Los reyes magos y la evolución

Los reyes magos y la evolución

Se dice que la evolución tiene que ver con la supervivencia de los mas aptos pero eso es falso, la evolución no es una historia de lucha, colmillos y sangre, la evolución sólo tiene que ver con quién tiene mayor éxito reproductivo.

La vida es ese fenómeno mediante el cual entes materiales son capaces de reproducirse, la diferencia entre una entidad viva y una que no lo está es que la entidad viva es capaz de reproducirse por sí misma. Es esta peculiaridad la que condiciona toda la evolución: quién se reproduzca transmitirá sus características a la siguiente generación, quien no lo haga colocará sus características en vía muerta. Usted y yo somos descendientes y tenemos por ello las características de una larga serie de seres vivos que se reprodujeron, quienes no lo hicieron desaparecieron.

Es por eso que en la naturaleza no se perpetúan los que sobreviven sino los que se reproducen, es por eso que decenas de animales mueren inmediatamente después de reproducirse aunque sea, en casos tan extremos como el de la mantis, solo para alimentar a la hembra. Por extrañas que parezcan estas estrategias reproductivas, si tienen éxito, pasarán a la próxima generación de los de su especie y se perpetuarán.

Piénselo así: si usted tiene hijos algo de usted pasará a la próxima generación —aunque sea su mal humor— pero, si no los tiene, sus características biológicas habrán entrado, en lo que a usted respecta, en via muerta.

La vida celebra la vida sobre todas las cosas y por eso la noche de Reyes que se celebra hoy es, seguramente, la noche más feliz del año.

Ocurre sin embargo que nuestra población envejece, las cenas de Nochebuena cada vez se van llenando más de sillas vacías y los Reyes Magos, cada año, ven cómo disminuye el número de domicilios que han de visitar.

Cuando eres niño crees que la mesa de Nochebuena siempre estará llena y que los Reyes, la noche del cinco al seis de enero, se portarán bien contigo aunque tú no te hayas portado demasiado bien con el mundo. Con los años descubres que no es así, que las mesas se vacían hasta quedar desiertas y que los Reyes empiezan a no tener quien les escriba.

Y es entonces cuando te das cuenta de que la vida solo celebra a la vida y de que algunas cosas solo tienen sentido cuando pagamos a la vida su tributo y nos reproducimos.

Así que amigo, amiga, aplícate a la tarea, no podemos mandar a los Reyes al INEM; bastante tenemos con lo que tenemos.

La cera que arde

Vivir es ir eligiendo a cada instante una opción y renunciando a todas las demás, descartar miles de biografías posibles para escribir sólo una: la tuya.

Es por eso que cuando, avanzada la vida, tomas conciencia de lo que eres, muy a menudo añoras esa lejana edad de oro en que todo era posible, en que, como diría el maestro Landero, no había proyecto que excediera los límites de nuestro afán.

Pero esa edad de oro era solo un espejismo, podías vivir cualquier vida, sí, pero habías de elegir una y elegir siempre es renunciar.

Ahora que ya has elegido y sientes que ya no puedes ser lo que quieras, que eres lo que eres (lo que has ido eligiendo ser) y que esa es la cera que arde y se consume, seguramente añoras ese momento mágico en que la vida se mostraba ante ti para que tomases de ella lo que prefirieses.

Pero ya te lo dije, vivir es elegir una de entre todas las vidas posibles e ir escribiendo, elección a elección, una única biografía: la tuya.

Felicitaciones hipócritas

Felicitaciones hipócritas

Cuentan que en los hospitales, cuando te reaniman de la anestesia, te llaman por tu nombre «¿Qué tal José?».

Nombrar a las personas, pronunciar su nombre, es un acto parecido a una caricia y es un acto que, desgraciadamente, cada vez practicamos menos. Estos días se llenará tu timeline de whatsapp de felicitaciones estándar en las que aparecerán todos los motivos navideños imaginables pero en las que no aparecerá tu nombre.

Esa repugnante costumbre de mandar felicitaciones masivas a todo el mundo es, seguramente, la mejor forma de decirte que le importas un carajo al remitente, que no va a gastar ni un segundo de su tiempo en escribir las tres letras de Ana, las cuatro de José o las cinco de María.

Llama a los que quieres por su nombre y deséales feliz navidad si es que se la deseas, pero no inundes las redes sociales de bienquedismo hipócrita.

Aunque, bien mirado, es bueno recibir estas felicitaciones anónimas siquiera sea para saber a quién no importas nada, a quien le da exactamente igual si tu navidad es feliz o no.

Hoy me han mandado una felicitación sin trampa y con buen cartón, manuscrita, como debe ser y llena de fondo en las formas. Y me ha hecho una ilusión enorme, hay algo en la palabra escrita que hace de estas felicitaciones una forma de arte, arte pequeño, arte sano.

Lo bueno de estas felicitaciones no es que te deseen felicidad es que ellas, por sí mismas, te la proporcionan. No hace falta que me deseen felicidad, con recibirla ya lo soy.

Hoy es un día feliz, ahora me toca dar las gracias, por supuesto, también de forma manuscrita.

Desjudicializar

Un corrupto o un delincuente no temen a nada salvo a la justicia y es por eso que los primeros interesados en desjudicializar son los corruptos y los delincuentes.

Resulta obnubilante cómo, desde 2008 para acá, todos los partidos políticos en el gobierno han insistido machaconamente con el tema de la «desjudicialización»; al parecer, para ellos, que los temas se resuelvan en el juzgado es intrínsecamente malo… y no me extraña. Que los temas acaben en el juzgado suele ser malo, sobre todo, para el delincuente y el corrupto.

Y no, no me salga con la cancamusa de que por qué escribo ahora de esto y no lo hice antes; no me salga con eso, por favor, porque antes también lo hice y con la misma o mayor vehemencia que ahora. El argumento de que «antes también se hizo» no es más que un eslogan de hooligan o fanático. Los errores no corrigen errores y los errores de ayer no convalidan los de hoy, de forma que, si va a decir eso, mejor ahorrese el esfuerzo y no meta más ruido en el ambiente.

Ni a los de antes ni a los de ahora les gusta que en este país la justicia funcione, seguramente porque si funcionase no habrían podido hacer tan fácilmente ni durante tanto tiempo las tropelías que han hecho y es por eso que les encanta convertir en «trending topic» y en considerar negativo que un asunto se «judicialice», sobre todo si tiene que ver con asuntos de dinero público manejado por ellos o sus amigos reales o de conveniencia.

Ni a los de antes ni a los de ahora les gusta que nadie meta su nariz en sus manejos financieros y mucho menos si es un juez de instrucción tiñalpa y piojoso que escapa a su órbita de influencia.

Es por eso que todos los gobiernos habidos, los de antes y los de ahora, adoran hablar de «desjudicialización», sobre todo de las causas que afectan a sus amigos y conmilitones.

Dime cuánto inviertes en justicia y te diré cuánto odias la corrupción, dime cuánto hablas de desjudicialización y te diré cuánto sospecho que quieres hacer o has hecho algo ilegal o delictivo.

El pueblo sólo dispone de una herramienta para que los ricos, los poderosos, los gobernantes, se sujeten al imperio de la ley y esta es la justicia.

Por eso cuando miro los presupuestos y veo lo que invierten en justicia o cuando les escucho hablar de desjudicialización me formo de ellos una imagen, creo, que bastante exacta.

Y es deprimente.

Los engendros engendrados

Cuando el dictador murió no había un clamor de partidos políticos en España reclamando democracia; en realidad apenas si había un partido bien organizado que lo hiciese y este era «el Partido», el PCE. Los demás carecían de una mínima infraestructura y su apoyo social era puramente testimonial.

Hoy pueden contártelo de otra forma, pero créeme, era así.

Entre los recuerdos que me acompañan está el de una tarde en un autobús vacío donde viajábamos apenas cuatro personas: Adolfo Suárez González, Manuel Alonso, un escolta y quien esto escribe. Estábamos en plena campaña electoral vasca y mi sensación aquella tarde mientras el autobús atravesaba Euskadi era la del viaje a ninguna parte.

Había tenido ocasión de compartir tiempo con Adolfo Suárez otras veces pero nunca en un ámbito tan reducido de forma que aproveché una ocasión que ya no se repetiría:

—Presidente ¿cómo y por qué se puso en marcha la transición?

La respuesta de cualquier político de hoy, de los que nacieron a la vida consciente con la constitución ya aprobada, probablemente sería que el viejo régimen, acosado por las tensiones internas y las demandas de los partidos políticos entonces ilegalizados, no tuvo más remedio que ceder e iniciar un proceso democratizador que finalmente «se cerraría en falso» según ahora han dado en afirmar.

La respuesta que me dio entonces Adolfo Suárez fue muy diferente.

—Mira, todo el mundo sabía que las cosas no podían seguir así, pero había miedo, la guerra civil estaba aún muy viva en el recuerdo de los españoles y cualquier cambio era muy difícil. La mayoría de la gente básicamente lo que quería era un cambio en paz.

Es difícil entender cada momento histórico si lo aislamos de su ambiente social y parte del ambiente de aquellos años recuerdo que era una canción de «Jarcha», un grupo de folk andaluz, que decía

…pero yo solo he visto gente
que sufre y pasa dolor y miedo
gente que tan solo pide
vivir su vida, sin más mentiras
y en paz.
(Armenteros, Herrero y Baladés. 1976. «Libertad sin ira».)

Y seguramente esa canción cuenta bien cuál era el estado anímico de este país al iniciarse la transición y cuáles eran las ideas compartidas por la mayor parte de la población.

«Dicen los viejos que en este país
Hubo una guerra
Que hay dos Españas que guardan aún
El rencor de viejas deudas

Dicen los viejos
Que este país necesita
Palo largo y mano dura
Para evitar lo peor

Pero yo solo he visto gente
Que sufre y calla, dolor y miedo
Gente que solo desea
Su pan, su hembra y la fiesta en paz…

Libertad, libertad
Sin ira, libertad
Guárdate tu miedo y tu ira

Porque hay libertad
Sin ira, libertad
Y si no la hay, sin duda, la habrá».

Y es verdad que, en mi recuerdo, eran esos los temores y los deseos en aquellos años. Deseos de cambio, de libertad, pero también miedo al recuerdo de las dos Españas y a que la situación, en algún punto, se tornase incontrolable y volviésemos a lo que había sido la historia de España desde la muerte de Fernando VII en 1833: una sucesión interminable de golpes de estado, pronunciamientos y guerras civiles.

Como dije al principio, salvo el PCE, al momento de la muerte del dictador, ningún otro partido tenía una organización y una infraestructura seria en España. Había grupos terroristas bien organizados como ETA pero, en general, la amplísima mayoría de la población española era ajena a cualquier participación política distinta de la organizada por el propio régimen, cada vez más triste y macilenta.

Y seguramente fue por eso que en la Constitución de 1978 se fortaleció el papel protagonista de los partidos otorgándoles casi todo el protagonismo en la canalización de la representación política, un fortalecimiento que, si entonces parecía necesario, hoy en muchos aspectos parece estar en el origen de algunos de los problemas que enfrentamos.

Porque en España vivimos en una democracia en la que elegimos a quienes nos representan, pero elegimos sólo entre aquellos a quienes los partidos políticos nos permiten elegir. Todo esto no sería ningún problema si los partidos fueran agrupaciones sinceramente democráticas pero eso, lamentablemente, no es así.

Hoy en los partidos al que discrepa se le aparta, hoy en los partidos solo cabe adhesión al líder y así el pensamiento independiente es laminado. Hoy, si alguien tiene algún tipo de aspiración política, lo primero que ha de hacer es dimitir de su facultad de pensar y adherirse a lo que piense el líder o la cúpula gobernante. Y, como el número de afiliados a los partidos en España es bajísimo, resulta que la nómina de candidatos entre los cuáles debemos elegir es seleccionada por unas pocas personas, de entre el círculo de otras pocas personas adictas a las anteriores y, todas ellas, caracterizadas por una increíble facilidad para absorber como propias las ideas del líder o la cúpula manteniendo siempre lejos la funesta manía de pensar.

No es de extrañar que estos partidos engendro engendren listas de candidatos con sus mismas o mayores carencias, candidatos que, más adelante, constituirán unas Cámaras, Cortes y Asambleas, de la misma naturaleza y características que los engendros que las engendraron.

Y así engendradas las Cámaras de representación política no es de extrañar que asistamos a espectáculos como los que ahora presenciamos y a los que, desde hace tiempo, nos tienen habituados.

Perdónenme si me amustio con todo esto pero cuando veo el futuro de tanta buena gente en sus manos me angustio.

Quiénes somos

Quiénes somos

Muy pocos clientes comprenden a sus abogados, por eso es importante que, de vez en cuando, contemos quienes son. Ellos no suelen hacerlo a menudo, por eso, discúlpenme si hoy les cuento un poco de lo que son.

Ellos y ellas son esas personas que, cuando todos le abandonen, estarán a su lado. En otros tiempos acompañaban a su cliente hasta el mismo patíbulo, hoy, gracias sean dadas, sólo le acompañan a la prisión.

Son, somos, esas personas que, cuando nadie le crea, defenderán su verdad frente a la convicción general.

Nosotros somos también quienes, cuando una corporación multinacional abuse de usted, nos subiremos a un estrado a defender su derecho de ciudadano humilde y honesto frente a la desvergüenza multidivisa.

Nosotros somos, en suma, esas personas que hacen que los derechos contenidos en la Constitución y en los Tratados Internacionales no sean un trampantojo sino el arco de carga sobre el que construir un mundo digno lleno de personas con dignidad.

Y molestamos, claro.

Al rico, que ve cómo su dinero no le sirve para avasallar al pobre; al gobernante, que se da cuenta de que hay límites que su poder e influencia no pueden traspasar; a la sociedad llena de prejuicios que ve como alguien, insolentemente, es capaz de sostener una verdad distinta de la que les han contado medios de comunicación envilecidos; a las corporaciones multinacionales que sufren la resistencia de unos don nadie con toga y, desgraciadamente, hasta a algunos funcionarios que preferirían que los expedientes acabasen rápido y sin incidentes ni recursos.

Recuerdo bien el momento en que se produjo esta foto. Dionisio estaba llorando emocionado por el aplauso y los gritos de una sala puesta en pie. No les contaré lo que pasó antes, lo verán y lo escucharán a su debido tiempo.

Países ricos y países pobres

Países ricos y países pobres

En casi todas las charlas que di en Colombia, en algún momento u otro, apareció siempre la cuestión de la América del Sur pobre frente a la América del Norte del Río Grande rica y, para enfrentar esa cuestión, siempre traté de poner en claro qué era eso de la riqueza o de la pobreza de un país.

Si por «riqueza» se entiende que un país disponga de abundantes recursos naturales no cabe duda de que América del Sur es un continente agraciado por la providencia pero, les decía, no creo que la abundancia de recursos naturales sea lo que hace en verdad rico a un país y les solía poner el ejemplo de Chile.

Al comenzar el siglo XX Chile era un país ciertamente rico: su renta «per capita» superaba a la de países europeos como España, Suecia o Finlandia. La causa de tal riqueza se encontraba oculta bajo el suelo del desierto de Atacama: el nitrato. Indispensable para la fabricación de pólvora y magnífico como abono, Chile vendía su nitrato a todo el mundo.

Sin embargo, para desgracia de los chilenos, en 1909 los químicos alemanes Fritz Haber y Carl Bosch descubrieron una forma barata de producir este nitrato a partir de otros componentes y las exportaciones de nitrato de Chile comenzaron a caer; sin duda muchos de ustedes recuerdan aún el azulejo que se ve en la fotografía; «agricultores, abonad con nitrato de Chile» y añadía las palabras «único natural», este fue uno de los últimos esfuerzo chilenos por mantener su comercio.

Para 1958 toda la industria chilena del nitrato había desaparecido sin embargo la fortuna volvió a sonreir a Chile pues, en esos lustros, la electricidad, el telégrafo y la telefonía exigían cada día más hilo de cobre y Chile, por fortuna, era rico en cobre.

Y dicho esto ¿consideran ustedes a Chile un país rico o un país pobre?

Yo, permítanme decirlo y que no se me enfade ningún chileno, no lo considero rico, sino ponre. Rico es el país que, comi Alemania, tiene conocimientos suficientes como para prescindir del comercio del nitrato cuando le hace falta (recordemos que todo el comercio de nitrato de Chile estaba controlado por Gran Bretaña) o es capaz de diseñar e implementar esos aparatos que necesitan del cobre que otros facilitan.

Disponer de materias primas es cuestión de suerte, disponer de cultura y conocimiento es cuestión de esfuerzo pero permite forjar el futuro independientemente de la suerte que se haya tenido en el reparto de riqueza. El cobre no vale nada, si vale es porque alguien le ha encontrado un uso revolucionario (la electricidad) y por eso no es rico quien tiene cobre sino quien tiene los conocimientos que permiten su uso.

No, riqueza no es disponer de recursos materiales, riqueza es disponer de conocimiento, de cultura, de todo eso que, en sentido amplio, llamamos información.

No creo que América del Sur sea pobre en cuanto a materias primas sino todo lo contrario, es riquísima; sí es pobre en cuanto que ella no controla estas materias primas, en general explotadas y esquilmadas por empresas anglosajonas que no han dudado en corromper u ocupar gobiernos para ello y, sobre todo, es pobre, en la medida que la pobreza material de sus gentes drena a sus sociedades de inteligencia, cultura e información, permitiendo que sus mejores cerebros acaben siempre en el extranjero enriqueciendo a otras sociedades.

Y esto que digo no sólo sirve para América del Sur sino para mi propio país; un país que confía en buena parte su futuro a unos turistas de sol y playa que un día dejarán de venir y que, de momento, han acabado con el 80% de los recursos naturales y turísticos del Mediterráneo Español. Un país cuyos profesionales de la sanidad marchan recién egresados a países extranjeros; un país cuyos científicos, si quieren desarrollar una carrera científica exitisa, deben marchar al extranjero.

Estamos perdiendo nuestra mayor riqueza en favor de otros países, así que nadie se extrañe si un día descubrimos que somos, esencialmente, pobres.

El hombre que cuenta historias

El hombre que cuenta historias

Miguel pasa con holgura los setenta años y ejerce de guía. Entre las mil maneras en que los cartageneros se buscan la vida él eligió la de ser guía turístico: a cambio de unos pesos él te cuenta la historia de lo que ves en la plaza donde habita… y lo hace como nadie. La necesidad le obligó a tener que dominar varios idiomas y el hombre se expresa con fluidez en lenguas extrañas. Sus conocimientos admiran a los cartageneros y hoy, mientras me acercaba a la catedral de Santa Catalina, el taxista no ocultaba su admiración por él. «Ese hombre sabe muchísimo» —me ha dicho— y se notaba la admiración y el respeto en sus palabras.

En las sociedades occidentales hemos interiorizado tanto el principio de igualdad que no sólo es que nos creamos iguales jurídicamente a los demás, es que creemos que nuestras opiniones o habilidades son igual de valiosas que las de los demás y apenas si nos reconocemos inferiores y rendimos respeto a nadie vivo. En ese tipo de sociedades como la nuestra sólo el dinero marca las diferencias y así nos va.

Aquí aún no es así, Miguel es pobre de solemnidad pero despierta la admiración no solo del taxista sino de la profesora de universidad que me acompaña —Claudia— y de mí mismo.

Miguel nos da datos y nos cuenta historias, unas historias sin duda recibidas por tradición oral porque entroncan directamente con viejas historias que yo ya tengo escuchadas en la península. Cartagena es patrimonio de la humanidad pero Miguel es patrimonio oral no sólo de América sino de España.

Dudo y le pregunto: ¿sabe usted leer y escribir?

Me responde que sí y respiro aliviado, si este hombre hubiese recogido todos estos conocimientos de forma oral no me habría quedado más remedio que pedir a alguna real academia que lo estudiase.

Y le pido hacerme una foto con él y el hombre acepta. Y hoy dos días después aún me acuerdo de Miguel, el hombre que cuenta historias.

Aún quedan jueces en Colombia

Aún quedan jueces en Colombia

Ada Laleman es magistrada y trabaja en un juzgado especializado en el retorno de tierras. La violencia, las incursiones de guerrilla, narcoguerrilla, militares, paramilitares… hicieron a los campesinos abandonar sus tierras que, ahora, están en manos de quienes las usurparon. La ley permite a los campesinos ahora retornar a sus tierras pero una cosa es la ley y otra su cumplimiento. Hace diez años al abogado que interponía una demanda de este tipo muy a menudo se le asesinaba (hasta 800 llegaron a morir), hoy, simplemente, las sentencias pueden no ejecutarse nunca.

Personas como Ada Laleman, por esta causa, deben vivir perennemente con escolta y con el temor de ser objeto de un ataque violento; pero cumple con su deber incluso con la frustración de saber que, en muchos casos, sus sentencias serán ignoradas y eso —que siempre queda gente que cumple con su deber— es lo que hace que aún haya esperanza para Colombia.