Hoy, en twitter, un fiscal se admiraba de que España fuese a bautizar el cohete que, se dice, lanzaremos al espacio como «Miura 1» y le parecía un nombre berlanguiano. Yo le he respondido que a mí me parecía pretencioso porque, antes de tomar la alternativa con Miuras, hay que pasar el fielato de las vaquillas para, más adelante, diputarse de novillero.

El caso es que la charla me ha dado gazuza y justo en el momento en que pasaba frente a la «Posada de Jamaica» donde un cartel anunciaba: «Hay rabo de toro». Naturalmente he entrado. (Si es usted sevillano y lee esto absténgase de bromas que en Sevilla también se ponen muy buenos rabos.)

El cocinero ha tardado en servirlo (se conoce que el burel estaba por lidiar) y cuando lo ha puesto le he advertido que ojito con lo que hacía porque yo soy el mayor experto mundial en este plato y hasta los de Michelin me consultan.

***Nota de cata. Cárdeno bragao, descarado de cuerna, veleto, de la ganadería —ahora francesa— de la Viuda de Concha y Sierra, lucía el 236 en los costillares y dio en la romana 502 kilos.

Tarde de sol y moscas, servicio de la plaza bueno. Se le corrió como segundo de la tarde y salió de chiqueros enterándose y mirando al tendido del 2 como si buscase por allí algún congénere cornúpeta (consternación varonil en el tendido).

Escarbando y con querencia a la tablas el toro no acudió a los caballos hasta que le requirió para ello el Juez de Instrucción del Partido, que ejercía de alguacilillo. En banderillas los rehileteros, dada la inmovilidad del bicho, hubieron de colocar los arponcillos según la llamada «suerte de la jabalina», pues el bicho esperaba por ellos más que la bahía de Portmán por su regeneración.

En el tercio de muerte el toro no se dejó dar un pase de modo que el diestro solventó la faena llorando en el burladero y llamando a su señora madre mientras le llegaban tres recados de la presidencia.

Consecuencia del ejercicio rabicular del morlaco, matando moscas con el rabo, el susodicho apéndice ha resultado magro, sin grasa y con abundosa porción de gelatina (cero calorías) de buena textura, sabor y propiedades adhesivas.

No hubo orejas, pero sí rabo.

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