Las guerras no las gana quien aplasta a su enemigo, las guerras las gana el que consigue que su adversario no desée seguir luchando.

Napoleón lo aprendió en España, los Estados Unidos lo aprendieron en Vietnam.

Mi memoria infantil recuerda bien aquellos telediarios. En los primeros meses de 1968 las tropas de Vietnam del Norte, apoyadas por China y la URSS logísticamente y tácticamente por las guerrillas del Vietcong que operaban en pleno corazón de Vietnam del Sur, iniciaron una ofensiva espectacular: la «Ofensiva del Tet».

Para sorpresa de todo el mundo en las televisiones se vio a elementos del Vietcong atacar la propia embajada norteamericana en Saigon, la capital del Vietnam del Sur. La población norteamericana alucinó con aquellas imágenes ¿No eran ellos una superpotencia y el Vietcong una manada de asiáticos hambrientos y mal armados? ¿Qué estaba pasando? ¿Cómo era posible aquello?

El resultado militar de la ofensiva del Tet fue desastroso para Vietnam del Norte y su aliada guerrilla del Vietcong: todas sus ofensivas fueron rechazadas en medio de una horrible carnicería que les costó más de 100.000 bajas.

Pero el resultado psicológico fue funesto para los Estados Unidos. En medio del clima pacifista, hippie y flower-power de 1968 las imágenes de los telediarios revelaban a los norgeamericanos que los norvietnamitas no estaban derrotados como se les había dicho desde la Casa Blanca. Para la opinión pública estadounidense, bastante harta de la guerra, aquellas imágenes de la ofensiva del Tet fueron la gota que colmó el vaso y la voluntad de luchar de los Estados Unidos comenzó a esfumarse rápidamente.

Los norvietnamitas habían perdido la batalla desde el punto de vista militar pero los vencedores habían perdido toda voluntad de continuar la pelea.

Por eso he abierto el post diciendo que las guerras no las gana quien aplasta a su enemigo, sino que las guerras las gana el que consigue que su adversario no desée seguir luchando; y, en este caso, Vietnam del Norte había perdido la batalla pero ganado la guerra.

Poco después de la ofensiva del Tet se abrieron negociaciones, los estadounidenses salieron de Vietnam encargando al ejército de Vietnam del Sur que se defendiera por sí mismo y, poco después, la bandera roja norvietnamita ondeaba en Saigón.

Es casi un calco de lo ocurrido en Afghanistán a los rusos soviéticos y es casi un calco de lo ocurrido ahora, en el mismo Afghanistán, a los norteamericanos. Una guerra es una lucha atroz y sanguinaria de voluntades y pierde la voluntad más débil.

Desde el fin de la segunda guerra mundial y con la excepción de la incruenta, pero terrorífica, Guerra Fría las guerras, para las grandes potencias, han sido operaciones locales movidas por intereses geoestratégicos que muy pocas veces gozaban del necesario apoyo popular.

En la guerra de Vietnam los norteamericanos cometieron el «error» de dar un amplio margen de libertad a la prensa y pudieron comprobar cómo, fotografías como la de la niña Kim Phuc huyendo desnuda de un bombardeo de napalm o la foto del general Loan asesinando a sangre fría, mediante un disparo en la cabeza, al guerrillero del Vietcong Nguyem Van Lem, causaron más daño a la causa de los Estados Unidos que muchos miles de toneladas de bombas. Aquellas fotos hicieron más para derrotar a los Estados Unidos que todos los fusiles del Vietcong.

Cuando comenzó la primera guerra del Golfo esta lección estaba aprendida y la prensa estaba tan controlada que era virtualmente imposible que volviesen a tomarse fotos como las de Vietnam y, sin embargo, al final goteos de situaciones similares (siempre las hay en todas las guerras) van pasando factura a una sociedad que acaba no sabiendo por qué sus soldados mueren allí.

España ha gastado muchísimo dinero en operaciones militares internacionales en Afghanistán sin que ahora sepamos bien para qué dieron su vida los soldados que allí la dejaron (¿fue para capturar a Bin Laden?) y, tras décadas de guerra en la zona, ahora no sólo no se ha eliminado el absolutismo integrista en Afghanistán sino que este se ha fortalecido en Irak mientras en Irán los ayatolás siguen gobernando y el Isis sigue dando quebraderos de cabeza en otras zonas.

Cuando empiezas una guerra debieras medir, antes que el número de tus soldados, tus bombas y tus barcos, la voluntad de luchar de tu pueblo porque, cuando esta voluntad se agota, has de saber que la guerra está perdida. Quien no se rinde continuará la guerra incluso a pedradas, pero tú, aunque tengas decenas de portaaviones, si se te agota esa voluntad debes saber que acabarás perdiendo.

Nadie se ha ocupado de cultivar esa voluntad de luchar en el pueblo Afghano. Se armó a su ejército con material militar pero no se le dió la principal munición que precisan las armas: una buena causa por la que usarlas. Más importante que las armas o los missiles hubiese sido conseguir un importante grado de desarrollo económico en el país, una instrucción en valores compatibles con su cultura pero también incompatibles con las creencias más inaceptables de los talibanes.

Las armas no sirven de nada si no se quieren usar o si no tienes una buena causa para usarlas. Ahora, mientras se habla de derrotas en Afghanistán, recuerdo a mujeres como Ramazan Antar, una combatiente Peshmerga (kurda) que murió peleando en Siria contra el Isis hace unos meses y que es una imagen perfecta de esa voluntad de pelear de que les hablo.

Las guerrillas kurdas en su lucha contra el Estado Islámico cuentan con un formidable número de mujeres a quienes no importa mucho estar mejor o peor armadas porque tienen exactamente lo que hay que tener. Creo que ya escribí hace un año un post sobre ellas, así que mejor no me repetiré.

Un comentario en “¿Quién gana las guerras?

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