Cuando yo era niño la calle en que vivo era una calle importante donde vivía gente de posibles, en mi calle «vivía» también la patrona de nuestra ciudad, la Virgen de la Caridad, que tiene su templo a unos cincuenta metros del portón de mi casa.

Yo me vine a vivir aquí en 1991, cuando la calle y los barrios adyacentes ya empezaban a sentir los efectos de las mala gestión de los sucesivos gobiernos que habían venido ocupando la alcaldía. La droga golpeaba fuerte por entonces y mi barrio no era inmune a ello, pero lo que pasó con él no tiene justificación.

Y es que ocurrió que alguien decidió que había que derribar el barrio que había sobre toda la superficie del Monte Sacro en beneficio de dios sabe qué progreso y el Ayuntamiento comenzó a derribar casas que «amenazaban ruina». Cada derribo, en un barrio donde las casas apoyaban unas en otras, provocaba la «amenaza de ruina» de la casa contigua y así, implacablemente, el ayuntamiento fue demoliendo una tras otra todas las casas del barrio.

Tengo recuerdos dolorosos grabados en la retina. La imagen de un anciano vecino mío de la calle Macarena al que se había lanzado de su casa para demolerla, llorando rodeado de unos pocos muebles y sentado en un colchón tirado en la calle mientras esperaba la llegada de los servicios sociales, aún me duele.

Derribaron todo el barrio y dejaron sin vivienda a cientos de personas para nada, hoy el Monte Sacro es un solar abandonado, un chancro doloroso en medio de una ciudad que parece gozar autodestruyéndose.

Hoy la Serreta es una calle ocupada mayoritariamente por comercios musulmanes y, quienes vivimos en ella, podemos disfrutar de un abigarrado paisaje urbano, visual y sonoro. Por la mañana oigo la campana del Parque de Artillería sonar mientras el muezzin llama a los fieles a la oración y la sirena del transatlántico nuestro de cada día me dice que hoy, otra vez, tendremos turistas por las calles.

La patrona, la Virgen de la Caridad sigue viviendo en mi calle pero su campana no se oye porque el reloj no funciona.

Yo vivo a gusto en esta calle y solo me alejo de ella el Viernes de Dolores, día de la festividad de la patrona, pues es entonces y solo entonces cuando los políticos de mi ciudad se dejan ver en mi calle y a mí, que no les veo por aquí el resto del año, se me apetece irme a otro lado.

Pero vivir en ella tiene sus cosas buenas, una de las cuales es que los musulmanes tienen asentada la costumbre de trabajar duro y, entre sus comercios y el chino de la plaza de la Serreta, siempre encuentro un lugar donde gobernarme una cena barata tras de que el tren que me trae de Barcelona aquí invierta nueve horas y media en el trayecto. (Sí, puedo confirmarles que el corredor mediterráneo, son los padres).

Y ahora voy a comerme este «duram» que me han gestionado los moros del Kebab «El Risueño» y vamos a ver si mañana el muezzin, la campana y los barcos se acompasan y molestan poco.

Necesito dormir.

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