Libertad y predestinación

Cuando acudíamos a clase de religión durante la enseñanza primaria, la existencia de un dios omnisciente necesariamente nos conducía a preguntarnos sobre la predestinación: si dios conocía el futuro y sabía lo que había de ser de nosotros ¿Qué sentido tenía entonces todo ese lío de mandamientos de la Ley de Dios, de la Santa Madre Iglesia y todo aquel catálogo de pecados mortales y veniales con que nos atormentaban los curas y profesores? Si lo que había de ser de nuestras almas ya estaba escrito, lo mejor, sin duda, era aparcar la clase, irnos al recreo y dejar que las cosas fuesen como estaba escrito que habían de ser. Este debate, créanme, se reproducía año tras año; eran otras épocas.

No fallaba, en cuanto el cura nos hablaba de que dios lo sabía todo, inmediatamente, algún compañero planteaba la cuestión de la predestinación y el debate estaba servido. Los curas despachaban el asunto recurriendo al inapelable argumento de la omnipotencia divina —un siempre muy socorrido expediente para no enredarse en debates interminables— pero nuestros profesores de filosofía, siempre reacios a recurrir al recurso divino, no fueron pocas las horas de clase que perdieron tratando de explicarnos lo inexplicable. ¿O no?

La historia de la humanidad es la historia de la búsqueda de esas leyes que regulan el funcionamiento del universo, leyes que nos permiten predecir el futuro con toda exactitud y averiguar cómo fue el pasado con idéntica certidumbre. Los científicos, una vez han descubierto una ley física, tradicionalmente han parecido capaces de predecir el futuro y hasta el pasado. Conocida la ley de la gravitación universal, los científicos pueden predecir sin problemas en qué punto de la órbita se encontrarán Marte o Júpiter dentro de un año o dos, como serán capaces también de decirnos donde estuvieron esos mismos planetas hace un año o dos en el pasado.

Contando con todos los datos precisos podríamos predecir con exactitud si una moneda, lanzada al aire, caería de cara o de cruz; claro que son demasiados datos (posición inicial de la moneda, fuerza exacta aplicada y dirección de la misma, incluso densidad del aire… Y un larguísimo etcétera) pero, si contásemos con todos esos datos, un científico newtoniano se sentiría bastante seguro de poder predecir el resultado de ese experimento no tan aleatorio de lanzar una moneda al aire. No existe el azar, nos dirá un científico determinista, lo que ocurre, simplemente, es que no contamos con todos los datos precisos.

Esta visión determinista de la ciencia parecería corroborarse por el funcionamiento de los ordenadores actuales. Para un ordenador es virtualmente imposible generar un número verdaderamente aleatorio, ante la potencia de cálculo parece que se rinde el azar; lo que para los seres humanos es evidente no resulta tan fácil para un ordenador, el azar, los números realmente aleatorios, parecen un campo vedado para ellos y sus chips deterministas.

¿No existe entonces el azar? ¿Es verdad entonces que todo está escrito y que, si no somos capaces de predecir lo que va a ocurrir, se debe simplemente a carecemos de los datos necesarios? ¿Es el universo determinista y —como decían mis compañeros de colegio— lo mejor que podemos hacer es irnos al recreo, dado que nada puede hacerse contra un futuro ya determinado por los hechos pasados?

Nunca me gustó el determinismo y ni siquiera me resulta simpático el aire de suficiencia de esos científicos newtonianos con aire de saberlo todo; el gato de Schrodinger es mil veces más simpático que ellos, esté vivo, muerto, o ambas cosas al mismo tiempo.

Porque, gracias a los físicos cuánticos, en las últimas décadas la sociedad ha empezado a habituarse al uso de expresiones como «complejidad», «ecuaciones no lineales», «principio de incertidumbre» o «atractores extraños» y «efectos mariposa». El azar, la incertidumbre, lo incognoscible, se abren paso en el mundo subatómico y, si un físico newtoniano es capaz de predecir con exactitud donde está o estará un planeta, un físico cuántico nos enseña que es una tarea imposible tratar de predecir en qué punto exacto se encontrará un electrón en un momento dado. En el mundo de la física cuántica las cosas nunca se sabe si están en un lugar concreto porque, a veces, incluso pueden estar en dos lugares distintos al mismo tiempo.

Tal y como está ahora la ciencia el azar y el determinismo parecen convivir y mezclarse, la manzana de Newton y el gato de Schrodinger conviven juntos en la misma habitación y la realidad es que, dependiendo de cómo contemplemos el mundo, el dios omnisciente y la imprevisibilidad más inquietante son ambas posibles y, lo que es más sorprendente, parece que en la realidad conviven con toda naturalidad.

No, no está el futuro escrito, no es tiempo todavía de irse al recreo, me temo que es todavía tiempo de apencar y tratar de escribir el futuro por nosotros mismos.

Un comentario en “Libertad y predestinación

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s