecto Blue Origins la ha seleccionado como miembro de la tripulación del New Sheppard y, aunque esto no borre para Estados Unidos la vergüenza de aquellos años 60, sí va a permitir a Wally Funk dar un corte de mangas orbital e histórico a todos aquellls que, hace 60 años y cuando ella sólo tenía 20, le dijeron que no podía ser astronauta.

Va por ti Wally.

El criptoéxodo chino

El criptoéxodo chino

Recientemente el gobierno chino, tal y como era esperable dada su naturaleza antidemocrática, ha ordenado el cierre de las instalaciones mineras de bitcoin en China y tal medida ha provocado una importante convulsión en el mundo de las criptomonedas.

En primer lugar ha provocado una caída del precio del bitcoin pues todos estos mineros se han visto obligados a vender sus reservas en bitcoin para financiar su salida del país y trasladar sus instalaciones a otros países. China albergaba casi el 50% de la minería de Bitcoin y las ventas masivas de sus mineros no podían sino provocar una fuerte caída de los precios.

En segundo lugar la dificultad de minado ha disminuido rápidamente lo que, para los mineros que operan fuera de China, es un regalo del cielo pues, hasta tanto se ajusten de nuevo los diversos parámetros de dificultad su tarea va a ser mucho más rentable.

Y en tercer lugar esta transitoria caida de la actividad minera y la subsiguiente bajada de precio de bitcoin parece haber ofrecido una ocasión magnífica para comprar en rebajas una criptodivisa que puede volver a subir al tiempo que los mineros chinos se van estableciendo en otras jurisdicciones.

¿Estamos ante una peculiar minitravesía del desierto de los mineros chinos o de una nueva reedición de la ruta de la seda?

Es llamativo cómo estos mineros pueden levantar su campamento y trasladarse a otros países con energías baratas y limpias de forna que las principales acusaciones que se hacían al bitcoin (dependencia de China y de las fuentes de energía basadas en el carbón) ha venido a deshacerlas la decisión de un gobierno dictatorial que teme la libertad y prohibe cualquier herramienta emancipadora de la población.

Un régimen como el chino no tiene cabida en el mundo que viene y quienes sigan su ejemplo tampoco tendrán cabida y caerán como cayó la antigua URSS, implosionando en medio de un imparable deseo de libertad.

Es tiempo de libertad. Es tiempo de criptoeconomía.

PD. Este post NO ES CONSEJO PROFESIONAL ni financiero y solo representa la opinión particular de quien lo emite.

Neuroderechos humanos

La esclavitud precedió a la palabra libertad, como la guerra precede a los tratados de paz y el crimen a los códigos penales. De igual modo el control de la mente humama se está desarrollando antes de que se desarrolle un derecho que nos proteja contra los abusos que pueden cometer con el resto de la humanidad aquellas personas que controlen tal tecnología.

En la actualidad, siete países mantienen programas públicos sobre el estudio del cerebro humano. Gigantes como Neuralink o Facebook también están invirtiendo miles de millones en idéntico sector de la ciencia. Descifrar cómo funciona el cerebro puede revolucionar las metodologías que utilizan en sus negocios, como la IA, que necesita alimentarse de datos humanos.

Un ser humano no es más que aquello que su memoria le dice que es. Eres quien recuerdas haber sido y, si ese recuerdo es cambiado, dejarás de ser quien eres para ser alguien diferente. Somos tan frágiles como eso, como unos simples recuerdos y, por eso, si olvidamos, aunque conservemos el resto de nuestras facultades, no seremos diferentes de aquel Adolfo Suárez que, habiendo olvidado todo, había olvidado incluso quién era él mismo. Tomamos decisiones en función de los datos que se nos suministran, quien controla el suministro de los datos controla nuestras decisiones y esto lo supieron enseguida las grandes instituciones que han pretendido controlar la vida humana, desde la Iglesia Católica y su prohibición del libre examen de los textos bíblicos, a las dictaduras más feroces que han buscado controlar todos los medios de comunicación, desde la imprenta, la radio y el cine, a la televisión e incluso las reuniones públicas.

Hoy la amenaza de este tipo de control es mucho más sutil pero incomparablemente más eficaz y peligrosa. Hoy empresas privadas como Facebook o Twitter pueden hacer cosas que jamás hubiese soñado el más feroz de los dictadores: silenciar al presidente de la nación más poderosa de la tierra y, de él abajo, cualquiera puede sufrir tal suerte. Y poco importa a estos efectos si el silenciado es un tipo como Trump, lo que importa es que pueden silenciarlo sea quien sea.

Más importante que la decisión de silenciar es la de suministrarnos una información determinada y no otra, suministro que, controlado por algoritmos de inteligencia artificial y datasets de big data, resulta asombrosamente eficaz. Amazon y Facebook conocen tus gustos mucho mejor de lo que tú mismo los conoces y ese conocimiento se amplía diariamente.

Ahora, a todas esas realidades, vienen a sumarse iniciativas en el campo de la neurociencia que permiten que, más allá de la práctica médica, las neurotecnologías no invasivas en personas sanas puedan destinarse a la defensa, la educación, o el entrenamiento y potenciación de las capacidades cognitivas e intelectuales, por ejemplo a través de una interfaz cerebro-computador, como puede ser un dispositivo tipo diadema o casco.

A los investigadores en este campo el poder que tales tecnologías deparan no les pasa desapercibido (como el poder de la energía atómica no pasó desapercibido a Fermi, Einstein u Oppenheimer) y por eso alegra ver que científicos, como el español Rafael Yuste, promuevan iniciativas para que se establezcan derechos humanos en relación con estas nuevas tecnologías, como, por ejemplo:

—A la identidad personal, para prohibir que tecnologías externas alteren el concepto de uno mismo;

—Al libre albedrío, para establecer la necesidad de que las personas tengan el control sobre sus propias decisiones, sin la manipulación de neurotecnologías externas;

—A la privacidad mental, para que los datos cerebrales sean privados, además de que se regule estrictamente su uso y venta;

Es curioso cómo las facultades de ciencia y tecnología del mundo avanzan exponencialmente en sus respectivos campos de estudio y cómo las facultades de derecho siguen ancladas en un conocimiento vetusto que avanza sin comprender que la naturaleza de la sociedad ha cambiado.

Ya no vivimos en un mundo de juegos de suma cero, de intercambios de materias y arrendamientos de servicios. La sustancia que determina la riqueza de las naciones se llama información y esa sustancia el derecho aún no la ha comprendido y ni siquiera ha empezado a intuirla, de forma que, cuando la regula, la regula mal.

Es probable que el derecho, como siempre, vuelva a llegar muy tarde;  lo malo es que, esta vez, para cuando llegue, igual los esclavos han olvidado el concepto libertad y hasta les han robado la voluntad de reclamarlo.

Vivimos tiempos decisivos.

Charo

No se conoce que Charo fuera feminista. A lo que se ve, para Charo, la igualdad no se pedía, la igualdad se tomaba y si alguno o alguna se molestaba pues… qué se le iba a hacer.

Hija de familia bien, Charo había pasado parte de su juventud en Sidi Ifni, donde su padre era alto mando militar y, ya sobre la treintena, recaló en Cartagena.

El problema es que, en la Cartagena de los años 50 del siglo pasado, Charo hizo siempre lo que le dio la gana.

El problema es que Charo fumaba. El problema es que Charo bebía. El problema es que Charo se metía en las whiskerias ella sola y allí se pedía unos «on the rocks» que se tomaba muy a gusto porque, a ella, eso le gustaba y le sentaba bien.

Luego, temprano por la mañana, Charo se iba hasta el rompeolas de San Pedro y allí, en los bloques de la escollera del dique de Curra, hiciese frío o calor, se daba su baño mañanero para escándalo de la pacata y santurrona sociedad cartagenera.

Y claro, aquella sociedad farisea cartagenera, tan bien descrita por Gonzalo Torrente Ballester en su obrita «La novela de Pepe Ansúrez», se dedicó a murmurar porque esas cosas que hacía Charo no eran normales. Charo hacía lo que le daba la gana y eso no podía ser bueno.

La mala baba encontró en Charo una buena víctima y así, Charo, hija de buena familia, pasó a ser vinculada obstinadamente por estas lenguas beatas con el mundo de la prostitución. La Charito tenía que ser alcahueta o puta, por lo menos.

Pero Charo no era ni lo uno ni lo otro, era sólo una mujer que hacía lo que le daba la gana e iba por libre en lugar de cantar en el coro del sanedrín.

Recuerdo a las mujeres de entonces comentando en voz baja

—Si ella no se mete con nadie ¿Por qué se meten con ella?

Pero, por lo visto, todo aquello a Charo le dio igual y, hasta que murió a los 81 años, siguió haciendo lo que había hecho siempre: lo que le dio la gana.

Hacer lo que te da la gana sin meterte con nadie es una de las pocas formas dignas de vivir la vida y Charo se aplicó a ello.

No les voy a poner ninguna foto de Charo, rulan muchas por internet y en todas se la ve ya vieja en alguna whiskería o bañándose. No me apetece que la piensen así.

Porque hoy Charo, La Charito, es una sirena en un bloque del rompeolas de San Pedro y nada en el inconsciente colectivo de 225.000 cartageneros que, aunque no la hayan conocido viva, sí que han oído hablar de ella, porque en Cartagena, todos lo sabemos, ella es la más conocida.

Sólo espero que en los mares del cielo haya rompeolas.

El Ministerio de Justicia, una eficaz ayuda para agravar la crisis

No hacía falta ser un profeta para adivinarlo, bastaba con comparar la caída del PIB en 2020 y en 2009 y extrapolar los datos para saberlo. Lo habría visto un niño de seis años, pero el ministro tiene 60 y una larga trayectoria política y seguramente por eso no lo vio.

Los concursos de acreedores han subido ya un 50% en España sin que el ministerio haya adoptado ni previsto medida alguna de fuste para hacer frente a tal aumento. Y ese 50% de subida aún está ralentizado por las medidas que impiden que lleguen a los juzgados de lo mercantil todos los concursos que deberían llegar. El gobierno, en lugar de afrontar el problema, ha decidido crear la apariencia de que no pasa nada permitiendo que las empresas en situación de insolvencia no se vean obligadas a pedir el concurso hasta el 31 de diciembre.

Y a pesar de eso los cconcursos han subido —como habría previsto cualquiera— un 50% sin que la planta de los juzgados de lo mercantil haya sufrido ningún refuerzo adecuado a esta subida.

¿A qué se ha dedicado el ministerio de justicia?

A todo menos a hacer frente a los problemas auténticos de la justicia en España.

Dice que va a transformar los juzgados de instancia en tribunales de instancia, una medida largamente perseguida por todos los gobiernos (en esto PP y PSOE han demostrado una sintonía absoluta) para poder controlar mejor a los jueces aunque para ello hayan de hacer funcionar peor la justicia.

Me llevan los demonios.

Van a venir muchos más concursos en cuanto se abra la espita y llevamos año y medio sin que el ministerio de justicia haga nada. Vamos a enfrentar un problema sin precedentes, lo saben y no hacen nada. Yo ya no sé del lado de quien están estos sujetos, de lo que estoy seguro es de que no juegan en nuestro equipo.

Claro que, como en este país hace tiempo que ya nadie espera nada de la justicia, al ministro probablemente le bastará culpar a la crisis de todo y dejar que los actuales juzgados de lo mercantil se conviertan en tanatorios de empresas incapaces siquiera de enterrar los cadáveres que les llegan.

No entiendo esta actitud rayana en la desvergüenza. No entiendo que cuando los bárbaros están a las puertas de la ciudad los prebostillos se vayan de cena sin mascarilla y sigan buscando como repartirse influencias y cómo controlar jueces y judicaturas.

Esto es ya un desastre y pronto lo será total y este desastre tendrá nombre y responsables.