La extraña vergüenza

Acabo de pasar frente a la cola de uno de los «comedores solidarios» que hay en Cartagena. A las 12 de la mañana del día de Reyes una cola larga de personas esperaban a que se les entregase la bolsa con comida que portaban quienes salían del local.

El aspecto de quienes hacían cola no era el esperado: personas en torno a los setenta, mayoritariamente hombres, limpios, aseados y vestidos muy decentemente. También había, claro, inmigrantes y, en mucha menor medida, tipos humanos de esos que asociamos inmediatamente a la palabra «mendigos».

El panorama de este día de Reyes era surrealista, en cuanto abandonaban el local nada hacía pensar que aquellos hombres que llevaban una bolsita en la mano no tenían para comer y hoy habían tenido que echar mano de la caridad pública.

Uno de los que salían llevaba la misma dirección que yo y he caminado un buen rato casi a su altura. Hemos cruzado frente a un bar donde una mujer joven hablaba con un loro. Ella le decía «guapo» al loro y este le decía «guapa» a ella; niños y niñas jugando en el parque cercano formaban un griterío notable y, mientras, los padres se desayunaban con tostadas de pan y aceite.

El paisaje era onírico: el hombre caminaba ajeno al mundo con su bolsa en la mano mientras el mundo, ajeno a él, disfrutaba de la mañana.

Los seres humanos somos animales complejos y, de todos nuestros instintos, ninguno más complejo que la vergüenza. Quienes estaban en la cola lo hacían con forzada tranquilidad, con una calma impostada y, en cuanto salían, no se detenían ni un segundo antes de marcharse rápidamente del lugar. Es un instinto raro el nuestro.

Porque no hay nada vergonzoso en ser pobre. Es vergonzoso quedarse con el dinero de los demás, es vergonzoso enriquecerse a costa de dañar el entorno natural o cultural en que vivimos; es vergonzoso aprovecharse de un cargo público para medrar individualmente; muchas cosas son vergonzosas pero ser pobre no es vergonzoso.

Y sin embargo nuestra extraña cultura hace que los pobres sientan vergüenza y traten de que no se les note.

Y mientras veo al hombre alejarse con su bolsa de comida pienso en cuán extraña es esta sociedad que exhibe dinero en cuanto lo tiene mientras aleja de los ojos de la gente sus miserias ocultándolas en su corazón.

Hay pobres, cada día más desde que estalló la interminable crisis de 2008, pero si somos nosotros lo ocultamos y, si son los demás, no les vemos.

Un mundo feliz.

Comprenderán que no ilustre estas lineas con ninguna foto. Si ellos trataban de ocultar su situación no seré yo quien la publique.

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