Nadie nos quiere tristes, se juzga la tristeza un estado de ánimo patológico y se la trata como tal con drogas y terapias. Nos quieren alegres y, para que lo estemos, nos surten de todo tipo de consumibles que no sólo harán —dicen— que sean más alegres nuestras vidas sino que también traslucirenos esa alegría al exterior y se lo demostraremos a los demás. La tristeza es una ordinariez ¿quién quiere una persona triste a su lado?

La tristeza es el fracaso del mismo modo que la alegría es el éxito. Serás alegre, culto y feliz si viajas a países exóticos o famosos culturalmente. Serás una persona alegre y de éxito si compras un coche, una vivienda, un traje un bolso o unos zapatos caros. Y si a pesar de eso estás —incomprensiblemente— triste, lo mejor es que compres alguna solución química para tu «inexplicable» tristeza.

Y el caso es que no hay nada más normal que estar triste cuando una desgracia nos alcanza; nada hay más común que tener miedo si una amenaza gravita sobre nosotros ni nada más genuinamente humano que reir cuando somos felices.

Marvin Minsky, uno de los padres de la inteligencia artificial, llamó al ser humano «the emotion machine», pues en el curso de sus investigaciones descubrió que estos estados de la mente y el cuerpo a los que llamamos emociones respondían a necesidades vitales del ser humano y que, en el 90% de los casos, las acciones humanas respondían a impulsos emocionales diseñados por la naturaleza antes que a eso que los seres humanos llamamos raciocinio.

Es por eso que experimentar miedo, tristeza, alegría o amor es tan apasionante, porque no solo disfrutas de la emoción sino que puedes tratar de entender por qué tu cuerpo te manda ese mensaje y te advierte de que hay un problema, una amenaza, un buen amigo o una persona maravillosa en tu vida. Es importante leer las emociones.

Lo que no me gusta tanto es esa sociedad de felicidad química a la que parece que nos acercamos, esa sociedad donde la felicidad la define el marketing, la publicidad o las películas de Hollywood; donde es más importante estar al lado de una pirámide maya pagando lo que haga falta que entender casi gratis leyendo algunos libros a los hombres y mujeres que produjeron esa cultura.

Yo no he ido de vacaciones este año pero he viajado en las fotografías de mis amigos —buenos cicerones— del mismo modo que viajé siendo niño en las páginas de las novelas de Emilio Salgari —quién probablemente nunca navegó otro mar que el Adriático— o en las de Julio Verne.

Los coches, las viviendas, los bolsos, los relojes no los pagamos con dinero, los pagamos con la vida que destinamos a ganar ese dinero y, muy a menudo, cuando compramos ese sucedáneo de felicidad con trozos reales de nuestra vida, no es extraño que nuestro cuerpo nos mande una señal y nos diga: tiempo hay poco y no debes dedicarlo a esto. Y nos ponemos melancólicos porque es así como nos enseñaron a vivir. Pero eso no se cura con química, para eso hacen falta remedios y ciencias mucho más antiguas y humanas que la química.

Y dicho esto diré que hoy estoy alegre. Así que voy a aprovechar y a disfrutarlo. Ya vendrán peores momentos.

2 comentarios en “La máquina de las emociones

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