Hoy, no sé por qué, me he acordado de Lola Flores y del lío que montó durante un programa de televisión en directo porque, mientras bailaba, se le había caído un pendiente y ella, sin pudor ninguno, paró la actuación y se puso a buscarlo por el escenario. El pendiente era valioso y «La Faraona» no estaba dispuesta a abandonarlo, estuviese presente la televisión o el «sursum corda».

Naturalmente acordarme de «La Faraona» y venir a mi memoria el antiguo Egipto ha sido todo uno.

Los textos antiguos nos hablan de fenómenos de naturaleza milagrosa con la naturalidad con que nosotros referiríamos una operación con rayos láser. No fue Jesucristo el primero en resucitar muertos, antes que él, por ejemplo, el profeta Elías había resucitado a una joven en un milagro que es tan idéntico al relatado por los evangelios siglos después que, incluso los más reputados autores católicos, han puesto en duda su autenticidad. El apócrifo de los «Hechos de Pedro» nos presenta a Simón el Mago levitando y volando frente a Nerón e incluso compitiendo en levitaciones con el mismísimo Pedro y ello por no mencionar al bueno de Moisés separando las aguas con su bastón y haciendo pasar «a pie enjuto» a todo el pueblo elegido por en medio de las aguas.

Bravo milagro es este de separar las aguas pero no tan bravo como para que no hubiese sido realizado antes y, muy probablemente, por la cabezonería de una antepasada de María Dolores Flores Ruíz, «La Faraona».

Cuenta un viejo papiro egipcio (Westcar Papyrus) que, estando aburrido una tarde el Faraón Sneferu, uno de sus magos, Djadjemankh, le sugirió que, para entretenerse, reuniese a 20 bellas jóvenes que ejercieran de remeras de su nave real y se dedicase a navegar con ellas por el lago.

La «ideica» del mago Djadjdemankh le gustó al Faraón quien mandó inmediatamente construir unos remos la mar de trendys y ergonómicos para las remeras y vestirlas con unas redes todo molonas sin duda diseñadas por algún sastre egipcio con inclinaciones fetichistas.

Estaba ya todo preparado para darle unas vueltas al faraón cuando a una de las remeras se le cayó una joya (un «colgante», quizá un pendiente) al lago. El tal pendiente representaba un pez y era tan valioso que la remera (sin duda tatarabuela de Lola Flores) dijo que allí no remaba nadie hasta que no apareciese la joya. El resto de las remeras, viendo la justicia de la reclamación de Lola, le dijeron al faraón que allí, o se encontraba la joya, o iba a tener que remar su señora madre faraónica, pero que ellas no.

Sneferu, que era un faraón poderoso pero que, a lo que se ve, estaba acojonado por el plante de las veinte vírgenes, acabó pidiendo ayuda a Djadjdemankh (juro que no vuelvo a escribir este nombre) y este, viendo que era más sencillo hacer un milagro que calmar a aquella horda, decidió abrir las aguas del lago y a pie enjuto buscar la joya perdida hasta dar con ella, restituirla a su dueña y que todo el mundo quedase contento.

Nihil novum sub solem, escribió el autor del Eclesiastés y, sin duda, tenía razón: ni Moisés fue el primero en separar las aguas ni Lola Flores la primera en montar un espectáculo para buscar un pendiente.

Loado sea Ra.

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