El Buen Gusto

Hubo un tiempo —creo que hará unos cien años— en que los comerciantes españoles gustaban de llamar a las cosas por su nombre y así, si habían de fundar una compañía de seguros de incendios para hacer resurgir los bienes siniestrados de sus cenizas, la llamaban muy gráficamente «El Fénix»; o si habían de fundar una compañía que asegurase el entierro de las personas, pues la bautizaban como «El Ocaso» o «Finisterre»; que había que fabricar una colonia para niños y el empresario era Cántabro, pues se le ponía «Nenuco»; y si, por sólo poner un ejemplo más, se había de bautizar un negocio de panadería pues con ponerle «La Espiga Dorada» la cosa iba sobre ruedas.

Pasaron los años y aquella vocación de llamar a las cosas por su nombre se perdió; las empresas empezaron a formar acrónimos carpetovetónicos del tipo «Ferymar» o «Maryper» cuyo origen usted intuirá de inmediato. En tiempos más recientes un ridículo pudor al castellano hace que nuestros establecimientos comerciales se llamen «Kentucky Panoli’s Bar» si es que vamos a comer pollos fritos o «Starfucks» si de beber café se trata. No es de extrañar, ahora los bares de madrugada se llaman «after hours», a tomarse una cerveza con compañeros se le llama «hacer networking» y a reunirte para hablar un poco sobre un tema le llamamos «briefing» y oye, nos quedamos tan ternes.

Hay a quien le cuesta trabajo llamar a las cosas por su nombre, quien prefiere ser copia de una mala copia antes que tratar de ser original y a quien le gusta la positura más que a un yogui las asanas. Es cuestión de gusto, de mal gusto, si me lo permiten.

Lo que es cuestión de buen gusto es abrir una confitería y llamarla justo así: «El Buen Gusto», nombre, como diría Cervantes, claro y significante y tan apropiado al negocio que pueden encontrar ustedes una confitería con el nombre de «El Buen Gusto» tanto en Huelva (Calle Doctor Cantero Cuadrado Torre), como en Vigo (Elduayen 23) y sobre todo en Castellón, donde estuvo y no sé si aún está en la calle Gasset de la capital de la Plana.

Aquellas empresas no necesitaban confeccionar documentos de esos de «misión», «visión» y demás zarandajas: lo escribían en el rótulo de su comercio y desde ahí lo dejaban claro.

Hoy he recibido dulce de membrillo con nueces confeccionado de forma artesanal y no he podido sino recordar aquellos tiempos en que las cosas tenían un nombre claro y significativo, no he podido, ustedes lo entenderán, sino acordarme de El Buen Gusto.

Muchas gracias compañera, te estaré agradecido siempre.

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