Los seres humanos nacemos pastores o agricultores, no en el sentido literal de la palabra sino, digamoslo así, filosófico.

Para los pastores la tierra es un bien comunal que todos pueden aprovechar, sus rebaños pacen en el campo abierto y se alimentan de las plantas de un mundo que está ahí para ellos. Los pastores son, desde este punto de vista, poco amigos de la propiedad privada, sobre todo de los recursos naturales.

Para los agricultores, por el contrario, la propiedad exclusiva y excluyente de la tierra es fundamental; no van a permitir que un rebaño de animales pase por sus sembrados y arruine o se coma las cosechas. El agricultor necesita agua y, si es preciso, la desvía de sus cauces naturales para servirse de ella; cosa que, naturalmente no le gusta al pastor que no entiende cómo, una tierra y un agua que antes eran de todos, ahora son de propiedad de un sólo individuo. El pastor no soporta que la tierra esté vallada y no esté a disposición de todos para transitarla.

El conflicto está servido.

El conflicto entre pastores y agricultores es tan antiguo como la agricultura y se ilustra incluso en muchos pasajes de la Biblia, pero no es necesario irse tan lejos, pues el conflicto sigue presente entre nosotros.

En la actualidad, los conflictos entre pastores y agricultores en Nigeria, por ejemplo, han dado lugar a una gravísima serie de disputas entre los, mayoritariamente musulmanes, pastores fulani y los, mayoritariamente cristianos, agricultores de Nigeria.

La violencia entre agricultores y pastores ha matado en Nigeria a más de 19 000 personas y ha desplazado a cientos de miles más y trae su origen del conflicto del que les hablé al principio: la expansión de la población agrícola y la tierra cultivada a expensas de los pastizales; el deterioro de las condiciones ambientales; la desertificación y la degradación del suelo; el crecimiento de la población y la ruptura de los mecanismos tradicionales de resolución de conflictos de disputas por la tierra y el agua.

Nada nuevo bajo el sol, como ven.

No es la primera vez que pastores y agricultores se matan, de hecho y según la Biblia, el primer asesinato de la historia lo comete un agricultor Caín al matar a su hermano Abel, pastor.

Fíjense que, incluso en el mito de Caín y Abel, la religión juega un papel importante pues, si se fijan, el propio dios no es imparcial: a Yahweh le gustan las ofrendas de Abel mas no las de Caín, quien, por cierto, le ofrece lo mejor de lo mejor de sus cosechas. Despechado Caín acaba matando a su hermano pero ¿por qué Yahweh habría de preferir las ofrendas de Abel?

Si este mito tuviese que ver con el fútbol todos lo entenderíamos enseguida. El madridista Caín ve cómo sus ofrendas son rechazadas mientras que las de su hermano el atlético Abel son aceptadas, a pesar de ser las de Caín incluso mejores. ¿Qué conclusión podemos sacar? Pues, ustedes me perdonarán si son madridistas, pero la conclusión a que podemos llegar es que dios, en este mito futbolístico, es del Atleti.

Y así es. Yahweh no es un dios de agricultores, Yahweh es un dios nómada que viaja con su pueblo vagando por el desierto. Yahweh es un dios a quienes los israelitas conocen en Edom y al que si quieres ir a buscar tienes que ir al desierto que es donde él tiene sus epifanías. A Yahweh, hasta que Salomón le levanta un templo, no se le da culto en un edificio estable sino que viaja con su pueblo encerrado en un arca, solución esta la del altar portátil muy frecuente en el Canaán de aquellos años y que nos ha dejado muchísimos y muy interesantes vestigios arqueológicos. Otro día, si quieren, les coloco unas cuantas fotografías de estas pequeñas y populares «arquitas de la alianza». El dios de la Biblia, como ven, no era agricultor y otro día les ilustraré este tema con el veterotestamentario episodio de los Recabitas.

Para los agricultores los dioses no son como Yahweh, los agricultores prefieren dioses como Júpiter o Zeus que controlan las tormentas, los rayos, las lluvias y demás fenómenos atmosféricos. En Canaán este dios homólogo de Zeus y Júpiter era Baal, el dios del cielo, los rayos y las lluvias. Para un agricultor no hay nada más importante que la lluvia y para Yahweh, por eso precisamente, no hay dios más irritante que Baal, al que se adoraba en forma de becerro (¿les suena?).

Claro que ya les veo venir, incluso el más descreído bolchevique soriano a estas alturas ya estará pensando:

—Pero ¿No dice usted que todas las historias empiezan en Sumeria?

Pues sí. Y esta de los pastores y los agricultores también, porque, desde la noche de la antigüedad sumeria y con los ecos propios de 5000 años de historia, nos llega la voz de un viejo poema que nos presenta a la diosa suprema sumeria Inana (la bondadosa, la reina del cielo) en trance de elegir marido y ha de escoger entre dos hombres cuyas profesiones (¿lo adivinan?) son las de pastor y agricultor.

No les voy a transcribir el poema (es de altísimo voltaje sexual y no quiero que Facebook me censure) pero ya les anticipo el resultado: Inana, como Yahweh, también era del Atleti.

Todas estas historias tienen una moraleja y es que nuestros esquemas jurídicos responden al estado de la tecnología del momento: para un agricultor conceptos como la propiedad de la tierra (y la propiedad de todas las cosas por extensión) son conceptos absolutamenre naturales y evidentes; tan evidentes como el derecho a atravesar fincas o la mismísima calle de Alcalá si es preciso para el Concejo de la Mesta.

Es bueno recordar que nuestros conceptos jurídicos son hijos de la tecnología que da soporte a las sociedades humanas porque, ahora que la tierra como factor de producción ha cedido todo su protagonismo al conocimiento tecnológico, el concepto de propiedad comienza a recompilarse a manos de los inegenieros de software y los activistas del conocimiento libre y el open source. Anótenlo: la guerra del open source, el software libre y los derechos de autor o las patentes, van a ser tan duras como las viejas guerras de pastores y agricultores. La única diferencia es que no se desarrollarán durante cinco milenios sino que, seguramente, se resolverán en cincuenta años. Van a ser apasionantes.

Y ahora plantéeselo: ¿Usted qué es? ¿Pastor o agricultor?




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