Apparátchik

Hace exactamente un año, en el Congreso de Juntas de Gobierno de Colegios de Abogados que se celebró en Granada, algunos de los asistentes nos enteramos de que, a la ceremonia de clausura del congreso, había sido invitado el ministro de justicia Rafael Catalá Polo.

En esas fechas Rafael Catalá Polo adeudaba una importante cantidad de meses de trabajo a los abogados del turno de oficio. Llovía sobre mojado, porque esos retrasos en el pago se arrastraban desde mucho tiempo antes entre promesas —siempre incumplidas— de «no volverá a pasar» y exultantes declaraciones de los miembros del aparato del Consejo General de la Abogacía respecto al principio del fin de los problemas.

Ese día Catalá había vuelto a infligir una infame puñalada trapera a los españoles: había aprobado la disposición que permitía la creación de los juzgados hipotecarios que producirían el atasco de las reclamaciones de los consumidores. Sin embargo nada de eso arredró a la presidenta de CGAE y a la organización del Congreso: decidieron pagar con el dinero de los abogados un caro púlpito para que el ministro colocase su mendaz mensaje a los miembros de las juntas de gobierno.

Entre algunos de nosotros caló la inquietud y, como la noticia no parecía creíble, hicimos saber a la presidenta que si el ministro clausuraba bastantes de nosotros abandonaríamos la sala.

Para nuestra sorpresa, al terminar la ceremonia de clausura se llamó a la tribuna a Rafael Catalá y parte de la sala se levantó y comenzó a marcharse, no fueron pocos, yo contabilicé unos cien.

Catalá, con toda seguridad advertido de la posibilidad de que se produjese una protesta, comenzó a pronunciar unas palabras preparadas al efecto mientras los que permanecían en la sala, presidenta y cargos del Consejo de la Abogacía incluidos, le aplaudían con el fervor de la desesperación. Es la ovación más hiriente y vergonzante que he escuchado jamás y probablemente el peor recuerdo que me llevo de los últimos ocho años. Que quienes consideraba «los míos» adoptasen aquella actitud me produjo una enorme sensación de vergüenza ajena y mi divorcio definitivo de todo cuanto representaban.

Un año después Rafael Catalá Polo ya no es ministro y los remitentes de los aplausos probablemente tendrán clara conciencia de la inutilidad de sus adulaciones, fiestas y saraos con el ministro.

Hay quienes creen que la adulación y las reverencias son eficaces herramientas para obtener algún tipo de beneficio o ventaja, pero se equivocan; porque, sobre la indignidad de la actitud, el aquietamiento y la docilidad animan más que disuaden al mandarín de turno a ejercer con mucha mayor impunidad su poder.

Cuando quien representa a un colectivo aplaude a quien manda para contrarrestar las protestas de su colectivo pierde toda condición de representante de ese colectivo y deviene en mero apparátchik del gobierno. Y es bueno saber que, a los apparátchiki, les da igual quien mande, lo que les define es su actitud por lo que no cabe albergar demasiadas esperanzas para el futuro.

Ha pasado un año, es un buen momento para recordar.

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